• No se han encontrado resultados

Hablar de otras

In document Coger y Contarlo - Santiago Canepa (página 47-77)

Apenas me separé de Laura, comencé a visitar viejas amigas y a cosechar todo lo que había sembrado mientras estaba con ella. Un poco para no sentirme tan solo, y otro tanto para aprovechar el tiempo en soltería. “No estar en pareja”, me dijo a propósito un amigo, “es como no tener que trabajar al otro día”. Yo no sabía cuándo podría volver a estar con Laura y dar por finalizadas mis vacaciones.

Una de esas viejas amigas era Carla. Ella era actriz, estudiaba expresión corporal y danzas orientales de nombres raros. Yo sólo me quería acostar con ella. No me importaba otra cosa. Hacía mucho que no nos veíamos y, de hecho, nunca había pasado nada sexual entre nosotros. Nos habíamos visto, a lo sumo, dos veces. No obstante, en muchas oportunidades habíamos hablado por teléfono y, cibernéticamente, nos habíamos confesado cosas que a pocas personas se les cuentan. Quizás por eso, al vernos, una confianza corporal y agradable se estableció entre nosotros. El hecho de que ella fuera actriz y estuviera acostumbrada al trabajo corporal y a la soltura física —en contraste con mi habitual rigidez— también ayudó.

oficios inseparables que comparten la exposición inmediata. Ya sea ante un público o ante un comensal, su trabajo es fingir. De hecho, todas las actrices que conozco son camareras. Y todas las camareras que conozco son o sueñan ser actrices. Lo que es cierto también es que absolutamente todas se acuestan o se acostaron con el cocinero. Y pretenden lucir como Amelie, flequillo esnob y disfraz circense mediante.

Si tengo que ser sincero —atentando contra mi sexualidad bien definida—, admito que, en gran medida, mis deseos de tenerla pasaban más por recuperar el tiempo perdido que por la necesidad de deshacerme dentro de ella. No eran tantas mis ganas de tocarla como de saber que la había tocado. Y volver al trabajo/pareja con las vacaciones bien aprovechadas. Algo similar a lo que ocurre cuando salimos de viaje un fin de semana largo: queremos hacer rendir los escasos días de descanso. Queremos decir “yo también estuve allí, y conozco esa feria de artesanos que venden tan barato”.

Carla vivía sola y no tenía muebles. No por falta de dinero o posibilidades, sino porque le gustaba. Tenía almohadones rojos esparcidos por toda la casa y un colchón enorme en lo que se suponía que era su cuarto. En las paredes tenía colgadas telas andinas de todos los colores y tamaños. Además de una buena cantidad de fotos de ella en blanco y negro.

“Ponete cómodo”, me dijo apenas llegué. “¿Dónde si no tenés ni un sillón?”, pensé en responderle. Pero no le dije nada y me acomodé donde pude. Con una soltura que no sé de dónde saqué, me quité las zapatillas y las dejé al lado de una ventana, por miedo a que sintiera olor a pata.

—¿Querés escuchar música? —preguntó. —Bueno. ¿Qué tenés?

No conocía nada de lo que me nombró.

Confío en vos... sorprendeme.

Me sorprendió. Lo que se escuchaba me sorprendió. Era la mezcla exacta entre los alaridos de un jabalí seco de vientre y un violín tocado por un perro. Todo metido dentro de una lata de Nesquik, con porotos para jugar al bingo y amplificado por un megáfono. Desde luego, fingí que me gustaba.

—Es música mapuche —me dijo—. La toca un amigo que viajó al sur hace poco y estuvo viviendo con ellos.

“Estuvo viviendo con ellos”. ¿Ellos? ¿Quiénes eran ellos? ¿Por qué existe un ellos y un nosotros? ¿Por qué no existe un todos y listo? ¿Por qué yo me quedaba callado y no le decía nada? ¿Por qué ella quería escuchar una música tan espantosa? ¿Realmente tenía ganas o de ese modo era más actriz, más artista, más sensible? ¿Por qué yo no podía acostarme con una mujer a la que le gustase Luis Miguel solo porque es lindo? ¿Por qué no podía acostarme con todas? ¿Por qué yo me sometía a escuchar esa violación a los oídos y al buen gusto? ¿Por qué me ponía a pensar todo esto? ¿Acaso no tenía que estar encima de ella arrancándole la ropa? ¿Qué tenía que contestarle?

