Un grito en las tinieblas:
La vida de Zárate Arkham
Dedicado a:
Alejandra, madrina de Zárate
CAPÍTULO I
Un pensamiento llena la inmensidad.
Anda siempre dispuesto a decir lo que piensas, y el ruin te evitará. ¡Escucha los reproches del necio! ¡Son un título de grandeza!
Si antes otros no hubieran sido necios, lo seríamos nosotros ahora.
Igual que la oruga elige las hojas más agraciadas para depositar sus huevos, así el sacerdote dejará caer su maldición en los goces más hermosos.
La condena estimula, la bendición relaja.
Antes mata a un niño en su cuna, que alimentes deseos que se queden sin realizar. El pájaro y el nido, la araña y la tela, el hombre y la amistad.
I Mi nombre es Zárate Arkham…
Mientras escribo estas notas en mi diario, sentada en un lóbrego escritorio arcaico y derruido, plagado de termitas y moldeado por las mandíbulas de insectos hambrientos, un torrente de aire frío y escalofriante se filtra por los desvencijados marcos de las ventanas. La tenue luz de la lámpara que me brinda iluminación, se retuerce ante la brisa críptica, y amenaza dejarme a oscuras. A pesar de las diversas ventajas que la modernidad me da, me encuentro en un paupérrimo cuarto, de un hotel infame. Mi inseparable diario es la única cosa de valor que conservo. Ya no hay aretes de oro y plata decorando los lóbulos de mis orejas. Ni anillos en mis dedos, ni pintura de tonos diversos en mis uñas —ahora cortas— . Ni collares en mi cuello. Nada, en realidad, salvo la ropa que traía puesta y un revólver. Esa arma, mi indumentaria y mi diario son las únicas cosas que conservo, aparte de unos cuantos colones y dólares para mi manutención.
Los silbidos lastimeros del viento filtrándose por las muchas aperturas de la crujiente madera del cuarto, me estremecen... no por el frío, sino por el recuerdo. Mueven mi ondulante cabello negro y lacio cual siniestra caricia de alguna escabrosa entidad ultraterrena.
El cuarto cuenta con sus necesidades más básicas apenas suplidas pobremente. Un catre viejo y oxidado con un colchón demacrado. Unas sábanas y cobijas desmembradas por las polillas. Una mesa y una silla de extrema vejez, y un armario sucio y repleto de telarañas. El lugar en el que se sitúa el hotel es una de las peores zonas rojas de la ciudad. En este preciso momento —a estas horas de la madrugada— hordas de pandilleros y mal vivientes plagan las calles. Se realizan orgiásticos rituales indigentes de ingestión de droga y
enfrentamientos violentos. Y el reparto espantoso de botines recopilados en asaltos, robos y asesinatos...
El único uso que le di al armario fue para bloquear mi puerta. Me registré en este hotel después del mediodía, y por nada del mundo saldría a ese torrente de decadencia y criminalidad pasadas las cinco de la tarde. Aún aquí, en mi habitación, a eso de las nueve, intentaron forzar la entrada a mi puerta. No sé quien fue el autor; pudo ser desde el más insignificante cliente, hasta el mismo administrador. Aún recuerdo las miradas lascivas y de tórridos pensamientos que me lanzó al llegar. La forma en que me observó me dio escalofríos.
Tengo mi revólver, claro, pero prefiero evitar utilizarlo, ya he visto suficiente muerte y sangre.
Uso mi diario para relatar mi historia. Porque hace poco fui una mujer adinerada y con muchos recursos. Cuyos viajes al rededor del mundo me habían dado un refinamiento envidiable. ¿Como llegué a recluirme en este hervidero de porquería?
Ser tomada por los mal vivientes criminales que me rodean no es ni la mitad de terrible que por las pesadillas vivientes que me persiguen.
Escribo en este diario los sucesos para garantizar la permanencia de esta enloquecedora historia que aunque increíble, servirá para alertar a la Humanidad de los horrores que la amenazan secretamente, para que mi diario me sobreviva y sea el albacea de mi relato escabroso.
Y aún ahora, en la soledad de este cuarto maltrecho y repleto de plagas repulsivas no puedo evitar recordar a mi padre. ¿Por qué siempre me viene a la mente la imagen de mi padre en lugares tan horripilantes?
La historia dio comienzo en aquella exposición artística a la que acudí en mi ciudad San Juan de Aquetzarí:
II
Bajé del taxi que me llevó a la Galería López y recorrí las adoquinadas aceras que encuadraban una arquitectura colonial típica de la vieja ciudad.
Pues bien, vestía un elegante traje rojo y refulgente de luces minúsculas. Estaba peinada con el cabello suelto, bien maquillada, y con mi cuello, muñecas, orejas y dedos adornados con joyas bastante caras, y la insignia de la Logia Masónica (el compás y la escuadra) de oro enchapado en la solapa de mi abrigo. El vestido dejaba al descubierto mis hombros, y mi muslo derecho. Mis zapatos no eran nada baratos tampoco. Además, tenía un vestido de piel negra –artificial, debido a mis convicciones ecológicas—.
Subí las escaleras engalanadas por alfombras rojas de la enorme y descomunal galería que se asemejaba a un museo. Un empleado recopiló mi abrigo y lo guardó cuidadosamente. De inmediato penetré en la estancia principal donde decenas de elegantes invitados, todos vestidos de gala, y la mayoría ingiriendo bebidas y bocadillos carísimos, se congregaban. Muchos conversaban superficialmente, y más de un sórdido asunto de negocios, sexo y traición —en ambos campos—, se estaba gestando.
—¡Zárate Arkham! —me gritó de pronto una conocida voz, y dirigí mi cabeza hacia donde provenía la persona que repitió mi nombre y apellido.
Era mi primo Edgar, un tipo alto, de cabello relamido hacia atrás dándole un aspecto ridículo y grasoso. Vestía de smoking, y tenía un cuerpo delgado y huesudo. Su rostro guardaba rasgos sardónicos; ojos verdes como los míos y los de todos los Arkham, mirada
sarcástica, nariz aquilina, barba partida, mandíbulas sobresalientes, y marcadas líneas de expresión.
—Gusto en verte por acá, querida prima —me dijo galante e hipócrita, como era común en mi familia— . ¿Has venido a ver las pinturas de LePen?
—En efecto primo —le contesté— el famoso y legendario LePen y sus famosas y legendarias pinturas.
—Ven —me dijo tomándome de mi brazo— , deseo presentarte a alguien...
Sin poder soltarme de su férreo e intempestivo empoderamiento, como era usual, me dirigí a satisfacer sus ansias. Como todo el mundo debía hacer para cumplir los requerimientos de mi ególatra y narcisista primo —¿ó debía decir familia?
Pues bien, mi primo me llevó hasta donde se congregaban cinco personas. Tres hombres, uno gordo y bigotón, estereotípicamente ricachón. Uno alto y flaco, calvo y desnutrido. Un hombre muy bajo y de anteojos gruesísimos. De aspecto inseguro y sudoroso. Una mujer regordeta y empericollada, con un alto peinado —bastante ridículo— con un vestido anticuado y con joyas decorativas sobrecargando su indumentaria. Y por último, una joven mujer, de gran belleza física —y quirúrgicamente moldeada— vestida provocativamente, dejando poco a la imaginación, y mostrando su multitud de implantes...
Sobra decir, que todos estaban vestidos elegantemente. Y todos sostenían copas con champán.
Al verme forzaron sonrisas hipócritas... mis procaces observaciones suelen herir la susceptibilidad de las personas de alta sociedad como pocas cosas, debido a que siempre me ha sido de indiferencia absoluta dicho estrato social. Recuerdo las veces que avergoncé a mi madre con mi comportamiento impulsivo, e impropio de una niña y luego adolescente rica. Pero claro, tenía motivos para reaccionar con violencia ante mi entorno familiar.
