3. Sobre la supuesta universalidad de las emociones básicas
3.4. Lo único que parece constante en una emoción es el pensamiento de que se
Una concepción cognitivista de las emociones, como la de Nussbaum, no estaría de acuerdo en que éstas se manifiestan conductualmente con patrones universales, ni siquiera las emociones básicas; o, por lo menos, no trata estos patrones como características necesarias para la definición de ―emoción‖:
Las normas sociales que guardan relación con la vida emocional varían. Si las emociones son (juicios) evaluadores, podemos esperar que los puntos de vista culturales sobre lo valioso afecten a éstas muy directamente. Así, una cultura que aprecie extremadamente el honor y que atribuya un valor muy negativo a las ofensas a la honra contará con muchas ocasiones para encolerizarse, sin embargo, una cultura centrada en la igualdad, tal como los Utku, no promoverá tales ocasiones. Los estoicos estaban en lo cierto al pensar que, cuanto más se valoran los bienes externos que no se encuentran de manera permanente bajo el propio control, más ocasiones producen para todo tipo de emociones, tales como el temor, el amor y la aflicción. (Nussbaum M. , 2008, págs. 185-6).
Nussbaum también relaciona la variedad de la experiencia emocional a los qualia, es decir, a las sensaciones sui generis de cada emoción. Pero añade que descubrir la certeza de estas sensaciones no aportaría nada a la teoría de las emociones porque ―hasta donde podemos ver, lo que posee constancia a través de los sujetos es un patrón de pensamiento que, desde luego, es un tipo de experiencia.‖ (Ibídem., pág. 85). Con esto la autora hace justicia a dos cuestiones: la variedad de la experiencia subjetiva y el trasfondo evaluador de toda emoción. En efecto, hay variación en la experiencia intersubjetiva cuando se manifiesta una emoción, así como una variación en la misma persona a lo largo del tiempo; también hay variación dentro de la misma cultura con
distinciones de género: el manejo emocional de la ira y el estrés, por ejemplo, no es igual en hombres que en mujeres,33 ni tampoco el manejo de la empatía. A modo de ilustración, la autora misma describe su experiencia de la ira como un dolor de cabeza que contrasta con la típica ―explosión dolorosa‖, tal y como la suelen definir sus alumnos varones, asimismo, la contrasta también con la connotación placentera que añadían los romanos a esta emoción. Quizá la genética y el temperamento de las personas, así como la cultura, tengan algo que decir sobre este tema. Pero lo que Nussbaum resalta es que aquello tipificado como ‗temblor‘ y ‗efervescencia‘ son correlatos frecuentes pero no son elementos necesarios en la definición de la emoción.34 En cuanto a la variación intercultural, desde luego que hay constancia sobre las diferencias en las expresiones. La emoción de la vergüenza no se manifestará igual en una cultura latina o anglosajona como una cultura del honor, así como tampoco la ira. El resentimiento también puede variar. A modo de ejemplo, no aceptar tomar el mate35 en los barrios desfavorecidos de Buenos Aires –llamados comúnmente Villas Miseria –se considera ofensivo; en cambio, una persona que proviene de Europa quizá no lo considere así si le dice al anfitrión ―No, muchas gracias‖. Pero la objeción contra esto sería pensar que lo que cambia no es la emoción en sí (sentirse ofendido) sino el objeto que la provoca (rechazar el mate), en tanto que cada cultura atribuye valor a ciertas cosas, quizá, inimaginables para otros, hasta que no se convive con ellos. De hecho, si un insulto (objeto o estímulo de la emoción) no se considerara como realmente ofensivo en una cultura concreta es porque, quizás, hay cosas a las que la gente aspira como más importantes –trasfondo de cultura estoica por ejemplo –o porque es valioso justificar al prójimo –trasfondo de la cultura cristiana –siendo que en cualquier otra cultura, incluso entre los mismos cristianos, sí que puede existir la ofensa.
Ahora bien, que se haga justicia a estos dos elementos importantes de la emoción, la variedad subjetiva e intercultural y el trasfondo cognitivo sobre el valor de las cosas, no quita que siga existiendo el mismo patrón de emociones. La ira, la aflicción, la
33 Como muchas otras cosas –la memoria, la comunicación, el manejo emocional, etc. –tal y como explica la neuropsiquiatra Louann Brizendine en su largo estudio divulgativo sobre el cerebro femenino: ―Las hembras encuentran más dificultad que los machos en suprimir el miedo ante el peligro o el dolor anticipados. (…). La angustia es cuatro veces más corriente en las mujeres.‖ Brizendine, L. (2010). El
cerebro femenino. RBA: Barcelona. Págs.:182-3.
34 Aunque sí que haya un ‗levantamiento‘ o ‗excitación‘ en muchas emociones, pero Nussbaum lo atribuye a elementos que pertenecen a la evaluación, y por tanto a la cognición.
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Infusión de ―yerba mate‖ que, como fenómeno social, la toman todos del mismo recipiente y de la misma ―bombilla‖ –pajita –cosa, al europeo normalmente le producirá la emoción de rechazo o asco.
esperanza, la alegría, etc., siguen manifestándose en prácticamente todas las culturas – a no ser que practiquemos cierto estoicismo o budismo, en tanto que son posturas de trasfondo religioso que anulan poco a poco ciertas emociones al extraer forzosamente el valor de los objetos de deseo, con el objetivo de no ser víctima de las afecciones que generan sus pérdidas o del deseo descontrolado. En efecto, encontramos culturas con estas características. Con estos datos y sin ánimo de teorizar sobre la religión o los valores culturales, se puede ver que los valores religiosas o metafísicos actúan causalmente sobre las conexiones cerebrales modificando incluso la percepción de estímulos que propician la emoción y, por tanto, la emoción en sí –si es que se la llega a suprimir o a suavizar. Una de las cosas que Nussbaum defiende aquí es que aquello que afecta las experiencias son las diferencias en el juicio normativo. A lo que podríamos responder: la valoración de un objeto concreto por parte de una cultura generará las mismas emociones aunque se expresen de manera diferente – llegando incluso a la supresión de las mismas a través de un entrenamiento cultural. De hecho, no podríamos reconocer como ofensivo no aceptar el mate si no observáramos la conducta inmediata o mediata de nuestro anfitrión; no podríamos reconocer que el duelo en Reino Unido se expresa intentando mantener la compostura; no podríamos describir las caracterizaciones típicas de las distintas personas que apreciamos o los rasgos anecdóticos de la visita a otras culturas reconociendo aquello a lo que dan más peso ‗para tratar de no ofender, etc. Las experiencias emocionales siguen estando ahí, lo que varía es, más bien, las diferentes atribuciones de valor que se da a los objetos o personas, cosa que contribuye a una manifestación sui generis de las emociones según la cultura.