Gráfico 1 Tasa bruta de escolaridad en secundaria tradicional, nivel nacional, 1957-
3. La desigualdad y los retos del aprendizaje
3.1. Hacia una “educación subversiva”
3.1.1. Ética, estética y ciudadanía: aprender a vivir y a convivir
Como parte de los esfuerzos por entender y promover una educación subversiva, impulsamos una propuesta a la que, ambiciosamente, titulamos “Una educación para la ética, la estética y la ciudadanía”, cuyo leit motiv estaba centrado en una ta- rea fundamental de la educación: la de lograr que los estudiantes aprendan a vivir y aprendan a convivir.
En Costa Rica, comprendimos que al educar para la vida y la convivencia debíamos, ciertamente, educar para el mundo del trabajo y, por lo tanto, educar para la eficien- cia, pues sin esta cualidad no habrá forma posible de satisfacer nuestras necesi- dades materiales. Pero al mismo tiempo, entendimos que, al educar, no podíamos quedarnos solo con las necesidades prácticas de la producción y el consumo de los bienes y servicios que nos sirven para satisfacer esas necesidades materiales. Porque, aun siendo vital, ello no basta. La vida y la convivencia humana van más allá: tanto o más que los bienes materiales que nos dan sustento y satisfacción, por- que los seres humanos necesitamos de la relación con los otros, necesitamos de la
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convivencia, de la identificación y de la relación con otras personas y otros grupos diferentes de personas. Necesitamos del significado y de la cultura y, cada vez más, necesitamos construir una relación sostenible con el entorno.
El cambio de siglo ha enfrentado a la humanidad con el final de muchas de las cer- tezas y los absolutos que, años atrás, parecían darse por sentados y nos daban un falso –pero tranquilizador– sentido de seguridad. Actualmente, en cambio, vivimos una realidad mucho más ambigua e incierta en la que parecen haberse perdido los criterios mismos de verdad e, incluso, los criterios, normas y valores que hasta el momento habían regido nuestra convivencia. Por un lado, esto nos enfrenta a las propuestas de lo que paradójicamente podríamos llamar el relativismo absoluto: hoy, todo vale y todo vale por igual. Por otro lado, hemos visto durante los años más recientes el resurgimiento de los fundamentalismos dogmáticos que lamentan “la pérdida de valores” y que pretenden un regreso a los viejos tiempos de los paradig- mas absolutos. Sin embargo, la educación no puede sentirse cómoda ante ninguna de estas propuestas.
En su libro El valor de elegir (Savater, 2003), Fernando Savater señala con agudeza que, frente a la incertidumbre en la que vivimos –y frente a la amenaza de nuevos dogmas o del regreso de los viejos–, la humanidad debe apoyarse en esas grandes fuerzas que la han guiado a lo largo de su historia: la ética y la estética, la búsqueda de qué es lo bueno, qué es lo correcto y qué es lo bello. Pero no como la vieja bús- queda acabada de valores absolutos e inmutables sino, por el contrario, afrontando una construcción humana permanente y socialmente determinada.
Este llamado a recuperar la ética y la estética como criterios fundamentales de la vida y la convivencia humanas nos resultó consistente con propuestas educativas que iban desde la visión de Paulo Freire, que comprendía la educación como la práctica de la libertad, hasta las propuestas más recientes de autores como Howard Gardner (Gardner, 2011), que postula que, a la educación que prepara para la bús- queda pragmática y dinámica de “lo verdadero”, debemos agregarle la educación que forma para la búsqueda trascendente de “lo bueno” y de “lo bello”, es decir, para una educación en la ética y la estética, como criterios fundamentales –y nunca acabados– de la convivencia humana.
Este propósito nos exige incorporar explícitamente en los procesos educativos el concepto y la práctica de la ética. Los jóvenes no pueden crecer sin criterios éticos propios, en un mundo escindido entre dos extremos igualmente absurdos: uno, en el que se diluye el imperativo moral de luchar por aquello que es humanamente correcto o bueno y, el otro, que pretender retornar a los viejos dogmas absolutos y autoritarios del pasado.
discriminación y del miedo, fue necesario comprender que no podíamos educar ni en los valores inmutables de los conservadores ni en la cómoda ambigüedad de los relativistas, sino que debíamos encaminarnos hacia una búsqueda individual y hacia la construcción colectiva de qué es lo que nos permite vivir juntos, con respeto, con simpatía, con solidaridad, con afecto, reconociéndonos y aceptándonos en nuestra diversidad y entendiendo nuestra responsabilidad para la preservación de nuestro planeta, único entorno natural, al que estamos indisolublemente ligados. Para eso educamos.
De la misma forma, comprendimos que debíamos educar en la estética, para que los jóvenes aprendan a gozar de las manifestaciones y expresiones estéticas en toda su diversidad y desde muy temprano, para que sean capaces de apreciar y valorar las expresiones artísticas; para entenderlas –conociendo y respetando sus raíces y ex- perimentando con sus derivaciones y combinaciones–, para poder así comunicarse y expresarse, ellos mismos, estéticamente.
De manera más general, entendimos que educamos para la cultura, para los dere- chos humanos y para lo que denominamos “desarrollo sostenible”. Educamos para cultivar esa parte de nuestra naturaleza humana que no viene inscrita en el código genético, sino en nuestra historia. En definitiva, educamos para el ejercicio crítico pero sensato –o sensato pero crítico– de una ciudadanía democrática.
Pero una educación con tales atributos, crítica y subversiva, debe ser, además, inte- gral. Ello implica que educamos para asimilar las nociones más abstractas y comple- jas del pensamiento y las formas más sublimes –y no siempre asequibles– del arte, pero también educamos para manejarnos en los aspectos más indispensables de la vida cotidiana: cambiar un fusible, abrir una cuenta bancaria, reparar una silla rota, hacer un ruedo, sacar de la caja e instalar la computadora nueva, pegar un botón. Educamos para identificar y enfrentar la injusticia, y para cerrar las brechas que nos separan. Y, efectivamente, educamos para erradicar las dos causas básicas de la pobreza: la ineficiencia y el privilegio. Educamos para que prevalezcan el afecto y la razón, de manera que no se repitan los errores del pasado, educamos contra la ma- gia y la tiranía, que suelen alimentarse mutuamente mientras atropellan a la razón y al respeto por el otro. Educamos, en fin, para vivir sin miedo en el afecto y la memoria de los demás... y cobijados por el mismo ecosistema: porque estamos convenci- dos de que solo así trascenderemos como individuos y que solo así sobreviviremos como especie.
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Por todo ello comprendimos, finalmente, que la alfabetización del siglo XXI significa algo más que leer, escribir y operar la aritmética básica. Significa poder entender el mundo en que vivimos y expresarnos en los símbolos de nuestro tiempo y de nues- tra juventud, y esos son los símbolos de la ciencia, de la tecnología, de la política, del arte, del deporte y la cultura a todo nivel. No podemos aspirar a menos. De eso se trató la iniciativa que impulsamos en busca de una educación para la ética, la estéti- ca y la ciudadanía en Costa Rica.