• No se han encontrado resultados

En este Cerro bendito

In document Si tú le dejas, S. Maravillas de Jesús (página 135-152)

Había mucho que hacer en la casita de Getafe, donde estaban mientras se hacía el convento en el Cerro.

La Madre María Josefa y la Hermana Rosarlo tenían bastante con atender a la gente, resolver las dificultades que naturalmente se presentan en una Fundación y decidir y solucionar todo lo relativo al emplazamiento y edificación del nuevo Convento.

Del trabajo material, limpieza de la casa, cocina, lavado, sacristía, etc., se ocupaban sobre todo las dos Hermanas más jóvenes, que tenían que atenderlo sin dejar de asistir a los actos de Comunidad, ni quitar un minuto a las horas destinadas a la oración, rezo del Oficio Divino y demás ejercicios espirituales.

La Hermana Maravillas estaba feliz. El trabajo no la asustaba. Sin embargo en las fundaciones que hizo después, acordándose de los apuros que aquí pasaron nunca quiso empezar con tan pocas monjas.

El mes de junio se pasó en arreglar la casa y acomodarla a las necesidades de un Carmelo. El día 2, el inquilino de abajo que estaba tan poco inclinado a acceder a sus deseos, les dejaba el piso libre. Lejos de enfadarse, como parecía, quedó amiguísimo de las monjas. Ellas le compraron una mesa y un reloj y él, ¡hasta las obsequió con una caja de carne de membrillo!

El 8 de junio, doña Carmen Cervera, propietaria de la casa, les entregó las llaves del piso bajo. El día 12, el buen Padre Epifanio, que tanta caridad había derrochado con ellas, añadía ahora la de enviarles al Hermano José María, muy diestro en estos menesteres, que trazó y dirigió los arreglos necesarios.

Tanta prisa se dieron, que el día 24 pudieron realizar lo que tan ardientemente deseaban. A las seis de la tarde se encerraban por fin en su clausura. El señor Obispo que seguía portándose con ellas como el mejor de los padres, quiso presidir él mismo el acto y llevó en su compañía a dos Obispos sudamericanos que se encontraban de paso en Madrid. Después

de bendecir la casa y trasladar el Santísimo a la capilla pública, don Leopoldo, a petición de las tres Hermanas, nombró Presidenta a la Madre María Josefa del Corazón de Jesús y dejó establecida la clausura papal.

Todos los que las habían visitado durante este tiempo, habían quedado edificados de la pobreza del nuevo palomarcico y de la alegría de sus moradoras.

El Padre Epifanio rebosaba felicidad viendo el fruto de sus trabajos y aquella casita que él había buscado con tanto afán y cariño que veía ahora

convertida en un cielo. El señor Vicario de Madrid, el Padre Torres y todos los demás que habían intervenido en la fundación, no podían disimular el consuelo de que estaban llenas sus almas.

Hasta el austero Padre López, tan parco en elogios, escribía a la Madre Priora, comentando su primera visita:

«Aprovecho esta circunstancia para manifestarle la gratísima impresión que nos causó la visita a ese Carmelo y que no se borrará jamás, esperando ha de dar mucha gloria a Dios.» Y se despedía con estas palabras: «Se encomienda a las oraciones de ese Carmelo tan simpático y tan santo».

El Padre Silverio de Santa Teresa había escrito el día 24 a la Hermana Maravillas felicitándola a un tiempo por su Profesión y por la Fundación y asegurándole, una vez más, de la aprobación de su Orden. Su carta decía entre otras cosas:

«Su Fundación por aquí ha caído como llovida del cielo. Es un gran honor para la Orden, por la significación que tiene el Cerro de los Angeles».

Por los mismos días llegaba esta del Padre General de los Carmelitas, redactada en tales términos de afecto y complacencia que no podemos por menos que copiarla íntegramente:

«Ha sido, sin duda, una inspiración especialísima del Señor la que le ha sugerido la idea de comunicarme el proyecto de la nueva Fundación de Carmelitas Descalzas en el Cerro de los Angeles. Difícilmente podría yo explicarle la impresión gratísima que su carta me ha producido y lo mucho que la idea me ha conmovido.

No sólo les envío gustosísimo mi bendición y les ofrezco mis oraciones, sino que además siento la necesidad de enviar a Vuestras Reverencias y a los iniciadores de esta idea, mi felicitación más sincera y efusiva.

Yo espero que el Carmelo del Cerro ha de contribuir en gran manera para atraer las bendiciones del cielo sobre España y sobre toda la Orden y que ha de ser un plantel de almas muy santas que darán gloria especial al Señor y servirán de estímulo con su vida ejemplar a otras muchas almas».

