Al mismo tiempo que estos hechos, han sucedido otros que Maravillas no conocerá hasta más tarde, pero que influirán en su vida de una manera decisiva.
«En marzo de 1900, la hija de los Barones de Andilla ingresaba en el Carmelo de Salamanca a los veinticinco años. Adornada por Dios de excepcionales dotes de naturaleza y gracia, María Santa Cruz y Garcés, parecía llamada a brillar en el mundo. Posición social, inteligencia’ nada común, atractivo y belleza, nada le faltaba, pero todo le pareció poco para entregárselo a Dios y con gran generosidad y alegría, cambia todo eso por una pobre celda del Carmelo donde vive feliz durante once años con el nombre de María Josefa del Corazón de Jesús. A la muerte de su padre pensaron los superiores sería de mucha gloria de Dios fundar un nuevo Carmelo, ella accedió gustosa, pues por el amor que tenía a nuestra Sagrada Orden, en nada le pareció podría mejor emplearse cuanto de los suyos recibiese. Decidida la Fundación, salió con las Madres que habían de ser cimientos del nuevo palomarcito de El Escorial. Nadie mejor que ella para principio de una nueva casa, donde las primeras piedras tienen que dejar el camino trazado a las que vengan. Mucho se abnegó y trabajó por aquella fundación que quiso se consagrara al Corazón de Jesús, a quien profesaba una particular devoción. Era alegre, emprendedora y tomaba todo con gran entusiasmo. Su gran caridad, el ansia de dar gloria a Dios y su amor a nuestra Sagrada Orden le hacían olvidarse de sí para pensar únicamente en cómo le agradaría más...»
Estas notas escritas a su muerte por la propia Madre Maravillas dejan ver bien a las claras el gran amor y veneración que siempre sintió por la que fue su primera Maestra de novicias.
Pero en el instante en que nos encontramos de esta historia todavía no la conoce. Y es más, no tiene ganas de conocerla. Elia, que en todos los sitios que visita o donde pasa algún tiempo, especialmente en el verano, lo primero que hace es ir a ver a las Carmelitas, no ha ido nunca al Carmelo
de El Escorial. Basta que haya allí una persona conocida para que no le apetezca.
Además a ella le gustan los conventos antiguos. Sin embargo, a pesar de los muchos que ha visitado no ha sentido nunca ese atractivo, esa especie de segunda vocación que Dios hace sentir a veces hacia un sitio determinado.
Y lo que es más, nota en algunos conventos un aprecio y estima especial hacia ella, que considera inmerecida. Además esto la retrae y le basta para pensar que no es allí donde debe entrar.
En cambio, la Madre María Josefa sí tenía ganas de conocer a Maravillas. Estando aún en el convento de Salamanca había oído decir: «La pequeña de Pidal tiene vocación.» ¡La pequeña de Pidal...! La recuerda muy bien, niña aún de tres o cuatro años cuando ella ya de veinte fue un día con su madre a visitar a sus padres, una de esas visitas de cumplido que entonces se estilaban.
Mientras los mayores conversaban en el salón, Maravillas miraba con sus hermanos por el ojo de la cerradura y cuando al fin les hicieron entrar a saludar a la visita, corrían como locos alrededor de una mesa, sin hacer gran caso de las reconvenciones de su madre.
«¡Qué niños más mal educados!», dirá más tarde la Madre María Josefa.
Sin embargo, desde que oyó decir que Maravillas tenía vocación pensó no sabe por qué: «Esa será conmigo.» Y desde entonces no dejó nunca de encomendarla en sus oraciones.
Un día, la Baronesa del Castillo de Chirel pide a Maravillas que la acompañe al Carmelo de El Escorial. Se han conocido en el balneario de Panticosa donde coinciden algunas temporadas. La diferencia de edad se ve pronto compensada al descubrir que tienen los mismos deseos de darse a Dios y para Maravillas es como un puente de plata que le permite en sus correrías piadosas desligarse de la tutela de sus institutrices, entonces obligada, pues yendo con ella ya no necesita otra compañía.
Aquel día accede, aunque sin ganas, a los deseos de su amiga. Después de todo, ¿qué más le da? Mientras dure la visita, ella se quedará en la iglesia. Así se lo dice, mientras el coche sube trabajosamente la cuesta de las Perdices.
