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La tierra del Carmelo

In document Si tú le dejas, S. Maravillas de Jesús (página 85-97)

Maravillas Pidal es ya la Hermana Maravillas, Maravillas de Jesús. Cuando estaba aún fuera, le habían preguntado cómo le gustaría llamarse. Ella respondió:

—María, o como quieran... Todo menos Maravillas. Y cuando le dijeron que se iba a llamar así pensó: «¿Para qué me lo habrán preguntado?»

Pero nada dijo. Seguramente aquellas buenas Madres lo habrían hecho por dar este consuelo a su madre, o por no quitarle su nombre de pila.

Después de todo daba igual. Y se quedó con Maravillas. Ese nombre que según ella decía más tarde, tendría toda la culpa de que no la olvidasen del todo. «Si me llamara María —solía decir—, nadie se fijaría en mí.»

A los ocho días de su entrada fue a visitarla el Padre López, que se manifestó sorprendido de verla tan feliz.

—Pero, Padre, ¿es que dudaba?

No, no cabía duda. Maravillas estaba feliz. Las austeras observancias del Carmelo le parecían dulces y fáciles y desde que puso el píe en la clausura su alma se llenó de gozo y de paz.

Estos sentimientos se dejarán ver en una carta a su cuñada, que parece ser de las primeras que escribió desde el convento. Dice así:

«No sabes lo que sentí el que se me hubiera olvidado que ayer era el día de tu santo, pero en cambio por la tarde te tuve muy presente y esta mañana ofrecí por ti la Sagrada Comunión. Hoy me dice la Madre Maestra que como te prometieron, te encomendaron mucho, así que has salido ganando. También ofrecí al Señor por ti la pena que me causaba mi olvido.

¿Cómo hizo mamá el viaje de vuelta? Me pareció que en medio de su pena se iba algo consolada y sobre todo muy bien impresionada de

este pedacito de cielo. Yo deseaba mucho que conociera a nuestras Madres, tan distintas de lo que el mundo cree y me parece que las conoce un poquito porque eso se ve en seguida. La explicación es la que daba el señor Obispo ‘cómo han de ser los corazones en que sólo el amor de Dios reina’...

No penséis por un momento que os olvido ni olvidaré a ninguno, como os decía, el único sacrificio que tengo que hacer es el de la separación, por lo demás me encuentro muy feliz y llenas todas las aspiraciones de mi corazón.

A Alfonso, que seguramente cuando venga, se irá mejor im- presionado que el otro día en casa, mil cosas y ya sabes que siempre pido a Dios para que los niños le amen mucho. Tu hermana, Maravillas de Jesús».

Esta felicidad aumenta cada día. Cuando en el correr de los años las novicias hablen a la Madre de su felicidad, su contestación será siempre la misma:

«Pues ya verá, hija, cada día será más feliz.»

Así le está pasando a ella, sólo lleva siete días en el Carmelo cuando escribe:

«¿Qué tal os va desde que nos hemos separado? Yo pido a Dios y espero que muy bien y que todo irá ya entrando en caja. En cuanto a mí, como tú te figurabas, no puedo estar más contenta, es una felicidad tan grande que no te la puedo explicar, la celda donde está uno sólo con Dios parece el cielo y luego saber que con todas nuestras acciones por insignificantes que sean estamos agradando a Dios, puesto que se hacen por obediencia. En fin, claro que en todas partes se puede uno santificar y lo principal y sólo necesario es cumplir la Voluntad del Señor, pero yo no puedo por menos de darle infinitas gracias porque para mí haya sido ésta su Voluntad. Ayúdame tú a dárselas y pídele que, olvidándome de mí, sepa corresponder a tantos beneficios. Inútil decirte lo que os recuerdo a todos y lo que siento la separación. Todos los días me acuerdo de lo que me encargaste y también pido mucho por tu padre. Tu madre mandó infinidad de riquísimos dulces. Dale mis más cariñosos recuerdos, besos a los niños y sabes te quiere mucho tu hermana, Maravillas de Jesús».

Esta felicidad no era en la Hermana Maravillas el fruto de un fervor pasajero, sino algo mucho más hondo. Había comprendido toda la

grandeza de la vocación al Carmelo y el tesoro de su espiritualidad, que ya había empezado a atisbar en el mundo, se presentaba ahora ante ella con horizontes dilatados.

Ejercitada en la práctica de las virtudes y el vencimiento propio, no debió sentir sorpresa ni espanto al encontrar en el oratorio del Noviciado estas máximas del Doctor del Carmelo:

«Déjate enseñar, Déjate mandar,

Déjate sujetar y despreciar, Y serás perfecta».

