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II-. LA RESPUESTA PERSONAL A LA LLAMADA A LA SANTIDAD

4 CONCLUSIONES

“Creo que hasta los mismos santos procuran exclusivamente servir a Dios, olvidándose por completo de los actos que conducen a su propia santidad. Si se centran especialmente en los actos que conducen a la santidad terminarían con una personalidad perfeccionista, pero no santos”. (Víktor Emil Frankl) Día a día, este mundo fragmentado y desintegrado grita desesperado buscando el cambio que lleve a la recuperación de los desastres sociales y naturales creados por la acción u omisión del hombre. Se trata del anhelado cambio de los corazones que se han “roto” o “torcido” por las tensiones de una sociedad excluyente y del desamor. El grito ensordecedor

de la naturaleza y del pueblo sufriente busca penetrar en los corazones de los cristianos para que vuelvan a latir y recuerden que Dios los ha llamado, y está llamando, a la santidad, a la perfección en la caridad; es decir, a la transformación personal hacia el crecimiento en unión con Cristo, a experimentar el misterio inefable de la inhabitación trinitaria desde lo más profundo del corazón (del alma) amando a Dios sobre todas las cosas, al prójimo y al mundo.

El cristiano ha de recordar y experimentar que Dios lo ha elegido para constituirse en santo, a su imagen y semejanza, al recibir el don divino, la gracia santificante, por el bautismo y la fe; y, que lo llama personalmente bajo cualquier estado, condición o circunstancia de vida, a buscar la santidad en la identificación con Cristo y a formar parte de la Iglesia, como respuesta constante a su llamado. Desde allí, debe tener presente, que la santidad no puede verse más allá de la integración armónica de la llamada divina y la respuesta humana, en el aquí y en el ahora, ya que todos los cristianos son responsables y colaboradores de los designios divinos en la construcción del Reino de Dios en la tierra.

Como miembro de la Iglesia del Señor, el cristiano ya es santo, condición de existencia otorgada por la gracia salvífica de Dios. Por ello, no ha de verse la santidad como una meta a alcanzar, sino que ha de responderse al llamado de Dios santificándose, es decir, consagrándose, acercándose a Dios, identificándose con el Hijo y siendo dócil al Espíritu, creciendo en la fe, tendiendo a la perfección, y, abriéndose cada vez más al amor del Santo que santifica. El Amor del Padre, a través del Hijo y por medio de su Santo Espíritu, enseña a andar por el camino de la santidad, orientando la fe hacia la dimensión más íntima e inefable

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de su misterio, convirtiendo la vida del cristiano en un camino progresivo dentro del ámbito de la nueva alianza, de la resurrección, del Espíritu, que sitúa evangélicamente los imperativos que exigen que el hombre sea perfecto como es perfecto el Padre celestial.

La universalidad cristiana de la vocación divina, desde su carácter colectivo y personal, lleva al cristiano a tomar la decisión libre de comprometerse a realizar un servicio personal a favor del fin de la comunidad, de la Iglesia, es decir, a ordenar toda su vida, su profesión u oficio, las tareas diarias al servicio de la instauración del Reino de Dios en la tierra, ya que desde la elección divina el cristiano es en todo momento y situación instrumento y servidor de Dios. En este sentido, se rompe con las falsas creencias de que la santidad es asequible a unos pocos y que implica la renuncia a la vida, a lo material y a la historia, y, se empieza a valorar todos los estados como vías particulares de respuesta a la vocación cristiana de todos los bautizados en el seguimiento del Señor.

Como instrumento y servidor de Dios, la vocación del cristiano se encuentra dinamizada por la gracia de Dios, el misterio de la deificación lleva al cristiano a comportarse como hijo de Dios, por medio del dinamismo de la santidad que envuelve una transformación personal operada por la gracia santificante. Esta realidad sobrenatural, implica el ser humilde y reconocer que nada en el hombre, por sí mismo, produce actos santificantes a no ser por el operar del don del amor de Dios en su interior. La gracia santificante junto con las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo dinamizados por la gracia actual, lleva a realizar actos sobrenaturales, cuyo contenido concreto es cada vez más fiel a la revelación evangélica, y permite contribuir con la renovación y edificación de la Iglesia en la caridad.

El compromiso en la plenitud de vida cristiana auténtica, en el estado asignado por Dios a cada uno, requiere que todas las decisiones y acciones sean vividas formalmente en la lógica de la vocación, en la lógica del amor a Dios y del amor al prójimo, respondiendo como cristianos a las necesidades del mundo, poniendo la vocación personal al servicio de la humanidad para actuar el misterio de salvación manifestado en Cristo. Por ello, el seguimiento del Señor, prefigura la interiorización de la vocación universal a la santidad, la cual es particularizada en la multiplicidad de los caminos y modos de alcanzar la santidad, fin del esfuerzo personal de cada uno.

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El compromiso personal (decisión libre y consciente) ante Dios de responder a su llamada en la vocación particular, lleva a querer progresar con regularidad en el servicio a Dios y de progresar en su amor, alcanzando un grado cada vez más allá del alcanzado en el presente en el seguimiento del Señor: en su oración, en su sacrificio y en su evangelización. La identificación con Cristo, aceptando su persona y su mensaje y viviendo bajo la guía interior de su Espíritu, lleva al cristiano a contribuir con el Reino, el cual se construye a partir del amor indivisible a Dios como Padre de todos y al prójimo como portador de una dignidad inefable.

