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Un ser humano despreciable

In document Coger y Contarlo - Santiago Canepa (página 169-195)

Me estaba yendo bien, al menos en apariencia, pues gozaba de cierto prestigio gracias a la publicación de un libro que había escrito por encargo, un ensayo bastante interesante que hablaba de los grandes escritores y su relación con los bares y la bebida, y en cuya presentación una vieja amante había irrumpido al grito de “sos un hijo de puta, ¿cómo pudiste publicar un cuento contando todo lo que hacíamos en la cama?”. Y tenía razón, al menos en el hecho de que ni siquiera había disimulado su nombre, su profesión y su lugar de residencia, y ella estaba casada. Pero, para no dar el brazo a torcer y no pedirle disculpas en público, le respondí diciendo que su mamada era la mamada más grandiosa que mi pija había probado, y que el mundo debía enterarse de eso. “El talento tiene que ser reconocido, Natalia”, le dije como remate. Y no mentía. Acto seguido, recibí un golpe durísimo en la frente con el lomo de mi propio libro, que ella había arrojado desde el otro lado de la sala, y me desmayé.

Cuando desperté estaba rodeado por todas las personas que antes me escuchaban sentadas, y que ahora me sacaban fotos como si yo fuese una especie animal desconocida o un

tiburón recién sacado del agua. Esa fue la foto que dio vueltas por todos lados: el suelo, mi cara sangrando, mi libro a un costado y mi camisa empapada con la cerveza que estaba bebiendo. Toda una postal de mi persona.

Mentiría si dijera que tremendo alboroto me cayó en desgracia, pues la espectacularidad del hecho me propinó como recompensa unas cuantas notas en radios, revistas y diarios, y me crearon la fama de donjuán. Además de que, en un golpe de suerte, del que aún descreo, una periodista unos cuantos años más grande que yo —sensual, madura e inteligente; combo que podemos acordar como el más excitante de todos—, me calificó como un joven “alto, buen mozo y carismático”. De más está decir que la llamé de inmediato para agradecerle sus palabras y, desde luego, para invitarla a tomar algo. Pero fui rechazado.

—Lo que se dice en los diarios no siempre es cierto —me dijo.

—Lo sé, pero tenía la esperanza de que sí lo fuera en este caso —le respondí.

—Puede que lo sea, pero es trabajo y las palabras no siempre deben mezclarse con la vida cotidiana.

—Coincido: siempre es trabajo. Siempre. Pero yo sufro del pequeño vicio de mezclarlas y volverlas la misma mierda.

—A todos nos pasa. Hay que saber curarse a tiempo. —Además, vivo de contar esas historias. Por eso te llamo, para que me ayudes a terminarla.

—Me encantaría, pero estoy casada. Así que vas a tener que imaginártelo todo. No voy a poder ayudarte.

—Es una lástima, pero así será entonces. Con las bellas palabras que publicaste me alcanza. Gracias.

—De nada.

apariencia. El adelanto que había cobrado por la escritura del libro se me estaba acabando y las ventas no me dejaban lo necesario. Estaba subsistiendo de casualidad.

Laura, por su parte, empezaba a preocuparse de que yo no generase ingresos, y las deudas y cuentas por pagar empezaban a asomarse en el horizonte como una horda de indios a caballo que se aproximaban para asesinarme. Algo tenía que hacer.

Llamé a todos los conocidos posibles: directores de cine, editores, productores, periodistas y publicistas, pero ninguno tenía un trabajo para darme. Estaba jodido.

Hasta que un día, cuando ya parecía que Laura iba a echarme de casa por insolvente, recibí un llamado que me devolvió las esperanzas, pero que, por desgracia, me despertó de mi siesta:

—Hola.

—Sí, buenas tardes. Me gustaría hablar con Santiago Apenak.

—Él habla, ¿en qué puedo ayudarlo?

La voz sonaba confusa. En el momento no supe si era un hombre joven, un adolescente o un viejo.

