Exito comercial y protección estatal
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V. A manera de prólogo (*)
No sería aventurado sostener que lo más valioso del cine latinoamericano -al igual que del cine de los países dependientes- ha sabido traducir a lo largo de su corta historia la memoria de nuestros pueblos, constituyéndose en una de las principales formas de expresión. Basta hacer un recuento de aquellos filmes que se han ido afirmando precisamente en nuestra memoria, para comprobar la verdad de esta afirmación.
Los últimos años han robustecido aun más la importancia de dicho cine. La argentina constituye un claro ejemplo: ¿qué películas permanecen como inevitables puntos de referencia en la última década para la valoración de nuestra cinematografía? No son muchas si se compara con el grueso de la producción, pero sí las suficientes como para probar la solidez de un cine dedicado a servir de portavoz o de expresión de la memoria perseguida, es decir, de la memoria popular:
La hora de los hornos, El camino hacia la muerte del viejo Reales y Operación masacre, realizadas por integrantes de Cine Liberación (Solanas, Getino, Vallejo, Cedrón); La Patagonia rebelde, de Olivera y Quebracho de Wullicher, son algunos de los ejemplos más destacados, aquellos que se extienden a su vez como parte de una poderosa corriente en el conjunto de América Latina: la mayor parte de las películas cubanas, fundamentales filmes del cinema novo brasileño y sus
continuadores, la joven cinematografía mexicana, chilena, boliviana y peruana. Hablar entonces de un cine que expresa la memoria de nuestros pueblos no es por lo tanto referirse a una variante entre otras, como puede ocurrir en el caso de las cinematografías de las naciones dominantes, sino a lo que constituye la columna vertebral de nuestro cine.
Memoria e historia
La primera película del cine argentino reconstruía un hecho histórico: El fusilamiento de Dorrego, es decir, acudía de algún modo a la memoria de la nación. Historia y memoria venían a ser términos semejantes. Esto puede prestarse a equívocos: sobre todo si concebimos falsamente a la historia y a la memoria como meras circunstancias del pasado, superadas o momificadas, en vez de lo que en realidad son: hechos vivos y recreables, conformantes también de un futuro que los hará vivir siempre de manera distinta. Basta que un pueblo modifique el rumbo hacia donde se orienta para que otro tanto suceda con la visión del rumbo que ha dejado atrás. Al igual que en una brújula, el rastreo que efectúa la aguja hacia el norte es simultáneo al que se desarrolla en el extremo opuesto. De esta manera, el pasado tiene siempre un valor que está determinado no por el pasado mismo sino por el proyecto hacia el futuro, que es el que imprime el cambiante y
enriquecedor sentido a la propia memoria.
Toda fuerza social o histórica retiene en su memoria aquello que en el presente le sirve para afirmarse hacia el mañana. Cuando un hecho, una obra o una doctrina de épocas pasadas posee aún un valor reconocido, no es sólo porque lo es en el momento en que se le convoca y reafirma; del mismo modo, un pueblo borra de su memoria aquello que no le sirve para resolver sus proyectos y expectativas. ¿Cuántos incas, por ejemplo, existieron antes de la llegada de los españoles? Todavía nadie lo sabe con certeza. A la muerte de cada Hijo del Sol, los quipucamayocs eran convocados para investigar y revisar su obra y su vida. Cieza refiere que “si entre los reyes alguno salía remiso, cobarde, amigo de holgar y dado a vicios, sin acrecentar el señoría de su imperio, mandaban que destos oviese poca memoria o casi ninguna”. Más de un Inca, entonces, aunque físicamente haya existido, no figura en la historia desde que el conjunto del pueblo decidió borrarlo de su memoria.
El hecho de que toda fuerza histórica tenga su propio proyecto de desarrollo -y su peculiar memoria- indica que allí donde existiere más de un proyecto o proyectos enfrentados, se plantea también un conflicto de memoria. En nuestro caso, un proyecto de dependencia se monta también sobre una memoria de dependencia, del mismo modo que un proyecto de liberación proyectada sirve de este modo a la vez para liberar aquello del pasado que todavía está oprimido.
Recordamos aquí un film cubano, Hombres del mal tiempo, realizado por el argentino Alejandro Saderman. Es un ejemplo de la liberación de la memoria en la medida en que aquélla se insertaba en un proyecto de liberación hacia el futuro. Un grupo de viejos ex-combatientes de la guerra de la independencia de Cuba frente a España se introducía gradualmente en el pasado, convocándolo primero mediante palabras, hasta que éstas dejaban paso a breves imágenes cada vez más vivas y “actuales”. Los ancianos reconstruían un episodio real de su memoria e indicaban a los actores el diálogo, las acciones físicas, los sentimientos, hasta que el pasado se hacía presente, lo ocurrido volvía a ocurrir, pero no ya como mera
información de algo superado, sino como parte vital de una circunstancia presente en la cual la voluntad de independencia y liberación se renovaba, ayudada en este caso por el triunfo de una revolución popular que posibilitaba el libre
desenvolvimiento de la memoria para una memoria que pasaba a ser dominante, desplazando a aquella otra que había sido dominadora durante decenios o siglos, y que podía por lo tanto explicitarse rotundamente.
