"Pero algún día, en una época más fuerte que este presente corrompido, que duda de si
mismo, tiene que venir a nosotros el hombre redentor, el hombre del gran amor y del gran desprecio, el espíritu creador cuya fuerza persuasiva no le dejará descansar en ninguna distancia ni más allá, cuya soledad es mal interpretada por el pueblo como si fuera una huida de la realidad... cuando sólo es una absorción, una inmersión, una penetración en la realidad para extraer de ella, cuando retorne a la luz, la redención de este realidad; su redención de la maldición que el ideal existente hasta ahora a lanzado sobre ella. El hombre del futuro, el que nos liberará del ideal existente hasta ahora, y también de los que tuvo que nacer de él, de la gran náusea, de la voluntad de la nada, del nihilismo, del tañido de la campana del mediodía y de la gran decisión, que de nuevo libera la voluntad y que devuelve a la tierra su objetivo y al hombre su esperanza, este Anticristo y nihilista, este vencedor de Dios y de la nada, algún día tiene que llegar".
I
Me encontraba en Costa Rica, en la localidad conocida como Azerrí, celebrando mi cumpleaños número 33, posada sobre la legendaria piedra, de gigantescas proporciones, cuya leyenda me había fascinado. Realicé el ritual tal como se suponía había que hacerlo. Según la leyenda, se debía llegar en noche de luna llena, tocar tres veces la piedra y recitar: “Busco en mi vida un ideal...
años caminando y siempre en pie, linda Zárate, escucha, y ábreme
por el amor del pavo real”1.
Se suponía que la piedra debía de abrirse y saldría la bruja Zárate y un pavo real cuyo cuello tendría atado fuertemente. Pero pasaron los minutos y no ocurrió nada.
—Zárate –me llamó mi prima y única amiga, que en ese momento se protegía del frío con una chaqueta roja y una bufanda colorida— vámonos, hace frío y no espero pasar toda la noche aquí hasta que esa piedra se abra...
—Para ser bruja eres demasiado poco romanticista Miranda –recriminé.
—Se que te llama la atención esta leyenda porque se llama igual que tú, pero no por eso creeré que las piedras se abren...
1 RUBIO, Carlos, cuento La gran piedra de Aquetzarí, Cuentos de lugares encantados, Editorial Andrés
—En efecto eres una bruja impaciente –dijo una tercia voz femenina entre las sombras. De la oscuridad salió una mujer, emergiendo hasta la luz de la luna. Era morena, de cabellos negros y lacios, pómulos amplios y muy hermosa. Vestía un chal púrpura y ropajes aborígenes. La mujer se aproximó a mi prima y tomó entre sus manos el pentagrama que colgaba del cuello de esta— debes de ser una de esas brujas modernas... ¿Wicca?
—Sí –respondió mi prima dubitativamente. Personalmente me sentía exaltada, nerviosa, ante la presencia misteriosa de esta extraña mujer. Mi prima mostraba una mirada atónita y recelosa.
—Así que tú también te llamas Zárate –me preguntó la mujer— ¿Zárate que? —Zárate Arkham –contesté.
—¿Quieres escuchar la historia de la bruja homónima que habitó estos lugares? –me preguntó y asentí rápidamente— comenzó hace mucho, en tiempos de la colonia. Había una bruja india llamada Zárate, que según se dice, regalaba frutas que se convertían en oro a los pobres y no cobraba por sus servicios de curandera. A Zárate le dolía mucho observar a su pueblo, los indios, el caminar encadenados y trabajar como esclavos para los invasores españoles. Es entonces, cuando Zárate se enamora ni más ni menos que del gobernador del Imperio Español, Alfonso de Pérez y Colma, un joven y guapo oficial.
