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Los últimos días

In document Coger y Contarlo - Santiago Canepa (página 195-200)

Laura se sentó en el sillón y comenzó a llorar. ¿Qué pasaría si estuviera embarazada? Si esa sospecha —que ninguno mencionaba, pero que nos iba inundando de a poco, como si, de pronto, una fuga de agua se precipitase en nuestro departamento de la calle Dublín, y el agua (esa agua), fría, molesta, inesperada, nos fuese subiendo de a poco, hasta llegar a la cintura, al pecho, al cuello, a los ojos, y por fin, fuese inevitable verla- era cierta.

Si esa sospecha fuera cierta, mi vida cambiaría por completo. La vida de Laura cambiaría por completo. Nuestra vida ya no sería la misma.

A ella, esa agua intempestiva le llegó de forma directa. Es decir, ella conocía su cuerpo, conocía sus ciclos y por más irregulares que fuesen (siempre) sus periodos, empezaba a sospechar de ese sangrado atemporal que le llegaba a mitad de mes: la sospecha tenía fundamento.

Para mí era distinto, porque, si bien yo conocía sus ciclos, sus fechas, sus estados de ánimo, no contaba con la prueba visual (una bombacha manchada quitada a las apuradas y puesta a lavar, una aureola roja que se iba esfumando como un

fantasma sobre el agua, en la porcelana blanca del inodoro), ni con las sensaciones que a ella su cuerpo le iba soltando día a día. Yo sólo conocía la versión comprimida y verbal que una tarde, mientras merendábamos junto a la ventana de living, ella había dejado correr livianamente sobre el barniz resbaloso de la charla cotidiana.

—Me volvió a venir —me dijo mojando una galletita en el café con leche.

—¿Pero no te vino hace poco? —me sorprendí yo, mientras ella se metía la galletita en la boca, la masticaba, la tragaba y luego se chupaba los dedos.

—Sí. No hace más de quince días. —¿Y entonces?

Sin mirarme, como si el tema no requiriese mayor atención que la que uno puede darle mientras hurga (un poco a ciegas, torpemente, con la misma mano ya manchada y chupada repetidas veces) dentro de un paquete de galletitas Bagley, me respondió:

—Nada. No pasa nada. Me siento un poco mal, nada más. Pero es normal… Al menos una vez al año, a las mujeres nos viene así, dos veces seguidas. El cuerpo necesita estabilizarse. Hay cambios hormonales y esas cosas.

No supe qué contestarle. No supe de dónde había sacado eso. Traté de recordar si le había sucedido eso mismo en los años que hacía que estábamos juntos, pero no logré recordarlo. Creí que sí, que le había pasado. Y después creí que no, o que alguien me había contado que a alguien le había pasado y que eso era normal, pero no estaba seguro. Comencé a sospechar: ¿y si estaba enferma?, ¿y si estaba embarazada? ¿Y si eran las dos cosas a la vez? A juzgar por lo mucho que ella iba al médico —uso y abuso de la buena medicina prepaga que su padre costeaba cada mes—, le creí. O al menos preferí creerle.

Intentando desplazar con racionalismos esa sensación de vacío que su comentario asociado a miles de pequeños signos que de pronto empezaba a entender (sus manos acariciando su barriga, sus llantos extracurriculares —muchos más de los que tenía a diario—, sus cambios de humor, sus pechos blancos y pequeños, que, para mi contento, empezaban a crecer, sus miradas, su piel, mis ganas de abrazarla y sus náuseas, sus retorcijones, etcétera, etcétera), había empezado a abrir en mi pecho. Como si sus palabras (“Me volvió a venir”) fuesen una gota de ácido que dejó caer sobre mi pecho (sobre el Telgopor que era mi pecho), y una onda expansiva, agujero que se abre, fuese creciendo en mí. Como esa aureola de sangre que ella vio flotar en el inodoro. Como el agua que empezaba a subir de a poco y a inundarnos, a inundar el departamento de la calle Dublín.

Para ella lo importante era que llevaba casi un mes indispuesta y le molestaba sentirse mal, “sangrar tanto”. Desviaba su atención a eso como si su sospecha —para entonces pequeña, Big Bang a punto de estallar— pudiese ser tapada.

Pasamos una semana así: ignorando, negando, haciéndonos los tontos. Creyendo que, si no pensábamos en lo que estaba pasando, eso no pasaría. Hasta que un día, caminando histéricamente, descalza, rapidito, hermosa (con los párpados hinchados), con el pelo recogido, pataleando como un bebé enfurecido, salió del baño y se sentó en sillón y comenzó a llorar haciendo pucheros, muecas, regando sus labios de mocos y lágrimas, llenándolos de saliva y contorneos extraños; volviendo su rostro el rostro de una muñeca brillante. Mencionó viscosidades, colores que pasaban de un rojo intenso y normal a un rosa espeso que variaba según la cantidad de líquido transparente (intruso alarmante en el rito banal de

cambio de tampones, bombachas y toallitas), que empezaba a notar en las últimas secreciones.