Aún así, seguía siendo yo una de las angulares figuras de la alta sociedad, y debían tratarme con respeto.
Todos me dieron saludos fugaces y simplistas. Y los respondí con cordialidad.
—Mi querida prima —contestó Edgar, ansioso para denotar los fines que lo habían llevado a presentarme con esas personas— es una destacada antropóloga y acaba de regresar del África Central. Su nueva expedición a las selvas africanas ha dado mucho de que hablar en la comunidad científica, descubriendo una nueva tribu pigmea...
Todos reaccionaron con simplista admiración, demostrando inevitablemente sus pensamientos: desinterés más que absoluto por la antropología. Sabía que mi primo, cual sanguijuela, tenía algún oscuro interés en el asunto y buscaba explotarme de alguna manera, haciéndome una propuesta en teoría mutuamente beneficiosa...
—Iré al grano, querida prima —dijo adivinando mis consideraciones, extremadamente predecibles— sabes bien que mis intereses en antropología son mínimos...
—En antropología y en casi todo lo que requiera pensar... —dije sin el menor reparo. Todos rieron discretamente, a sabiendas de que la broma había sido pesada, pero que debían reírse para alivianar el asunto. Mi primo sonrió sádico ignorando el comentario.
—No obstante el señor Markelewics aquí presente —era el hombre gordo— , y sus socios —todos los demás, excepto la mujer joven, amante del gordo— desean crear una empresa de excursiones especializada en viajes de aventura a zonas remotas y apartadas. Y desearían que tú, querida Zárate, fueras una de las promotoras del proyecto.
—¿A viajado a lugares muy exuberantes, Dra.? —me preguntó la mujer obesa.
—Si, en efecto —respondí— mis viajes van más allá de mis intereses profesionales como doctora en antropología. Efectivamente he recorrido las estepas indostánicas, y he conocido a las tribus más recónditas de la India; los bhills, los chenchus, los maharatas y los tamiles.
He estudiado las costumbres, religiones y lenguas de los moi y los kachín en Indochina. He interactuado con los parsis de Bombay, y con los uigures de China. Me interné en el remoto Tíbet y en Bután. He descubierto cosas muy interesantes de los mandeos en Irán e Irak, y de los druzos en Israel, Siria y Líbano. Estudié la arquitectura islámica en Arabia, la ciudad de Petra y las costumbres de los beréberes argelinos, y he conocido a los zulúes, bantúes y pigmeos del África ecuatorial. Interactué con los maoríes neozelandeses y los papuas indonesios y australianos. Los melanesios, los esquimales, los jíbaros de la Amazonia, y los nahuas, quechuas, zaoríes y atapascos me han fascinado mucho en mis recurrentes visitas... Ante la enumeración de pueblos y etnias misteriosas y recónditas, y de lugares alejados, estaba segura de que la mente de los interlocutores había comenzado a divagar aburrida. Y eso era lo que quería, entre más molestias les causara a estos estúpidos pedantes, mejor... —Fascinante —exclamó el hipócrita hombre raquítico— aunque nuestros clientes tendrían menos intereses científicos. Quisiéramos que conocieran lugares misteriosos y alejados, sin exponer sus vidas al peligro y sin exponerlos a la ausencia de comodidades. No todos son jóvenes de 28 años como usted, Dra. Arkham...
—Mi empresa — comentó mi primo ante mi prolongado silencio y mi sonrisa burlona— bautizará el proyecto con tu nombre... Zárate...
—Es un bonito nombre — mencionó la mujer joven, con cierto grado de patetismo, probablemente su inteligencia sólo le permitía ese tipo de comentarios— , exótico... ¿Por qué se llama la empresa de su primo Arkham? ¿Si su primo se apellida Walsh?
—Es que yo heredé — contestó impulsivamente mi primo— , del padre de Zárate lo que ella rehusó... — se silenció de inmediato... la entusiástica emoción con que se vanagloriaba de su suerte le había obligado a olvidar la situación. Aquel incidente que causó furor en mi familia. Después de todo, yo me había rehusado rotundamente a recibir dinero de mi
padre... y este cayó en manos de mi primo. Toda mi familia se había escandalizado por el incidente, y se empecinaron por acallar el asunto. Probablemente los demás interlocutores no sabían de lo acontecido; de saberlo hubieran dado una explicación a mi actitud y me hubieran visto con lástima. Pero esa clase de información no debía filtrarse ante los oídos de los desconocidos... por el honor de la familia...
—¿En serio? — preguntó la joven ante la angustia de mi primo— , ¿por qué? Pero mi primo rehusó contestar ignorando abiertamente la pregunta.
—¿Que has decidido, Zárate?
—De acuerdo, acepto la propuesta. Que tu abogado llame al mío para finiquitar los detalles.
—Bien –dijo mi primo triunfal y extendió su mano para estrecharla. Gesto que ignoré, deliberadamente.
Entonces inició un alboroto. El dueño de la Galería, un hombre de unos 40 años, y de bigote, habló ante el micrófono, frente a todos los presentes. Los cuadros del artista galardonado estaban a punto de ser descubiertos.
Sin mucha presentación, el hombre presentó al artista, Pier LePen...
LePen era un hombre inhumanamente delgado, y se me asemejaba a un drogadicto en fase terminal. Su rostro era cadavérico, y su piel de un blanco enfermizo. Usaba un raquítico bigote y barba sobre su labio superior e inferior respectivamente. Vestía de negro, una camisa de seda y un pantalón de cuero. Además, tenía el cabello rapado.
—Bienvenidos, mis estimados invitados — dijo salameramente— me alegra que hayan venido. ¿Se han preguntado que oscuros y recónditos seres se ocultan en las sombras de nuestro Cosmos?, ¿Han pensado cuál es la naturaleza substancial que conforma nuestras pesadillas? ¿Han estado alguna vez frente a la puerta de lo prohibido? ¿Han imaginado lo
que repta caóticamente entre las profundidades del suelo? Pues yo sí. Y lo he estudiado en forma disciplinada... — me pareció percibir cierto brillo sombrío y malevolente en su mirada, como si siniestros recuerdos y oscuras inclinaciones le incitaran.
Ante el escueto, y existencial discurso, que aventuro a conjeturar muy pocos comprendieron ó escucharon realmente, se descubrió la manta que cubría el lienzo del primer cuadro, y asombrados gritos ahogados y exclamaciones de sorpresa se escaparon de entre las aristocráticas bocas de los presentes.
El cuadro principal era tremendamente chocante; mostraba a seis demonios gargólicos y grotescos sobre el cuerpo muerto de un joven. El cuerpo del cadáver estaba sobre una lápida en un cementerio gótico. Su cabeza apuntaba al Sur, y la expresión de su rostro denotaba un horror espantoso. Cinco de los demonios se alimentaban de las vísceras descuartizadas que salían del vientre del hombre. El festín intestinal era coronado por un demonio erguido que consumía el corazón mordisqueado del joven mientras le chorreaba sangre del hocico repugnante.
El cuadro provocó cierto estupor entre la gente. Y uno a uno se descubrieron los demás cuadros. Todos repletos de monstruosidades deformes. Observé unos monstruosos buitres con cuernos y extremidades humanas que se alimentaban de cadáveres de un cementerio abandonado. Vi a gargólicas criaturas de pesadilla, que reposaban sobre un campo de cadáveres interminable. Observé gusanos grotescos y repugnantes que se removían entre brumosas penumbras y nieblas grises. Y observé una horripilante secta caníbal realizando un sacrifico a un maligno numen sanguinario. El sacrificio consistía en una joven adolescente cuyo corazón era extraído por los devotos ceremoniantes.
Muchos observaban las pinturas con ojos llenos de repulsión, cejas enarcadas, labios torcidos y otras muecas expresivas de repugnancia. El propio dueño de la Galería López
observaba con desprecio la exposición. Misma a la que había sido forzado debido a un favor que le debía a LePen.