Sin embargo, hasta que un pueblo no alcanza a conducir su propio destino, su “para sí”, su memoria -igual que su proyecto- constituye un sujeto propicio par la represión y la negación constantes por parte del proyecto de dominación antipopular.
La Conquista trajo a América su propia memoria, intentando proyectarla como la correspondiente a la de los pueblos conquistados, para lo cual debió atender primeramente a la destrucción de ésta. Sólo cuando el estruendo bélico de la conquista doblega la resistencia local, el imperio ordena a sus cronistas recoger las tradiciones, reconstruir el pasado subyacente en la tradición oral de los cantores y de los quipus o en la memoria de los quipucamayocs. Pero este interés por la historia de la fuerza a la cual el imperio se enfrenta, no se sostiene en un respeto efectivo par aquélla, en tanto se basa en un proyecto histórico diferente. El conquistador además de vencer necesita “con-vencer”, sin lo cual no existe fuerza alguna conquistada. La labor de convencimiento y persuasión, de colonización ideológica y cultural, sucede así al despliegue inicial de las armas bélicas, constituyéndose en recurso tanto o más eficaz que aquéllas para la nueva etapa. La acción persuasora implica un conocimiento del espacio que se aspira a dominar, es decir, de sus características integrales incluida su memoria. Sin tal conocimiento, la tarea de influir y cambiar el curso del proyecto del pueblo dominado, para encuadrarlo en el del dominador, resulta siempre más improbable y difícil.
En la medida en que el colonizador es tal por la presencia del colonizado, no puede de ninguna manera prescindir de éste. La contradicción resulta históricamente inevitable, y con ello la aparición también de influencias del conquistado sobre su coyuntural dominador, en la medida en que aquél posea una importante solidez cultural y un relativamente claro proyecto de desarrollo. De esa manera, junto al cronista que injuria al indio vencido y enaltece al castellano vencedor, aparece también otro tipo de cronistas que de una u otra forma vienen a recuperar parte de la memoria del pueblo
conquistado; éste, a su vez, desarrolla su memoria por los caminos que le son más adecuados. Un pueblo que se niega a ser con-vencido no tarda en encontrar formas de diverso tipo para asegurar la continuidad de su personalidad. Si no las halla fuera de sí, las inventa dentro de los límites que impone la relación de fuerzas con el opresor. A falta de posibilidad para explicitar públicamente su pasado -que es también hacer explícito su proyecto para el futuro- genera recursos y códigos secretos, aptos para el propio pueblo y difíciles de entender o de aceptar por sus enemigos.
El colonizador, o las clases sociales que le suceden en el poder sirviendo a sus mismos fines, manejan entonces una seudo-memoria del país, que se difunde en las escuelas, en los actos públicos, en los medios de comunicación. Aquélla aparece como dominante, en tanto que la dominada carece todavía de fuerzas para explicitarse. Sin embargo, el conflicto de memorias estalla -aunque expresado a través de recursos distintos- cuando la fuerza vencida y no convencida, resuelve resistir o pasar a la contraofensiva.
El mito, la leyenda, el cuento, la historia oral, la memoria de experiencias, ideas y sentimientos, se escurre del control del poder dominante, se muestra inapresable por la lógica de aquél, ya que si se encuadra en ella sucumbe, y aunque sea calificada despectivamente de “irracional” o de “manifestación de la preconciencia”, conforma la más elevada forma de racionalidad y de conciencia en tanto no se disuelve en el proyecto colonizador.
Esta labor de proyecto y de la memoria populares puede subsistir incluso sin la presencia de intelectuales capaces de competir con los del poder dominante, aunque ellos utilicen los mismos o parecidos medios. La historia de nuestros pueblos ha probado generalmente la facilidad del imperio para captar a las élites locales en pos de su proyecto, y las dificultades que los pueblos tuvieron para hacer lo propio. Pero lo cierto es que, como decía Neruda: “Mientras los poetas se encerraron en sus laboratorios, el pueblo siguió cantando con su barro, con su tierra, con sus ríos, con sus minerales. Produjo flores prodigiosas, sorprendentes epopeyas, amasó folletines, relató catástrofes. Celebró a los héroes, defendió a sus derechos, coronó a los santos, lloró a los muertos. Y todo esto lo hizo a pura mano”. Y a puro cerebro, agregamos nosotros.