Desde luego no le contesté nada. No encontré ninguna razón lógica para arriesgarme a acabar en una discusión que pudiera alejarme del sexo. Además, por otro lado, ella creía en mi romanticismo ya olvidado. En ese romanticismo de poeta de mi primer libro. Así que ¿quién era yo para arrancarle la fantasía? ¿Quién era yo para quitarle la posibilidad de acostarse con este chico sensible? ¿Quién era yo para decirle la verdad? Por suerte fue ella quien habló. Y, por suerte, yo seguí eligiendo la mentira.

—¿Te gusta, Santi? —interrogó. —Sí, sí. Muy buena —mentí.

—Sí. Reloca. Re buena onda mal mal —me re burlé sin que se diera cuenta.

—¿En serio te gusta? Soy muy bueno mintiendo. —Sí.

Un genio.

—Pensé que no te iba a gustar.

¿Pensó que no me iba a gustar? ¿Y para qué la puso, para traerme pesadillas?

—¿Y para qué la pusiste? —pregunté riendo. —Para ver si te gustaba, corazón.

Que me dijera “corazón” me dio cosquillas en el pene. —¿Y si no me gustaba?

Me reí. Ella también se rió. —Ponía otra cosa y listo.

—No, no, tranqui. Está bueno. Me gusta. Soy el dios de la falacia.

—Si querés tengo Luis Miguel. Es más romántico.

Por un momento temí que me estuviera leyendo la mente y me quise ir a mi casa.

—No. Esto me gusta.

Además de mentiroso, soy cagón.

—Bueno. Me alegra que te guste, corazón —Otra vez las cosquillas en el pene—. Siempre hay que estar abierto a cosas nuevas.

—Sí, obvio.

En verdad, no coincidía. Pero también mentí.

Carla puso en la heladera el vino que yo había comprado aconsejado por mi amigo Marcos. Y luego comenzó a preparar la comida. Yo la seguí hasta la cocina. Arrojó un montón de verduras trozadas a una sartén, arroz, algunos pedazos de pollo y mucha salsa de soja. Al rato revolvió todo. Apagó el fuego y

sirvió el contenido entero de la sartén en dos vasijas de barro lo suficientemente hondas como parecer una maseta y hacerme sentir que me iba a comer un potus. Luego, agarró dos tenedores y llevó todo hacia donde estaba el equipo de música. Yo ya estaba sentado sobre varios almohadones juntos. Antes de sentarse, apagó todas las luces de la casa, encendió algunas velas y un sahumerio delicioso y cambió la música por algo más agradable. Finalmente se sentó.

—Me olvidé el vino —dijo parándose nuevamente. —Quedate. Yo lo traigo —dije sin pararme.

—No, no, voy yo.

Me puso la mano en el hombro. —Bueno.

No insistí mucho más. A los pocos segundos, volvió con el vino abierto, se sentó como un buda y empezamos a comer. Poco a poco, copa tras copa, una sensación parecida al buen humor comenzó a aflorarme en el pecho. Si bien era cierto que yo había ido allí tan solo para acostarme con ella, a medida que íbamos hablando, riendo, rozándonos, ese clon de Audrey Tautou comenzaba a despegarse de ese personaje y detrás de él comenzaba a aparecer una mujer maravillosa, con linda sonrisa, lindos ojos y un culo para poner en un cuadro. No había ninguna foto de su culo en la pared. Debía sugerírselo.

Por su parte, la decoración de la casa, que antes me había resultado rara, si no ridícula, ahora comenzaba a generar en mí una extraña sensación de calma. ¡Estaba relajado sin psicofármacos y sin Laura! ¡La estaba pasando bien! Quería llamar a mi psicólogo y decirle: “¿Viste, Juan? Ya no estoy interrumpiendo el goce. Ya no necesito tanta terapia”.