El arte lepeniano no tenía nada de lo inusual, si lo comparábamos con Goya, Fucelli, William Blake ó el mismo H. R. Giger. Realmente era un estilo pictórico ya conocido. Pero el talento de LePen era desmedido. Un talento envidiable y genial sin duda. Pocos artistas impregnaban de tanto realismo y de tanta similitud anatómica a sus obras. El tipo era un genio de innegable talento, y no me extrañaba la fortuna que había acumulado. Y se dice que utilizaba pinturas especiales, confeccionadas con exóticas plantas africanas.
La exposición no estuvo libre de incidentes escandalosos –como cualquiera hubiera supuesto, ante la predisposición de las obras mostradas—. Una ex novia de LePen, llamada Margarita Valencia, de gran belleza física, piel morena, pelirroja, de cabello rizado y vestido refulgentemente rojo, se adentró de golpe a la exposición. Tomó sin reparos una copa de coñac y vertió su contenido intempestivamente en el rostro del artista galardonado. Ante el asombro y murmullo de los presentes.
—Aprende, LePen –le dijo al inmutado hombre— una mujer despechada es capaz de todo. —No lo dudo –dijo el amonestado.
—¿Te gustaría que todos los aquí presentes se enteren de lo que hiciste?
—Jamás he tenido algún pensamiento de preocupación ó reparo hacia la opinión de los otros... —"Ya somos dos", pensé sonriente.
—Pues bien, que sepan tus amiguitos que tú te negaste a apoyar mi trabajo. Y que aún siendo mi novio, te negaste rotundamente a permitir que hubiera una exposición para mí... —Eso tiene explicación –respondió sardónico ante la acusación— eres una pésima pintora. Tus obras carecen de forma y figura. Mezclas los colores como invidente y los cuadros de un kidergarden para niños minusválidos serían mejores que los tuyos...
Ante la sádica y procaz declaración, Valencia asestó un duro bofetón que resonó en la huesuda cara de LePen. Luego salió del salón, furiosa.
El incidente pasó y la calma se restableció tras el sórdido escándalo. Aunque López mostraba aún más furia y más desagrado por LePen, se le escuchó murmurar que ya nunca más volvería a tener el más mínimo trato con el artista ni le volvería a pedir dinero nunca más para ampliar galerías.
Quizás, por mi habilidad de ahondar más profundamente en los detalles –y no habló exclusivamente del sentido artístico— fui una de las pocas que disfrutó y elogió genuinamente las obras lepenianas. El pintor se acercó a mí, ahora lo siento como una atracción mística, aunque en ese momento supuse que le atrajo mi interés real por su obra. —Buenas noches, Dra. Arkham –me dijo.
—Llámeme Zárate –contesté, no se por qué. —Bien Zárate, ¿que opina usted de mi trabajo?
—Genial, honestamente, es usted uno de los mejores pintores contemporáneos, y de los más talentosos, a pesar de lo grotesco y repulsivo de sus representaciones...
—Así que su fama de procacidad y honestidad son ciertas, Zárate... –me reclamó. —Si, lo es...
—No es fácil conocer gente honesta en nuestro ámbito social. Gracias, Zárate...
—Un placer, Pier. ¿Cual es, si se puede saber, su fuente de inspiración? ¿Esquizofrenia, tal vez?
—No —dijo sonriente ante mi broma— escritores famosos, como Poe, Lovecraft, las poesías de Will Blake y más contemporáneos..., Crowley...
—Que bien, mis favoritos también...
—El estudio de demonios, fenómenos paranormales, monstruos y animales misteriosos... respectivamente –contesté...
—Exacto. Y por último, mis pesadillas...
—¿Pesadillas? — pregunté profundamente intrigada, clavándole la mirada.
—Si, he tenido horripilantes pesadillas amorfas y escalofriantes que me acechan en las noches y me interceptan en mis sueños. ¿Conoce usted las pesadillas?
¿Que si las conocía? Pensé, claro que sí. Conocía el horror de ser asediada constantemente por monstruosas pesadillas cada noche, sin descanso alguno. Recordaba el espantoso e invariable martirio acontecido cada vez que conciliaba el sueño. Y la forma como llegué a odiar el dormir. De no ser por las largas horas de terapias psicológicas y los medicamentos para dormir –pesados y de altas dosis a los que me hice adicta— hasta ser internada en un psiquiátrico ante el inminente colapso mental...
LePen pareció adivinar mis cavilaciones.
—Veo que usted sabe de que hablo... nosotros somos personas especiales. Fuerzas poderosas se comunican por medio de los sueños...
Me quedé absorta escuchando las palabras de LePen frente a la pintura del Ceremonial... Luego, una salonera ofreciéndome bocadillos me sacó de embelesamiento. Era rubia y bastante hermosa. Lucía como extraída de antaño, aunque su rostro mostraba cierto aire de dolor que parecía provenir de algo oscuro y secreto.
—No gracias –le dije, amablemente y se retiró.
—¿Aceptaría usted posar para mí? –me preguntó LePen...
—Claro –contesté sin meditar en la proposición, como si LePen me hubiera embrujado bajo algún hechizo hipnótico...
III
Una noche lluviosa llegué al taller de LePen. Bajé de otro taxi –esta vez cubierta por una sombrilla oscura— y me adentré velozmente al edificio ubicado en el barrio más rico de San Juan de Aquetzarí. Era un edificio de estilo georgiano con columnas dóricas y fachada barroca y semigótica. Toque el timbre, y de inmediato se abrió una puerta de hierro por la que me adentré, para posteriormente subir por las escaleras hacia el lobby.
Allí, me interceptó un joven bastante guapo. Era alto y fornido y tenía un hermoso cabello castaño. Además, su rostro mostraba una bella sonrisa y unos profundos ojos negros. —Hola —le dije sonriendo instintivamente— soy...
—La Dra. Zárate Arkham –me interrumpió— , lo sé. Yo soy Álex Martínez, asistente de Pier. Él me avisó de su llegada, y la estaba esperando...
—Pues, es un placer conocerlo, Álex –lo llamé por el primer nombre instintivamente y estreché su mano.
—El placer es mío, Zárate.
—¿Como es trabajar con Pier LePen?
El joven desvió la mirada en forma alegórica. Obviamente, LePen era difícil de tratar... —Él es un genio –dijo— un peculiar genio –fue su única respuesta. Hablamos de temas básicos y sin mucha profundidad, pero fue divertido conversar con el muchacho.
Nuestra cordial conversación se vio interrumpida cuando Pier LePen bajó de su habitación y se adentró al lobby por las escaleras victorianas que conectaban los diversos pisos del edificio.
—Que gusto de verla, mi querida modelo –me dijo, vistiendo una indumentaria similar a la de la exposición. —¿Desea tomar algo mientras visita mi taller?
—¿Que gusta? —Whisky bastará...
Me sirvió un whisky y él se sirvió un borbón en las rocas. Álex no consumió nada.
Los tres nos adentramos en el taller de LePen. Era un taller típico de todo pintor. Atestado de lienzos, caballetes, pinturas y pinceles. Además, un enorme autorretrato de cuerpo entero. Lo curioso es que el cuadro lucía mucho más viejo de lo normal. Casi centenario, pero mi mente ignoró tal razonamiento, a sabiendas de que LePen lo había pintado. Me llamó la atención la oscura sombra pintada atrás de LePen, con forma antropomorfa.
—Bien –me dijo— mi querida y hermosa musa, es aquí en el pedestal que os colocaré... – era un tarima bien iluminada artificialmente por lámparas fluorescentes. —¿Te molestaría posaros allí para dar inicio a una obra maestra?
