1
Recuerdo que cuando era chico y comencé a salir a la calle sin mis padres, mi madre siempre me exigía que llevara las medias y el calzoncillo limpios, por si llegaba a sucederme algo. Mi respuesta a su exigencia era siempre la misma: le decía que en caso de ser así, nadie habría de fijarse en el estado de mi ropa interior tanto como en el de mi cuerpo convaleciente en la vía pública. Lo cierto es que, si a través de esto, mi madre pretendía inculcarme el hábito de la limpieza, lo ha logrado con creces. Pues hoy en día no le temo tanto a la muerte como que la muerte me encuentre con el culo sucio.
Pero no es de la higiene personal de lo que quiero hablar: de lo que quiero hablar es de la muerte. Mi propia muerte no me aterra tanto como la de las personas que me rodean. Es decir, considero que después de la muerte ya no existe nada. Por eso, el hecho de morirme no me causaría mayor sufrimiento que el que —valga la redundancia— me daría el causal de mi muerte. Digo, una asfixia, un asesinato violento, una caída espectacular, tener que someterme a escuchar
durante horas a un grupo de mormones, ese tipo de cosas. Pero nada más. Después no habría nada. Simplemente, estaría apagado como un televisor o como un reloj al que se le acaban las pilas.
Lo que sí me aterra es la muerte de mis seres queridos. Eso me aterra. Me aterra, por ejemplo, no saber cuándo va a suceder. O qué voy a hacer yo sin ellos: ¿qué voy a hacer sin mi madre o sin Laura? ¿Quién va a cuidar de mi madre si mi padre muere? ¿Y si muere mi padre? ¿A quién voy a echarle la culpa de todos mis males? Prefiero no pensarlo. Prefiero evitar el tema e ignorarlo, como hacemos todos los humanos.
El asunto es que, una vez, mientras conversaba acerca del tema con mi terapeuta, se me ocurrió decirle que remotamente había fantaseado con la idea de que él se muriera. Es decir, había sentido, en alguna parte de mí —como supongo que también le pasa a todos los que alguna vez se han atendido con uno— que él era una suerte de amigo para mí. Bien, yo sabía que no era un amigo, tenía muy en claro que había que mantener los límites bien marcados, pero el pensamiento se me había cruzado igual por la cabeza y se lo dije:
—El otro día, pensando en esto de la muerte y los seres queridos, te me cruzaste vos. Y creo que eso no está bueno, porque de alguna manera te asocié con el cariño y desdibuja los límites.
—Es normal —me respondió—. A los pacientes les suele suceder, y más cuando son pacientes de tantos años como vos. Pero sí, es real que, de ese modo, si uno no sabe llevarlo, los límites se desdibujan un poco. Está en vos también evaluar si con ese sentimiento te seguirías atendiendo o no.
—Bien. Lo voy a pensar.
Y así lo hice. Esa noche, llegué a casa y lo hablé con Laura. Ella, como psicóloga, me recomendó que siguiera
viendo a Juan durante alguna semanas más, hasta que pudiera cerrar con él los temas que estaba tratando y, por supuesto, encontrar otro psicólogo si es que lo requería.
De inmediato, me puse en campaña para dar con un psicólogo nuevo. Durante un tiempo recorrí varios, ninguno me convencía. Hasta que, un día, encontré lo único en este mundo que podía despegarme de Juan, de Freud, de Lacan y hasta de mí mismo, si fuera necesario: una mujer. Una psicologuita recién recibida, que, por su corta experiencia, temí que no diera abasto con un caso como el mío, pero que, por sus piernas, su boca y su pelo cortado al estilo Betty Boop, entendí que en materia sexual y amorosa daría abasto conmigo, mis fantasías y todas mis perversiones. Aun si la integridad de mi psiquis se viera afectada.
Así fue que, luego de algunos encuentros, acordamos con Juan que había llegado el momento, aunque él no estaba nada contento con lo que a mí me había empezado a pasar con mi nueva psicóloga.
—No quiero meterme, pero no es bueno que veas a esa chica solo porque querés seducirla.
Él, generalmente, trataba de no opinar sobre los temas que charlábamos, sino que procuraba que yo llegase a las respuestas por mis propios medios. Guiado por él, claro. Pero esta vez le pareció que tenía que hacerlo.
—Bueno, pero no la veo solo porque quiero seducirla, me pareció una profesional seria. Además, para qué mentirnos: a mí todas me parecen atractivas. Si no me calentaba con ésta, me iba a calentar con otra.
—Y hubieses buscado algún terapeuta hombre.
—Lo intenté, pero no logré dar con nadie que me convenciera. Y esta chica, además de que está más buena que ganar plata sin laburar, parece buena psicóloga. Me convence.
Hubo una conexión. Y eso, hay que reconocerlo, y sin que llegue a excederse, es casi necesario.