Terminamos de comer en seguida. Pese al esfuerzo, yo no pude acabar mi plato. Ella sí.

—Por supuesto.

—¡Genial! Así nos relajamos un poco.

Y me puso una mano en el hombro, y comenzó a masajearme. “¿Así nos relajamos un poco?”, pensé. ¿Acaso no estaba relajada? Me acordé de Fleco, el dibujito animado de aquella propaganda antidrogas, cuando él no quería fumar y un chico con cara de malo le decía: “Dale, ratón, si acá no te ve tu papito”. Me sentí Fleco, pero sin Male y sin el doctor Miroli.

—Estoy tratando de aprender a relajarme de otras formas, pero bueno, la relajación química siempre es mucho más efectiva.

Nos reímos. Comenzamos a fumar y a tomar vino (el vino era tan delicioso que debía recordar llamar a Marcos para agradecerle). A la media hora, tenía el cuerpo tan flojo que el temor de no funcionar como hombre me abrazó como un luchador de judo enorme y transpirado.

—¿Así que te separaste? —me preguntó. —Sí, sí.

—¿Hace mucho?

Pude haber mentido. Pude haber dicho que hacía mucho tiempo que me había separado, para que ella no creyera que yo era un desesperado que apenas se quedaba solo salía en busca de aventuras. Pero no. Por alguna razón sentí que no tenía que mentirle. Porque ella era buena. Era amable. Cariñosa. Confiable. Me recibía en su casa con mucho más que sus brazos abiertos y yo solo quería que abriera las piernas. Y eso me daba culpa. Pues ella, enseñándome todo su universo, quería hablarme de su persona. Y yo, como todo un cobarde y un egoísta, la criticaba en silencio para obtener de ella sólo su cuerpo. Tenía que decir la verdad:

—Mirá, hace solo dos semanas que me separé. Ya sé que es poco tiempo. Y que podés estar pensando que soy un

desesperado que apenas se separa sale a buscar minas. Pero… —Pará —me interrumpió—. Yo no pienso que seas un desesperado, corazón. —Otra vez las cosquillitas—. Pienso que es natural que estés viviendo todo esto de ese modo. Es tu forma de hacer el duelo. Cada uno se lo toma como puede.

“¡Es un ángel!”, pensé, “es Dios. Es la mujer más comprensiva del mundo. Tengo que besarla”. La besé. Sus labios eran suaves. Su legua jugó dentro de mi boca con ternura. Como un caracol de gelatina o como un Yummy. Acariciándome los dientes, los labios y mi propia lengua. Me excité. Ese cosquilleo repentino en todo mi miembro subió hasta mi pecho. Le acaricié la cara y ella acarició la mía. Nos miramos. Nos olimos. Suspiramos y yo tomé su mano y la llevé a mi entrepierna.

—Pará —interrumpió de repente—. Tenemos toda la noche.

—Está bien —dije yo automáticamente, separándome de su cuerpo, comprendiendo que el juego que proponía era otro. Era ir despacio. Recorriendo y disfrutando cada momento de la noche hasta llegar a la culminación. Yo no sabía ir despacio. En ningún aspecto de la vida.

—Sos muy lindo, ¿sabés? —dijo mirándome fijamente. Yo bajé la mirada y me rasqué la cabeza, como cada vez que no sé cómo reaccionar.

—Gracias. Vos también. No mentí.

—Sos divino. Y no estés mal. Ya se te va a pasar todo ese sufrimiento.

Yo no estaba sufriendo tanto. Por alguna razón, después de tantas desilusiones y rechazos amorosos, se había depositado en mí la sensación de que una separación no era el fin de una relación amorosa, sino la transformación de dicho

vínculo. Quizás, porque había vivido amores que terminaron mucho antes de que acabara la relación. O quizás por el contrario: por haber vivido amores que perduraron en mí hasta mucho después de terminada la pareja. Por esa razón, o porque en el fondo sentía que iba a volver con Laura, no estaba tan mal.

—Gracias. Pero no estoy tan mal, che… Estoy. Simplemente. Qué sé yo.