—OK –contesté con cierta jovialidad y me senté en el pequeño banco situado en la tarima. Tras que Álex le hubo colocado todos los aditamentos en lugar, LePen procedió a pintar mi retrato. Álex se retiró.
Mientras LePen me pintaba, no cesaba de preguntarme si me encontraba cómoda. Y decía que podía traerme comida y bebida si lo deseaba.
De momento rehusé las cortesías y me concentré en quedarme inmóvil. Conversábamos de diversos temas, aunque angularmente, las conversaciones se dirigían a mis viajes. Mi fama de peregrina me precedía siempre, y estaba acostumbrada a las interrogaciones constantes de dichos asuntos. Pero LePen era un caso insidioso y obsesivo.
A pesar de ser algo molesto y ególatra en su trato, LePen me agradaba un poco. No sé por qué, creo que me simpatizaba la forma con que se concentraba en su mundo especial y exótico.
Luego de una hora y media, Álex le llevó la cena. Yo comí poco, algo del guisado de pollo y del vino tinto que me habían entregado. LePen en cambio comió ampliamente.
Luego, Álex se retiró, y tras el breve receso, nos reincorporamos al trabajo.
—¿Posaría usted desnuda, Doctora? –me pregunto intrépidamente en forma esporádica y totalmente fuera de lugar en la conversación.
—Sí –contesté sin temor ó timidez alguna.
—Me alegra escuchar eso... –dijo con cierto brillo en sus ojos. —Pero no necesariamente para usted, Pier...
Aunque sonrió irónico, se denotaba en sus ojos la decepción... —¿Por qué no?
—Por que aún no confío en usted plenamente, Pier.
—Pues bien, es una lástima. Pero espero algún día pueda yo ganarme su confianza lo suficiente...
—¿Por que pinta usted seres tan monstruosos? —¿Teme usted a los monstruos?
—No. Temo más a los humanos. He visto cosas horribles... —Usted conoce la Oscuridad, ¿verdad? conoce a la maldad... —¿A que se refiere?
—Usted sabe lo que es la maldad y la violencia. Usted ha sido víctima de la perversión. Y conforme las noches pasan, usted recuerda la forma en que los monstruos se ensañaron con usted... Usted sabe bien lo que es una tortura constante y reiterativa noche tras noche... Las palabras de LePen me llenaron de furia... ¿como sabía eso de mí? Exasperada por el comentario sadista e inapropiado, decidí dejar de posar. Me levanté en seguida y salí del taller.
LePen se mantuvo inmutable. De hecho, parecía como si mi reacción fuera la esperada. Al salir del taller me topé con Álex. Quien quizás estaba acostumbrado a las salidas intempestivas y ofendidas de los invitados de LePen, no reaccionó en forma alguna.
Llegué a mi casa y lloré desconsolada.
A la mañana siguiente, desperté tras una mórbida noche plagada de pesadillas recurrentes y análogas a las que me mortificaron tiempos atrás. Y repudié a LePen por ello.
Debo interrumpir mi relato, pues están tratando de forzar la entrada a mi cuarto de nuevo... Bien, ha terminado la interrupción. Me vi en la necesidad de sacar mi revólver ahora que una pequeña puerta conectaba el asqueroso y antihigiénico baño con la habitación de al lado, estuvo a punto de ser tirada. Estaba naturalmente cerrada con picaportes. Saque mi arma y apunté a la entrada mientras pregunté:
—¿Quien está allí y que quiere?
El forcejeo cesó por un tiempo. Luego, continuó.
—¡Basta! –ordené, y decidí remover los cerrojos yo misma y abrirla. Al hacerlo vi al administrador del otro lado. Estaba sorprendido porque yo abriera la puerta. Y sonriente intentó entrar. Una navaja brillaba en su mano derecha.
Lo apunté con el arma y le pregunté que quería.
Asustado balbuceó algo de que estaba escuchando ruidos extraños de mi habitación, y que temía que alguien hubiera entrado y estuviera atacándome. Me preguntó si no quería que él se quedara a protegerme. Respondí que no gracias, que como era notable, yo tenía ya un compañero de un buen calibre.
Entonces dijo que podía traer a varios amigos suyos, con armas más grandes, para protegerme mejor, y noté la lascivia y el deseo de intimidación en su voz.
—Hágalo, pero recuerde que tengo una computadora con conexión a Internet, y ya en estos momentos muchos saben en que hotel me hospedé y saben su descripción, además de tener un celular –todo lo cual era falso— por consiguiente, creo que la policía tendría buenas bases para investigar cualquier crimen del que yo sea víctima.
Ceñudo y desilusionado, pero con resignación, se disculpó y se fue.
IV
Volviendo al relato, tras dormir tuve horribles pesadillas con lugares más allá de las estrellas, en donde abismos oscuros servían de escondite a espantosas larvas infernales y a pesadillas inconcebibles. Y escuché los lamentos escalofriantes de las almas perdidas... Desperté...
Repleta de sudor frío y exhalando agitadamente, me incorporé de golpe en la cama. Observé la razón por la que me había despertado... el teléfono repicaba insistentemente. Lo contesté, era LePen:
—He terminado su retrato, Doctora. ¿No desea venir a verlo?
No obstante la lluvia, me dirigí aquella noche al taller de LePen. De él salía airadamente el señor López, dueño de la galería que exhibía las obras de mi retratista.
—Si pudiera quemaría sus abominaciones –decía a LePen al bajar las escaleras del edificio.
—Haga lo que desee, López –le respondió el pintor desde la puerta. –Pero no vaya a arrepentirse de sus actos impulsivos.
López salió tan furioso que apenas y percibió mi presencia. LePen en cambio me sonrió y se disculpó por el altercado.
Me adentré a la estancia, y sin mediar mucha palabra me acerqué con LePen a su taller. LePen descubrió la manta que cubría el cuadro. Mi retrato era inverosímil. Era precioso. Me mostraba con tal realismo y tal similitud que me sentía asombrada. Era yo, posada en la silla, rodeada de flores y de un hermoso bosque. ¿Como había podido pintarme tan bien en el poco tiempo que serví como modelo? ¿Tenía una memoria privilegiada como su talento? —Es precioso, Pier, gracias, lo felicito...
—Es suyo, lléveselo –me dijo.
—No puedo aceptarlo, debe de ser carísimo...
—No importa, no deseo venderlo. Es suyo, Doctora. —Pero, yo... no puedo, es decir...
—Adelante, por favor. Es mi regalo. Considérelo una disculpa por haberla ofendido... —Pues bien, lo aceptaré. ¿Como lo transporto?
—Le diré a Álex que se lo lleve.
Efectivamente, Álex se llevó a mi casa el cuadro, protegido contra toda intemperie. Y lo colocó sobre la pared en donde yo había predispuesto. Álex me pidió permiso para remover su camisa mojada, a lo cual accedí discretamente complacida.
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que tuve sexo, que al ver el torso desnudo y musculoso de Álex, no dudé en acercármele. Y acaricié con mis manos el pecho del joven. Álex por su parte sonrió tomándome por la cintura. Y nos besamos apasionadamente. Caímos sobre la cama, desnudándonos intempestivamente. Y ya desnudos procedimos a hacer el amor, hasta que tras muchas horas de salvaje y brutal lujuria, dormimos juntos y abrazados.
Pero me vi asolada por una nueva pesadilla. En esta, observé las dantescas escenas pintadas por LePen, totalmente en vivo y a todo color. Sus aberrantes imaginaciones y sus espantosas deformidades cobraban vida ante mis ojos, y comenzaban una cruel orgía de sangre y muerte.
Desperté sobresaltada, como el día anterior. Eran las 10 de la mañana, y Álex yacía a mi lado. Ambos estábamos desnudos y tras mi violento despertar, Álex se despertó sobresaltado.
