Cierta vez vi a un demonio en una llama, el cual surgió frente a un ángel que se hallaba sentado sobre una nube, y el demonio dijo estas palabras:
Venerar a Dios consiste en honrar sus dones en otros hombres, cada cual según su genio, y amar en mayor grado a los mejores; todo aquel que envidia ó calumnia a los grandes hombres, odia a Dios, puesto que no hay otro Dios.
Al oír esto, el ángel se puso casi azul, pero al intentar dominarse, comenzó a ponerse amarillo, luego, entre blanco y rosa hasta que, sonriendo, dijo:
¡Tú, idólatra! ¿Acaso no es Dios uno? ¿Y no es él visible en Jesucristo? ¿Y no aprobó Jesucristo la Ley de los Diez Mandamientos? ¿Y no son los demás hombres todos unos locos, pecadores y piltrafas?
El demonio contestó: muele un necio en un mortero con el trigo, y aún así no le quitarás su estupidez. Si Jesucristo es el más grande de los hombres, deberás amarle en el mayor de los grados. Pues bien, te voy a contar como sancionó los Diez Mandamientos ¿No se burló del Sabbath, y por lo tanto del Dios del Sabbath? ¿No mató a aquellos que fueron muertos pos su causa? ¿No apartó la ley de la mujer adúltera?
¿No robó el trabajo de otros para sustentarse él mismo? ¿No cayó en falso testimonio cuando rehusó defenderse ante Pilatos? ¿No fue codicioso al rogar por sus discípulos, y al pedirles que sacudieran el polvo de sus sandalias, y las arrojasen contra quienes les negaban el albergue? Por eso te digo, no puede haber virtud alguna sin romper antes estos Diez Mandamientos; Jesús era todo virtud y actuaba por impulsos, no por reglas.
Nota: Este ángel, que ahora se ha convertido en un demonio, es mi compañero. A menudo leemos juntos la Biblia en su sentido Infernal ó diabólico, lo que el Mundo también tendrá de así merecerlo.William Blake. El matrimonio entre el cielo y el infierno
I
Escribo estas notas en mi viejo diario, mientras permanezco internada en el viejo Hospital Psiquiátrico de San Juan de Aquetzarí. Cuyo ambiente derruido y siniestro, de largos pasillos angostos e interminables, y cuyo aspecto gótico y picudo, es bastante inspirador para relatar mi historia. Aquello que me dejó en la situación actual. En este pandemonio de gritos desesperados y espasmódicos, de delirantes balbuceos eternos provenientes de mentes incoherentes y perdidas en la locura y la desesperación. En este habitáculo de demencia y de enfermedad, donde gritos y conversaciones alucinatorias acompañan cada noche. Y en donde pobres infortunados conversan solos ó ante las imágenes gestadas en sus mentes... en la oscuridad... ó se golpean monótona e intermitentemente, sus cabezas contra las paredes acolchadas, y con las camisas de fuerza bien ajustadas. Los médicos pensaron que permitirme escribir ayudaría a mejorar mi estado, y les ayudaría a vislumbrar mi malestar. Los alienistas saben que soy famosa por escribir, y mi posición social me permitió ciertas ventajas.
Pero es inquietante, para mí, el sentir las miradas siniestras y sempiternas de los seres de la Oscuridad, ahora que se que es lo que repta en el Abismo. Ahora que conozco la naturaleza de aquella entidad que diversas culturas han llamado Mara, Arihmán, Set, Loki, Iblís, Xibalbá, Cthulhu... ó como es mejor conocido entre los judeocristianos... Satán...
Una noche lluviosa y tormentosa, asolada por torrenciales lluvias interminables y diluvianas, mi automóvil llegó a la antigua Mansión Arkham, situada en un remoto y distanciado pueblo rural de Francia, llamado Trident.
Fulgurantes relámpagos y ensordecedores truenos anunciaron mi llegada. Yo, Zárate Arkham, heredera de una fortuna considerable, nacida en Inglaterra hija de un acaudalado británico y su esposa costarricense.
Bajé del vehículo, y me adentré por la gigantesca cerca que recorría imperiosa la propiedad, protegida contra las inclemencias del clima por mi paraguas y mi gabardina, a pesar de usar una minifalda que me dejaba al descubierto las piernas, y una blusa entreabierta, sobre la que caía mí cabello negro y lacio.