>>Zárate entregó a Alfonso un anillo de oro que extrajo de su seno, mientras Alfonso encendía una vela en la iglesia. Desde entonces, Alfonso no pudo sino pensar en Zárate. Y la visitó a su cabaña una noche. Zárate se convirtió en su amante a cambio de que le jurara que liberaría a su pueblo de la esclavitud y que se casaría con ella. Pero a la mañana siguiente, cuando Zárate le recordó su juramento, Alfonso se rió en su cara y le dijo que él sólo era leal al Rey de España, y que lo esperaba en Castilla una hermosa y respetable joven blanca y con ella se casaría, no con una ramera india...
>>Zárate se enfureció, quiso convocar al pueblo de Aquetzarí a que se rebelaran contra los españoles. Quiso levantar a su raza contra sus verdugos, pero no lo logró. Y enfurecida, Zárate invocó una neblina gruesa y espesa que luego se solidificaría convirtiendo al pueblo de Aquetzarí en la piedra que tienen frente a ustedes.
>>Al Gobernador lo convirtió en un pavo real, sumiso a su lado...
La mujer terminó la historia y me dejó sumamente pensativa. Acaricié una vez más la piedra enigmática, hasta que la mano de mi prima se poso sobre mi hombro y me llamó la atención. Me señaló como a lo lejos, entre la espesura de la vegetación, se divisaban el cuello y la cabeza de un ave, que parecía un pavo real. Pero el animal, pronto, se sumió entre la flora y desapareció. Nos volvimos hacia donde estaba la mujer, pero esta había desaparecido.
Unos tres días después, me encontraba en las cercanías de una reserva indígena, cerca de una vieja cueva incrustada entre los montes llenos de follaje. Me adentré en el interior de la caverna, la cual dispersaba un acre olor y una execrable humedad. Viejas ramas languidecían resecas al tiempo que algunos animales (generalmente insectos ó lagartijos) reptaban sinuosos por la estructura de piedra caliza.
Dentro de la caverna, un conjunto de seis chamanes indígenas realizaban un rito arcano de magia ancestral. Rodeando una fogata, los seis hombres, todos con característicos rasgos indígenas y largas cabelleras negras entrelazadas por colas, vistiendo ropajes tejidos de telas multicolores, canturreaban mantras en bribrí invocando a los antiguos y poderosos dioses que antaño gobernaran estas tierras geománticas.
Me introduje al lugar, percibiendo el aroma dulzón que irradiaban las hierbas al quemarse sonoramente en la fogata. El ambiente entero estaba /dominado por fuerzas espirituales
muy poderosas, y sentía en mi piel el roce de criaturas elementales y el susurro en mis oídos de voces sobrehumanas.
Un viento misterioso penetró en el interior de la estructura moviendo mis cabellos y mis prendas. Los chamanes me observaron inmutables y se mantuvieron apáticos al ver que yo me sentaba al lado de ellos. El calor de la fogata iluminaba mi rostro femenino y erizaba mi piel.
Los chamanes me entregaron una bebida contenida por un jarrón de artesanía. La consumí y sentí un sopor efervescente. Mi cuerpo entero se lleno de cosquilleos. Mi mente se nubló completamente entorpeciendo mis sentidos. Sentí un calor refulgente en mi vientre que se removía furibundamente. Mi piel se ruborizó. Mi corazón comenzó a latir de forma frenéticamente acelerada.
Poco después, estuve sudando de forma copiosa mientras el estupor se posesionaba de todo mi cuerpo. Comencé a flexionar mi cuello de manera que mi cabeza daba vueltas hacia todos lados. Me sequé el sudor con mis manos temblorosas, al ritmo del tamborileo incesante que realizaba uno de los chamanes. Al son del tambor, los demás intensificaron su mantralización y pronto estuve sumergida en un estado de trance.
II Inglaterra, en el pasado.
Era una niña de 9 años siguiendo una voz extraña y cavernosa que me llamaba hipnóticamente entre las colinas. Era la hora del almuerzo, pero el día estaba frío y oscuro. Gruesos y grises nubarrones impedían el paso de la luz solar. Me acerqué hacia el origen de las llamadas. De los lamentos. Era sólo una niña, y sentía miedo. Pánico y frío. Pero no podía... no podía resistirme.