Le respondí que sólo había sido una pesadilla. Nos levantamos para desayunar. Nos vestimos sencillamente, y encendimos la televisión. Una noticia destacaba; el famoso Carlos López, dueño de la Galería homónima, murió en forma horripilante en su mansión. Junto a él, estaba su esposa, enloquecida, a quien debieron internar en el Hospital Psiquiátrico de San Juan de Aquetzarí, mismo del que fui residente hacía algún tiempo. La mujer estaba internada debido a un terrible caso de esquizofrenia paranoide que –según advertían los alienistas— le causaba un terrible shock repleto de espantosas alucinaciones. Tuvieron que medicarla con los más pesados narcóticos, hasta que la mujer quedó reducida a una entidad babeante que reposaba su cabeza sobre el acolchonado muro, y llenaba de saliva su camisa de fuerza.
Los dos hijos de la pareja quedaron bastante afectados por el trágico incidente. La policía – según leí afanosamente en todos los ejemplares de periódicos que pude adquirir tras la retirada de Álex— no había descubierto nada realmente. Las laceraciones eran demasiado brutales para ser causadas por seres humanos ó armas convencionales. Sospechaban de ritos extraños y sectarios.
Mi obsesión con el caso López no sólo no ayudó a suavizar mis pesadillas sino que, por el contrario, las intensificó. Asediada como estaba por visiones horripilantes y monstruosas, empecé a temer la hora de sueño, y me vi forzada a restablecer una nueva cita con mi terapeuta.
Tratando de evitar dormir, observaba la televisión a altas horas de la madrugada. Vi la noticia de que Margarita Valencia, la furiosa ex—novia de LePen, que le había provocado un escándalo en su exposición, estaba afirmando ante toda la prensa que LePen la había golpeado en repetidas ocasiones y la había sometido a perversiones sexuales –de las que preferí ni imaginar.
A pesar de la noticia, me ganó el sueño. Pero en mi sueño observé una visión terrible. Entre las lúgubres criptas abandonadas de un gótico cementerio, corría presurosa la joven Margarita. Sudaba copiosamente por la carrera y el temor. Y vestía tan sólo un camisón de seda. Las penumbrosas nieblas densas la abordaban y le cerraban el paso. Y ella seguía corriendo desmesuradamente.
Y finalmente, llegó a una enorme tumba familiar, conocida por mí, la Cripta Arkham, donde reposaban los restos de mis antepasados. Y donde, a un lado, se alzaba ignominiosa, la lápida de mi padre.
Allí estaba, el mausoleo decía el infame nombre de Angus Renzor Arkham...
La joven tropezó con la tumba y calló al suelo. Se volvió aterrada con una mueca de pavor que le desfiguraba el rostro...
Pronto, la joven mujer se vio rodeada de siniestras figuras encapuchadas de pies a cabeza. Las prendas de un impenetrable negro les cubrían absolutamente todo, salvo las manos de largos dedos cubiertos por guantes oscuros. Las figuras eran al rededor de 10, y a pesar de
las lastimeras súplicas y ruegos desesperados de la mujer, el más alto de todos alzó su brazo y mostró un largo y filoso cuchillo que brilló refulgente ante la luz de la luna.
Los demás lo imitaron, y Valencia se cubrió los ojos y se volteó boca abajo.
No recuerdo bien lo que aconteció después. Sólo recuerdo imágenes mórbidas de sangre salpicando, el sonido repulsivo de las navajas enterrándose y el horror inconmensurable de las criaturas.
Desperté súbitamente. En la misma forma en que se me había hecho habitual en épocas más terribles... y como me estaba volviendo a ocurrir.
El sueño no tenía sentido, pues mi padre era británico, como toda la familia Arkham. La tumba de éste, y toda la Cripta Arkham se encontraba en Inglaterra.
El televisor, que había permanecido toda la noche encendido, reportaba ahora un suceso noticioso matutino. El cual me dejó pasmada, y sería el detonante de una determinación que habría de cambiar mi vida –ó lo que me resta de ella— para siempre.
Margarita Valencia había muerto. Había sido encontrada brutalmente acuchillada y desmembrada en las afueras del Cementerio Central.
La policía investigaba el caso profundamente, y lo vinculaba al caso López. Pero el método del asesinato –a pesar de ser igual de brutal— distaba mucho de la forma en que había muerto López. El dueño de la Galería había sido asesinado en forma salvaje como si el perpetrador perteneciera al reino animal. Mientras que Valencia murió sin duda alguna despedazada por armas punzocortantes.
Luego me enteré de que la policía había examinado el cuerpo de Valencia. No había evidencia de agresión sexual ni rastros de huellas al rededor –a parte de las que correspondían al calzado de Valencia— ni había mordiscos, rasguños ó demás acciones caníbales como en el caso de López. Los padres y el hermano de Valencia lloraron su
muerte. Así como los amigos que tanto le habían aconsejado alejarse del siniestro y neurótico pintor.
Pero sí había un vínculo más allá de lo brutal y horripilante de los dos casos... la relación antagónica de ambas víctimas con LePen, quien por su fama de problemático, y la repugnancia de sus obras, se convirtió en receptáculo de las sospechas policiales.
VI
Tras vestirme con una bata sobre el camisón en el que duermo. Me dirigí a ver el cuadro en el que LePen me había retratado. Era yo, sin duda, pero ataviada con un vestido que nunca había poseído. Un vestido negro y de cuero, fuertemente pegado a mi esbelto cuerpo. Y que dejaba al descubierto mis brazos y con un pronunciado escote. Además, tenía en el cuello –en la parte derecha— un tatuaje.
El tatuaje correspondía a un símbolo compuesto de dos gusanos espantosos, entrelazados, con una luna roja en el medio.
Obsesivamente, estudié en todos mis libros de antropología, y en la Internet, sobre dicho símbolo. Las exhaustivas horas de investigación, no acabaron hasta bien entrada la noche. Y lo descubrí: era el nefasto símbolo de la Secta Angat...
Los malignos necrófagos malditos que asolaron gran parte del África Central. Los seguidores del maligno y cruel demonio Angat, quien los inspiraba a todo tipo de rituales espantosos. El sacrifico de personas –hombres, mujeres, niños— canibalismo, revivir muertos, y otras espantosas escenas. Los más poderosos chamanes africanos combatieron a la secta como pudieron. Pero los malévolos seres que –según cuentan aún los antiguos chamanes— estaban al servicio de Angat y sus seguidores eran demasiado terribles. Cuentan ciertas crónicas massai que decenas de reyes y chamanes de tribus poderosas
fueron erradicados. Y se relata en una leyenda bosquimana, que Angat mismo hablaba en las pesadillas a los detractores de la Secta. Los bosquimanos y los hotentotes tenían un temor espantoso por Angat.
Una alianza de tribus zulúes y bantúes, lideradas por un consejo de chamanes, enfrentó a la Secta. La batalla fue terrible, pero las naciones aliadas y sus jefes tribales tuvieron éxito. La Secta se dispersó. Pero con la llegada de los árabes y beréberes al África subsahariana, las actividades de la Secta incrementaron. Entre los clérigos islámicos se dispersó el rumor de la maldad satánica de la Secta. Y muchos jeques, imanes y ulemas utilizaron ejércitos, mas ó menos efectivos, inspirados por el fervor Yihádico de la Guerra Santa, contra la Secta.
El problema pasó de los musulmanes a los europeos cuando el tiempo de la colonia. Y entre los esclavos negros llevados a Occidente, venían algunos sectarios de Angat.
Y el símbolo, el símbolo de los horribles necrófagos, era el que LePen había pintado en el cuello de mi retrato... Y algo más. Una antiquísima leyenda pigmea, recopilada por un cura británico que estaba en las colonias africanas decía algo aterrorizante:
"Los chamanes de las tribus aseguran que los seguidores de Angat conectan nuestro mundo con el mundo de las tinieblas del demonio, por medio de dibujos y frescos realizados por pinturas especiales, pinturas creadas en parte, con carne y sangre humanas..."