Nada podía traer mayor consuelo al corazón de la Hermana Maravillas que la lectura de estos testimonios. Anteriormente el Padre López le había escrito:

«Ya tienes la aprobación de la autoridad eclesiástica, que es la prueba palmaría de la aprobación del Señor. Por tanto, nada tienes que temer, acuérdate de tu Santa Madre Teresa e imítala».

Mientras tanto, la pobre casita atraía sin proponérselo a muchas almas de buena voluntad, que sabían adivinar a través de las rejas el ideal de santidad evangélica y carmelitana con el que habían soñado.

El mismo señor Obispo les llevó la primera postulante, pidiendo antes a la Hermana Maravillas le facilitara, al hacer sus disposiciones, la cantidad que le faltaba para la dote. Esta accedió con gusto, abriendo así la larga serie de caridades de este género que luego había de practicar. En efecto, jamás la Madre cerró sus puertas a ningún alma de buena voluntad, por falta de recursos materiales.

Como si Dios bendijera este espíritu, empezaron a afluir vocaciones. La nueva capilla se inauguró el día 25 con un triduo al Sagrado Corazón de Jesús. Predicó en él aquel santo Carmelita que tanto les había ayudado con su aprobación y consejo: el Padre Juan Tomás, y el día 28 celebraron por primera vez, con la alegría y consuelo que se puede suponer, la fiesta del Sagrado Corazón. También la festividad de la Santísima Virgen del Carmen se celebró con gran fervor y devoción de todo el pueblo de Getafe, que llenaba la pequeña capilla.

Mientras tanto, el señor Obispo se ocupaba de la construcción del nuevo convento.

El primer viernes de octubre, las sorprendió con su visita mientras estaban haciendo la Hora Santa. Venía a tratar con las Madres de este asunto. El había soñado con hacer el convento adosado a la ermita de la Virgen. Así habrían sido con más propiedad guardianas y capellanas de Nuestra Señora de los Angeles. Pero siguieron muchas dificultades y hubo que desistir del proyecto. Le pidieron entonces permiso para pedir limosnas y pedir prestado sin rédito y a todo accedió el Prelado. Creó además una junta para que se ocupara de todos los asuntos relacionados con las obras.

El 31 de diciembre se reunió la Junta del Obispo con la del Cerro y quedó aprobado el emplazamiento del nuevo convento.

El 2 de enero de 1925, se comenzó el desmonte y se bendijo el lugar para el emplazamiento del convento con las oraciones de costumbre. Eran las nueve menos veinte del primer viernes del Año Santo.

Para que el nuevo convento no se apartase en lo más mínimo del espíritu de Santa Teresa, se pidieron los planos al convento de Malagón, teniendo en cuenta que este monasterio era el único que la Santa había hecho de nueva planta y dirigido ella misma las obras según la tradición de todos conocida.

Al fin, el 12 de abril de 1925, tuvo lugar la ceremonia de la colocación de la primera piedra.

Habló de esto la prensa madrileña. El Debate nos da a su vez una detallada reseña de la que entresacamos:

«Cuando creíamos que nos íbamos a reunir unos cientos de personas al pie del Monumento nacional para asistir en familia a la bendición de la primera piedra del convento que para las hijas de Santa Teresa se construirá en el Cerro de los Angeles, nos encontramos agradablemente sorprendidos al ver el Cerro cubierto por una abigarrada muchedumbre. Los automóviles y autobuses ocupan una buena parte y entre la multitud aparecen soldados y oficiales para rendir honores a S. A. la infanta doña Isabel, que en representación del Monarca asiste al acto.

Comienza la ceremonia religiosa con la ‘Letanía de los Santos’. Enfrente tenemos la piedra que se va a bendecir. En gruesas letras esculpidas lleva la advertencia profética de San Pablo a los Corintios: ‘Nadie puede poner otro fundamento distinto del que fue puesto, Cristo Jesús’.

Llegados al Monumento, nos apiñamos para escuchar la siempre elocuente y pastoral palabra del señor Obispo, Va diciendo que sólo el corazón transverberado de Teresa de Jesús, que palpita en el de sus hijas,

es el que puede representar dignamente el corazón de España, para acompañar en la soledad del Cerro, al Corazón de Jesús. Corazones vivos y palpitantes, granos de incienso que se quemarán día y noche ante el Rey de reyes para perfumar desde allí el ambiente de la Patria. El Obispo va glosando la historia sorprendente del proyecto, el porvenir de la grande obra iniciada en aquel momento, su significado espiritual y el entusiasmo que ha despertado en toda España.

El señor Obispo entona después el Te Deum como para Invitarnos a dar gracias a Dios. Los Coros Vascos, dirigidos por el maestro Busca, cantan con un gusto supremo el himno con que los pueblos cristianos dan gracias al Todopoderoso en sus faustos sucesos. Luego una Salve deliciosa, y por fin, el himno del mismo maestro Cantemos al Amor de los amores.

