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Las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo

I-. LA LLAMADA DE DIOS A LA SANTIDAD CRISTIANA EN EL SEGUIMIENTO DEL

1 SANTIDAD CRISTIANA

1.3 Principio y fundamento: la gracia de Dios

1.3.2 Las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo

Al igual que la inhabitación trinitaria, la gracia santificante es un elemento estable de la vida sobrenatural, que se ordena al ser, no a la operación, y por ello, requiere de las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo, que son elementos dinámicos, para su operación, siendo la gracia actual la que ilumina el entendimiento y la voluntad del ser humano en su realización de actos sobrenaturales92. Al respecto Bernard Lonergan expresa:

(…) la gracia está ligada al don que Dios nos hace de sí mismo por amor, y

ese don no se debe a nuestra naturaleza sino a la libre iniciativa de Dios. Al mismo tiempo, estas entidades han de ser prolongaciones que perfeccionen nuestra naturaleza. Por consiguiente, son hábitos y actos. Los actos sobrenaturales proceden ordinariamente de los hábitos operativos sobrenaturales (virtudes) y los hábitos operativos sobrenaturales proceden del hábito sobrenatural entitativo (gracia santificante) que, contrariamente a los hábitos operativos, está radicado no en las potencias, sino en la esencia del alma93.

90 Ibid., 48.

91 Bernard, Introducción a, 75-76; Royo, Ser o no ser, 45-46.

92 Royo, Ser o no ser, 47.

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Las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad son infundidas94 por Dios juntamente con la gracia santificante, y son precisamente los principios operativos que se derivan de ella y que le permiten al bautizado entablar relaciones interpersonales de conocimiento y de amor con Dios. En este sentido, la inteligencia, la voluntad, las facultades espirituales se ven dirigidas para hacer actos sobrenaturales “deiformes” que

llevan al cristiano a unirse a las tres personas de la Santísima Trinidad, entrando en convivencia con Dios95. Al respecto Charles André Bernard escribe:

Por medio de la fe, el hombre recibe una luz nueva que le permite conocer el designio salvífico de Dios y adherirse personalmente a él. Gracias a la esperanza, desea la posesión de Dios y recibe de él una ayuda para superar todas las dificultades y las pruebas que pueden obstaculizar la realización del reino de Dios en él mismo y en el mundo. Finalmente, la caridad considera a Dios como amor (Deus caritas est: 1 Jn 4,8.16) y responde a ese amor orientándose directamente hacia Dios o bien manifestando ese amor a todos los hombres creados a imagen de Dios.96

La actividad sobrenatural requiere, además del ejercicio de las virtudes teologales, de la presencia del Espíritu Santo en el cristiano, quien le confiere a la vida teologal nuevas dimensiones respecto a su ejercicio y sus efectos. Lo cual se da teniendo en cuenta que, el principio de acción del hombre es su razón natural, de la cual nacer el acto libre que pone

94“Virtud es una disposición estable y firme que afecta al hombre y le inclina a obrar bien en un sector

determinado de la vida” Thils, Existencia y santidad, 137. “Las virtudes infusas son muchas –más de

cincuenta estudia Santo Tomás en la Suma Teológica-, pero pueden catalogarse en dos grupos fundamentales:

teologales y morales. Las teologales –que son, con mucho, las más importantes- son únicamente tres: fe,

esperanza y caridad. Las morales se subdividen en cardinales –que son únicamente cuatro: prudencia, justicia,

fortaleza y templanza- y potenciales o derivadas de las cardinales, y son muchas (v. gr. La humildad, la

obediencia, la paciencia, la castidad, la perseverancia, etc.) en perfecta analogía y paralelismo con las

correspondientes virtudes naturales o adquiridas. Las teologales son estrictamente divinas, porque tienen por

objeto directo e inmediato al mismo Dios, y no tienen, por lo mismo, virtudes correspondientes en el orden

natural o adquirido” Royo, Ser o no ser, 52.

95 Thils, Existencia y santidad, 138-139; Bernard, Introducción a, 77.

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en movimiento las virtudes teologales, al estar iluminada por la fe y la gracia actual que actúa en la misma conciencia para general los actos sobrenaturales97.

