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Años en guerra

In document Si tú le dejas, S. Maravillas de Jesús (página 178-198)

El 18 de mayo de 1935 operan a la Madre María Josefa, no en un quirófano provisto de todos los adelantos modernos, sino en una pobre celda del Carmelo del Cerro.

Con su acostumbrada entereza la Madre Maravillas acompaña y conforta a la enferma y asiste a toda la operación. Cuando la Madre María Josefa abre los ojos, se encuentra con su joven Priora de rodillas junto a su cama.

Los médicos han quedado sin ninguna esperanza, pero a la Madre procuran suavizárselo. Poco a poco la Madre María Josefa se va recuperando. Durante algún tiempo, su temperamento ardiente y animoso se sobrepone y parece que va a triunfar.

Se la ve otra vez con el mismo entusiasmo de siempre interesarse por los menores detalles caseros y de los grandes negocios de la gloria de Dios.

Pero pronto el cáncer se reproduce con mayor virulencia y hace tales estragos que la enferma, de cintura para arriba, es una pura llaga.

Con admirable conformidad y paciencia se entrega en manos de Dios y de su Priora que, desde entonces, no cederá a nadie su oficio de enfermera.

Hace ella misma las curas que duran dos o tres horas. El menor roce en la herida le produce terribles dolores.

Pasa también las noches con ella; durante el día se desvive para que no pueda llegar a la Madre la menor noticia que le preocupe e inquiete, ni de casa ni de fuera, cosa esta última bien difícil, pues la situación de España es cada vez más crítica. En medio de su pena tiene el consuelo inmenso de ver a la enferma hecha una santa, con una entrega, una paz y un olvido de sí que sirve de ejemplo a toda la Comunidad.

Cuesta trabajo a las Hermanas arrancar a la Madre Maravillas de su lado para que descanse algún rato o para que tome algún alimento. ¡Cómo la va a dejar! Ella misma se lo pide:

«No se vaya, Madre —y añade—: Yo sí me voy, me voy al cielo.» Murió el primer viernes, 2 de julio del año 1936, en que se juntaban sus dos grandes amores: el Corazón de Jesús y la Santísima Virgen, Con esa paz y alegría de quien ha vivido deseando siempre el encuentro definitivo con Dios.

Doce Padres Carmelitas, con el Padre Vicario, Fray Florencio del Niño Jesús, vinieron de Madrid para su entierro. Así fue conducida hasta el cementerio conventual rodeada de capas blancas, las de sus Hermanas y de sus Hermanos de Hábito que muy pronto se iban a teñir con sangre.

La Madre Maravillas sintió muchísimo a la Madre María Josefa.

Dos años después aún recuerda con pena la pérdida de esta Madre que tanto la ayudó desde los primeros años de su vida religiosa. Dice en una carta al Padre Florencio en Batuecas.

«Me acordaba mucho de la Madre María Josefa, que era para mí una madre y en quien tanto apoyo encontraba para todo; en fin, que el sentirme tan sola me apretó el corazón y anoche, al ir a la oración, no teniendo ya que disimular, rompí a llorar como una tonta y en el mismo momento sentí dentro de mí estas palabras: ‘No te basto Yo’, dichas con tanto amor, que se cambió en felicidad mí amargura y desde entonces no puedo pensar en otra cosa ni hacer más oración que recordarlas».

No es necesario ni entra en los fines de esta historia hacer una relación de lo sucedido en España desde el 18 de julio de 1936 al 28 de marzo de 1939. A nosotros sólo nos toca descubrir los misteriosos designios de Dios detrás de estos años difíciles. Así lo dijo Su Santidad Pío XII en su mensaje a los refugiados españoles:

«Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar una vez más sobre la heroica España. La nación escogida por Dios como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del Espíritu.»

En este ambiente de horror y de sangre, de amenazas y de heroísmo, tiene que desenvolverse la Madre Maravillas, que cuenta a la sazón

cuarenta y cinco años y es Priora de una Comunidad de veinte monjas, en su mayoría mucho más jóvenes que ella.

En este tiempo brilló como nunca quizá el valor, la fortaleza, el equilibrio, la serenidad y el heroísmo de la Madre.

Desde el 18 de julio, Madrid es teatro de todo género de crímenes y atropellos. Las noticias que llegan al torno del Cerro son cada vez más alarmantes. Madrid está dominado por el terror. Monjas y frailes, sacerdotes y religiosos son arrancados de sus convenios y viven escondidos, huidos; muchos de ellos asesinados. Religiosas ancianas e imposibilitadas sufren un doloroso calvario en cárceles, checas, sometidas a toda clase de vejaciones y malos tratos. Algunas no pueden resistir tanto dolor y mueren en algún hospital o asilo.