Pasé por el portón de brillante e intenso color negro, y caminé a lo largo de los extensos pasillos rodeados de jardines semiabandonados. La lluvia no me permitía vislumbrarlos bien, pero era notable el deterioro y la decadencia.
Toque a la victoriana puerta de madera, rodeada por columnas dóricas, de una casa de estilo greco—victoriano entre barroco y gótico, pobremente estructurada, y pésimamente conservada. Pero cuyo valor monetario era palpable aún al más obtuso.
La criatura que abrió mi puerta me causó un escalofrío. Ahogué un gritó de horror y repugnancia, y disimulé lo mejor que me fue posible el asco y el temor.
El esperpento era una gargólica mujer, de corroídos dientes desiguales y retorcidos, ante una repugnantemente patológica falta de aseo. Unas greñas repulsivas y marañosas conformaban su gris cabello retorcido, que le llegaba hasta los hombros, pero que se extendía caótico a los lados y a lo alto.
Sus ojos mostraban ojeras profundas y desagradablemente purpúreas, que se extendían rugosas por casi toda la cara. Sus ojos eran malévolos y retorcidos, y el derecho lucía más abierto que el izquierdo.
—Bienvenida, Srta. Arkham –me dijo en francés, lengua que hablo perfectamente, con una voz desgarbada y chillona— pase, por favor, la están esperando.
Ante la visión del esperpento, me sentí tentada a escapar. Pero decidí armarme de valor y fortaleza estomacal, e ingresé en la Mansión Arkham.
El interior era más agradable, y una calidez artificial proveniente de la chimenea me complació. Procedí a dejar mi paraguas en el porta sombrillas, y dejé mi gabardina en el perchero.
Seguí a la mujer adefesio hasta el interior del estudio, situado al lado de la sala. Allí me esperaban dos hombres. Uno, un apuesto joven de cabello castaño y lacio, que vestía de traje y que tenía una hermosa y brillante sonrisa blanca. Era mi querido primo Joel, Joel Chapman, uno de los pocos familiares con los que me llevo bien.
El otro era un hombre que me era desconocido, más viejo, calvo, salvo en los lados, con un voluminoso bigote cano, y que vestía un traje gris y opaco, extremadamente apático. —¡Zárate! –dijo mi primo, alegremente, ofreciéndome sus brazos extendidos para un abrazo— que gusto me da verte.
—Igualmente, querido Joel –le respondí entrando a la habitación y correspondiendo su gesto estrechándolo afectuosamente entre mis brazos.
—Cada vez estás más bonita –me dijo separándose y observándome bien. —Gracias, tú estás más guapo cada vez que te veo.
—Te presento al Sr. Jean Charpentier, el abogado de nuestro tío Thadews. —Un placer conocerla, Dra. Arkham –me dijo el abogado estrechando mi mano. —Igualmente, Sr. Charpentier –le respondí.
—Sí... así es –dije observando escalofriada (por el simple recuerdo) a la mujer que se paraba a la entrada del cuarto.
—Traeré café –dijo en forma apática y gruñente, y salió del lugar sin mediar más palabra. —Sentémonos, por favor –pidió el abogado, y se asentó detrás de un escritorio, causando el rechinar de la silla móvil detrás del mueble. Mi primo y yo nos sentamos en los dos asientos enfrente del escritorio. –Bien, procederé a leer el testamento de Thadews Arkham: >>"Yo, Thadews Samuel Arkham, en pleno uso de mis facultades mentales, escribo el siguiente testamento.
>>De entre mis familiares dos han sido los hermanos que yo más he querido, uno ha sido mi estimado hermano Angus Renzor, y la otra, mi amada hermana Marcia. Bien es sabido que toda la familia se opuso al matrimonio de Angus con aquella mujer costarricense llamada Eliza. Y sin embargo, de su matrimonio nació la preciosa Zárate, una gran belleza de niña, y una excelente sobrina que siempre querré desde lo más profundo de mi corazón. Y también es bien sabido que todos nos opusimos al matrimonio de Marcia con aquel joven llamado Andrew Chapman. Y el fruto de ese matrimonio fue un valiente, inteligente, vivaz y admirable joven llamado Joel, otro excelente sobrino.