Me senté a su lado y la abracé. La besé en los ojos. En la boca. En la cabeza, sobre el pelo (recordé los besos que mi padre me daba cuando yo estaba dormido o él creía que lo estaba). Me empapé de la capa salada y húmeda que cubría su rostro. Aspiré su perfume, su olor a hogar. Y así, sin pensarlo, como si esa agua que había empezado a inundar nuestro departamento por fin nos hubiese llegado a los ojos develando la verdad, puse mi mano en su panza y sentí que una luz esclarecedora se encendió iluminando todo. La amé como nunca la había amado. La vi mujer y animal. La vi hembra. La vi por debajo de todos los convencionalismos que miles y miles de años de historia humana y de lenguaje humano y de razón humana nos habían puesto: “ella, yo, nosotros, Santi, Laura, Santiago y Laura, la pareja, el Amor, la idea del Amor, Shakespeare, el romanticismo, Romeo y Julieta, el morir por

Amor, el vivir por amor, las canciones de Amor, la visión

simple del Amor, el guión cinematográfico del Amor, las novelitas de amor, las películas de amor, el final feliz (del

Amor), la vida, la idea de la vida, el sentido de la vida”; todo,

absolutamente todo, desapareció. Se fue. Como si alguien hubiese quitado el tapón de esa pileta que era nuestro living y esa agua que nos inundaba se hubiese chupado de un solo golpe, de una sola sorbida: no quedaba nada más que nosotros. Nuestros miedos, nuestras ilusiones, pero nosotros. Jóvenes, muy jóvenes para estar sufriendo. Desnudos pero vestidos, aterrados, sentados en ese sillón del departamento de la calle Dublín.

Al otro día fuimos al médico. Subí los tres pisos de la clínica sintiéndome más pequeño que nunca (sensación comparada a la que sentimos al estar frente a una gran montaña

o frente al mar). Laura iba a mi lado. Mirábamos un punto fijo. Quizás el mismo punto, el mismo sector de la puerta plateada del ascensor, pero no veíamos lo mismo. Ella empezaba a ver futuro, con niños, pañales, mamaderas y baberos vomitados. Y yo veía presente, pensaba en sus celos, en sus reclamos, que se habían convertido en compulsión. La forma obsesiva que tenía de encontrar signos, pruebas, evidencia de que yo había hecho tal o cual cosa, siempre mala, siempre a propósito, siempre para lastimarla. Las escenas de violencia que habíamos protagonizado. La puerta rota por mis golpes. Mis labios rotos por los suyos. Los insultos, los gritos, las separaciones fugaces: no era el momento de tener un hijo. No estábamos preparados. Sin embargo, no lo discutimos. Desde que habíamos empezado a sospechar que estaba embarazada, habíamos evitado hablar del tema. Simplemente nos habíamos dejado llevar por el curso natural de las cosas: primero dejamos pasar el tiempo, como esperando que, de pronto, un signo físico, una revelación fisiológica nos confirmara que era todo un susto, una sospecha infundada. Luego, cuando ese signo no llegó y el agua ya nos hubo tapado los ojos, no tuvimos que confirmarlo: los dos sabíamos que estaba embarazada. No habíamos hecho un test, no habíamos consultado a un médico, pero lo sentíamos. Por eso íbamos a la clínica, para que nos confirmaran lo que era obvio. Para saber qué teníamos que hacer a partir de ahora.

Llegamos al tercer piso. Laura se acercó a la mesa de recepción y explicó su problema utilizando la palabra “problema” como si hubiese utilizado la palabra “estado” o “situación” o cualquier otra palabra que no tuviese una connotación negativa.

La chica le dijo que se sentara y que de inmediato iban a llamarla. Yo la escolté durante todo el trámite, pese a no haber estado incluido en el “sentate que ya te van a llamar” de la

recepcionista, o en el “problema” de Laura.

Nos sentamos. La sala de espera —con televisión, sillones, máquinas de gaseosas y dulces, gente bien vestida— no se parecía en nada a las salas de espera de los hospitales públicos que yo evitaba visitar (hasta más no poder) desde que era pequeño.

Nos tomamos de la mano. Ella parecía contenta o histérica, quizás. Me hablaba, me decía que le dolía la panza. Me besaba, me acariciaba. Se movía mucho. Yo la abrazaba como quien abraza a un enfermo o a alguien que acaba de sufrir un shock emocional. La contenía. Intentaba contenerla. Hacía lo que podía.

A los pocos minutos, una doctora salió de su consultorio y llamó a Laura por su nombre completo. Laura se paró y yo atiné a hacer lo mismo, pero me frenó con su mano y me dijo que la esperara, que primero entraría sola. Le dije que sí con la cabeza, cerrando y abriendo los ojos en un mismo movimiento descendente/ascendente, y la vi irse feliz. Asustada pero feliz. Hermosa. Moviendo el culo como un pato que camina rápido.

En la tele, sin volumen (como si en ciertos lugares destinados a visitas esporádicas —salas de espera de todo tipo, terminales de ómnibus, aeropuertos, etcétera— dejasen los televisores sin volumen creyendo ingenuamente que uno necesita el silencio para poder pensar tan solo en aquello que está por hacer: visitar un familiar enfermo, recibir los resultados de un examen sanguíneo, por ejemplo), una protesta de estudiantes de algún colegio de la Ciudad de Buenos Aires cortaba una calle por mejoras edilicias. Era todo un show de mimos despintados.

Quizás lo de la tele era cierto. Y esa tele estaba allí para ser mirada sin ser vista. Es decir, para ser mirada mientras uno en verdad se va hundiendo en sus pensamientos. Y el pobre

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