La Madre Maravillas permanece tranquila en su convento y espera, con profundo dolor, eso sí, pero con paz y serenidad el giro de los acontecimientos.

Como en el año 1931 las familias de las monjas que quedan en Madrid, acuden angustiadas y tratan de convencerlas de que salgan. Repartidas entre sus familias, cada una en su casa estarán más seguras, pero ninguna accede. No, no, ellas están allí acompañando al Corazón de Cristo... Correrán su misma suerte. Lo que sea de El será de ellas. Y las familias desisten conmovidas.

Saben las monjas —porque la Madre se lo ha dicho —que tienen libertad total para hacer lo que quieran; salir del convento, refugiarse en sus familias, vivir escondidas en grupos, tratar de salir de España, lo que quieran. Pero sabe la Madre, y esto agrava su situación y hace brillar más su heroísmo, que aquellas veinte Carmelitas la seguirán a donde quiera que vaya, sin el menor temor, sin la menor sombra de duda, seguras de que, si- guiéndola a ella, cumplen la voluntad de Dios.

La noche del 21 al 22 es particularmente dolorosa, se teme un ataque a Getafe. Reunidas en el coro, las monjas la han pasado en oración pidiendo a Dios perdón y ofreciendo sus vidas en reparación de tantos pecados. La Madre alterna entre el coro y una ventana, desde la que puede ver los coches que se detienen junto al Monumento y los grupos siniestros que lo rodean.

Después de Misa, la última Misa que va a celebrarse en el Cerro, se disponen a atender a sus quehaceres. En esto la campanilla del tomo toca a rebato una y otra vez. ¡Ya están ahí! La Madre, a través de su celosía, ha

visto llegar dos camiones de guardias de Asalto con un fuerte refuerzo de milicianos. Baja tranquila al torno y se entrevista con el responsable.

Tienen que abrir inmediatamente —ordena éste—, pues vamos a hacer un registro en el convento. Después tienen que salir todas porque se espera un bombardeo del enemigo.

La Madre resiste cuanto puede, alegando que no les importa el bombardeo, que se refugiarán en los sótanos... Pero pronto se convence de que todo es inútil. Traen una orden de detención escrita. Abren la puerta reglar. Varios grupos se dispersan por el convento, pero pronto vuelven malhumorados al no encontrar los tesoros con que soñaban. La Madre consigue que salgan y que las dejen unos momentos solas para recoger sus cosas. Antes pregunta si podrán salir con sus hábitos.

— ¿Tardarán mucho en cambiarse? —pregunta el jefe. —Sí, mucho, mucho...; como no tenemos costumbre. —Pues entonces, salgan como quieran.

La Madre reúne a las Hermanas.

Dice la relación de una de las monjas: «Íbamos detenidas. El Señor nos concedía lo que tanto habíamos pedido: ser mártires, morir con nuestro santo hábito y cerca de aquel Monumento que tanto amábamos.» No dudaban que las sacaban para matarlas.

Fuera, los milicianos se impacientan. A toda prisa recogen sus breviarios, sus capas y algunas otras cosillas. Consumen el Santísimo de todos los copones.

Un momento de intensa emoción es también cuando las novicias hacen en el coro su Profesión Solemne en manos de la Madre: «Hasta la muerte...» Esa muerte que se siente tan cerca. Después la Madre bendice a sus hijas que han caído de rodillas a sus pies y, sencillamente, sin más, van a la portería. Hasta ellas llegan las voces de los milicianos en el zaguán.

Al abrirse la puerta se hace un silencio imponente. Las monjas con las capas al brazo y los velos por la cara, salen entre una doble fila de guardias y milicianos, que parecen más impresionados que ellas. Con la mayor naturalidad se dirige la Madre al responsable y le pide permiso para despedirse del Monumento. Sin duda el pasmo que le produce tal petición, que no esperaba, le hace acceder, a pesar de la prisa que tienen.

La Madre empieza el Te Deum, que las monjas prosiguen mientras van hacia el Monumento. El Capellán, que muy pronto dará su vida por

confesar a Cristo34, les hace la Consagración al Corazón de Jesús y les dice unas palabras llenas de fervor. Todas están con gran serenidad. Sólo se oyen los sollozos de un grupo de amigos que les acompañan35.

Los milicianos entraron en el convento con ansia, pensando encontrar algo más. Salían diciendo: «¡Bah! Creíamos que había otra cosa... ¡Si no tienen ni camas!»36.