—Sí, desde luego, una cierta conexión es necesaria, pero no de ese tipo.
—Bueno, pero te juro que fue lo mejor que pude encontrar. Y lo menos caro dentro de lo bueno.
Él se rió y luego prosiguió:
—¿Y ella está enterada de esto que te pasa?
—No. Creo que no. Aún no le dije nada. Ni le insinué nada. Así que supongo que no lo sabe.
—¿Y Laura? —Tampoco sabe.
—¿Y qué pensás hacer con ella?
—No lo sé. Siento culpa. Remordimiento. A Laura la amo, pero, por otro lado, Rosana me atrae. Me vuelve loco.
Juan caviló unos segundos. Se puso la mano en el mentón, miró hacia arriba y luego dijo:
—¿Y cómo te parece que va a terminar esto? —Espero que en la cama.
Ese fue el último encuentro que tuvimos. Yo estaba dispuesto a dejarlo. Empezaba a sentir que quizás era hora de alejarme de la terapia por un tiempo. Que quizás no la necesitaba tanto. Y él, por su parte, ya no podía hacer nada más por mí. Así que ese día, como un día más, hablamos de Laura, de sus celos. De por qué yo creía que ella se quejaba tanto. De mi relación con mi madre. Con mi padre. De mi nuevo enamoramiento. De Rosana. De que yo no podía relacionarme con las mujeres de otra forma que no fuera a través del sexo. De la infidelidad. De las drogas. Hasta que, por fin, llegó la hora de irme.
Nos levantamos cada uno de su silla, abrimos los brazos en señal de no saber qué hacer y nos despedimos con un
abrazo, algo poco ortodoxo para él, pero necesario. Por último, él terminó de salirse de su rol de psicólogo agarrándome de los hombros y sacudiéndome despacio, mientras me decía:
—Sos un buen tipo. Algo problemático, pero buen tipo. Yo me reí y agradecí el cumplido.
—De verdad, te digo. Sos de buena madera, pero vas a tener que luchar toda tu vida contra vos mismo. —Meditó un segundo y largó una de sus típicas metáforas—: Es como si tuvieras tu propia térmica, Santiago, que cuando estás bien, cuando estás pasando un buen momento, sube la tensión y te apaga.
Yo bajé la mirada y asentí sin decir nada. Solo una sonrisa. Sabía muy bien de lo que me estaba hablando.
—Contra eso tenés que luchar.
Parecía que Juan se había quedado con muchas cosas para decirme. O que no estaba del todo seguro de que de ahí en más yo me las arreglaría sin su ayuda.
—Okey —me limité a decir yo y decidí que pensaría en todo lo dicho en el camino de vuelta a casa. Luego nos dimos otro abrazo y encaré hacía la puerta del consultorio. Antes de que pudiera salir, Juan me habló nuevamente:
—Otra cosa, Santiago. Vos sabés que hace treinta años que estoy casado, ¿no?
—Sí, lo sé.
Él solía tomar ejemplos de su matrimonio para aconsejarme respecto a Laura. Eso, para él, también era poco ortodoxo.
—Bueno, algo de matrimonios y de mujeres sé… —Imagino que sí.
Yo lo miraba sonriente, no imaginaba qué podría decirme. —Haceme caso, no le des mucha pelota a Laura. Las mujeres necesitan quejarse, es parte de su género.
Yo me reí, sorprendido. —Está bien.
—Cuando Laura te rompa las pelotas, no te preocupes. No lo hace por algo que hayas hecho vos, lo hace porque le gusta. Así que no te sientas culpable: ellas necesitan romper las pelotas.
Yo asentí con la cabeza, sonreí y dejé el consultorio con la mayor entereza que me fue posible. En esa época, Laura y yo comenzábamos a sentir que la relación se había desgastado un poco, que los percances del amor real y la convivencia estaban matando nuestros costados apasionados. Por eso, el consejo de Juan, para los próximos años, me serviría mucho más de lo que me sirvió comenzar la terapia de nuevo, con otro psicólogo, después de los encuentros con Rosana.
2
Como ya dije, desde el primer encuentro con Rosana mi único fin había sido conquistarla. Por esa razón, evitaba vana y estúpidamente ocultar mis partes más oscuras. Y hasta evitaba hablar de Laura, para que no supiera estaba en pareja.
Durante las primeras sesiones hablamos sobre temas triviales, o tratamos dilemas menores que me aquejaban. Hasta que un día, a un mes del primer encuentro, mis trucos de conquista dieron sus frutos y fue ella quien me puso contra la espada y la pared:
—Santiago, ¿me parece a mí o a vos te pasan cosas conmigo?
Yo no tuve reparos para responder.
—¿Tanto se me nota? —Ella rió—. Me encantás. Me volvés loco. Fantaseo todo el tiempo con hacértelo arriba del escritorio.