>>Pues bien, a mis dos sobrinos favoritos, Zárate Arkham y Joel Chapman, lego mis pertenencias. Toda mi fortuna, mis propiedades, consistentes principalmente en la Mansión Arkham de Trident, y mis mejores deseos. Sólo pido como únicas condiciones, que repartan todo en partes iguales, que no vendan jamás mi amada mansión, y que den empleo a mi leal y querida Gertrudis hasta que se pensione o fallezca.
>>Sí estás pocas y razonables peticiones son cumplidas a cabalidad, la propiedad es de ellos. Y que ninguno de los demás buitres de la familia Arkham ponga sus manos en la
propiedad ó la fortuna. Aparte de mi herencia, sólo les dejo mis más sinceras bendiciones y buenos deseos.
>>Thadews Samuel Arkham.
Hubo un prolongado silencio, roto sólo por el crepitar del fuego en la chimenea, cuyas sombras dibujaban estrambóticos diseños en el cuarto y sus comensales.
—Bueno – interrumpió Joel— ¿hay algo más?
—En absoluto –le dijo Charpentier— si cumplen con las restricciones especificadas, bastará. Saben que su tío pasó los últimos quince años en coma, ¿verdad?
—Claro –respondí.
—Lamentable accidente –mencionó Joel— esa caída de ese caballo fue triste... En todo caso, me alegra que por fin, tras quince años en el Hospital en estado comatoso, haya descansado.
—Por supuesto –dijo Charpentier— curiosamente, Thadews Arkham especificó que su testamento no se leyera a menos que él estuviera absoluta y totalmente muerto. La muerte neurológica no bastaba. Ahora, si no hay nada más en que pueda ayudarles, debo irme. La tormenta está empeorando y deseo llegar a mi casa con mi esposa. Vivo en un pueblo lejano.
—Claro –dijimos los dos al unísono.
Charpentier se despidió cordial y frívolamente, y salió del despacho.
—Es extraño... –mencioné dubitativa mientras me levantaba y observaba la fotografía de mi tío en la pared. Una enorme fotografía colgante, que mostraba a un hombre alto, calvo, de larga y afilada nariz, mirada turbia, cejas enarcadas y pobladas espesamente, y un cuerpo fornido. El retrato fotográfico se situaba sobre un piano de cola negro y elegante y por fortuna esmeradamente cuidado.
—¿Que? –preguntó mi primo.
—Thadews quedó en coma hace quince años, Joel. Tú y yo éramos niños en aquella época. Yo tenía diez años y tú quince. ¿Por qué nos dejó como herederos?
—Quizás de verdad le agradábamos. Thadews sentía gran resentimiento por toda la familia. Creo que sólo se llevaba bien con tu padre y mi madre...
—¿Por qué no les heredó a ellos?
—Recuerda que toda la familia se opuso al matrimonio de nuestros padres.
—Cierto, tal vez... De todas formas no me gustaba como me miraba tío Thadews... verdaderamente era escalofriante... Recordar esa mirada tenebrosa sobre mí...
—Sí... a mí me pasaba lo mismo...
—En todo caso, no hay nadie en nuestra familia con quien me gustaría compartir una herencia más que contigo...
—Igualmente —dijo y la sirvienta espantosa de Gertrudiz, se adentró con tres tasas de café. Inmutada por la ausencia de Charpentier, se limitó a salir en silencio cuando supuso que no le pediríamos nada más.
—Siniestra sirvienta... –dije...
—Bastante –respondió Joel sonriente. —¿Sigues tocando el piano?
—Sí, de hecho este hermoso piano de cola se ve bastante bien. Le daré buen uso... Curioso, tío Thadews me pagó las clases de piano cuando era niño, y según me dicen, depositó en el banco una fortuna para pagar mis estudios musicales, lo que se usó tras su estado comatoso. >>¿Y tú como estás? ¿Y tus estudios de antropología? ¿Y tus viajes?
—Bueno, te responderé paulatinamente a todo...
II
La noche anterior nos fueron preparados los cuartos. Ambos eran amplios y llenos de mobiliario anticuadamente victoriano. Incluyendo una enorme cama con cortinas alrededor de su techo.
Desperté suavemente a media mañana, mientras rayos de luz solar penetraban cálida y agradablemente por la ventana, y el canto despertino de pajarillos jolgoriosos repicaba en los jardines.