Me aparté de la computadora en donde había leído la información de la Internet que rebelaba tan espantoso hallazgo... Decidí fumar un cigarrillo, para calmar mis nervios. Y abrí el amuleto que tengo colgando en mi cuello, el cual, tiene un pequeño encendedor dentro.
Era un hombre vestido todo de negro, con un pasamontañas y guantes de cuero oscuro. Me cubrió la boca imposibilitándome de gritar. Y me agarró tenazmente las muñecas impidiéndome utilizar mis brazos.
Forcejeé todo lo posible, pero no podía resistir la fuerza del agresor. A pesar de que le di varias patadas en las espinillas y en los pies. Luego me tiró sobre la mesa, botando al suelo todos mis papeles, libros, la computadora y una taza repleta de café enfriado.
Mientras estaba boca abajo, y tras haberme dado un tremendo golpe en la cara, el agresor me colocó las manos tras mi cintura, y las ató fuertemente a pesar de mis esfuerzos por evitarlo. Esfuerzos que repercutieron en nuevos y certeros golpes en mi espalda y nuca. Y me cubrió la boca con cinta adhesiva.
Semiinconsciente, el tipo me manoseó confianzudamente, como revisando que no tuviera algún arma escondida.
Luego, me levantó con fuerza, y me alzó en sus brazos. Me bajó furtivamente, sin que nadie lo observara, y me introdujo al estacionamiento del edificio. Me adentró en la cajuela del auto, y así, realicé todo el viaje. Luego, me sacó, y de nuevo me cargó por un frío y misterioso conducto que nos llevó hasta una puerta secreta. La abrió y penetró la luz. Después, salí al taller de LePen.
Me removieron las mordazas, y el tipo se quitó el pasamontañas –era Álex— y poco después se aproximó LePen.
—Lamento la rudeza, Doctora –sacó el mismo vestido con que estaba pintado mi retrato— colóqueselo, por favor... –Me negué tácitamente. –No me obligue a forzarla. No se preocupe por su desnudez, ya Álex la conoce, y yo por mi parte, siempre he deseado tenerla como modelo de desnudos.
—¿Quien es usted y que quiere de mí? –pregunté furiosa.
—¿Reconoce algo en mis pinturas? –me preguntó. Y en efecto, los seres que habían matado a Margarita Valencia eran los mismos que estaban retratados en el cuadro titulado El Ceremonial. Y no dudé de que los malignos demonios del cuadro titulado El Festín, que mostraban al cuerpo desviscerado siendo roído, eran los artífices de la muerte de López. —¿Como lo hace? –pregunté.
—Es el poder de Angat –me respondió. –Pero usted ya está bien informada de mi Gran Señor y mis correligionarios.
—La horrible Secta Necrófaga... –dije quietamente.
—La misma. Angat me permite invocar a sus criaturas por medio de mis pinturas. Los encapuchados del Ceremonial son antiguos seguidores que nunca podrán descansar, y permanecerán por siempre al servicio del Gran Señor. Los utilicé para vengarme de la perra de Valencia. Y los demonios carnívoros del Festín, para erradicar a López.
—La policía sospecha... –mencioné.
—¿Y que? Los policías y los forenses dan poco crédito a lo sobrenatural. Aunque pudieran vincularme con los homicidios, sólo necesito invocar algún nuevo ente que erradique al detective a cargo ó al fiscal del caso.
—¿Como les da vida? –consulté.
—Sólo necesito colocar en la parte inferior derecha de la pintura, el símbolo que usted ya conoce, y entonces, los seres cobran vida bajo mis órdenes. El propio Álex es una pintura. Un retrato de hecho. Fue un antiguo amigo mío, interesado también en la Secta, pero que se atemorizó en última instancia. Le di muerte y lo convertí en mi esclavo. No era la idea de que se acostara con usted. Y será castigado.
—Vida eterna, querida Doctora. Vida eterna, ni más ni menos. Aquí donde me ve tengo 350 años, más ó menos. Mis pinturas están hechas no sólo de las exóticas plantas africanas, sino de sangre y carne humana. Mismas que yo consumo y me convierto en inmortal por la gracia de Angat.
—¿Que pide a cambio el demonio?
—Almas, querida, almas. Cada víctima que mato pierde su alma, y esta queda atrapada en las pinturas. Observe, los rasgos del joven comido por demonios en la pintura del Festín son ahora los de López. Los rasgos de la víctima inmolada en el Ceremonial son los de Valencia. Y así, sucesivamente. Permanecerán en ese suplicio mientras las pinturas existan. Tengo pinturas con varios siglos. Incluyendo a mi primera víctima, Álex aquí presente. Entonces recordé mi retrató y palidecí de horror.
LePen, adivinando mis pensamientos, se acercó a un cuadro cubierto por un lienzo y lo removió. El cuadro me mostraba a mí desnuda, en un acto sexual salvaje y sadomasoquista con LePen.
Disgustada, desvié la mirada.
—Usted me gusta, Doctora, y he decidido tenerla a mi lado. Observe el cuadro de Álex... – me señaló hacia una lejana pared, en donde el retrato de Álex era visible. Pero estaba crucificado y repleto de horribles gusanos. –Álex, regresa a tu cuadro.
El rostro del joven mostró la terrible desesperación que le asolaba desde hacía siglos. Pero obedientemente se acercó al cuadro, y se desfiguró en una imagen transparente, para luego fusionarse en el mismo. Los ojos de la pintura cambiaron mostrando todo el dolor de la situación.
—Puedo hablar con todos, todos escuchan lo del entorno –afirmó— el castigo para Álex será quedarse en el cuadro durante mucho tiempo. Después de todo, ahora cuento con una nueva esclava de la que disfrutaré ampliamente.
—¿Por que yo? –pregunté desesperada.
—Usted es una Soñadora. Un tipo especial de mujer que nace cada cierto tiempo desde hace mucho. Recuerdo haberlo leído en los Pergaminos de Sakhar, y en los Manuscritos Pnakóticos. Desde hace milenios, en ciudades tan antiguas como la ahora sumergida R’Lye, donde seres amorfos retozaban mucho antes de que existieran los humanos, y rituales a los antiguos dioses se realizaron en épocas remotísimas. Allí, donde los Oscuros aún influyen, allí donde reptan monstruosas criaturas salivantes que solían servir a los amos. Y donde sus marmóreas y frívolas columnas ocultan los poderosos templos de los Adoradores. Los que rendían, y aún hoy, vivos y muertos, rinden culto a los Oscuros. Donde dioses inconcebibles de maldad absoluta merodean, y seres con largos tentáculos y colmillos babeantes acechan en el Abismo en busca de que roer. Y donde demonios sin forma, bailan extáticos, ante la música monótona de tañedores de flautas. En aquel lugar donde las Pesadillas nacen, y se sirve a los malignos dioses. Y donde hasta las más poderosas deidades del Bien tiemblan. Allí se recuerda el poder de la Soñadora.
>>La Soñadora tiene la habilidad de ver sucesos ocultos a la mente humana en sus sueños. El pasado, el presente y el futuro se le muestran insignes y emblemáticos. Y usted, Doctora, es la nueva Soñadora. Una bendición que los dioses del Bien le han dado. ¿Ó una maldición que acarrea una vida repleta de peligros y locura? Porque pocas Soñadoras logran escapar de la locura, Doctora.
>>Pero usted será ahora mi esclava, y tendré a mi disposición, todo servicio que yo desee. Y usted será la encargada de satisfacer mis deseos, ó de estar atrapada en el cuadro –me
dijo acariciándome el rostro— todo lo que tengo que hacer, es colocar en la pintura el símbolo.
LePen se aproximó a la pintura, con pincel en mano. A sabiendas de sus intenciones me incorporé tratando de evitar su cometido.