¿De qué se iba a espantar? ¿No era eso lo que había venido buscando, lo que deseaba con todo su corazón?

En cambio fue para ella una gratísima sorpresa la vieja leyenda carmelitana que circundaba la imagen de la Virgen del Carmen: «El Carmelo es todo de María.»

La Madre María Josefa del Corazón de Jesús, su Maestra, al mismo tiempo que la instruía en los usos y costumbres del Carmelo hacía vibrar las fibras más íntimas de su alma, cuando con aquel entusiasmo y vehemencia de que estaba lleno su corazón, le hablaba de las glorias de la Orden del Carmen y sobre todo de sus glorias marianas.

¡El Carmelo es todo de María! Esta divisa que está esculpida en las piedras de nuestros viejos monasterios, tiene que estar esculpida en el corazón de cada Carmelita.

¿No sabía los acentos marianos de venerables tradiciones tejidos en torno a Elías, el Santo Profeta del Monte Carmelo?

Le contaba cómo en el siglo XII, cuando el demonio, eterno enemigo de la Mujer coronada de estrellas y con la luna bajo sus pies, había querido aniquilar a los que se llamaban «Hermanos de Santa María del Monte Carmelo», aquel frailecico que desde los doce años vivía consagrado a Ella, San Simón Stock, la había visto aparecer entre esplendores de cielo y tendiéndole la punta de su santo escapulario le dejó oír estas palabras dulcísimas: «Recibe, hijo mío muy amado, este escapulario de tu Orden, señal de mi hermandad; el que muera con él no padecerá el fuego eterno.» Promesa bendita que más tarde había de enriquecer con la de sacar del purgatorio el sábado después de su muerte a los que murieran con esta señal de predestinación.

Otras veces la Madre, repasando las viejas crónicas de la Orden, contaba a sus novicias las vidas de muchos Carmelitas que hoy se veneran en los altares y que habían venido al Carmelo sólo porque «es todo de María».

La Santísima Virgen les había llamado y atraído con la dulzura de su amor a esta bendita tierra de donde es Ella la más bella flor... «Flor del Carmelo, viña florecida, esplendor del cielo, lirio entre espinas...»

Todas estas enseñanzas calaron muy hondo en el corazón de la Hermana Maravillas y la llenaron de inmensa alegría. Pero cuando se vio vestida con el hábito de la Virgen, su felicidad no tuvo límites.

No había transcurrido un año desde la consagración de España al Corazón de Jesús cuando tuvo lugar esta otra consagración mucho más íntima y escondida, pero, ¿mucho menos trascendental para el mundo y para la Iglesia? Podrá quizá parecer atrevida esta insinuación, pero insistimos en ella. Pues cuando un alma se consagra a Dios en un convento de Santa Teresa, se cumplen en ella estas palabras de su Santa Madre: «Si el que comienza se esfuerza con el favor de Dios a llegar a la cumbre de la perfección, creo jamás va sólo al cielo, siempre lleva mucha gente tras sí».

Llega, al fin, su toma de hábito, el día 21 de abril de 1920. Lo recibe de manos del doctor don Jaime Cardona, Obispo de Sión. Se conserva, del día 22 de abril de ese año, un artículo de El Imparcial, periódico liberal de la época, sobre su toma de hábito, que será bien copiar casi en su totalidad, pues refleja perfectamente el ambiente y las circunstancias y, sobre todo, la figura de la Novicia.

«En un convento de Carmelitas, situado en lo más alto del agreste sitio de San Lorenzo de El Escorial, celebróse ayer la ceremonia de la toma de hábito de la que en el mundo se llamara Maravillas Pidal y Chico de Guzmán, hija de los Marqueses de Pidal y heredera de una noble raza asturiana en que las virtudes y el talento, unidos en admirable consorcio, han dado a la patria varones insignes en la Política, en la Ciencia y en la Literatura y mujeres de gran inteligencia y sólidas virtudes que, en las estrecheces del claustro o en los esplendores cortesanos han tenido siempre como única mira lo que la Santa Doctora de Avila aconseja en los capítulos de sus Moradas: ‘olvido de sí’ para que toda la vida se emplee únicamente en la mayor honra de Dios.

En esta modesta casa carmelitana, cuyos umbrales traspasamos ayer con emoción profunda, ha ido a encerrar su vida —una vida que parecía

predestinada a todos los halagos de la fortuna — la hija de los Marqueses de Pidal. Desde los once años, Maravillas Pidal mostró sus vehementes deseos de abrazar la vida religiosa y, consecuente con estos anhelos, jamás su gentil figura prestóse a ser ornato de los salones madrileños, a los que era invitada por fueros de su alcurnia. Siempre ocupada en obras piadosas o caritativas, su voluntad se afirmaba, ‘la voluntad de vencer que es la que da las victorias’, según ha dicho un escritor francés, y así ha podido llegar para ella la fecha de ayer, en que logró ver realizado el sueño de su todavía corta existencia.