Me levanté, y puse una bata y velozmente bajé hasta los jardines. Mi primo estaba ya vestido y bañado, y se dedicaba a inspeccionar la propiedad.
La humedad dejada por la torrencial tormenta de la noche anterior, producía un efecto vaporoso en el ambiente.
Mis temores ante la impresión que la propiedad me dio la noche pasada, se materializaron esa mañana. Los jardines mostraban un lastimero y miserable abandono durante quince años hasta dejarlos en estado paupérrimo.
El pasto estaba reseco y desigual, por lo que grandes porciones de tierra se percibían por doquier que, confabulados con las lluvias pasadas, ahora se observaban charcos lodosos bastante pronunciados.
Había algunos árboles secos y esqueléticos, de aspecto retorcido y ramas amenazantes. Además, varios troncos secos y mohosos estorbaban por todo lado.
Curiosamente, los portones lejos de estar oxidados, mantenían una negrura como si fueran nuevos. Y las fuentes, otrora hermosas y refulgentes, eran hoy un pozo de aguas lodosas y verdosas, con ángeles enmohecidos y costrosos, que escupían en forma esporádica, agualotales repugnantes.
En las afueras de los portones, en la parte derecha del muro al lado del portón principal, una placa oxidada aún decía claramente MANSIÓN ARKHAM.
Y un cementerio se erguía en el extremo occidental de la propiedad. Unas treinta tumbas, algunas databan de mediados del siglo XIX, totalmente sumidas en moho y costras, resaltaban junto a las criptas más recientes de Arkhams fallecidos.
Una tumba resaltaba sobre las demás. La que decía el nombre de Thadews Arkham. La conformaba una lápida gris tan grande como un monolito. Mi tío había pedido que se repartiera el testamento tras ser enterrado en la Mansión.
—Deberíamos contratar a alguien que arregle este desastre –le dije a mi primo detrás de él mientras este concentraba su atención absorto en la monolítica tumba.
—¿Por qué no vamos a contratar a alguien después de almorzar? –me respondió. —Perfecto. Dicen que tío Thadews tenía una nutrida biblioteca...
Gertrudiz nos hizo el desayuno, consistente en huevos fritos y tostadas. Nada mal, debo admitir, pero la repulsión que su creadora me provocaba, me obligó a probarlos muy escuetamente y a dejar la mayor parte. Luego me bañé en una curiosa tina que parecía salida de un periodo histórico contemporáneo a Luis XV., y mi primo y yo decidimos hacernos el almuerzo.
—Lo primero que haré será pedir una nueva sirvienta –declaré— al menos una que trabaje junto a Gertrudiz.
Tras comer bastante, viajamos en mi auto al pueblo. Trident era un lugar excesivamente rústico y rural. Las casas, casi en totalidad, eran de madera. Incluyendo a la Iglesia, cuya capilla blanquecina se erguía por sobre los demás techos del pueblo. Unas calles pobremente pavimentadas, encuadraban una gran cantidad de abetos y arbustos tumultuosos.
En ese momento nos pareció desmedidamente extraño, pero lo cierto es que todos en el pueblo cerraban sus ventanas y puertas ante el paso de mi vehículo. Niños corrían espantados, y ancianos se santiguaban al observarnos.
El pavor que provocábamos en estas personas era bastante misterioso, y ni la xenofobia inherente de ciertas zonas rurales podía explicarlo.
Nos bajamos cerca de la taberna del pueblo, y nos dispusimos a entrar en el lugar. Pero justo cuando estábamos por adentrarnos, cuatro fornidos y regordetes sujetos, entre ellos el dueño de la taberna, nos cerraron el paso y adujeron que estaban cerrados de momento. Sin muchas opciones, decidimos visitar al sacerdote.
Tocamos la puerta de la Iglesia, y de ella salió un ministro gordo y con calvicie incipiente, vestido de negro, y con el típico cuello sacerdotal.
—Disculpe, Padre... –le dije... —Mellés –me terminó de decir.
—Padre Mellés –agregué— somos Joel Chapman y Zárate Arkham, los nuevos herederos de la Mansión Arkham...
—Lo sé. Pasen.
