I-. LA LLAMADA DE DIOS A LA SANTIDAD CRISTIANA EN EL SEGUIMIENTO DEL
2 LA SANTIDAD EN CLAVE DE SEGUIMIENTO DEL SEÑOR
2.3 El destino
2.3.1 Martirio espiritual: cargar con la cruz cada día
Por el martirio, el discípulo se hace semejante a su Maestro, que aceptó libremente su muerte para la salvación del mundo, y se identificó con él derramando su sangre. Por eso la Iglesia considera siempre el martirio como el don por excelencia y como la prueba suprema del amor. Aunque se conceda a pocos, todos, sin embargo, deben estar dispuestos a confesar a Cristo ante
193 CELAM. V conferencia, 140; Castillo, El Seguimiento, 70, 88; Lohfink, La Iglesia que, 43.
194 Castillo, El Seguimiento, 61, 67, 123; Bosch, Llamados a, 189.
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los hombres y a seguirlo en el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca le faltan a la Iglesia (LG 42) Todos los actos y momentos de la vida de Jesús, por ser actos humanos de Dios, tienen un valor infinito y poseen valor trascendente de salvación. Con el misterio pascual –
pasión, muerte y resurrección - se da el apogeo de la Redención obrada por Cristo. La hora de la Pascua es el momento esperado por Jesús: es lo que da sentido y significado a todo lo anterior, a su encarnación, a sus años de Nazaret y a su vida pública. El misterio pascual marca tanto el inicio de la vida cristiana (por el bautismo se muere al pecado y se resucita a la vida de la gracia) como el final de los días en la tierra. Es decir que la cruz está presente al inicio y al final de la vida cristiana, caracterizando toda su existencia. Por ello, el seguimiento de Cristo no puede eludir ese momento decisivo, ya que la cruz es el camino habitual196.
La muerte expiatoria de Jesús en la cruz rompe el contexto del mal en el mundo haciendo posible terminar con las consecuencias del pecado, establece el lugar en el que pueden ser eliminadas la culpa y sus consecuencias, mostrando la figura humilde y escondida del Reino de Dios, el cual no llega sin persecución y sacrificio. El Reino de Dios exige dejar-hacer y entregarse a favor de la verdad de Dios, aceptando que el amor verdadero no sólo perdona sino que también asume sobre sí la responsabilidad de las consecuencias de lo que hace el otro, dimensión social del pecado que no se queda en el pecador197.
La relación directa entre el destino de Jesús y el destino de los que son llamados por Él al seguimiento, es cargar con la cruz exactamente como Él (Mt 10,38; 16,24; Mc 8,34; Lc 9,23). Es decir que, todo el que quiera estar cerca de Jesús, tiene que estar dispuesto a aceptar las exigencias que impone el mismo Jesús. O dicho de otra manera, para dar la adhesión a Jesús hay que aceptar las dos condiciones que Él impone: negarse a sí mismo y cargar con la cruz198.
196 Bosch, Llamados a, 187-193.
197 Lohfink, ¿Necesita Dios, 262-265.
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En los textos evangélicos sobre el seguimiento, hay toda una serie de afirmaciones que establecen una relación directa entre el hecho de seguir a Jesús y la cruz. Los pasajes más claros en este sentido son: Mt 10,38; 16,24; Mc 8,34; 10,32; Lc 9,23; Jn 12,26; 13, 36.37; 21,29. La actitud exigida por el Maestro de tomar la cruz cada día se concreta en testimoniar la fe, aunque comporte sufrir hostilidad, desprecio, humillación, martirio. Dado que el verdadero testimonio se da con la disposición a sacrificar todo -honra, trabajo, reposo, posición social, familia y, en situación límite, la vida- por amor a la verdad de Cristo. En este sentido, la cruz es el sufrimiento en nombre de la fe y del amor, que bien puede ser considerado un martirio cotidiano a partir de una efectiva disposición a la completa donación de sí mismo199.
La gran mayoría de los discípulos del Señor viven una vida corriente -familiar, laboral, social- enfrentándose con problemas cuya solución exige un amor sacrificado - identificación con Cristo en la cruz-, que sólo es posible en quienes son conscientes de la grandeza de su vocación cristiana. Desde la cotidianidad, se perciben dos tipos de persecución: la violenta y abierta, y otra, más solapada y eficaz, que consiste en coartar la conciencia arrinconando al hombre en el bienestar, el lucro, el placer, el egoísmo destructor de la familia y de la misma vida200.
Pero “cargar con la cruz” no es un llamamiento a soportar pacientemente el sufrimiento o la soledad en general, ni una exhortación a asumir valientemente una contrariedad o adversidad particular. Se trata de la renuncia a toda seguridad personal (moral, social o religiosa), para seguir a un Maestro que compromete a sus discípulos en el camino de la inseguridad más radical, la inseguridad que lleva al abandono y a la muerte. Por ello se es mártir, porque día a día se desea ser santo, y se es santo cuando día a día se vive el martirio espiritual, el martirio por equivalencia, que consiste en toda forma de vida seriamente ordenada en función de la santificación, cualquiera que sea el estilo de vida de los que se comprometen en el testimonio supremo, la perfección de la vida cotidiana. Y aunque la vida no termine con la muerte martirial, debe ser desde el comienzo hasta el fin
199 Castillo, El Seguimiento, 59; Bosch, Llamados a, 190.
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una ofrenda viva ante Dios, lo cual supone que debe pertenecer del todo, perfecta e indivisamente a Dios y a su causa201.
2.3.2 Martirio de sangre: crucifixión
El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. (CIC, n. 2473)
Seguir a Cristo implica perder la vida, la negación de sí mismo para cumplir la voluntad de Dios. Y esa negación, en casos extremos, puede comportar la muerte martirial, el desafío a la muerte por testimoniar la fe y salvaguardar la vida sobrenatural. Pero no se trata de morir por Jesús, sino por el hombre (Jn 11,50; 18,14; 11,16). Tampoco se trata de que el hombre deba buscar su propia muerte, porque eso es contrario al proyecto de Dios, quien quiere que el hombre tenga vida (Jn 10,10), que se realice plenamente, de acuerdo con todas sus facultades y posibilidades. Por eso de lo que se trata es de luchar por la vida, sobre todo por la vida de los menos favorecidos, hasta las últimas consecuencias, lo cual
aboca a la muerte en un “mundo” en el que el orden injusto, es la violencia
institucionalizada, que persigue a muerte a Jesús y a sus discípulos (Jn 15,18-25; 16,2) 202. El martirio como signo de santidad implica no sólo que todo mártir sea automáticamente santo, sino también que todo santo haya de ser, de algún modo, mártir. El mártir sigue la doctrina y las huellas del Maestro, sigue todos sus pasos y consuma su existencia de entrega hasta la cruz. En el mártir es Cristo mismo el que actúa y triunfa, en él se manifiesta la presencia de Cristo entre los suyos, reafirmando el amor en su medida suprema: el sacrificio. Para el discípulo, el sufrimiento y la contradicción son compañeros ineludibles, por ello todo cristiano tiene constitucionalmente vocación al martirio, así como
201 Castillo, El Seguimiento, 115; Bosch, Llamados a, 191; Thils, Existencia y santidad, 96-98; Lohfink,
¿Necesita Dios, 369-370.