Memoria y nación
En un país neocolonizado, como lo son la mayor parte de los países latinoamericanos, existen en permanente conflicto dos cultural, dos proyectos y dos memorias: la nacional y la dominante, en tanto la identificada con el proyecto de Nación se debate aún en la resistencia o en la proscripción y la asociada al proyecto dependiente controla los resortes más visibles del país todo.
Rastrear entonces en la memoria de un país dependiente -si es que pretendemos ser fieles a su voluntad de liberación- no es remitirse a la producción intelectual dominante, a la seudomemoria que se difunde en las escuelas y en los
medios masivos, sino adentrarse en el espacio proscripto y oprimido donde actúan las fuerzas sociales protagonistas del cambio y de la voluntad de ser.
Ello es así porque una nación o un proyecto de nación no se miden por el valor y dimensión de sus riquezas geográficas o materiales, por sus industrias o sus sembradíos, ni siquiera por la brillantez de su élite intelectual; se mide, antes que nada, por la calidad de sus habitantes, por el nivel de organización y solidez que ellos tengan para la construcción de una personalidad nacional libre y solidaria.
En nuestros casos, esta tentativa liberadora en general no estuvo a cargo de las clases sociales dominantes ni de las élites a sueldo de aquellas relegadas, sino de las clases sociales oprimidas y postergadas, condenadas a la explotación social cuando no al exterminio físico. Quienes manejaron nuestras circunstancias fueron siempre los que sirvieron primero a España, después a Inglaterra y ahora, de uno u otro modo, a los Estados Unidos. Nuestra historia estuvo definida en su nivel dominante por la omisión de lo nacional como proyecto de desarrollo integral y autónomo y el sometimiento a la Nación hegemónica. El “nacionalismo” de la gran mayoría de nuestras élites gobernantes fue siempre a favor del imperio de turno y en contra del auténtico nacionalismo, sostenido por las grandes mayorías populares. “El nacionalismo de los países
oprimidos -decía el pensador argentino Hernández Arregui- es efectivamente un nacionalismo de clase contra la apostaría de las clases dirigentes vencidas al imperialismo. No adora como el fascismo a las “democracias” capitalistas el ídolo de la nacionalidad; no inmola en la pila funeraria de su propio altar a negros africanos, amarillos asiáticos o mestizos hispanoamericanos. A diferencia del nacionalismo de los pueblos oprimidos no venera el fetiche de una nación inexistente sino que concentra su energía que es la energía de masas, en la nación a construir. Para este nacionalismo el porvenir, más aun que el pasado, constituye la Patria. No le teme a la guerra por la emancipación histórica, más aun, la desea. Sabe que la celebración de la humanidad sólo se alcanzará con la destrucción del nacionalismo de las naciones opresoras, para las cuales el universo no es la humanidad, sino su universal opresión sobre la humanidad”.
El concepto de nacionalismo imperial introducido en nuestros países siempre estuvo asociado a la idea de “civilización”, del mismo modo que el correspondiente al proyecto de nuestros pueblos lo fue a la de “barbarie”. Este conflicto de proyectos y de memorias estalla nuevamente durante el ascenso de la oligarquía al poder en nuestros países, como socia menor de la Inglaterra que sustituía al decadente imperio español. En la Argentina, es Domingo F. Sarmiento quien a través de su producción literaria y política -especie de cronista militante de la nueva clase social en ascenso- decía en su Facundo, al enfrentar el proyecto nacionalista de Rosas: “La juventud de Buenos Aires llevaba consigo esa idea fecunda de la fraternidad de intereses con la Francia e Inglaterra; llevaba el amor a los pueblos europeos asociado al amor a la civilización, a las instituciones y a las letras que la Europa nos había legado y que Rosas destruía en nombre de la América, sustituyendo otro vestido al vestido europeo, otras leyes a las leyes europeas, otro gobierno al gobierno europeo”.
Esta juventud, que habría de ocupar el espacio dominante a lo largo de decenios, no iba a buscar en Europa sólo un proyecto de vestuario, leyes o gobierno; trataba de apropiarse también de una memoria, omitiendo todo lo que tuviera que ver con la de los pueblos cuyos derechos usufructuaba. “Iba a buscar en los europeos -agrega Sarmiento en una
sorprendente intuición de lo que algunas décadas después sería el Tercer Mundo- sus antecesores, sus padres, sus modelos, apoyo contra la América tal como la presentaba Rosas, bárbara como el Asia, despótica y sanguinaria como la Turquía, persiguiendo y despreciando la inteligencia como mahometanismo...”.