Nos adentramos a la capilla. Era bastante común y constaba de varias sillas y bancas, y de un altar normal, con un enorme Cristo crucificado en el frente.
—¿Sabe por qué causamos tanta animadversión en las personas de Trident, Padre? – consultó mi primo.
—¿Conocen la fama que acompaña a su tío? –inquirió el clérigo. —No –respondimos simultáneamente.
—Hace ya veinte años —mencionó Mellés— su tío, Thadews Arkham, y esa sirvienta, Gertrudiz, eran amantes... –Una mueca dibujo mi rostro. –Gertrudiz solía ser una mujer
muy bella —explicó el párroco— verán... –dijo y sacó del púlpito una caja con fotos. Nos mostró una foto de mi tío, donde lucía muy similar al retrato del despacho, al lado de Gertrudiz. Efectivamente, era una mujer hermosa. Su cuerpo era esbelto y escultural, además de tener medidas sinuosas y voluptuosas. Su largo cabello rojo y rizado caía hasta su cintura, y tenía bellos rasgos en la cara, a pesar de tener una sádica y sarcástica mirada. —Sí, era muy bella –declaré— pero, ¿sólo por un romance entre nuestro tío y su sirvienta se producen reacciones tan puritanas?
—No es puritanismo –aseguró Mellés— su tío y la sirvienta realizaban orgías entre ellos en forma descarada e irreverente. En sus jardines, incluso, a todas horas del día, se sumían en los más salvajes actos sexuales.
—Que envidia –dije en forma jocosa. Mellés ignoró mi broma.
—Además, Thadews y Gertrudiz estaban obsesionados con el satanismo. Practicaban las más espantosas y repulsivas artes diabólicas y de magia negra. Utilizaban las fuerzas del Infierno para satisfacer sus malignos impulsos, e invocaban a horripilantes demonios. Además de ser zoófilos y necrófilos... Se dice que Thadews tocaba su siniestro piano para invocar al Diablo...
—Por favor –dijo Joel— no esperará que creamos esas supersticiones ridículas. Vivimos en el siglo XXI, por Dios...
Pero yo permanecí callada, he visto cosas bastante extrañas e inexplicables. Y mis recientes experiencias con el mundo de lo paranormal me dejaron bastante afectada.
—Hace veinte años –continuó lúgubremente Mellés— trece jóvenes mujeres fueron brutalmente asesinadas. Eran mujeres de entre los 25 y los 13 años. Todas fueron horriblemente violadas, en formas que ni siquiera puedo describir... Humillaciones extremas... Torturas escalofriantes –él ministro se ruborizó, y su mirada se torno turbia—
aceite hirviente, agujas en áreas sensibles como uñas y genitales, hierros candentes que quemaban partes sensibles del cuerpo, latigazos, tizones ardientes bajo los pies, entre otras cosas. Fueron violadas de diversas formas y transformadas en esclavas sexuales. Luego asesinadas horriblemente, por medio de deshollamiento, desvisceración, vivisección... aparentemente, mientras vivían... Se dice que Thadews y Gertrudiz fueron los responsables de las torturas, violaciones y asesinatos. Y que bebían la sangre de las víctimas, como parte de un ritual satánico. Y el piano... el diabólico tañer del piano...
—Basta –murmuré algo molesta por la gráfica descripción— eso es atroz... —¿La policía no investigó? –preguntó mi primo desconfiado.
—Sí. Las mujeres eran en su mayoría familiares de alguien en Trident, una era hija del tabernero que ya conocieron. Otra, era mi hermana. La policía investigó el caso. Pero los cuerpos eran encontrados en lo profundo de las montañas. Sin evidencia vinculante a Arkham, como si fueran cometidos en forma sobrenatural.
—Entonces, ¿por qué culparon a nuestro tío?
—Todas las víctimas fueron vistas por última vez en las cercanías de la Mansión Arkham. Además, se escuchaban horribles gritos en sus cercanías. Y los rituales orgiásticos que ya mencioné fueron motivo de sospecha. Y también, el piano siempre se escuchaba poco antes de encontrar un cuerpo...
—Entonces no hay evidencia... –dije— la gente odia a mi tío y a su apellido, y por ende a nosotros, por rumores.
—Tal vez –aceptó Mellés— pero así son las cosas. Su tío no quedó en coma por culpa de