—No lo intente, Doctora –me dijo— puedo invocar a cualquier ser de acá.
Desesperada, y observando como LePen comenzaba a trazar las primeras líneas, observé una pintura a lo lejos. Esta también contenía a una hermosa joven, cuyo cabello parecía del siglo XIX. La salonera que servía las copas en la exposición. La joven estaba entrelazada en un acto sexual similar al mío, pero en una orgiástica fiesta de demonios.
Entonces me concentré mucho en los ojos azules de la mujer, y logré escuchar un sonido en mi mente. ¿Alucinación mía en momentos tan desesperados? ¿Ó la voz de la mujer? "Yo fui su primer esclava femenina" escuché "Desde hace 200 años. Fui una poderosa bruja que intentó detener a LePen. Eventualmente se cansó de mí y ahora está interesado en ti. Pero hay una forma de terminar con esta pesadilla. Quemando los cuadros se libera al alma, y se destruyen los monstruos".
Y mientras LePen realizaba ya los últimos trazos a mi espantoso retrato, decidí arriesgarme.
Quizás a propósito, ó por que Álex no lo había notado, tenía yo mi encendedor dentro de mi bolsillo. Observe un viejo trapeador, y restos de materiales aparentemente inflamables. Y sin pensarlo mucho, me abalancé sobre ellos. Introduje el trapeador a los líquidos volátiles –interrumpiendo con mi hazaña el trabajo de LePen quien se volteó— y saqué mi encendedor a toda prisa.
LePen invocó de inmediato a varios monstruos. Y de los cuadros aparecieron frente a mis aterrados ojos los demonios comevísceras, los encapuchados del Ceremonial, los extraños y gigantescos buitres deformes, y las monstruosas figuras gargólicas.
Además, LePen ordenó a Álex desprenderse de su encierro, y ayudar a los monstruosos seres y pronto, el joven esclavo estaba frente a mí.
Incineré el trapeador, haciendo con él una tea mientras las horripilantes criaturas se me acercaban...
Tomé uno de los tarros con químicos y lo lance contra uno de los rechonchos demonios. Luego le acerqué el trapeador, pero el monstruo no se quemó. Entonces, volqué varios recipientes, hasta que se dispersaron por el piso, y se derramaron a los pies de los caballetes que sostenían las pinturas lepenianas.
Coloqué el trapeador en el piso, y todos los charcos se incendiaron. LePen gritó furioso, y se concentró en apagar las llamas.
Quedé acorralada...
—Si crees que he pintado torturas –gritaba LePen tratando de frenar el voraz incendio— no has visto nada. Crearé la más horripilante escena de sadismo y tortura infernal, y tú serás la protagonista de un destino miles de veces peor que la muerte...
El ejército de monstruosidades se me acercaba. Mientras yo tratada de pegarme más a la pared. Pude sentir el filo de los encapuchados cerca de mí. Y el roce de las horribles garras de los demonios.
Finalmente, Álex me dio un puñetazo y caí al suelo. Mientras las horribles criaturas se me abalanzaron, y comenzaron a tocarme en todo el cuerpo con sus repulsivas extremidades...
Pero llegó la bendición. El fuego alcanzó un estante repleto de recipientes con materiales inflamables. El estante entero explotó, y quemó a LePen que salió corriendo de su taller con llamas en la mitad del cuerpo y sollozando desesperado.
El taller entero se sumió en llamas. Los cuadros de los monstruos se empezaron a incinerar. Y las criaturas me soltaron confusas.
Al momento, las criaturas mismas se comenzaron a quemar. Y cuando los cuadros se hubieron reducido a cenizas, las monstruosidades que de ellos habían salido reptantes, también eran ahora un puñado de cenizas.
Me salí como pude del círculo de fuego en que me encontraba, y observé el cuadro en que López y Valencia se situaban siendo consumidos ávidamente por las hambrientas llamas. López y Valencia mostraban rostros de alegría, alivio y agradecimiento.
Igual hacía el cuadro de la mujer del siglo XIX, quien además, mostraba satisfacción. Salí huyendo despavorida. Y al salir al lobby, vi el cuerpo quemado de LePen, y vi el enorme cuadro del autorretrato, en el que ahora, estaba la figura despellejada por el fuego de LePen, pero junto a un horrible ser, lleno de costras y escamas, y con diez espantosos cuernos. Que clavaba en LePen sus garras, y le desgarraba con sus colmillos.
—Angat –dije en voz alta. Y por la expresión de LePen supe cual era el costo del fracaso. Los bomberos llegaron al poco tiempo. Y apagaron el incendio eficazmente.
Descubrí que sólo dos cuadros habían sobrevivido. Uno, el autorretrato de LePen, quien al ser ahora un pintor muerto, gozaba de un valor incalculable. Pero el cuadro era demasiado grotesco para su venta. Gran parte de la fortuna de LePen pasó a indemnizar a las familias López y Valencia. El cuadro del autorretrato pasó a manos de los policías, quienes guardaron el horrible trabajo. Pero en donde el cuadro estuviera, había siempre una atmósfera de maldad. Y en todo lugar, museo, galería, casa particular, en donde estuviera el
cuadro; la gente sentía escalofríos y ataques paranoicos. Finalmente, y valiendo demasiado para ser destruido, lo sellaron en una antigua bóveda policial, en el sótano de una comisaría rural. Allí, con el tiempo fue olvidado. Y permanecería en la oscuridad, durante tiempo inmemorial.
Fui llevada al Hospital de San Juan de Aquetzarí, en donde me atendieron las quemaduras y otras heridas. Conté a la policía lo del secuestro –aunque sin mencionar a Álex, a quien suponía muerto, pues siendo un esclavo no vi porque desprestigiar su memoria— dije a las autoridades que LePen había cometido los crímenes en forma cruel y sanguinaria. Y la policía dio por cerrado los casos López y Valencia. LePen pasó a ser un legendario asesino en serie.
Pero cuando salí del hospital supe cual había sido el segundo cuadro sobreviviente.
Milagrosamente, había sobrevivido el retrato de Álex Martínez... y el joven asistente, a quien yo había exonerado de toda culpa, reclamó el cuadro y gran parte de la herencia de LePen... Aquella no utilizada para resarcir a las víctimas...
VII
Entonces, lo vi de nuevo... Álex Martínez acechando afuera de mi apartamento. Observándome en la calle asediada por la lluvia...
Y pensé en muchas cosas:
¿Cuantos cuadros habría pintado LePen en 350 años? Probablemente muchos más de los que se quemaron en el incendio... Es decir, que podría haber monstruos escondidos en algún recóndito lugar de horror... Y un poderoso mago, correligionario, al menos en alguna época, de LePen, tendría acceso a ellos... Y al guardar la pintura que le daba la inmortalidad, podría querer perpetuar la obra lepeniana...
Vi la persona de Álex cruzar la calle, y subir por las escaleras. Aterrada, salí despavorida de mi cuarto, apenas con las primeras prendas que encontré, y con mi diario, mi celular, algo de efectivo y mi tarjeta de crédito.
Y huí por las escaleras contra incendios.
Vagué escapando de las horribles criaturas que vi en mis sueños. Y seguía viendo a Álex tras de mi en cada hotel, aún el más caro...
Y al poco tiempo, agoté mi tarjeta y algo del efectivo. Antes de poder comprar los pasajes al extranjero. Entre el gasto de hoteles y taxis.
Acudir a la policía sería ilógico, pues sabía las monstruosas criaturas que podría invocar contra cualquier guardaespaldas humano. Además de que no me creerían...
Y, habiendo agotado gran parte de mis fondos, me oculté en este hotel...
Y aquí termino mi relato en las sombras de mi habitación plagada de alimañas. Mi plan es ir al amanecer al banco, y retirar lo suficiente como para huir a mi natal Inglaterra...