—Ah, ¿qué tal? Me pasó tu teléfono…

Dudó en decir quién le había pasado mi teléfono. Pensó, hizo memoria.

—¿Y por qué asunto es? —pregunté yo antes de que pudiera continuar. No me importaba cómo había obtenido mi teléfono. Yo quería dormir la siesta.

—Es por un trabajo —me dijo.

—¿Y qué tipo de trabajo es? —pregunté. La cosa empezaba a interesarme.

—Me gustaría que escribieras un cuento. —Puedo hacerlo.

Como podía, trabajaba como podía: dejaba todo para último momento. Me daba miedo la puta hoja en blanco. Me distraía casi cualquier cosa. Me masturbaba para relajarme. Me drogaba para concentrarme. Fumaba. Bebía café. Luego salía a caminar y, de pronto, el texto salía. No sabía cómo, pero salía. Pero no podía decirle eso. Tenía que mostrarme más profesional.

—Depende de lo que quieras que escriba, ¿tenés algo escrito? ¿Alguna idea en mente?

—Tengo una idea, pero nada escrito. Sería mejor que nos juntemos a charlarlo en persona.

—¿Para cuándo necesitás el cuento?

—Para cuando lo tengas listo. Total es para que te lo quedes vos.

¿Qué clase de estúpido me pagaría para que le escriba un cuento y luego me lo quede yo? A no ser que fuera un inversor que luego me pidiera porcentaje de posibles ventas, era un idiota.

—¿Y para querés que lo escriba si no te lo vas a quedar? —Porque mi esposa y yo queremos ser los personajes. Estaba enfermo. Desde que escuché su voz al comenzar la conversación —un minuto, un minuto y medio atrás—, supe que ese no era un tipo normal. Es más, al escuchar sonar el timbre del teléfono, tuve la sensación de que ese llamado no podía traer nada bueno. Pero tenía que trabajar. Necesitaba el dinero; Laura me iba a poner de patas en la calle. Así que le dije que sí.

Si bien no habíamos hablado de dinero, estaba seguro de que una persona que llamaba para pedir eso tenía todas sus otras necesidades cubiertas, pues debía contar una buena cantidad de dinero en el banco.

resultaría más pesado de lo habitual, le pedí una suma de dinero irrisoria. Si me decía que no, no me perdía de mucho; más abajo no podía caer. Para mi sorpresa y contento, el muy estúpido aceptó. Así que de inmediato arreglamos para encontrarnos.

Cuando llegué a su casa, tres días después—una mansión imponente ubicada en Junín y Las Heras, pleno barrio de la Recoleta—, entendí que tendría que haberle pedido aún más dinero que el que le había pedido. Pero ya estaba ahí y no podía desdecirme.

Llegué puntual. Toqué timbre y, a los pocos segundos, él me abrió la puerta.

—¿Alex? —pregunté, aunque suponía que era él.

—Santi —afirmó mi nuevo y calvo cliente, mientras me daba un leve abrazo. Me preguntó cómo estaba y me dijo que pasara.

—Es un gusto conocerte. —Gracias. Igualmente.

Mentí. Entramos a la casa, era enorme. El living —o lo que supuse que era el living—, era tan grande como el salón de actos de mi escuela primaria. Quizás más grande. Todo estaba decorado en blanco y negro, con algunos retoque de bordó en ciertas paredes. Mucho cemento y ladrillo a la vista. Muebles minimalistas hechos en vidrio y metal. Ventanas amplias que daban a un jardín. Y una biblioteca que no me despertó ganas de revisar. Se notaba a simple vista que era una casa vieja, pero estaba perfectamente reciclada, como Alex, que tendría unos cincuenta años, pero se vestía como un tipo de veinte.

El pelado en cuestión me preguntó si quería tomar algo y yo le dije que sí. Me dio tres opciones, elegí la cerveza. “Bárbaro, ya vengo”, me dijo y fue a buscarla.

mí. Nuevamente me dijo que era un gusto conocerme, que estaba contento de que yo estuviera allí. Yo, por supuesto, agradecí servilmente. Luego agregó:

—La que va a estar realmente contenta de que estés acá es mi esposa.