Está edificado el Carmelo de El Escorial en la parte más alta del pueblo, en un sitio llamado «Las Casillas», al que se sube por una cuesta tan empinada como mal empedrada, al menos entonces. En aquella época aún no se veían por allí los alegres chalets de la carretera de Guadarrama o del «Plantel». Era un barrio humilde. Costaba trabajo llegar al convento; durante todo el trayecto apenas si se dejaba ver por entre las estrechas ca- llejuelas un pedazo de cielo. Pero al llegar arriba y desde la puerta misma del convento, todo cambiaba.
Maravillas, tan aficionada al campo y la naturaleza que tanto le hablaba de Dios, debió quedar extasiada ante el panorama que contemplaban sus ojos.
Aún no sabe ella que será aquella puerta que tiene detrás la que se le abrirá pronto dándole entrada a esa especie de milagro que es un palomarcico teresiano. Milagro de fe y de amor, de paz y alegría, porque el alma que pasa la puerta de un Carmelo, pensando que lo ha perdido todo, ve de pronto, que todo lo ha encontrado.
¿Enterrarse en vida? El que lo ha gustado, siente algo así como lo que siente el viajero cansado, cuando después de la penosa subida por la calle angosta bordeada de míseras «casillas», se encuentra de pronto, sin esperarlo, con esa maravilla que se llama el Monasterio de El Escorial, al que han prestado su hermosura los anchos cielos de Castilla y los picos de la Sierra de Guadarrama.
No sabemos lo que le diría el Señor en aquel Sagrario que tantas cosas le habría de decir y al que tantas noches habrá de acompañar. No sabemos... Lo único que sabemos es que alguien la llamó para decirle que pasase al locutorio. María Chirel, después de haber hablado con las Madres, les dijo que había venido con Maravillas.
— ¿La pequeña de Pidal? Tiene vocación, ¿verdad?
Maravillas se acercó a la reja. Por primera vez se veían aquellas dos almas que tanto se iban a querer.
De un lado ella, afable, pero callada, con ese no sé qué tan suyo, que cuanto más quiere borrarse, más atrae.
Dentro, la Madre María Josefa, con aquel gran atractivo que tenía. Su mirada penetrante parece querer calar a la pequeña de Pidal.
Empieza la conversación, indiferente al principio, que se va encauzando al terreno espiritual. Habla la Madre María Josefa:
—Claro, hay personas que hacen en el mundo una vida buena, muy buena si se quiere, pero siempre haciendo su propia voluntad... Además, todo el mundo las aplaude, las tiene por santas. Esa aureola hace más fácil cualquier sacrificio que se haga. Dentro, ¡ya es otra cosa!, aquí aparece todo en la verdad.
La Madre quiere probar aquella vocación de la que ya para entonces había oído muchas ponderaciones.
La conversación continúa un rato en este tono y Maravillas recoge la alusión y experimenta un gozo interior inmenso. Gracias a Dios que ha dado con alguien que se da cuenta de cómo es. Aquí sí que va a encontrar lo que tanto desea: Imitar lo más posible a Jesucristo. Y aquella tarde lo decide. Si algún día logra realizar sus deseos de consagrarse a Dios, lo hará en cuanto de ella dependa en el Carmelo de El Escorial.
Su confesor le ha prohibido hablar de ello y Maravillas no dice a las monjas ni a nadie una sola palabra de su vocación. Pero su gran corazón empieza ya a volcarse con aquella Casa que después tanto había de querer. Pronto empiezan a llegar al convento paquetes de víveres, objetos de
sacristía, medicinas, etcétera. El nombre del remitente: «Señora de Reguillo», es desconocido para las monjas, pero éstas no deben ser desco- nocidas para la misteriosa bienhechora que parece adivinar todas las necesidades de la Comunidad.
Un día, en las proximidades de Nochebuena, de uno de los paquetes sale un precioso Nacimiento. Al coger el Niño Jesús, ven por detrás una etiqueta con este nombre: «Señorita de Pidal.» Se lo han puesto en la tienda y Maravillas no lo ha visto.
* * *
Cuanto más tiempo pasa, más difícil le parece a Maravillas dejar a su madre.