Se ha puesto en marcha la expedición. Un camión de guardias armados hasta los dientes va delante. Después va el de las monjas custodiadas también por milicianos y guardias que sacan sus fusiles por las ventanillas, como si se prepararan a cualquier ataque, y otro camión como el primero les cierra la retirada.

La Madre se preocupa por uno de sus guardianes que va de pie. —Estará usted cansado —le dice.

Le hace sitio y le invita a sentarse. El hombre está impresionado. Han llegado al cruce de la carretera general y un camión que viene de Madrid lleno de milicianos les detiene. Se bajan unos y otros y discuten acaloradamente. La Madre comprende todo. Los e Madrid quieren dar «el paseo»37 a las monjas y los de Getafe no, pues a pesar de todo, las respetan y quieren. Al fin pueden más los de Getafe y la expedición prosigue la marcha. Otro momento de peligro es la llegada a las Ursulinas. La gente se agolpa alrededor del camión y el ambiente no puede ser más hostil.

34 Este era don José María Vega. Había por entonces tres capellanes en el Cerro,

pues, dada la gran devoción al Corazón de Jesús, eran muchas las misas y peregrinaciones que a diario había. Algún tiempo después, estando don José María en la cárcel, hicieron una noche una saca de sacerdotes. A él no le reconocieron como tal y lo dejaban. Pero él, dando un paso adelante, dijo: «Yo también soy sacerdote-, con lo que le mataron ese mismo día con los demás. Otro se llamaba don Félix; y el tercero era don Rafael, el cual les dio a las Madres antes de salir del convento la Comunión y consumió el Santísimo. Este capellán, que había cantado Misa hacía poco, se marchó entonces a una casa de Madrid con su madre, de donde le sacaron para matarle.

35 Encargadas de la Hospedería, Obreras de la Compañía del Pilar y Obreros de la

Compañía de San José que tampoco quieren abandonar el Cerro ni a las Carmelitas, y doña Hortensia que ya no se separará de ellas.

36 Todo lo sucedido después de la salida del Cerro está contado por Pilar San

Millán, residente en Madrid, entonces obrera del Cerro, que presenció y oyó todo lo ocurrido allí después que salieron las Madres.

37 Término que expresaba la detención de alguna persona a la que sin previo juicio

ni condena se la sacaba a las afueras de la ciudad y en cualquier camino se la mataba, generalmente fusilándola.

— ¡Que no se baje ninguna! —grita el jefe.

Manda bajar a los suyos y forman un estrecho pasillo desde la puerta del coche a la del colegio. Una por una van entrando las Carmelitas.

Desde aquí acompañarán al Corazón de Jesús. Mientras El esté en pie, ellas permanecerán con El.

La Superiora del colegio de San José, regido por religiosas de la Sagrada Familia de Burdeos, que están amparadas por la bandera francesa, acoge a la Madre Maravillas y sus hijas con una caridad que ellas nunca olvidarán. Ha puesto a su disposición un cuarto para la Madre y el dormitorio de las niñas para las Hermanas. En aquella sala la Madre organiza un Carmelo, de modo que ni un solo día se deje de guardar la vida de observancia: oración, rezo del Oficio Divino, limpieza de su dormitorio, fregado, recreo, silencio que guardan fielmente...

Pero algo les falta. Lo único que desean y que necesitan. El Sagrario está vacío. No pueden oír Misa ni comulgar. No ha quedado un solo sacerdote en Getafe. Varios guardias de Asalto vigilan la casa para que no se cometa ningún desmán con ellas.

La Madre sale, sin embargo, una vez. El Ruso 38le exige las llaves del convento y ella le pide permiso para subir y coger algunas cosas que necesitan, ya que salieron tan deprisa sin llevar nada. Va en el coche de un miliciano con otras dos Hermanas, vestidas de seglar, mientras las que quedan en el colegio esperan su vuelta con inquietud. Ya en el Cerro recogen algunas cosas que echan en una sábana extendida en el suelo, bajo la mirada de los milicianos. Aunque la actitud de aquellos hombres es claramente hostil, la Madre les habla afectuosamente y les regala setenta pesetas, el único tesoro que han encontrado en el arca del convento.

En el desván del colegio hay un ventanuco por el que se puede ver muy bien el Cerro de los Angeles. La Madre ha montado allí un turno de vela con las Hermanas y vigila el Monumento como tantas horas le han acompañado desde su convento.

El calor era asfixiante. Con la ayuda de unos gemelos39 la Madre puede seguir perfectamente todo lo que allí pasa, y pronto tiene que

38 Así llamaban al alcalde de Getafe. Estuvo desterrado varias veces en Francia en

los años anteriores a la república. La Madre le hablaba en francés cuando la visitaba en el locutorio del Cerro.

