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Del año 200 al 1200, Europa bajo dependencia de la Teología.

Los primeros contactos entre los autores cristianos latinos y alejandrinos y el pensamiento griego serán ambivalentes: Clemente de Alejandría (150- 215), doctor de la Iglesia, dice que los que gustan de las marchas militares “tienen cerebro por un error de la naturaleza”. Pero no entendería –comenta Plutarco- que hubiera gente tan sensible que pudieran sentirse “fascinados ante el ciclo de la vida de las plantas”… Tertuliano (155-222), romano, para quien la ciencia y la fe están en oposición, rechaza la filosofía y las ciencias

naturales de origen griego. Orígenes (185-254), exegeta y teólogo de la Escuela de Alejandría, condenado y ejecutado por sus ideas sobre la creación sin principio, sería más abiertamente receptivo: compara “avergonzado” las ideas humanas y razonables de los sabios griegos frente a los pasajes bélicos de la Biblia… Lactancio (250-325), rendido filósofo evolutivo de la patrística, que vivió desterrado grandes penurias, se olvida pronto de sus prédicas, para disfrutar a partir del año 313, “entre la espada y la cruz”, como favorito de Constantino. Nada parecido serían los casos de Basilio de Cesarea (329-379), padre de la Iglesia griega, que acepta sin más el modelo cosmológico de los cielos esféricos con la Tierra en el centro, y menos aún por supuesto el del famoso San Agustín, padre consagrado de la patrística, que ve la mano de Dios en las condiciones histórico-sociales que ha creado Constantino para imponer a golpe de maza y rosario sus viejas salmodias a los paganos. Recordemos que la “doctrina” desarrollada por San Agustín, sucedánea de las ciencias naturales, se basa en la perversa simplonería de que “el mal se da en el mundo para que el malo sea castigado o para que se enmiende, y para que el bueno se ejercite”. Cierto que Boecio estaba de acuerdo con él, y estamos hablando de un hombre en el que se dice que enlazan las trascendentales discusiones en torno a la teodicea desde Platón hasta Leibniz…

Agustín de Hipona (354-430), de azarosa vida, profesa el maniqueísmo, se convierte al cristianismo en 387 y llega a obispo en 395. Reaccionario como ninguno, de fuerte influencia neoplatónica, para quien el ejercicio de la observación supondría la peor de las enfermedades, afirma osadamente que el tiempo mismo fue creado por Dios. Con él, la idea de los dos mundos: terrestre, imperfecto, y celeste, divino con los planetas y los astros circulando según el modelo de Ptolomeo, sentará las bases del “cristianismo agustinista” y de su mística: la luz eterna de la razón…, todo brillantemente inmutable, como el orden establecido, como las clases sociales…, que serán la clave matemática de su filosofía enjundiosa, la patrística (*) de los padres de la Iglesia dominante en la Europa medieval de Carlomagno y la escolástica (**) hasta el Renacimiento y la ulterior aparición de Tomás de Aquino. San Agustín explica que la materia es el sustrato de todo ser. La materia es lo no formado, vehículo de la forma. Todo lo hecho, pues, en la materia está en la categoría de cambio, del proceso, y por tanto del tiempo. Por ello “la eternidad –escribe- es algo enteramente distinto del tiempo”.

(*) De la patrística a la escolástica medieval. Se están agotando las escasas

respuestas prácticas de las escuelas monacales. La encrucijada de caminos comunica y revierte costumbres, tradiciones y técnicas productivas desde los cuatro puntos cardinales europeos, con la ingente suma de pueblos en marcha. Los pensamientos bíblicos de los padres de la Iglesia encharcados en el platonismo y neoplatonismo van a ir quedando obligatoriamente relegados, sin grandes cambios a la vista, porque la filosofía aristotélica tampoco goza de mucha confianza entre la legión de maestros con sotana. Sin embargo, a partir de ahora una versión religiosa del aristotelismo avanzará más y más hacia el primer plano, hasta dominar toda la escena en la escolástica.

(**) A partir del siglo VIII, la filosofía medieval dominante, la Escolástica, tendría

como objetivo fundamental sistematizar en la enseñanza la concepción cristiana medieval neoplatónica del mundo, mediante términos oscuramente aristotélicos, de lo que se ocuparía posteriormente con especial interés Tomás de Aquino. Base de las escuelas sería la enseñanza de las “siete artes liberales”.

Boecio, Ancio Severino (470-524), “el último romano”, traduce al latín la obra de Euclides, la aritmética de Nicómaco y la lógica de Aristóteles. Agustinista, por antonomasia, busca no obstante concordancia esencial entre los escritos de Platón y Aristóteles. Teodorico (454-526) lo toma preso y al cabo de un largo encarcelamiento ordena decapitarlo.

Casiodoro (490-585), basado en la obra de su amigo Boecio, estructura en cuatro tomos los estudios romanos de las Artes liberales, que serían la base elemental de los estudios, en general, para la escuela cristiana desde el comienzo de la Edad Media. Pasados más de mil doscientos largos años (1862), J. V. Bastus (1792-1873) publicaría, entre otros libros, “El trivio y el Cuadrivio ó La nueva enciclopedia, el cómo, cuándo y la razón de las cosas”: Trivio: conjunto de las tres Artes liberales relativas a la elocuencia: Gramática, Retórica y Dialéctica. Cuadrivio: conjunto de las cuatro Artes matemáticas: Aritmética, Música, Geometría y Astronomía.

En la Baja Edad Media, rondaría por Europa una teoría tenida por

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