De vez en cuando tantea ella el terreno para ver qué piensa sobre su porvenir.
Un día aprovecha una ocasión que se le presenta:
— ¿Sabes que la señora X ha dejado entrar monja a su hija? Va a entrar en el Sagrado Corazón...
Su madre le contesta por todo comentario: —Poca falta le haría.
Cuando ella lo contaba a sus hijas, se reía diciendo: «La verdad que me salió mal la indirecta.»
El Padre López en este punto se muestra irreductible. Un día en que su dirigida le hace por centésima vez su acostumbrada pregunta: «¿Qué hay de lo mío?», el Padre le contesta secamente que en un año no vuelva a hablarle de su vocación. Maravillas mira el reloj. Son las doce. Y obedece. El tiempo transcurre sin que cambie en nada su género de vida ni su manera de pensar.
El verano siguiente, mientras su madre está en San Sebastián, ella pasa una temporada en Torrelavega por dar gusto a los padres de su cuñada, los Condes de Torreánaz, que se lo han pedido insistentemente. No se sabe qué tiene Maravillas, el caso es que todos desean su compañía.
Un día va a Covadonga con sus hermanos. El bellísimo panorama de aquellos valles estrechos y profundos rodeados de altas montañas elevan su alma al Creador de tantas maravillas y llena de confianza, le habla a la Santina de sus deseos. Estando allí se cumple el año prescrito por su Director.
A las doce en punto, Maravillas coge la pluma y escribe: «Padre, quiero que sepa que yo sigo pensando lo mismo.»
De regreso, en Torrelavega, recibe malas noticias de San Sebastián. La gripe, el famoso «catarro universal» del año 18 que tantos estragos ha hecho en Europa, ha entrado en su casa.
Están todos mal, bastante mal, aunque no se lo dicen tan claro. Al contrario, su madre le dice que no es tanto y que es mejor que no vaya, pues corno es un mal tan contagioso, va a caer ella también. Su respuesta es coger el primer tren y plantarse en San Sebastián.
Se multiplica por atender a todos, especialmente a su madre que ha estado muy grave. Ella la pasa de pie hasta que al fin cae agotada. Aquí es cuando el Señor toca el corazón a la Marquesa de Pidal, pues al ver a su hija tan grave piensa que se le muere y que se queda sin ella, mucho más que si se metiese monja.
Sea por esto o porque ha llegado la hora de Dios, el caso es que la señora no puede sosegar. Y un día en Madrid, paseando las dos por el Retiro, dice a su hija:
—Oye, Maravillas, ¿tú sigues pensando lo mismo?
Maravillas no cree lo que está oyendo. Pero el caso es que el Padre le ha prohibido hablar. Se lo dice así a su madre que le contesta:
—Pues mira, si no me lo dices ahora no cuentes con que yo tenga valor para volverte a hablar de ello nunca.
Viendo ya en esto una señal de la voluntad de Dios, Maravillas habla. ¿Qué argumentos encontraría su amor filial para suavizar el sacrificio a su madre? Había creído ésta siempre que pensaba entrar en la Asunción, así que al hablarle ahora del Carmelo, le resulta aún mucho más duro. Sin embargo, si Maravillas está segura de que eso es lo que Dios quiere de ella, que ahí va a encontrar la felicidad, su madre nunca se opondrá.
Para Maravillas había llegado la hora tan deseada, es cierto, pero deseada por ser la hora del sacrificio. La gracia no destruye la naturaleza...
Una carta escrita a su director el año 32 a la muerte de su madre, nos ayudará a comprender sus actuales sentimientos:
«Con toda mi alma hago el sacrificio de la separación de mi madre en los momentos pasados y en los presentes, pero ¡cuánto cuesta!»
Van ya de vuelta para su casa. Allí deja a su madre y en el mismo coche se va a decirlo en seguida al Padre López.
El Padre recibe con frialdad la noticia que Maravillas con tan jubilosa alegría le da. Tanta, que su obedientísima dirigida le dice:
—Bueno, Padre, yo tengo el permiso, pero si a usted le parece que no debo ir, no me voy.
La verdad es que el Padre debía de creer que su madre no le daría nunca el permiso. Pero ante una prueba tan clara del querer divino, no se atreve a oponerse.