Nos arrodillamos por última vez para recibir la bendición del Prelado. Después los automóviles huyen por la carretera dejando al viento su estela

de polvo, los grupos descienden de la colina y se alargan, como larguísimos hormigueros, por las veredas, cortando con su negra silueta el verde aterciopelado de los nacientes trigos.» Hasta aquí el diario madrileño.

Una vez más el Cerro de los Angeles queda desierto pero el Carmelo del Cerro de los Angeles acaba de nacer. La campana de la vecina ermita esparce la nueva jubilosa y su alegre sonido se une y se confunde con el de otra campanita que allá abajo, en Getafe, llama a las Carmelitas a la oración.

* * *

En octubre de 1925, don Leopoldo ha pasado unos días en Roma. A su vuelta se encuentra con un trabajo agobiante. Entre otras cosas, con un enorme montón de cartas que tiene que contestar. Echa una rápida ojeada a todas para escoger las más interesantes o urgentes. Hay una de sus monjitas de Getafe y la abre la primera.

Mientras la lee, una sonrisa de complacencia ilumina su rostro. ¿Qué le pasa a la Hermana Maravillas? Pues nada, que la Madre María Josefa quiere que sea ella la que haga las veces de Maestra de Novicias. Que se ocupe de ellas, pero no sólo de las cosas exteriores como hasta ahora, sino también de lo interior de su alma, de dirigirlas, de formarlas en el espíritu de la Orden. Y la Hermana Maravillas escribe a su Prelado suplicándole que deje las cosas como están y que no prive a las novicias del gran bien que encuentran sus almas con la dilección de la Madre María Josefa. Además, ¿qué le va a enseñar ella a las novicias?

El señor Obispo de Madrid-Alcalá, como si no tuviera otra cosa que hacer, escribe:

«Recibí su carta que leí muy complacido y diciéndome: pues con que enseñe a las novicias a sentir como ella siente, ya les ha enseñado bien. No dude ni tema, por santa obediencia y echándose en los brazos del Señor y de su Santísima Madre, póngase a labrar para Ellos los corazones de las novicias. Usted conságrese a ellas y pida constantemente por ellas, y para darles de beber vaya usted constantemente a la fuente. Jesús le dará a usted sentimientos y palabras, ideas y expresiones tanto más cuanto más inútil se reconozca»

¡Qué profundas debe encontrar el señor Obispo las raíces de la humildad de la Hermana Maravillas cuando no tiene el menor reparo en hacerle estos elogios!

Una vez más la Hermana Maravillas tiene que rendirse ante la voluntad de Dios tan clara y manifiesta. Dejarle hacer, seguirle por el camino que El quiera.

Esta cruz no se la quitará el Señor más que para cambiársela por otra mucho más pesada. Mientras ella sueña con desaparecer, los demás sueñan con hacerla Priora.

Si lo hubiese sabido o se hubiese figurado algo de lo que querían hacer con ella, el golpe habría sido un poco menos duro, pero jamás había podido figurarse lo que alrededor suyo se estaba tramando.

En junio de 1926 la Madre María Josefa escribe al señor Obispo presentando la renuncia de su cargo y pidiendo nombre en su lugar a la Hermana Maravillas.

Las Hermanas admiran el ejemplo de humildad que les da aquella Madre cargada de virtudes y méritos. Copiaremos casi al pie de la letra, de un testigo de vista, que nos cuenta la escena con vivos colores:

«El día 19 llegó el Padre Epifanio a entregar el nombramiento a la Hermana Maravillas. Aquello fue el terremoto de la Martinica. Se negó en absoluto a aceptar y el Padre tuvo que ir como había venido. Claro que todo dentro de un ambiente de humildad y sumisión edificadísimo.

Por la tarde el Padre escribió mandándole aceptar en nombre del Prelado y en virtud de santa obediencia».

No hay nada que hacer. Es decir, sí. Puede intentar un último esfuerzo y lo intenta. Conoce la influencia del Padre Torres con el Obispo y el Vicario, recurrirá a él. Le suplicará que interceda con ellos para que todo se vuelva a quedar como estaba. Coge, pues, la pluma y escribe al Padre una carta en la que le dice entre otras cosas:

«Hemos telefoneado para rogarle que viniese por aquí esta tarde para un asunto urgentísimo y de gran trascendencia para esta Comunidad y como nos han contestado que no saben cuándo volverá le envío estas letras para rogarle no deje de venir, pues necesito su ayuda para impedir un mal muy grande».