39 La Madre contaba que cuando salieron del Cerro, entre las poquísimas cosas que

se llevaron, cogió unos gemelos que les habían regalado y que no comprendía por qué se le ocurrió llevárselos.

rendirse ante la realidad. Van a echar abajo la imagen del Corazón de Jesús.

El 31 de julio ve llegar al Cerro una caravana de coches. Unos cincuenta hombres saltan a tierra y suben por las escalinatas del Monumento, trajinan afanosos yendo y viniendo entre las esculturas, sobre el altar, en torno a la base y al pedestal del Sagrado Corazón. De pronto salen todos corriendo y no paran hasta que están bastante lejos.

¿Qué pasará? ¿Habrán desistido? Una explosión pavorosa es la respuesta. El Cerro ha quedado envuelto en una densa humareda. En el oscuro desván, la Madre y sus hijas rezan con los brazos en cruz.

Poco a poco, la nube de humo se va disipando y a través de ella se va perfilando de nuevo la imagen. Las monjas cantan el Te Deum, después el Magnificat. Se han retirado aquellos desventurados, pero no hay que hacerse ilusiones.

Al día siguiente vuelven y traen con ellos a unos mineros asturianos, especialistas de la dinamita. La explosión coincide con la hora en que las monjas cantan la Salve. Al anochecer el Corazón de Cristo sigue en pie perdonando y bendiciendo. Estas escenas se repiten sin interrupción todas las tardes.

Cuanto más se afanan unos por hacerle desaparecer, más perseveran ellas en amarle y reparar.

Hacen allí su vida. Se han llevado una imagen de la Virgen del convento y sobre un banquillo le han improvisado un altar con dos velas. Allí hacen la oración, recitan el Oficio Divino, rezan día y noche las tres partes del Rosario. Han compuesto unas Letanías con todas las advocaciones de las Vírgenes españolas que rezan en cruz. La Madre dice la advocación y todas contestan: «¡Impídelo, Madre mía!», pidiendo perdón y misericordia.

Así llega el día 7, primer viernes de agosto. Desde las tres de la tarde, no cejan un instante los enemigos de Cristo. Han llevado máquinas perforadoras, con las que van minando la columna por la base, abriendo grandes huecos que rellenan con dinamita. A las siete y media todavía siguen trabajando aquellos desventurados. Se ha hecho de noche, una noche sin luna y sin estrellas, como si no quisieran iluminar tan horrendo sacrilegio... ■ Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas».

Por no hacer trastorno a aquellas religiosas han bajado a cenar. De pronto, una explosión fortísima les hace estremecer. Aunque no lo ven, comprenden que ya no hay esperanza.

A los pocos minutos, la telefonista de Getafe da la noticia: «Ha caído el Corazón de Jesús entre horribles blasfemias.»

Sólo los sentimientos de las que compartieron con ella esta agonía, nos podrán dar alguna idea del dolor de la Madre. ¿Para qué estaban ya allí, si no le podían acompañar? La Madre, olvidando su propio dolor, trata de suavizar el de sus hijas. Si han tirado al Señor de su trono, que cada una le levante un trono en su corazón donde viva más unida que nunca a El, amando, reparando. Después, con esa energía y esa seguridad que parece infundirle el mismo Dios, dice:

—Faltando El, no tenemos nada que hacer aquí. Mañana mismo salimos para Madrid.

El Ruso apoya sus deseos, no quiere les pase nada bajo su responsabilidad y quiere desentenderse de esa mujer que ejerce no sé qué misteriosa influencia sobre él. Que otros hagan lo que quieran, pero él no puede hacer nada contra ella ni contra sus monjas.

El mismo arregla los papeles y hace que vengan a buscarlas de la Dirección General de Seguridad. Se repite la escena de la salida del Cerro. Pero han tenido que dejar sus hábitos. Leen la lista de nombres y apellidos y una por una van subiendo al autobús.

Pronto la Madre hace amistad con el cabo de Asalto, amistad que durará muchos años. Le pregunta por su mujer, por sus hijos, por su madre... ¡Cuánto les gustaría conocerles! Aquel hombre, ganado por la caridad de la Madre, no descansará hasta dejarlas en un sitio seguro.

La entrada en Madrid es también como para entristecer el ánimo más esforzado. Forman parte de la expedición doña Hortensia, madre de una postulante que no ha querido separarse de ellas, y otra señora amiga de la Comunidad, doña Catalina G. del Rey, que ha ido desde Madrid a buscarlas. Esta no permite que las monjas se bajen ni entren en la Dirección General de Seguridad. Lo hace ella con el cabo y entre los dos convencen a las autoridades de que aquellas señoras tienen dónde vivir y

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