—Bueno. Me alegro entonces… —Y señalando las últimas gotitas que quedaban en la botella de vino, prosiguió— : ¿Querés más?

—No, gracias. Por hoy es suficiente. —Sí. Para mí también.

Y dejando la botella, se recostó sobre mi pierna, mirando hacia arriba. “Si se da vuelta y me la chupa”, pensé, “la canonizo”.

Pero no me la chupó. En su lugar me contó que también hacía muy poco que se había separado. Que vivieron juntos un año. Y que lo dejó cansada de ser engañada. Me contó todo acerca de su ex. Y yo la escuché y la contuve con un interés que hasta el día de hoy me sigue sorprendiendo.

La noche era perfecta. No podía ser mejor. A esa altura, ya nos acariciábamos las manos, los antebrazos y por momentos las piernas. De vez en cuando, nos besábamos. Todo con una suavidad más romántica que sexual, propia de una película de Disney y no una porno como yo esperaba en un principio.

—¿Querés que te haga unos masajes? —me dijo de pronto.

—Dale. Si querés.

—Obvio que quiero, corazón. —Otra vez las cosquillas— . Unos masajitos en la… —“Ojalá la frase termine con ‘poronga’”, pensé—… espalda no te vendrían nada mal. Estás

muy tenso.

Si decía “poronga”, sí que la canonizaba en serio. —Bueno, dale, haceme.

Y me quedé quieto, esperando a que ella me acostara. Me sacara la ropa. Me hiciera los masajes. Me follara, me preparara chocolatada y me dejara durmiendo. Pero luego de unos segundos, cuando advertí que ella me miraba como esperando algo, dije:

—¡Ah, la ropa! ¡Sí, sí, la ropa! Ahora me la saco.

Ella se rió y me indicó que fuéramos a lo que parecía su cuarto. Yo la seguí, me quité la remera, los pantalones, y me acosté sobre el colchón, culo para arriba, esperando sentir sus manos. Con un aceite frío, que en un principio me dio más impresión que placer —o lo que se suponía que debía darme—, Carla comenzó a estrujarme cada músculo de las piernas. Subía y bajaba por mis extremidades como si estuviera amasando pizza. Pronto, comencé a sentirme liviano, a gusto. Cómodo. Me fui dejando llevar como un bebé al que le están cambiando los pañales. Fui olvidándome de toda impostura e incomodidad en torno a mi cuerpo.

—Con los deditos no —dije haciéndome el gracioso cuando pasó por mis nalgas. Ella se rió—. Con Barrocutina tampoco. Con nada. Ni se te ocurra.

—Quedate tranquilo. No va a pasar nada que vos no quieras.

Ambos nos reímos.

—A excepción de un dedo en el culo, es difícil que yo no quiera algo en estas situaciones.

Volvimos a reírnos, y yo comencé a concentrarme en la música, en los aromas y en las manos de Carla, que iban y venían, a esa altura, por mi espalda. Yo estaba en un estado de ensueño. Conectado con cada centímetro de mi cuerpo y mis

sentimientos.

—Es loco volver a estar por este barrio —dije en un acto de sinceridad.

—¿Por? —preguntó y siguió masajeándome. —Porque sí. Qué sé yo… el barrio.

Cavilé.

—Claro, me imagino, corazón. —Otra vez las cosquillitas—. Tu ex vive por acá, ¿no?

—Sí, sí.

—Sí, sabía. Me contaste.

Nos quedamos unos segundos en silencio. Me rasqué la cabeza. Carraspeé y dije:

—Bah… las dos viven por acá. —¿Qué dos?

—Claro. Laura y…—volví a carraspear— y Mariana. —¿Mariana?

Ella se sorprendió. “¡Metí la pata!”, pensé. Por un momento, dejó de masajearme y temí lo peor: que fuese amiga de Mariana y que por esa razón —inmersa en la culpa y la vergüenza— abortase toda posibilidad de sexo conmigo. Aunque, por otro lado, la fantasía de acostarme con una amiga de quien me abandonó argumentando que yo carecía de lo necesario para formar un proyecto de pareja serio, se me antojaba como una venganza deliciosa y con final feliz. Por suerte, Carla volvió a hablar y siguió con el masaje:

—¿Mariana cuánto? —¿Eh?