Pero esta carta va acompañada de otra de la Hermana Rosario de Jesús, en la que le da cuenta de lo que pretenden hacer y añade:

«Aunque ella le diga que no quiere, no le haga caso y no acceda a nada, pues no se podía hacer cosa mejor».

«Como digo a la Hermana Maravillas en su carta no puedo ir esta tarde por tener que predicar en casa, pero iré mañana. Me da mucha edificación ver que todas huyen de mayorías. Santa Teresa se va a hartar de echar bendiciones sobre esa casa a manos llenas. Para mí es una alegría, pues no deseo otra cosa que verlas muy humildes, para que al menos reparen de algún modo mis vanidades. Pida mucho para que todos hagamos en este asunto la voluntad de Dios plenamente, que yo también las encomiendo cuanto puedo».

Al día siguiente a primera hora de la mañana, llega el Padre Torres a Getafe y encuentra a la Hermana Maravillas en un estado de desolación como si hubiese ocurrido la peor desgracia a toda la casa. El Padre tuvo que hacer un gran esfuerzo para resistir a la tentación de acceder a sus deseos. Trató de hacerle ver que debía abrazarse con la voluntad de Dios y le dio alguna esperanza de que la ayudaría a dejar el cargo en la primera ocasión oportuna.

Las demás Hermanas estaban locas de alegría y la Madre María Josefa animando y edificando a todas.

El Padre sale de aquella casa con el inmenso consuelo de ver un alma tan humilde, sufriendo tanto por tener que aceptar lo que otros desean y procuran.

Aquella Carmelita de treinta y cuatro años ha empezado a ser la «Madre Maravillas» y el Padre comenta al salir: «Aquí ha entrado de lleno el espíritu del Señor.»

La nueva Priora ha quedado tan abatida después de estos sucesos que no puede sobreponerse, y por primera y única vez en su vida llega a pensar que no tiene vocación. Le parece ver claramente que así no puede santificarse. Ella no quiere la vida más que para imitar en todo la de Jesucristo. Y por este camino es imposible. Además no puede hacerse responsable del daño que se va a seguir para muchas almas. Sin duda, el enemigo que no ha podido nunca tener entrada en la suya, quiere intro- ducirse ahora con capa de humildad.

Dios ilumina estas tinieblas con un rayo de su luz y le hace comprender que no puede seguir así. Si esto es su voluntad, ¿cómo podrá ella no abrazarla de corazón? Al fin llama al Padre López, que a causa de su quebrantada salud, va ya muy poco por Getafe. Pero esta vez acude en seguida a tranquilizar a su dirigida.

«De lo que no tienes vocación —le dice— es de Priora, pero de Carmelita sí».

Mucho más de lo que podamos decir de sus sentimientos en estos días, nos dice esta carta escrita a una monja recién elegida Priora:

«Mire, Madre mía, si fuésemos a ver lo del valer, yo le aseguro que no encontraría persona que menos sirva para ello que yo. Esto es de verdad y por ello estaba yo tan tranquila que si éramos dos yo nunca lo sería y por eso por poco me muero cuando tuve que serlo, porque creí se perdería la Comunidad.

Como vi que no reaccionaba y que mi mayor deseo era que la Comunidad fuese como el Señor la quería, le dije a El que como yo no tenía la culpa, que El lo arreglase todo, y en efecto, así lo hizo siempre a pesar de mí. Así que, figúrese dónde acude.»

La Madre Maravillas se abraza con la voluntad de Dios. Pero nunca logrará verse libre de este deseo de no ser Priora. Repetidas veces leeremos en sus cartas frases como éstas:

«¡Ay Padre! Estoy haciendo un daño horroroso a esta Comunidad. ¿cómo podría yo dejar esto?»

En otras expresa su deseo de irse a otro Carmelo donde nadie la conozca, donde la tengan por un estorbo, a ser posible al extranjero, donde le será más fácil vivir olvidada y desconocida.

Cada vez que se acerca la fecha de una elección, se llena de esperanza y de alegría pensando podrá esta vez quedarse libre de todo cargo y derrocha elocuencia para convencerles.

Durante su estancia en las Batuecas, el Padre Florencio para probarla le pondera mucho no sé qué insignificante descuido o retraso en la petición de un permiso al Obispado y llega a decirle que pueden imponerle una sanción, incluso deponerla de su cargo.

La Madre contesta radiante:

«A mí si esto pasara sin culpa me haría muchísima ilusión y ¡me vendría de bien!».

Muy pocos años antes de su muerte, en vísperas de una elección en que como siempre espera quedarse libre escribe:

«Yo, Maravillas de Jesús, Priora, sólo por unos días, de este convento de Aldehuela»

Sólo por unos días...

In document Si tú le dejas, S. Maravillas de Jesús (página 135-152)