Llegué a unas viejas colinas pedregosas, hasta una arboleda de gruesos abedules que enarcaban el rededor como si de garras se tratara. Al interior de la arboleda era aún más inescrutable la oscuridad. Resaltaba una fría tumba antigua. Una tumba vernácula, de aspecto abandonado, cubierta por musgo y enredaderas. Con las entrelazadas raíces recubriendo, anárquicamente, el suelo de la tumba. La fría lápida tenía aspecto lúgubre y cuadriculado, pero no tenía inscripción alguna. Percibí presencias invisibles revoloteando alrededor...
Bienvenida, querida Zárate. Te estaba esperando... —¿Quién eres?
Me llamo Daríus. —¿Qué eres?
¿Qué soy? Mi naturaleza es... especial. Como la tuya. Difícil de explicar a una pequeña e inocente niña que no conoce la maldad...
—¿Estás enterrado aquí?
No, un cuerpo muerto de un hombre al que poseí está enterrado aquí. Mi espíritu está atrapado, en un lugar muy lejano, más allá de las estrellas. Más allá de la luz.
¿Infierno? No lo sé. Me comunico con tu mundo gracias al nexo que me une con el hombre en esta tumba y al nexo que me une con una muchachita especial e inteligente como tú. —Tú debes ser alguien muy malo. En la catequesis me enseñaron sobre demonios y sobre fuerzas infernales. Eres un enemigo de Dios...
¿Y tú aceptas las palabras y enseñanzas de esas personas? ¿Crees en ese dios? ¿Crees en algún dios?
—No lo sé. Quizás no... odio esas clases...
Sigue mi consejo y se auténtica, pequeña. No aceptes las dogmáticas palabrerías de esas criaturas sin alma. Perdieron lo que las hace genuinamente humanas.
—¿Qué es eso? ¿Qué las hace realmente humanas?
Eres muy joven para saberlo, mi niña. Muy joven aún. Pronto lo sabrás. Te lo aseguro. ¿No tienes amigos?
—No. En la escuela ninguna de las otras niñas quiere jugar conmigo, dicen que soy extraña...
Bien, pues déjame ser tu amigo, Soñadora, y te mostraré muchas cosas. —¿Por qué me llamas así?
¿Soñadora? Es lo que eres. Ya lo sabrás...
III
—¡Srta. Arkham! ¡Srta. Arkham! –gritó la profesora Flannery. Era una monja regordeta de rostro picudo y mirada amargada. Se estaba exasperando por mi distracción. Al fin y al cabo, apenas iniciaba la clase de matemáticas y ya estaba nuevamente abstraída observando el vacío por la ventana. Recordando a mi nuevo y único amigo. Era una tarde lluviosa en las boscosas inmediaciones de la Academia Católica para Señoritas de Santa Elena. La
escuela era un edificio gótico de influencia neoclásica. Con amplios muros y portones que le daban aspecto de fortificación, y rodeada de vegetación húmeda.
La academia se situaba en la frontera entre Inglaterra y Escocia, pero oficialmente en tierras inglesas. Mis padres vivían en una lujosa mansión cercana. La academia era de las más caras en Gran Bretaña, pero además, mi familia era una de las más adineradas de la región.
Gran cantidad de muchachas británicas estudiaban allí. Casi todas católicas, como lo era yo, en aquella época.
Observaba enigmáticamente la lluvia cayendo suavemente sobre el verde pasto, las arboledas aledañas y las viejas montañas británicas del exterior.
—¡Arkham! –gritó la malhumorada mujer, extrayéndome violentamente de mis cavilaciones.
—¿Sí? Disculpe... Hermana Flannery –Flannery me observó ceñuda. Era una mujer de origen irlandés.
—¿Qué le ocurre, Srta. Arkham? –dijo molesta la mujer— siempre está distraída. Nunca llegará a nada en la vida así. ¿No le interesan las matemáticas?
—No –dije con la honestidad procaz de la que nunca pude desprenderme por el resto de mi vida.
—Pues le guste ó no tendrá que estudiarlas –me espetó. —Si no hay más remedio.