En el altar de la pequeña iglesia, una imagen del Corazón de Jesús resplandecía entre la aureola de los cirios y el blanco tapiz de las flores. A la izquierda del presbiterio, la doble reja que separa del mundo a las religiosas, mostraba, a través de los férreos barrotes, una amplia sala, risueña y blanca, en cuyo fondo, entre luces y flores, la estatua de la Virgen del Carmen tendía hacia los fieles su piadosa mirada. El público se aglomeraba delante de la reja, ávido de contemplar a la joven novicia, que apareció rodeada de las demás novicias y profesas, ocultos los rostros bajo el velo y con los hábitos pardos y blancos de la Orden del Carmen.

Llegóse a la reja y arrodillándose, con los ojos bajos, se dispuso a contestar a las preguntas de ritual que el prelado le iba dirigiendo. Vestía de blanco —el traje de las desposadas — y en el abismo de sus cabellos negros, que muy pronto habían de desaparecer, florecían los simbólicos azahares.

Con voz firme y clara, contestó a todas sus preguntas:

Y la neófita contestaba:

—La misericordia de Dios, la pobreza de la Orden y la compañía de las Hermanas.

Ni un minuto de vacilación, ni una veladura en la voz; nada, en fin, que pudiera demostrar temor ante la dura vida que le espera...

Un momento la figura nupcial desaparece. Ha partido, después de postrarse ante la Virgen del Carmelo, para presentarse otra vez, vistiendo ya el hábito de la Orden. Las Hermanas profesas echan el manto sobre sus hombros y cubren con el albo velo su cabeza. Ha llegado el momento solemne.

El cuerpo de la novicia se dobla sobre el pavimento... y queda largo tiempo inmóvil.

El órgano acompaña los cánticos de las religiosas que entonan el Veni Creator. Lentamente van cubriendo el cuerpo de flores, las campanas, no obstante, repican a Gloria.

Es que Maravillas Pidal ha muerto para el mundo; mas en el huerto del Señor un rosal ha florecido.

Y en el Cielo ha nacido una estrella.» * * *

Empezó entonces su noviciado con gran fervor, poniéndose por modelo a la Santísima Virgen. La vida de la Virgen en su casita de Nazaret es un modelo perfecto para una Carmelita. Ella le enseñaría a vivir sólo para Dios, a darse a las demás cumpliendo aquello que luego trataría siempre de inculcar a sus hijas: «El trabajo para mí, el descanso para mis hermanas», y sobre todo le enseñaría a alcanzar el Ideal que la había traído al Carmelo que no era sino imitar en lo posible la vida de Jesucristo.

Durante estos años fue su lectura diaria el Camino de Perfección, ese admirable libro en el que Santa Teresa dice a sus hijas que para aprender a hacer oración, no conoce otro medio que el de la práctica de las virtudes.

Que la Hermana Maravillas abrazó con la mayor generosidad todas estas virtudes está fuera de duda, pues se las vieron practicar con heroica continuidad hasta el último día de su vida y todos sabemos que nadie recoge lo que no ha sembrado, ni adquiere de pronto el hábito de lo que no ha practicado desde el principio.

Pero además tenemos el testimonio de sus compañeras de noviciado que confirman lo que estamos diciendo.

Una vez empezó a contar algo de la capilla pública del Palacio Real dando algunas explicaciones y detalles con toda sencillez. De pronto cortó en seco, y cuando al día siguiente quisieron reanudar la conversación, no hubo medio.

Evitaba todo lo que pudiera enaltecerla a los ojos de las demás. Y como una Hermana, creyendo agradarle, le sacara muy a menudo la conversación de lo que hacía por el convento su familia o de su posición social, pidió con humildad a su Madre Priora cuánto le agradecería que no se hablase en esos términos de su familia.

Deseosa de permanecer en la sombra, aparentaba no saber; no daba su opinión si no se la pedían. Pero cuando le preguntaban sobre cualquier tema, una respuesta clara y certera dejaba ver su agudeza y claro conocimiento de lo que se estaba tratando.

No sólo en su noviciado, sino durante toda su vida religiosa, cumplió bien el consejo de su Santa Fundadora que exhortaba a sus hijas a evitar hasta la menor sombra de pedantería. No iba esto con ella.

Un gran don de gentes, una inteligencia clara y profunda cultivada por la educación que había recibido, una enorme sencillez. Así era esta novicia que estamos viendo moverse en el noviciado de El Escorial.