Sin embargo, estos actos siguen encontrándose en la esfera del operar humano - procedente de la razón natural- de allí que, se requiere de una atmósfera divina o sobrenatural para llegar a desarrollar las virtudes hasta su perfección, lo cual es el papel de los dones del Espíritu Santo, ya que estos no se encuentran gobernados por la razón humana iluminada por la fe, sino por el propio Espíritu Santo, que los utiliza como instrumentos directos e inmediatos, sin violentar la libertad del ser humano: “Y así, el acto

sobrenatural procedente de los dones del Espíritu Santo no solamente es sobrenatural en cuanto a su esencia –también lo es el de las virtudes infusas- sino también en cuanto al modo, y en este sentido supera inmensamente en calidad y perfección al acto de las virtudes

infusas sometidas al gobierno de la simple razón natural iluminada por la fe” 98.

Los dones del Espíritu Santo se derivan de la caridad, haciendo que el cristiano sea capaz de percibir y seguir sus mociones, dando al ejerció de las virtudes teologales una medida propiamente divina y un contenido concreto cada vez más fiel a la revelación evangélica99: “Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo,

fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David. Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles

dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas” (CIC, n. 1831).

La presencia del Espíritu Santo en el obrar sobrenatural también se manifiesta a través de las gracias sacramentales y las gracias especiales o carismas100. Éstas son concedidas por el Espíritu Santo para asociar a los cristianos a su obra en la edificación de la Iglesia. Cada sacramento, como don divino, confiere su propia gracia sacramental, dándole a la gracia santificante un matiz propio, en la vida eclesial: a) el bautismo, la gracia regenerativa que borra el pecado original e introduce en la Iglesia; b) la confirmación, la

97 Royo, Ser o no ser, 66; Bernard, Introducción a, 81.

98 Royo, Ser o no ser, 66-67.

99 Bernard, Introducción a, 82-83.

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gracia vivificante que hace al cristiano defensor del cristianismo y le asegura la fuerza del Espíritu; c) la eucaristía, la gracia nutritiva y unitiva que perpetua el sacrificio del Señor y nutre la unidad del cuerpo místico; d) la penitencia, la gracia sanativa que limpia del pecado; e) la unción de los enfermos, la gracia plenamente reparadora que acaba la obra de

redención “integral”; f) el orden sacerdotal, la gracia consagrante que trasmite los poderes sacerdotales para que los ministros del Señor cumplan con dignidad su ministerio; y, el matrimonio, la gracia conyugal que santifica la unión y asegura la ayuda de Dios en la vida conyugal y familiar101.

Así mismo, los carismas, que están ordenados a la gracia santificante, tienen por fin el bien común de la Iglesia, estando al servicio de la caridad que edifica la Iglesia. Estos son concedidos por el Espíritu Santo para alguna situación particular o para la vivencia de un determinado tipo de vida (gracia de estado). Hay carismas institucionales que definen los instrumentos de la vida eclesial (ministerios) y hay carismas personales: “Además, el mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por los Sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que distribuyendo sus dones a cada uno según quiere (1 Cor 12,11), reparte entre los fieles de cualquier grado también gracias especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia según aquellas palabras: a cada uno…se le otorga la manifestación del espíritu para común utilidad (1 Cor 12,7)” (LG 12).

Finalmente, cuando se producen actos de virtud sobrenatural tan perfectos que son señal del punto culminante de toda vida cristiana, un comportamiento verdaderamente evangélico y espiritual, la presencia del Espíritu tiende a manifestarse en lo que se ha denominado frutos del Espíritu Santo, siendo los más sublimes los que corresponden a las bienaventuranzas evangélicas, las cuales se recogen en la enseñanza de Jesús102: “Por

consiguiente, vivir según el Espíritu equivale a vivir según la enseñanza evangélica” 103.

101 Thils, Existencia y santidad, 252; Royo, Ser o no ser, 76.

102 Royo, Ser o no ser, 70-71; Bernard, Introducción a, 84-85.

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