Cuidado con un error típico en esta parte: el planteamiento es el inicio del relato, pero no tiene por qué ser el principio de la historia. Puedes empezar por el final en esta fase del relato. Sólo te pido una cosa y te la pido como lector. Por favor, cuando vuelvas atrás para contar cómo empezó toda esa situación, no digas «todo empezó cuando…» Huye del tópico como de la peste negra.
Una vez el lector esté situado en un contexto concreto —el antiguo Egipto, una colonia de marte o una ciudad en la época contemporánea—, conozca al personaje principal —un asesino psicópata, un policía del futuro, una violinista enamorada—, debe aparecer un conflicto. Un hecho que lo cambia todo y pone del revés los esquemas del personaje principal. Es el desencadenante, el suceso que va a poner en marcha la historia. A partir de ese momento ya nada volverá a ser lo mismo.
Pero deben surgir las dudas. Cuando a un personaje le sucede algo que da la vuelta a sus esquemas como un calcetín, tiene elección. El camino se bifurca ante él. Le invade la duda. ¿Seguir la vida de forma normal, aceptar el suceso, resignarse? ¿O salir de lo conocido, lo estable, lo cómodo para poner las cosas en su sitio? Sentir la llamada no es plato de gusto.
En este punto se produce otro tipo de desencadenante. El personaje es empujado por algún suceso más o por alguien. Por lo general es un amigo, un mentor, una pareja sentimental… Puede ser incluso un personaje casual, alguien que le dice una frase al protagonista y le hace ponerse en marcha.
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Una vez se traspase el umbral, se tome la decisión de actuar, ya no hay vuelta atrás. Se abandona un mundo para penetrar en la aventura, el peligro. Y ahí sí, ahí es cuando comienza la odisea.
El núcleo:
El desarrollo o núcleo de la historia es la parte en la que suceden los acontecimientos, ni más ni menos. En ella tus personajes se desenvuelven, encuentran sus dificultades, triunfan y fracasan, evolucionan o involucionan. Se les presentan retos que a primera vista son imposibles de superar. Pon a tu protagonista en verdaderos apuros, no seas remilgado en eso. Hazle vivir un auténtico calvario en el cual puede perder la vida, la razón, la capacidad de amar… en cada paso tu personaje aprende, avanza tanto en la historia como en su evolución personal.
Conoce a una serie de personajes con los que interactúa, tanto ayudantes como antagonistas. Se relaciona también con objetos. Es más, un objeto puede ser el objetivo a alcanzar para devolver la normalidad a su mundo: el anillo mágico, la espada sagrada, los documentos perdidos, la fotografía reveladora…
El relato puede dar un giro sorpresa en cualquier momento.
La violinista enamorada, por ejemplo, descubre que el amado no es como esperaba. La historia se transforma y lo que el lector creía iba a ser la misión a realizar —conquistar al objeto de su deseo—, tan sólo era la excusa para que la protagonista se diera cuenta de que idealiza a las personas. Que se enamora siempre del hombre equivocado. Entonces abandona su conquista y se centra en solucionar sus errores.
Uno de los aspectos más importantes del desarrollo es mantener el nivel del planteamiento. No puedes —o no debes— defraudar al lector. Si tu inicio es potente y engancha, durante el desarrollo estás obligado a ser potente y continuar enganchando. Aún te digo más: debes subir la intensidad paulatinamente. A cada paso, a cada aprendizaje, se adquieren nuevas herramientas para superar dificultades todavía más grandes.
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Observa cómo se desarrollan los videojuegos. Los primeros niveles son sencillos, casi una práctica para que el jugador se familiarice con el desarrollo del juego. El avatar adquiere nuevas armas o habilidades para enfrentarse a mayor cantidad de enemigos o a jefes de nivel más poderosos, hasta llegar al jefe final.
Si acompañas estos cambios de intensidad con el ritmo de las palabras, realizando sutiles variaciones en tu estilo narrativo, tienes garantizada la adicción a la historia que estás contando.
Dosifica la información que les das a tus lectores. Respétales. Te diriges a personas inteligentes capaces de comprender entre líneas. No se lo des todo mascado y deja que piensen por sí mismos. Muchas veces un silencio dice más que mil palabras. Juega con el misterio: haz que el lector sepa cosas que tus personajes no saben —suspense—. Haz que el personaje sepa cosas que el lector desconoce —secreto—. Plantea situaciones desconocidas tanto para el lector como para los personajes —intriga—. 5
Siguiendo el ejemplo de la violinista enamorada, he aquí una situación de cada:
Suspense: en una escena, el lector sabe que su objeto de pasión la ha engañado con una compañera de su orquesta. Pero ella no lo sabe, con lo cual el lector sufrirá por ella. ¿Lo averiguará? ¿Qué hará cuando lo sepa? En las escenas donde la violinista esté con su amado y crea en sus pablaras de conquistador ¿cómo crees que se sienten tus lectores?
Secreto: la violinista recibe la visita de una mujer de su pasado y cenan juntas. Pasamos a otra escena sin ser testigos de la conversación y cuando volvemos a la protagonista han pasado tres días. Nuestro personaje reflexiona sobre las verdades que pronunció su amiga durante la cena pero no se precisan. ¿Qué ocurrió en su pasado? ¿Cómo le afecta en el presente? Ten por seguro que el lector se morderá las uñas, deseará saber de qué hablaron en esa cena y leer la historia hasta que el secreto sea revelado.
Intriga: todos los miércoles, el amado desaparece. Nunca queda con ella, ni responde sus llamadas. Él evade las respuestas cuando ella le
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pregunta… siempre tiene una reunión importante, un viaje de negocios… pero está claro que guarda un secreto. ¿Una amante? ¿Una afición de la que se avergüenza, como cantar en un karaoke? El lector se identificará con tu protagonista, pues ni uno ni otro saben la respuesta. Querrán acompañar a la violinista hasta que se desvele la intriga.
Añade, además, ese giro inesperado a tu historia y sorprenderás. El lector quiere ser sorprendido, engañado, quiere ser llevado por caminos tortuosos que desembocan en lugares inesperados. Haz que esas situaciones previsibles den un giro de ciento ochenta grados. Juega con la perspicacia del lector, anticípate a sus conclusiones, condúcele por una situación cuyo desenlace pueda prever y dale la vuelta.
Puedes engañarle, siempre y cuando no le mientas. Da la información justa y necesaria, ni más ni menos. Cuidado con despistar demasiado: no debes transformar tu novela, tan sólo conducirla por un camino inesperado. Que no se vea afectado tu hilo conductor, ni el género, ni el tono.
Si eres hábil manejando estos recursos mantendrás a tus lectores en vilo hasta el momento del clímax. Éste es un suceso donde convergen los acontecimientos. El protagonista debe afrontarlo y salir victorioso o derrotado. Es el enfrentamiento con el enemigo, con la realidad, con los propios temores. El punto culminante que decidirá el destino de los personajes. La hora de la verdad. Este momento puede estar precedido de otros falsos clímax; es decir, puntos culminantes de la acción que parecen el último eslabón para el desenlace… pero en realidad no lo son.
Recuerda que, al igual que tu protagonista tiene ayudantes, su antagonista también los tiene. Incluso es posible hacer que el enemigo final no sea tal; que sea una mascarada para mantener en la sombra al que mueve los hilos, el antagonista auténtico. Y este enemigo oculto puede ser… incluso uno de los ayudantes del personaje principal. La traición es un poderoso motivador. Tus lectores pueden llegar a odiar tanto la traición de un personaje clave que les provocarás a ellos mismos un clímax emocional. De hecho,
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