—Usted no me agrada, Arkham, es una niña insolente y sarcástica. Demasiado autosuficiente e indisciplinada. Siento que es mala influencia para las demás niñas. No sabe respetar a sus mayores y seguir órdenes. Por ese motivo la castigaré con una tarea extra.
Quiero que resuelva todos los problemas matemáticos de la página 23, para mañana. Disfrute su tarde...
IV
Cada vez que tenía ratos libres, ó que salía temprano, visitaba a Daríus. Nunca me aventuré a visitarlo de noche. Pero era el único amigo que tenía. El único con quien podía conversar...
Recuerdo el funeral de mi abuelo Efren Arkham. Toda mi familia se había conglomerado para la formal última despedida, aunque el principal interés de los “dolientes” era la jugosa herencia que dejaba tras de sí el anciano.
Asistí al funeral junto a mis padres, siendo una niña de diez años. Alrededor mío, la jauría de hambrientos predadores que conformaba la familia Arkham, se sumía en intrigosas interacciones.
Vi a mi macabro tío Thadews. Un atemorizante sujeto de mirada siniestra que me provocaba escalofríos cuando clavaba en mí sus diabólicos ojos. Siempre permanecía silencioso, inmutado, observando el rededor en forma calculadora. Sufriría un accidente ese mismo año que lo sometería a un estado comatoso por quince años.
Por otro lado de la habitación resonaban los estrepitosos resoplidos, que asemejaban una risa, de mi tía Sigfrida Arkham Walsh. Casada con un pedante vividor, la regordeta tía Sigfrida relamía con sorbos una taza de café entre mordiscos a grasosa repostería, y escuchaba fascinada los chismes familiares. Cerca de ella, con mirada hastiada y odiosa, el esposo de la descomunal mujer; un sujeto huesudo, de grasoso cabello y bigote afeminado. Tenía muchos tíos y primos, incluso escuché de la visita de parientes lejanos provenientes de un extraño y distante pueblo rural llamado Hill Road.
Despreocupada, en mi infantil mentalidad, dejé la habitación principal donde mis padres daban el pésame a mi abuela, y me dirigí al patio trasero.
Allí, observé a mi guapo y simpático primo Joel Chapman trepando un árbol de intrincado ramaje. Me le aproximé y lo saludé:
—Hola, Joel, ¿cómo estás?
—Hola, Zárate, bien. Salí porque estaba bastante aburrido allí adentro. Mi madre sólo se interesa en hablar con la gorda de tía Sigfrida.
Observé al interior de la casa. Efectivamente, la joven y atractiva madre de Joel, Marcia Chapman, hermana de mi padre, y su fornido esposo, Andrew, que era marinero, ahora conversaban con mis padres después de que se hubieron cansado de charlar con la antipática pareja Walsh.
Un pedernal voló por los aires como proyectil, y se estrelló sonoramente contra la frente de Joel, provocándole una inminente caída al suelo. Ayudé a Joel a levantarse y le toqué el moretón provocado por la piedra. Nos volvimos hacia el lugar de origen del pedernal, y vimos a nuestro odioso primo Edgar Walsh –hijo de Sigfrida y su esposo— riéndose a carcajadas.
A Joel y a mí nunca nos agradó el repulsivo muchacho. Joel era el único integrante de mi familia con quien me llevaba bien, a pesar de ser cinco años mayor. Juntos nos acercamos con actitud amenazadora para golpear a Edgar, pero este huyó de inmediato a esconderse bajo las faldas de su obesa madre.
En la noche, le conté a Joel sobre Daríus. No me creyó y pensó que sólo inventaba un cuento de fantasmas con el propósito de asustarlo.
No te creerá, mi Soñadora, él no es una persona especial como tú. Soy tu único amigo... <<Lo sé>> pensé <<lo sé, Daríus>>.
Poco después, regresé junto a mis padres a nuestro hogar.