—Bueno. Me alegro. Ojalá podamos hacer un buen trabajo.

Levanté la botella invitándolo a brindar.

—Estoy seguro de que lo vamos a hacer —me dijo. Y chocamos las botellitas. Luego cada uno tomó un trago. Yo bebí un sorbo grande. Tenía sed.

Le pregunté cómo sería el trabajo, qué tenía pensado. —Bueno. Eso es algo que me gustaría contarte cuando llegue mi esposa.

—Perfecto —dije yo, sin comprender muy bien el motivo. —¿Así que tuviste un altercado en la presentación del libro? —me interrogó. Todo el mundo en la última semana me hablaba de eso. Ya empezaba a cansarme.

—Sí. Nada grave. Una vieja amiga que evidentemente no había quedado contenta con mis servicios.

Se rió.

—Suele pasar. Las mujeres son especiales.

—Sí que lo son. Pero eso las hace tan encantadoras, ¿no? —Totalmente.

Me ponía un poco incómodo el hecho de no estar haciendo nada. No me gustaba la situación. Quería hablar de negocios e irme. Nunca me había resultado nada fácil mantener ese tipo de conversaciones. Pero tenía que aguantar. Necesitaba el dinero.

—¿Hace mucho que estás casado?

—Un año. Ella es mucho más joven que yo.

más joven. Quizás, porque se había dado cuenta de que a mí me había asombrado un poco el hecho de que él fuese un tipo grande, entrado en años, y que hiciese recién solo un año que estaba casado. Pero todo era posible, pues podía ser desde un segundo matrimonio de ambos hasta una pareja de solterones que había encontrado el amor recién a los cincuenta. No tenía que ser como era —un tipo de cincuenta saliendo con una chica casi treinta años menor—, pero lo era, para regocijo del muy desgraciado.

—Ah, mirá vos. ¿Mucho?

—Bastante. Treinta años, más o menos. —Mirá vos qué suertudo.

Se rió.

—Sí. Pero, bueno, no todo es color de rosas. Muchas veces se hace cuesta arriba.

—No, obvio, no todo es color de rosas.

De inmediato pensé en que a la que se le hacía cuesta arriba, teniendo que dormir todos los días con un tipo como Alex, era a ella. Pero no la conocía, y ella también podía ser tan insoportable como él. Incluso más que él, aunque, basándome tan solo en la diferencia de edad, estimaba que estaba en lo cierto.

De pronto, escuchamos la llave en la puerta y supimos que era su esposa.

—Debe ser Emilia.

—¿Tu esposa? —pregunté.

—Así es —me respondió el suertudo pelado.

Me impacienté. Los segundos que Emilia tardó en abrir la puerta se me hicieron eternos. Quería verla. Necesitaba saber si era la mujer más hermosa del mundo, o si, por el contrario, estaba a la altura de él. Era una forma de saber si podía odiar más a Alex y apiadarme de su persona. O bien odiarlos a los

dos por igual. El misterio estaba a punto de descubrirse.

Emilia abrió la puerta y entró. Era tan bella que sentí deseos de golpearlo, maniatarlo y rescatar a esa princesa de pelo lacio y castaño de sus crueles garras de brujo malvado. Era preciosa. Una criatura adorable y sensual. De cara angelical y cuerpo delgado. De piernas largas y buenas curvas. Parecía Jessica Rabbit pero con los pechos un poco más pequeños y armoniosos. Era la prueba fehaciente de que Alex tenía mucha pero mucha plata.

Venía del gimnasio. Traía puesta una calza negra marca Adidas, una remera ajustada, al tono, y el pelo recogido. Estaba transpirada y con las mejillas rosadas de tanto calor corporal. Cuando me saludó y humedeció mi cara con su sudor y pude sentir su aroma —un perfume exquisito—, me solivianté tanto que tuve ganas de tirarla sobre la mesa ratona y lamerla y follarla ahí mismo, sin importarme si al calvo le molestaba o no. Si tenía que golpearlo, lo haría.