Como en la más porno de mis fantasías sexuales —o como en la más trillada película porno—, Rosana se me tiró encima y comenzó a besarme. Lo hicimos ahí mismo, en el consultorio, en silencio, con una violencia en mute de nalgas estrujadas, de labios mordidos, de lenguas por la cara.
Comenzamos a vernos fuera del horario de terapia. Nos gustaba fumar marihuana y hacerlo en cualquier habitación de hotel, a cualquier hora, escondidos como dos fugitivos, hechizados, con la piel sensible de tanto porro. La conexión era tanta que hasta comenzó a rondar en mi cabeza la idea de dejar a Laura. Casi lo hago, si no fuera que, como siempre me canso de todo, también me cansé de Rosana.
Jerry Seinfeld dice que el valor que le damos al dinero, al momento de salir a comer, es proporcional al la cantidad de alimento que tenemos en nuestro estómago. Es decir, si tenemos hambre, mucha hambre, somos capaces de gastar un dineral con tal de saciar nuestras ganas. Una vez saciadas esas ganas, lo gastado siempre nos parece un exceso, una estafa. Con Rosana me sucedió lo mismo: el valor que yo le daba estaba directamente relacionado con mis ganas voraces de devorarla. Por eso, una vez saciado mi hambre, realmente sentí que me estaban estafando.
Así fue que a los meses de estar viviendo ese noviazgo de novela con Rosana, me aburrí de ella. Sus piernas, que antes me habían impactado, ya no me impactaban tanto. Su boca, que antes era el objeto de mis más efervescentes fantasías, de tanto mirarla se había convertido en un cúmulo de defectos. Su pelo, que antes me parecía excitante, ahora me parecía masculino: por momentos me molestaba mirarla y que su imagen no coincidiera con la que yo tenía de ella en mi cabeza. Y, lo que es más importante —y al fin y al cabo lo que yo había empezado buscando—, su manera de atenderme, como
profesional, no me contentaba del todo. En suma, quería dejarla, quería dejar de ser su paciente, y quería no volver a verla en mi vida. El problema era que no sabía cómo deshacerme de ella.
En ese momento, cuando comenzaba a desesperarme, volvió a aparecer Juan. Hubiese sido lindo que, como en las mejores historias, o como en las novelas y culebrones, Juan hubiera aparecido en mi vida nuevamente por su cuenta o por casualidad. Pero lo cierto es que no fue así: apareció porque yo lo llamé y le dije que necesitaba verlo. Nos encontramos en el café La Victoria, de Los Incas y Triunvirato, donde yo solía reunirme con mis amigos. Apenas nos vimos me dijo que lo que estábamos haciendo era poco ortodoxo, pero que me estimaba mucho y que, tras charlarlo con su propio terapeuta, había entendido que podíamos juntarnos como amigos a charlar, a tomar café y a mirar mujeres.
Me resultó extraño verlo fuera de su rol, contándome cosas de su vida, dejando su actitud psicológica y tolerante de lado. Era atípico. Él era mucho más gracioso que en el consultorio y hasta más grosero. Parecía más distraído y despreocupado.
Además de mí y de mi problema, charlamos de muchas cosas. Y fue con esa actitud de “tipo con calle” —con esa soltura que había tenido conmigo en nuestro último encuentro como paciente y psicólogo— con la que me aconsejó y ordenó el caos de mi cabeza, nuevamente.
—¿Vos querés dejar de verla? —me preguntó. —Sí.
—Pero no podés desaparecer así como así.
—Exacto, tiene mis teléfonos: el celular y el de casa. —¡Tiene tus dos teléfonos! ¿El de tu casa también? Pero ¿vos sos pelotudo? ¿Cómo le vas a dar el teléfono de tu casa a
una mina que te estás cogiendo?
—No, no se lo di... O sea, sí se lo di. Pero no a ella, específicamente a ella. Lo anoté en una planilla el día de la primera sesión. Pensé que podía ser útil por si llegaba a pasarme algo, un accidente, algo... Qué sé yo. Por ahí ella no me podía atender, y mi celular no funcionaba y yo iba al consultorio al pedo.
Juan sorbió otro trago de café, siguió con la vista a la camarera que pasaba caminando cerca de nosotros y me dijo:
—Está bien. —Estaba acostumbrado a que yo, como el respetable jugador de ajedrez que soy, intentara prever todo tipo de futuras variantes. Luego preguntó—: ¿Y no se te ocurrió que podía pasar algo con ella?
—Se me ocurrió, pero llené la planilla como un acto de fe, creyendo que podía ir en contra mío y mantener el pene dentro de mis pantalones.
Se rió.
—Bueno, hacé algo; la próxima vez que vayas al consultorio o a cogértela, sacá tu celular y decile que querés sacarle fotos, o querés filmarla mientras lo hacen.