Repregunté, aunque la había escuchado claramente. —Que cómo es el apellido. Por ahí la conozco. —Ah, el apellido. Sí, sí, el apellido…

—Sí, el apellido. —Mariana.

—¡Ese es el nombre, Santiago! —Sí. Mariana. Mariana Fratechí. Arriesgué todo diciendo la verdad.

—Mariana Fratechí. —Hizo memoria. Yo crucé los dedos sin cruzarlos—. Hmmm, ¿una morocha?

—No, rubia. Rubia natural.

—Ah, no. Yo conozco una Mariana pero es morocha. Desde siempre.

—No, esta es rubia.

Respiré aliviado y agradecí el hecho de que Mariana fuera rubia desde siempre.

—Ah, no. Ni idea. —Reanudó los masajes—. Mirá vos, che. No sabía que saliste con otra chica más del barrio.

—Sí. Es gracioso en un punto. Mucha casualidad, ¿no? —La verdad que sí.

Quedé en silencio unos segundos. Recordando. Luego proseguí:

—Por eso te digo que es loco volver a estar en el mismo barrio.

—¡No te rasques la cabeza! ¿Querés? Así dejás el brazo quieto —me regañó.

—Perdón.

Dejé de rascarme la cabeza sin reparar en que me la estaba rascando. Luego agregué:

—Es gracioso porque cuando me separé de Mariana… eso fue hace algunos años. Mariana vive acá a unas pocas cuadras… Y es una locura, porque durante el tiempo que viví acá con Laura, la pude haber cruzado en cualquier momento… Así que bueno, te decía, a los pocos meses conocí a Laura. Y cuando me dijo que era del sur no lo podía creer. Te juro. Me causó mucha gracia. Y hasta tuve miedo de que la conociera. Como recién con vos.

—Y, es que es mucha casualidad. —Sí. La verdad que sí.

Ahora masajeaba mis hombros. Sus masajes eran exactamente lo que las religiones deberían prometer del cielo para que todos en la tierra nos portásemos como Dios manda.

—¿Y? ¿La conocía? —interrogó.

—No. No la conocía. Por suerte no. Pero me acuerdo que para confesarle que mi ex era del barrio, tardé meses… creo que por miedo.

—¿Miedo a qué?

—No sé. A saber que la conocía. O a que le cayera mal mi reincidencia territorial. Qué sé yo.

—Yo también vivo en el barrio —dijo riendo. Yo me asusté.

—Pero no te cae mal, ¿no?

La miré sonriendo. Como un chico que se manda una macana y espera que lo perdonen.

—No pasa nada, corazón.

Otra vez las cosquillitas; para ese momento, mi pene ya era una sola cosquilla. Enorme y catastrófica cosquilla.

—Menos mal —respondí yo, disimulando esas cosquillas. —No es culpa tuya. Cuando nos conocimos vos no tenías por qué saber que vivía en el mismo barrio que tu ex… Y que tu futura novia.

En otro momento, que ella fuese tan comprensiva me hubiese generado desconfianza, cosa que me suele pasar con todas aquellas personas que aparentan ser del todo buenas, o del todo educadas, o del todo correctas, moralmente hablando. Pues, cada vez que estoy ante una persona así, siento lo mismo; siento que esos seres que encuentran motivos para sonreír en el mismo lugar donde yo los encuentro para deprimirme, son unos enfermos, unos pederastas o unos lobos disfrazados de

corderos, que van a tomar un hacha o una metralleta y nos van a rebanar o acribillar a todos. Pero con Carla la sensación fue distinta. De modo que le respondí y continuamos la charla:

—No, por supuesto. No tenía por qué saberlo. Ni vos tampoco. Pero fue gracioso. Sobre todo porque después de separarme de Mariana me había prometido no pisar más este barrio. Pero a los pocos meses me voy de viaje y la conozco a

In document Coger y Contarlo - Santiago Canepa (página 47-77)

Documento similar