—Hola. Es un gusto conocerte —me dijo en un tono amigable.

—¿Qué tal?

Tenía una voz y una forma de pronunciar las palabras que daban ganas de escucharla decir groserías toda la tarde.

—Bien. ¿Vos? ¿Mejor después del golpazo que te dieron el otro día?

Otra vez el altercado. Era lo mejor y lo peor que me había pasado en la semana.

—Sí, bastante mejor. Gracias.

Le preguntó a Alex cómo estaba, intercambiaron la típica charla de concubinos recién llegados a casa (cómo te fue hoy, cómo estuvo tu día, qué temprano que llegaste, etcétera), hasta que ella anunció que se iba a bañar y que enseguida volvía.

punto de cometer un delito o una fechoría.

—¿Qué pasa? —le preguntó ella sorprendida por su tono. —No te bañes. Es mejor así.

Parecía que secreteaban, pero lo hacían en voz alta y delante de mí.

—¿Te parece?

Tenían la misma actitud. —Sí. Yo lo prefiero.

—Pero me da un poco de vergüenza.

—No te preocupes, es Santiago. No pasa nada.

Emilia se sentó al lado de Alex y quedó también enfrente de mí, y yo observé todo consciente de que algo extraño había en ese diálogo, pero no me pareció tan importante y preferí seguir con la charla, apurando el negocio.

—Bueno, me decía Alex que tienen ganas de que les escriba un cuento. Y ustedes quieren ser los personajes.

—Sí, así es.

Lo miró a su marido buscando aprobación.

—Es así. Pero es un poco más complejo —aclaró el pelado.

—No entiendo.

Vaciló un instante, la miró a su esposa y, tras tomar coraje, dijo:

—Espero que no te enojes, pero nos gustaría que nos veas cogiendo y que, si tenés ganas, te metas.

Me quedé sin palabras. Me estaban proponiendo hacer un trío. Querían pagarme a cambio de sexo. ¿Y el cuento? ¿Y la literatura? ¿Y mis ilusiones de premio Nobel?

—Entiendo que es un poco chocante —aclaró Alex—. Pero no es tan sencillo como hacer un trío o que nos veas cogiendo. Es un poco más complejo.

A mí me gustaba la palabra “aristas”. Y generalmente me gustaban las aristas.

—A lo que se refiere ella es a que... ¿Cómo decirlo? — Pensó, buscó las palabras. Se lo notaba nervioso—. Nos gustaría que escribas el cuento, pero queremos que el cuento trate sobre eso y que nosotros seamos los personajes, ¿se entiende?

—Se entiende —dije yo—. En primer lugar, te digo que me siento muy halagado por la propuesta. Que quieran hacerme parte de algo tan íntimo es..., no sé, gratificante. Y a la vez es un compromiso.

—¡Por eso te elegimos a vos! Sos el indicado. Mirá: Emilia leyó varias de tus historias y siempre se ratoneó. La ratonea pensar que son cosas ciertas, que vos te metés realmente en esos líos sexuales. Y cuando leímos en el diario lo que había pasado en la presentación de tu libro, entendimos que todas esas historias eran verdad.

—Bueno, no todas lo son.

—¡Pero ésta puede ser una! ¿Entendés? Y nosotros seríamos los protagonistas.

El pelado, tras ver que luego de su propuesta yo no había salido corriendo espantado, había pasado de estar nervioso a entusiasmarse como un infante. Su argumento era convincente. ¿Por qué negarle a tan hermosa mujer la posibilidad de cumplir sus fantasías? Si, después de todo, ella era hembra fascinante y yo me hubiese acostado con ella aun cuando fuese yo el que pagaba, ¿qué podía perder?

