I-. LA LLAMADA DE DIOS A LA SANTIDAD CRISTIANA EN EL SEGUIMIENTO DEL
2 LA SANTIDAD EN CLAVE DE SEGUIMIENTO DEL SEÑOR
2.2 El camino
2.2.1 Abandonar todo y negarse a sí mismo
La admiración por la persona de Jesús, su llamada y su mirada de amor buscan suscitar una respuesta consciente y libre desde lo más íntimo del corazón del discípulo, una adhesión de toda su persona al saber que Cristo lo llama por su nombre (cf. Jn 10, 3). Es un “sí” que compromete radicalmente la libertad del discípulo a entregarse a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14, 6). Es una respuesta de amor a quien lo amó primero “hasta el extremo” (cf. Jn 13, 1). En este amor de Jesús madura la respuesta del discípulo: “Te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9, 57) 159.
Para entrar en la camino del seguimiento es necesario que el discípulo realice la acción de dejarlo todo (Mc 1,16-20; Mt 4,18-22; Lc 5,11). Se trata de la radicalidad del desprendimiento de la vida antigua para comenzar una vida nueva. Es renunciar a todos los apegos, a todo lo que se ama (profesión, familia) y a todos los bienes para liberarse de todas las ataduras temporales que interfieren en el camino de la santidad en el seguimiento del Señor, ya que este camino implica compromiso, entrega de la vida, al servicio del Reino (Lc 9,60; 9,62; 14,26-33)160.
Sin embargo, al exigir Jesús a sus discípulos el abandono de todo, no los llamó a la
soledad ni al aislamiento, sino a ser parte de una nueva familia: “Quien cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,32). Lo cual se constituye en
signo del Reino que irrumpe y que encierra una recompensa prometida por el
desprendimiento: “Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos,
hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el
ciento por uno»” (Mc 10, 29s). Por lo tanto, el seguimiento implica el abandono de todo lo que impida hacer la voluntad de Dios, seguir el Plan de salvación que Dios lleva a cabo
158 Thils, Existencia y santidad, 142-143.
159 CELAM. V conferencia, No.136.
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ahora, ya que al Plan hay que incorporarse con la disposición total para que la propia vida cambie desde Dios y como miembro del cuerpo místico de Cristo (Mt 6,9s)161.
Entonces, el abandono de todo, la relativización de todo, como anuncio de la llegada del Reino de Dios, permite que surjan nuevos vínculos, una familia nueva con un solo Padre, el del Cielo (Mt 23,8ss) quien provee todo (Mt 6,31-33 par) y por ello, también se da una nueva actitud frente a los bienes materiales, un uso prudente de los bienes sobre la base
de la ayuda a los necesitados: “A todo el que te pida da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames” (Lc 6,30) y un desapego de todos los bienes como característica del discipulado:
“cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”162. Pero el plan de Dios sobre los hombres, que consiste en que presten su adhesión a Jesús y vivan en relación a Él, también requiere que el hombre se niegue a sí mismo y que su fe esté determinada por una decisión radical respecto a la persona de Cristo, a través del cual quiere Dios realizar la salvación. Lo que implica a los discípulos abrirse al encuentro personal con Jesús mediante el amor y renunciar a toda ambición personal, ya que la fe se realiza mediante una orientación total a Jesús, mediante una vinculación de la propia vida a la de Él163.
Al negarse a sí mismo, el discípulo encuentra un nuevo centro para su vida. Ya no es él mismo su propia razón de ser, sino que sigue la voluntad de Dios y el destino del Hijo:
“el hombre permanece siendo él mismo, pero ya no se pertenece a sí mismo”164. Se trata de entregarse del todo y por entero a la voluntad de Dios, de tal manera que no se fragmente entre Dios y el mundo: en relación al dinero (Mt 6,24); al juzgar a los otros (Mt 5,43-47; 7,3-5); en la oración al invoca a Dios como Padre y temer frente a las circunstancias de la vida (Mt 6,25-34); al buscar el reconocimiento de los hombres y de Dios (Mt 6,1-8). Es decir, el discípulo está llamado a amar de modo indiviso: “Amarás al Señor tu Dios con
161 Ver Lohfink, La Iglesia que, 52-53.
162 Barrios, El Seguimiento, 203-218.
163 Castillo, El Seguimiento, 82.
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todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mt 22,
37)165.
La santidad, el ser perfecto, apunta a esa entrega total a Dios, a pertenecerle totalmente, en correspondencia con su voluntad y su Plan divino166. Esta entrega y el negarse a sí mismo, permiten la experiencia de un encuentro personal con Jesús como vía de santificación. Es decir, que Jesús como centro de la propia vida es quien determina las opciones y los rechazos, las atracciones y las repugnancias, lo que hace y lo que deja de hacer el discípulo. Se trata de la experiencia esencial de la vida, el estar convencido de que Jesús es la persona viviente con quien el discípulo se relaciona hoy, aquí y ahora, y, que la relación con Cristo siempre queda abierta a cualquier posibilidad, a cualquier iniciativa y a cualquier forma de realización y de destino167.
Por ello, al abandonarlo todo y al negarse a sí mismo, el discípulo queda expuesto a la más total y absoluta libertad con relación a sí mismo y a sus apegos, ya que el seguimiento sólo es posible cuando el hombre se ha liberado de todo lo que puede atarlo a su propia persona (su propio interés, su propio egoísmo, su propia comodidad, etc.) u otros objetos o personas, y está dispuesto a que su destino sea el mismo destino de Jesús. Es decir que, en el seguimiento, el discípulo debe ser una persona totalmente disponible para poder llegar, en su compromiso por el bien del hombre, incluso hasta la muerte, lo cual supone una liberación interior y exterior total168.