Yo lo miré sorprendido, con una sonrisa incrédula, como tratando de confirmar si lo que oía era cierto; ¿me estaba proponiendo que la grabase mientras cogíamos?
—Sí, grabala. No me mires así. Haceme caso. Grabala y sacale fotos. Decile que es un jueguito.
Yo me reí fuerte. Alguien de otra mesa miró con asombro. Luego pregunté:
—¿Y qué hago con eso?
Yo suponía qué era lo que tenía que hacer con las grabaciones, pero quise escucharlo de su boca.
—¿Cómo que “qué hago”? ¡La extorsionás, querido! —Es que yo no quiero extorsionarla.
Realmente no quería extorsionarla. No quería pasar por eso. Yo no era esa clase de persona. No tenía agallas para hacerlo.
—Lo vas a tener que hacer. No te va a quedar otra. Vos te metiste con una mina jugando sucio. Tenés que salir jugando sucio. De la mierda se sale con más mierda. Hay manchas que no se limpian, se tapan.
Tenía razón; cuando uno juega sucio, la única salida posible es seguir jugando sucio. Al menos una última vez.
Juan volvió a hablar y puso un manto de cordura a la charla:
—Igual, ojo. —Me miró como indicando que iba a decir una perogrullada—: ¿Todo esto me lo decís porque ya le planteaste que querés dejar de verla y reaccionó como el culo?
—No.
—¿Y por qué no probás diciéndole la verdad? Levantó la voz, de las mesas vecinas nos miraron.
—Porque estoy seguro de que no va a reaccionar de la mejor manera, se la ve enamorada.
Juan suspiró.
—Bueno, entonces, antes de extorsionarla, probá diciéndole la verdad. Decile que amás a Laura, y que lamentás lo que pasó. Que te confundiste. Por ahí.
—Sí —me entusiasmé—, tenés razón. Es psicóloga, una intelectual. Tiene la mente abierta. Me va a entender mejor que nadie.
—Lo dudo. Pero probalo. No perdés nada. Además, si la cosa se pone fea, tenés una carta maestra para sacar. Le ponés sobre la mesa una foto de ella en pelotas, o un video mamándola, y le decís que, si no la entiende por las buenas, lo va a entender por las malas. Que la vas a escrachar en todos lados.
Me acordé de la frase “le haré una oferta que no podrá rechazar”, de El Padrino. Me sentí importante.
Como soy muy meticuloso, decidí hacer las cosas de forma lenta, pausada, con la sutileza necesaria como para que Rosana no se diera cuenta de lo que estaba tramando. Durante varios días nos vimos y yo actué como si nada estuviera pasando, sin exagerar cariño ni mostrarme distante. En nuestros encuentros sexuales, no mencioné en absoluto mi supuesta fantasía de grabarnos o sacarnos fotos, pero sí le conté, como una curiosidad, que un amigo lo había hecho.
La siguiente semana, mientras estábamos en la cama, sí mencioné el tema, pero traté de hacerlo de manera de que fuese ella quien lo propusiera. No lo propuso.
A los pocos días, nuevamente en un hotel, volví a sacar el tema, como quien no quiere la cosa, y finalmente, fue ella quien lo propuso:
—¿Sabés qué estaría buenísimo? —¿Qué?
Me hice el distraído.
—Grabarnos y sacarnos fotos. Y hacer nuestra propia porno.
—¿Grabarnos? ¿Te parece? No sé... —dije fingiendo sorpresa.
—¡Sí! Sería superexcitante.
—Sí... No sé, la verdad... Puede ser. No te prometo nada. —¡Dale! Me ratonea la idea. Me gusta.
—Es que me da miedo de que Laura pueda encontrar alguna foto o algún video.
—No pasa nada. Si lo guardamos bien, nunca se va a enterar de nada.
—Okey. Vamos por la segunda y vemos qué es lo que pasa.
Con mi celular como herramienta indispensable del erotismo cinematográfico, comencé a ejecutar la segunda parte de mi plan.
Como había dicho Juan, mi propuesta la había entusiasmado y excitado sobremanera: me pedía que le sacara fotos, que le dijera y propusiera cosas sucias. Que fuera su amo. Yo, mientras la retrataba, sentía una culpa y un remordimiento enormes. Así que, como el psicópata que planea un asesinato y finge hacerse amigo de su víctima, me encargué de no dejar huellas ni dar indicios, cuidándome, desde luego, de quedar siempre detrás de cámara.
Ese mismo día me encargué de borrar cada foto y video del celular, no sin antes pasarlo a un CD. Del cual, claro, hice una copia y se la di a mi amigo Marcos para que la guardase por las dudas, como si fuera un tesoro invaluable. Si Rosana se violentaba e intentaba quitarme o romper la que yo le llevaba,