—¿Querés que te diga algo más, Santi? —continuó con su argumentación—: Yo de pibe quería ser escritor. Lo soñaba. Lo intentaba como nada en el mundo. Pero me cagué. Tuve miedo. Venía de una familia de plata: mi viejo, abogado; mi vieja, doctora. Y no me dieron margen para hacer otra cosa que no

fuera meterme en la Facultad de Derecho y salir manejando el

buffet de mi viejo. No me quejo, hice plata. Conocí todo el

mundo. Me como todos los días una pendeja de veinte años. Pero mi sueño quedó un poco frustrado...

Después de haber escuchado la propuesta, tuve la sensación de que, cuando hablaba de “una pendeja de veinte años”, no solo se refería a Emilia, sino a una distinta cada día. Las ventajas de ser rico.

Alex siguió argumentando y diciéndome que, obtener un cuento de dicha situación, dándole placer a su querida esposa, era también un goce para él, pues ya no le importaba ser el escritor, le daba lo mismo quién moviese los hilos argumentativos. Él solo quería ser el protagonista de un texto que luego sería publicado en un libro.

—Así que, como ves, son dos pájaros de un tiro... Tres, en realidad: vos ganás algo de plata..., buena plata, no miserias, sino el doble de lo que me habías pedido. Y yo me saco las ganas de aparecer en un libro, de ser parte de una publicación famosa, y ella cumple su fantasía, ¿se entiende? Mejor no podría ser.

Lo pensé. Medité unos segundos en silencio y finalmente le dije que sí. Si el destino me había puesto en el camino la posibilidad de ganar una buena cantidad de dinero de forma tan rápida y tan sencilla, no podía rehusarme.

—¿El doble? —pregunté.

—El doble. ¿Necesitás algo más? —me dijo desafiante. —Otra cerveza.

Quince minutos después, ya estaba todo listo. Decidimos que el mejor lugar de la casa para hacerlo era en el living, ahí, donde estábamos. Para eso, Alex había bajado bien las luces, con lo que logró una iluminación bellísima, había puesto música y me había traído una vieja máquina de escribir. Una

Olivetti celeste, clásica, de la década del setenta.

—Era mía —me dijo—. Me la había comprado para escribir una novela, pero nunca pude darle un buen uso.

—Genial. ¿Y qué querés que haga con ella?

—¿Cómo qué quiero que hagas? ¡Que escribas! Lo que habíamos acordado.

—¿Ahora? —¡Claro, ahora!

Yo pensaba en verlos coger, guardar toda la situación en mi cabeza y luego llegar a casa y narrar el cuento en mi computadora. Pero su idea era otra: quería que yo me sentara en el sillón, y mientras ellos iban haciéndolo, yo fuese describiendo todo en la máquina. Me sentía un taquígrafo en un juicio donde yo era el único acusado.

—¿Fumamos un porro? —me preguntó.

Yo no podía negarme. Era un ingrediente más que necesario.

—Me encantaría. Ayuda.

—Siempre ayuda —me dijo, mientras se iba a otra habitación de la casa y yo quedaba a solas con Emilia, que seguía sentada enfrente.

—¿Y? ¿Cómo estás? ¿Lista? ¿Nerviosa?

—Un poco ansiosa, para serte sincera —me dijo sonriendo y se levantó de su asiento y se acomodó al lado mío.

—Bueno. Será cuestión de no perder el tiempo.

Nos comenzamos a besar suavemente, como si fuésemos dos enamorados en su primera cita, y no dos personas que están a punto de tener una orgía con un pelado extrañísimo.

—¡Bueno, bueno, bueno! Dejamos eso para después, que primero yo soy el protagonista —nos interrumpió el pelado, trayendo un cigarrillo de marihuana en la mano.

fósforos—. Encendelo vos. —Con mucho gusto.

Encendí el cigarro y me recosté para mirarlos. Se los veía bien, cómodos, como acostumbrados a tener espectadores. Parecían sacados de una de esas películas eróticas que se

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