En el seguimiento de Jesús, el cristiano se identifica como discípulo ligado al Maestro, estando dispuesto a participar de su misión hasta llegar a asumir su destino en este mundo roto y desintegrado. Siendo Jesús mismo el camino de la santidad en clave de seguimiento, el discipulado está marcado por la relación personal que cada uno establece con Él, por la fe que comporta la confianza absoluta en Jesús, es decir, por la adhesión incondicional a su persona, viviendo en función de Él y de los demás en los que el Señor está presente. Y en este camino, orientado en la indisolubilidad de la mística y el compromiso social, experiencia de fe y lucha por la justicia, el discípulo crece y construye su identidad como cristiano.

En la construcción de la identidad cristiana se requiere pasar por el proceso de autoapropiación en el que se oriente la vida hacia Dios, ya que las acciones no son solo decisiones que producen un cambio exterior, sino que, transforman interiormente al realizarlas. La respuesta a la llamada de Dios requiere predisposición y correspondencia, implicando la conversión en la vida concreta, asumiendo una creciente actitud de conocimiento y amor de Dios que impregne todo el actuar en un proceso de identificación progresiva (en el ser y en el obrar) con la santa humanidad de Jesucristo. Desde allí que, la autoapropiación constituye un dinamismo de crecimiento personal que, con la ayuda de la gracia, tiende a la perfección de la caridad.

A partir de los dinamismos de la interioridad, movidos por el don del amor de Dios, el discípulo llega a conocer y seguir a Jesús a partir de una experiencia profunda de la relación entre Maestro-discípulo. Esto gracias a la integración del ser y hacer al tomar conciencia del propio operar (experimentar, entender, decidir, juzgar y amar) como discípulo del Señor,

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alcanzando un nivel de desarrollo que permite: reconocer la llamada que acerca al misterio de la divinidad de Jesús; transitar el camino, cuya centralidad la constituye la vida de Jesús, en relación con una tarea al servicio de Dios y del hombre; y aceptar un destino, el mismo destino que asumió y siguió Jesús.

La transformación del discípulo del Señor a partir de los dinamismos de la interioridad, implica tomar conciencia de sí mismo como seguidor del Señor, lo cual requiere de un análisis profundamente existencial del conocimiento del Camino, de la manera en que se delibera en el caminar en pos del Señor, de la experiencia religiosa. Análisis que puede requerir de un adecuado acompañamiento psico-espiritual que contemple los procesos de la espiritualidad intencional y de la dimensión psíquica del discípulo: la autotrascendencia psíquica, cognoscitiva, moral y religiosa, y, la conversión psíquica, intelectual, moral y religiosa; que son dinamizadas por el don del amor de Dios, para que el discípulo coopere con los designios divinos, rechazando el mal y dirigiendo sus operaciones hacia el valor y el bien verdaderos en la perfección en la caridad.

La aplicación de los elementos del dinamismo humano en el seguimiento del Señor, sirven para favorecer el desarrollo de programas integrales que fortalezcan el bienestar psico- espiritual de la persona cristiana. El interés en identificar aquellos procesos que intervienen en la unidad de la persona por la caridad, en su experiencia de la vocación universal a la santidad, permite a los seguidores del Señor y a los acompañantes de procesos espirituales y psicológicos: a) tener una visión de los dinamismos del ser humano en su especificidad como cristiano; b) promover la clarificación de la identidad cristiana, aceptada y acompañada; c) suscitar el desarrollo de la espiritualidad y la personalidad; y, d) posibilitar relaciones interpersonales adecuadas fruto de la expresión del Evangelio como acontecer del Resucitado en el creyente convertido.

En los procesos psico-espirituales es de gran ayuda el comprender los niveles de operar de los discípulos, ya que al identificar y diferenciar a los sujetos empíricos, inteligentes,

razonables, responsables y “enamorados”, permite establecer una tipología de la

espiritualidad intencional, que facilita el desarrollo de las operaciones menos utilizadas, al emplear o introducir las preguntas del tender-a adecuadas. Así mismo, al tener en cuenta las

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herramientas de la psicología analítica, no sólo se puede identificar y desarrollar los tipos psicológicos de los discípulos para favorecer la experiencia del seguimiento, sino también el poder identificar e integrar a la consciencia los complejos de carga afectiva que favorecen o dificultan el operar de la espiritualidad intencional; sin embargo, hay que tener presente que dichas herramientas deben utilizarse bajo las lógicas del dinamismo de la intencionalidad.

Al recorrer las sendas de la espiritualidad intencional y del psiquismo, el discípulo y su acompañante psico-espiritual han de estar atentos a las desviaciones del camino creativo, encontrando en el discernimiento el espacio central para dirigir todo el trabajo de diferenciación de conciencia hacia el proceder rectamente bajo la voluntad de Dios, distinguiendo lo bueno, lo agradable, lo perfecto, que en último termino ha de materializarse en el bien humano, como fruto del Espíritu Santo.

Así, el ubicar el énfasis de la santidad cristiana en la relación psico-socio-espiritual del ser humano, se admite destacar la importancia de los procesos que involucran una realidad dinámica que pone en evidencia la dialéctica del sujeto, su autoapropiación, su autotrascendencia, su personalidad, sin olvidar su repercusión en el bien común y en la construcción de la comunidad cristiana. Lo cual requiere establecer un proceso auténtico de conversión de la persona, tomando como eje de la espiritualidad cristiana el seguimiento de Jesús, en cuanto camino y tarea que se realizan en la historia, compromiso con la vida y con la Iglesia. Lo que a su vez permite plantear los dinamismos de la santidad que contemplan la identidad cristiana, la realización socio-histórica y el momento bio-psíquico del sujeto, equilibrando los procesos individuales y comunitarios, para no caer en un profundo individualismo y privatización espiritual.

huye del mal y obra el bien, busca la paz y anda tras ella” (Sal 34,15) ~ PAZ Y BIEN EN EL SEÑOR ~

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