V
Me encontraba recostada en mi cuarto de noche. Mi madre dormía profundamente, como de costumbre. Siempre sufrió de diabetes, y tomaba fuertes medicamentos que la hacían dormir mucho. Además, pasaba largas jornadas en hospitales. Mi habitación era una perfecta, casi profiláctica habitación para una niña. Repleta de muñecas y peluches. Blancas cobijas y cortinas. Un papel tapiz de flores rosadas. Y era en esta habitación, mientras yo reposaba apaciblemente en mi cama, donde la crujiente puerta se habría en las noches. El crujir de la puerta ya casi se había convertido en un ruido familiar. Un ruido que me avisaba y me permitía prepararme lo mejor posible. Y era al escuchar dicho crujir que respiraba profundo, y trataba de concentrar ni mente en otras cosas. La sombra del abultado cuerpo de mi padre se adentraba en la habitación. Pronto se sentaría en mi cama y me acariciaría el rostro y el cabello. A estas alturas había dejado los rodeos, así que después de algunas caricias, simplemente procedía a subírseme encima y desnudarme. El resto de la noche la pasaba siendo violada por él.
Al principio, la primera vez –que casi no la recuerdo— había sido horrible. Traumático y doloroso. Mi madre estaba internada un mes en el hospital, razón por la cual mi padre se tomó mínimas precauciones. Sin embargo, tomaba esfuerzos preliminares tratando de tranquilizarme. Me decía cosas agradables y trataba de ser suave y gentil...
Pero con el tiempo, simplemente se despreocupó. No es que no doliera, pero era menos intenso por cierta costumbre. No era que no fuera siempre una experiencia humillante, asquerosa y devastadora. Simplemente era inútil dejarse llevar por dichos sentimientos. Igual, el dolor no desaparecía ni hacía que se detuviera. Así que tomé la medida de distraer
la mente durante el proceso lo más posible, ignorando la situación. Cerrando los ojos y los puños, conteniendo la respiración, esperando que terminara…
Naturalmente, había ocasiones en que el método no funcionaba. Pero, ¿qué podía hacer de todas formas?
Sin embargo esta vez, algo cambió. Mientras yacía en la cama, con el rostro hacia un lado sobre la almohada, con gruesas lágrimas cayendo de mis ojos, escuché la voz de mi único amigo y conforte. Daríus...
Veo, mi niña querida, que después de todo si sabes lo que es la maldad. ¿Por qué permites esto?
<<Es mi papá>> pensé.
Precisamente, él es el que menos debe hacértelo...
<<Mi papá es poderoso, y tiene mucho dinero. Nadie me creerá>>.
Entonces, sólo hay una solución, mi pequeña Soñadora. Mátalo, mata a tu padre y pon fin a esto...
La posibilidad me sonó bien. Al menos por unos instantes. Hubiera sido genial verlo muerto...
<<No puedo...>> dije finalmente <<soy sólo una niña... y no creo tener las fuerzas para matarlo. Ni el valor>>.
Entonces habla conmigo. Para que te olvides de lo que sucede... <<Bien... hablaré contigo>>.
Estaba recibiendo clases de educación física con la profesora Vicenti, una monja italiana que me simpatizaba. Todas las estudiantes vestíamos camisetas blancas con el logo de la escuela y pantaloncillos azules.
Mientras realizábamos los ejercicios que la hermana Vicenti nos asignaba, nuevamente me distraje con el sonido imperceptible, salvo para mí, que producían presencias invisibles al retozar entre corrientes de aire y entre las ramas de los árboles. Las presencias habían sido activadas por Daríus hace mucho, y ahora me seguían frecuentemente.
Mi distracción terminó abruptamente cuando un balón de basketbol me golpeó la cara. Caí al suelo sentada y sangrando por la nariz.
Las demás niñas se rieron. La hermana Vicenti había salido. Se me acercaron un trío de niñas bastante petulantes, que provenían de familias nobles.
—¿Por qué...? –pregunté con lágrimas en los ojos incapaz de terminar la frase.
—Todo el mundo sabe que estás loca, Arkham –me dijo la rubia de ojos azules que