Esta ideología de la dependencia sirvió para acentuar, a lo largo del tiempo, la escisión entre dos formas de concebir el pasado y el futuro de un país. Contribuyó a desarrollar una memoria “oficial” e ideal, enfrentada a la memoria real de un proyecto de nación libre, cuya sustentación fueron y son los pueblos organizados. Hablar entonces de memoria popular no es referirse a una posibilidad entre otras en lo interno de un proyecto nacional, sino a la esencia misma de ese proyecto.
Memoria y documentación
No hace falta demasiado esfuerzo mental para convenir que la línea más valiosa de la producción cultural y artística en nuestros países se halla íntimamente vinculada a lo “testimonial”, ya sea a través de la documentación o la reconstrucción de hechos vinculados -a veces como negación- al proyecto de liberación nacional y social. La literatura y el cine abundan en ejemplos suficientemente ilustrativos.
¿A qué se debe esta circunstancia del valor del testimonio, ya sea social o histórico, por encima de otras vías de expresión? Imaginemos a un cineasta de una nación constituida y desarrollada, por ejemplo Italia, enfrentado a la necesidad de realizar una película sobre la problemática de una familia de trabajadores fabriles en el norte de la península, o de inmigrantes campesinos en el sur. Pensemos el mismo caso aplicado a un país latinoamericano. ¿Cuáles son las diferencias? Veamos algunas.
Para la definición de la historia, de la anécdota y de las peripecias, así como para la ubicación sociológica y cultural de los personajes, el cineasta italiano, incluso sin moverse de su lugar de trabajo, dispone de una información -una
memoria- rayana casi con lo desbordante, apta para facilitarle la labor en todos sus distintos niveles. La superestructura cultural y la decantación de la historia a través de los siglos, se corresponde más o menos legítimamente con la problemática real de la Nación, así como con la de sus distintos sectores sociales. Aunque es esas naciones las fuerzas protagonistas del cambio no posean aún el poder total de decisión, conquistaron sin embargo un espacio formidable en las distintas áreas de la vida nacional, capaces de proporcionar suficiente conocimiento para el enfoque de la mayoría de los asuntos.
¿Cuál es la situación, en cambio, de un cineasta latinoamericano? ¿Existe en la mayor parte de nuestros países un bagaje de información y memoria acumulada en las superestructuras locales como para poder alcanzar naturalmente a través de ellas el conocimiento de lo que sucede o sucedió en la realidad nacional, más aun en lo que tiene que ver con los sectores populares relegados? Quizá algunos países puedan responder hoy más afirmativamente que otros. América Latina atravesó últimamente procesos de grandes movilizaciones populares cuyas consecuencias se hicieron notar también en un
enriquecimiento de la propia producción intelectual nacional. Sin embargo, las carencias siguen siendo enormes. El cineasta latinoamericano tendrá sin duda muchas más dificultades que el italiano para aproximarse a la verdad de su situación si se limita a relacionarse con ella a través de la producción superestructural existente. Esto es así porque aquélla aún no refleja de ningún modo más que una minúscula parcela de la memoria y el conocimiento de nuestros pueblos.
Pensar espontáneamente puede ser, para un italiano o un francés, hacerlo en italiano o en francés; el mismo caso no es aplicable a un intelectual argentino o boliviano. Lo más probable es que para muchos bolivianos o argentinos, el hecho de pensar con espontaneidad los lleve a hacerlo también en italiano o en francés. Es decir, el intelectual latinoamericano está obligado a replantearse constantemente el valor de la producción superestructural existente, verificando minuto a minuto si aquélla corresponde con su realidad u obedece a la deformación impuesta por la dependencia. Ello explica que la mayor parte de la más importante cinematografía y de la literatura en nuestros países haya sido realizada por intelectuales capaces de cuestionar la superestructura dominante y de dirigirse a través de una experiencia personal y directa de documentación a las fuentes de la memoria nacional, es decir, al pueblo.
La colonización cultural relativamente reciente de la que antes hablábamos explica de algún modo este tipo de dificultades, vividas en la nación dominante de manera muy distinta. Si hiciéramos un recuento sobre los orígenes y actividad formativa de los autores que han producido materiales de primera importancia para el conocimiento de nuestra situación, podríamos observar la gran proporción de aquellos formados en la “vida misma” -periodistas, militantes populares, documentalistas, autodidactas, etc.- antes que en el “mundo de los libros”.
El proceso histórico de nuestros países ha ido generando pensadores e intelectuales capaces de disputar espacio donde ayer existía un dominio casi absoluto del adversario nacional, y ello fue posible gracias también a una íntima e