—Y... ¿adónde te vas a ir, si todavía no sabes dónde vas a entrar? —le pregunta, pensando quizá todavía en aquella soñada fundación cerca de Madrid.
— ¡Ay, Padre, no se preocupe, lo arreglo volando! —Y cuándo te quieres ir, ¿mañana?
—Pues, Padre, yo por mí, sí.
Se la está viendo: una vez conocida la voluntad de Dios, ¿a qué esperar? Eso sí, la obediencia ante todo. Entrará donde el Padre le diga. Sólo cuando éste le dice que puede entrar donde quiera, elige lo que ya hace tiempo había elegido en su corazón. El Carmelo de El Escorial, uno de los Carmelos de España que tiene por titular al Corazón Sacratísimo de Jesús.
Con la serena actividad que la caracteriza hace Maravillas todos los preparativos para su entrada. Arregla las cosas con las Madres que la reciben con los brazos abiertos, pide los permisos, prepara su modesto ajuar.
Ha fijado para su entrada la fecha de la Virgen del Pilar.
Pregunta a las Madres si les vendría bien que aprendiera algo en el poco tiempo que le queda. Le dicen que si pudiera aprender a tejer sería buenísimo y se dispone en seguida a buscar quien la enseñe.
En Carrascalejo va todos los días a casa de una tejedora que le enseña a tejer sólo a dos pies. Ella, que necesitaba aprender todo pronto, le pide que le enseñe a «cuatro pies», pero la mujer dice que no se puede aprender tan deprisa, que cuando vuelva ¡otro año!
Estando ya en El Escorial su madre le manda un telar y un tejedor de Carrascalejo va al convento a completar las lecciones.
Pocos días antes de su entrada tuvo lugar un hecho al parecer sin trascendencia, pero de mucha significación en el futuro de su vida.
El 30 de mayo pasado había tenido lugar en el Cerro de los Angeles la inauguración del Monumento y Consagración de España al Corazón de Jesús. Maravillas no asistió. Se encontraba con su madre en Carrascalejo, por lo que parece debió de quedarse un poco al margen del fervor con que vibró Madrid entero en el triduo de preparación que predicó el Padre Mateo Crawley en San Jerónimo el Real.
El Padre López ha pensado que podían celebrar una Misa de despedida en el Cerro. Maravillas va con varias amigas que querían acompañarla en estos momentos. El Padre exhortó a todos a pedir por ella a la Santísima Virgen para que su entrega fuese total y verdadera. Después de la Misa y a los pies del Monumento hizo el Padre en nombre de todos una consagración al Corazón de Jesús.
Aquella mañana no pensaba ella volver nunca al Cerro de los Angeles.
Sentiría que no estuviesen sus hermanos en Madrid. Lo siente más que por ella, por su madre y por delicadeza hacia ellos. En lo que cabe quiere hacer las cosas con la mayor suavidad posible. Así lo demuestra esta carta escrita a su cuñada en los primeros días de octubre:
«Querida Adelaida: Como me dijo mamá que ya sabíais por ella que, Dios mediante, mi entrada será el día 12, no me he dado prisa en contestarte. Siento que tengáis que venir tan pronto este año, pero es un día muy hermoso para entrar, ¿no te parece?
Tengo de Priora a la antigua Subpriora y de Maestra a la Madre María Josefa, así que es todo muy de mí gusto y la verdad es que aunque siento que vengáis, lo deseo mucho, pues sería muy triste irme al convento sin veros. Nini y Vicente vienen el día 6. Recuerdos a todos, y con besos a los niños, te envía un fuerte abrazo tu hermana. Maravillas».
Se acercaba el día y ella, queriendo evitar a su madre lo más posible la impresión de la última comida, invitó al Obispo de Sión, Monseñor Cardona, que era el confesor de su madre, a todos sus hermanos y a un matrimonio muy íntimo de la familia, que sabía habían de alentarla y ayudarla en esos momentos.
Al fin llega la hora. Su madre le da la bendición y poco antes de las cinco de la tarde sale acompañada de sus hermanos que la llevan hasta el convento.
Todas las personas del servicio, las mujeres del barrio donde ella iba a enseñar la doctrina, todos lloraban desconsolados.
Así entra Maravillas en el Carmelo de El Escorial el 12 de octubre de 1919.