¡Quién hubiera reconocido en ella, a la Maravillas Pidal que poco antes, cuando estaba en su casa, era delicadísima para las comidas!

Ahora come cuanto le ponen delante sin el menor gesto, aunque costándole mucho. Su Maestra había dicho que era bueno que las novicias comiesen bien, pues si no, no podrían perseverar en una vida tan dura. Que comiesen mucho pan, que es lo que comían los pobres, y al mismo tiempo les alimentaba. No caía en saco roto nada de esto y aprovechaba ella todas estas ocasiones de vencerse.

Su oficio por entonces era la crianza de los pollos y ayudaba a las Hermanas a cuidar de las vacas; tenían entonces cinco que les había

mandado el hermano de una de las monjas para que la venta de leche fuera un medio de sustento de la Comunidad.

La Hermana Maravillas se ocupaba de limpiarlas, darles el pienso, etc., todo menos ordeñar.

Con la crianza de los pollos se pasó sus malos ratos, pues entonces era crianza en frío y se le morían muchos.

Ayudaba también a coser en la ropería y hacía y pintaba escapularios. Era difícil sorprender en un descuido a aquella novicia humilde, callada, obediente, abnegada y siempre dispuesta a servir a las demás y a sacrificarse por todas.

Su inalterable igualdad de carácter, su alegría sosegada, su mirada grave y serena, su unión con Dios que se traslucía en todo su exterior y su perfecto equilibrio, hacían de ella el modelo acabado de una novicia carmelita.

Durante la enfermedad de su padre había permanecido tantas horas de rodillas junto a él que esto le produjo un derrame sinovial del que nunca se recuperaría del todo. Lo dijo, porque el Padre López se lo mandó, pero al ver que las Madres no le daban importancia, se quedó tan tranquila.

En realidad, si a ella le había preocupado era sólo por temer que pudiera ser un impedimento para su vocación. Por lo demás, ella podía hacer de todo, menos estar mucho tiempo de rodillas.

Su Maestra vio aquí un filón para probar la virtud de la novicia, y decidió no permitirle hacer el menor trabajo ni esfuerzo, cosa que a ella, que como Santa Teresa «era muy honrosa», le costaba la misma vida. Tenía que pasar por la vergüenza de sentarse en un banquillo mientras todas las Hermanas y aun las Madres mayores lo hacían en el suelo. Y cuando había algún trabajo de Comunidad, tenía que ver cómo las novicias se tiraban de cabeza a lo más duro como es costumbre en el Carmelo, mientras ella hacía —porque así se lo habían mandado —lo más fácil y descansado.

Tenían una bomba para sacar del pozo el agua necesaria para el servicio de la casa y esto resultaba algo cansado, por lo que habían establecido un turno para repartirse el trabajo entre todas. Pero cuando le tocaba a la Hermana Maravillas se lo hacía su Maestra, mientras ella tenía que estarse allí mirando.

Todo esto llegó a preocuparla muy en serio, no tanto por lo que su natural vivo e impetuoso tenía que sufrir, sino por llegar a temer no podría profesar una vida que por lo visto no iba a poder llevar.

Consultó entonces a su antiguo director, el Padre López, y al Padre Silverio de Santa Teresa, que como Carmelita conocía perfectamente la vida del Carmelo y podría juzgar mejor. Los dos le dieron la misma respuesta: Si ella no lo quería así y sólo lo hacía por obedecer, no tenía más que seguir adelante.

Hizo, pues, el 7 de mayo de 1921 con gran fervor y alegría su Profesión de votos temporales por un trienio, decidida a abrazarse con lo que tanto le costaba, puesto que era ésa la voluntad de Dios. Pero Dios se contentó con esta entrega, pues cambió por entonces la Maestra, y la nueva Madre que ocupó este cargo, al ver que la Hermana Maravillas tenía buena salud, le permitió trabajar como todas, a lo que se entregó infatigable- mente, buscando siempre lo más duro y pesado.

La Madre Maestra, descansaba plenamente en ella. Los domingos y días de fiesta la hacía ir a pasear a la huerta con las otras novicias, segura de que sabría mantener la conversación a una altura propia de almas consagradas a Dios. Una de ellas atestigua:

«Con una sencillez encantadora, nos explicaba a nuestro Padre San Juan de la Cruz, al que tan admirablemente comprendía e imitaba».

La personalidad de la Hermana Maravillas que ella trataba de ocultar, se imponía sin pretenderlo y su gran rectitud y humildad, hizo que su Maestra le mandara que en ausencia suya resolviera las dudas que pudieran tener las novicias y respondiera a sus preguntas.

Una connovicia escribe:

«No se fiaba de sí misma para nada y así cuando le preguntaba me

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