Pero los fondos bancarios de mi propia cuenta están congelados, según me informaron. Mi repudiable primo debió cometer alguna torpeza en el estúpido y pedante negocio turístico... Deberé recurrir a algo más, el dinero de la cuenta de mi padre. Situado en un banco distinto. Juré jamás utilizar ese dinero. El dinero de mi profundamente odiado padre. Ese maldito monstruo maniático y degenerado. Ese que hizo un infierno de mi niñez y mi adolescencia. El depravado sexual, que satisfizo en su hija sus deseos malsanos. El que hoy yace pudriéndose, para gusto mío, en una fría tumba que sólo visité para escupir en la lápida del incestuoso hombre que fue mi progenitor. Aquel diabólico ser, que me sometió a perversiones indecibles. Y que por el resto de mi vida cargaré. El ladrón de mi inocencia, y de mi niñez...
La interrupción de mi narración se debió a un evento inesperado. A mis espaldas, y adentrándose en forma inexplicable, se encontraba Álex.
Me levanté y volví de golpe, aterrada. Saque mi revólver a sabiendas de que ningún efecto tendría.
—Lamento asustarla tanto –me dijo— sólo deseo agradecerle. Usted me liberó de una pesadilla infernal que había durado ya tres siglos y medio. Y le estaré eternamente agradecido.
—¿Que hiciste con tu retrato?
—Está bien protegido –respondió. –Y me he dedicado a destruir los cuadros remanentes de LePen. Pero... su retrato Zárate...
—¿Que hay con él? —Aún existe, ¿no?
—Si, de hecho, olvidé deshacerme de él...
—Utilicémoslo, Zárate. Recreando el símbolo, usted será inmortal mientras el cuadro exista.
—No soy inmortal.
—No porque el símbolo no estaba colocado en la parte adecuada, la inferior derecha. Si lo hacemos, usted y yo seremos inmortales, y podremos vivir juntos, haciendo el amor durante la eternidad de los tiempos...
—No gracias –rechacé— la inmortalidad suena tentadora, pero no al utilizar un medio tan horripilante y causante de tanto mal y tanta oscuridad. El satánico símbolo de un demonio tan espantoso como Angat no puede traer nada bueno. Y no arriesgaré mi alma. Al menos de momento, la inmortalidad no me apetece...
—¿Y hacer el amor?
Bueno, para terminar diré, que eso si me apetecía. Además, acompañada de un robusto –e inmortal— joven, me sentí por fin segura en ese funesto lugar.
Los negocios de mi primo van bien tras solucionar algo sus estupideces. Ahora estoy más relajada, y las pesadillas están comenzando a disminuir en frecuencia e intensidad. Además, planeo nuevos viajes a otras partes del Mundo...
Pero aún hoy tengo una pequeña duda que me atañe...
Cuando estaba quemando el retrato que LePen me hizo, y que guardaba en mi apartamento, observé por un momento la horrible silueta de mi padre detrás de mi figura pintada...
CAPÍTULO II
Cierta vez vi a un demonio en una llama, el cual surgió frente a un ángel que se hallaba sentado sobre una nube, y el demonio dijo estas palabras:
Venerar a Dios consiste en honrar sus dones en otros hombres, cada cual según su genio, y amar en mayor grado a los mejores; todo aquel que envidia ó calumnia a los grandes hombres, odia a Dios, puesto que no hay otro Dios.
Al oír esto, el ángel se puso casi azul, pero al intentar dominarse, comenzó a ponerse amarillo, luego, entre blanco y rosa hasta que, sonriendo, dijo:
¡Tú, idólatra! ¿Acaso no es Dios uno? ¿Y no es él visible en Jesucristo? ¿Y no aprobó Jesucristo la Ley de los Diez Mandamientos? ¿Y no son los demás hombres todos unos locos, pecadores y piltrafas?
El demonio contestó: muele un necio en un mortero con el trigo, y aún así no le quitarás su estupidez. Si Jesucristo es el más grande de los hombres, deberás amarle en el mayor de los grados. Pues bien, te voy a contar como sancionó los Diez Mandamientos ¿No se burló del Sabbath, y por lo tanto del Dios del Sabbath? ¿No mató a aquellos que fueron muertos pos su causa? ¿No apartó la ley de la mujer adúltera?
¿No robó el trabajo de otros para sustentarse él mismo? ¿No cayó en falso testimonio cuando rehusó defenderse ante Pilatos? ¿No fue codicioso al rogar por sus discípulos, y al pedirles que sacudieran el polvo de sus sandalias, y las arrojasen contra quienes les negaban el albergue? Por eso te digo, no puede haber virtud alguna sin romper antes estos Diez Mandamientos; Jesús era todo virtud y actuaba por impulsos, no por reglas.
Nota: Este ángel, que ahora se ha convertido en un demonio, es mi compañero. A menudo leemos juntos la Biblia en su sentido Infernal ó diabólico, lo que el Mundo también tendrá de así merecerlo.William Blake. El matrimonio entre el cielo y el infierno
I
Escribo estas notas en mi viejo diario, mientras permanezco internada en el viejo Hospital Psiquiátrico de San Juan de Aquetzarí. Cuyo ambiente derruido y siniestro, de largos pasillos angostos e interminables, y cuyo aspecto gótico y picudo, es bastante inspirador para relatar mi historia. Aquello que me dejó en la situación actual. En este pandemonio de gritos desesperados y espasmódicos, de delirantes balbuceos eternos provenientes de mentes incoherentes y perdidas en la locura y la desesperación. En este habitáculo de demencia y de enfermedad, donde gritos y conversaciones alucinatorias acompañan cada noche. Y en donde pobres infortunados conversan solos ó ante las imágenes gestadas en sus mentes... en la oscuridad... ó se golpean monótona e intermitentemente, sus cabezas contra las paredes acolchadas, y con las camisas de fuerza bien ajustadas. Los médicos pensaron que permitirme escribir ayudaría a mejorar mi estado, y les ayudaría a vislumbrar mi malestar. Los alienistas saben que soy famosa por escribir, y mi posición social me permitió ciertas ventajas.
Pero es inquietante, para mí, el sentir las miradas siniestras y sempiternas de los seres de la Oscuridad, ahora que se que es lo que repta en el Abismo. Ahora que conozco la naturaleza de aquella entidad que diversas culturas han llamado Mara, Arihmán, Set, Loki, Iblís, Xibalbá, Cthulhu... ó como es mejor conocido entre los judeocristianos... Satán...
Una noche lluviosa y tormentosa, asolada por torrenciales lluvias interminables y diluvianas, mi automóvil llegó a la antigua Mansión Arkham, situada en un remoto y distanciado pueblo rural de Francia, llamado Trident.
Fulgurantes relámpagos y ensordecedores truenos anunciaron mi llegada. Yo, Zárate Arkham, heredera de una fortuna considerable, nacida en Inglaterra hija de un acaudalado británico y su esposa costarricense.
Bajé del vehículo, y me adentré por la gigantesca cerca que recorría imperiosa la propiedad, protegida contra las inclemencias del clima por mi paraguas y mi gabardina, a pesar de usar una minifalda que me dejaba al descubierto las piernas, y una blusa entreabierta, sobre la que caía mí cabello negro y lacio.
Pasé por el portón de brillante e intenso color negro, y caminé a lo largo de los extensos pasillos rodeados de jardines semiabandonados. La lluvia no me permitía vislumbrarlos bien, pero era notable el deterioro y la decadencia.
Toque a la victoriana puerta de madera, rodeada por columnas dóricas, de una casa de estilo greco—victoriano entre barroco y gótico, pobremente estructurada, y pésimamente conservada. Pero cuyo valor monetario era palpable aún al más obtuso.
La criatura que abrió mi puerta me causó un escalofrío. Ahogué un gritó de horror y repugnancia, y disimulé lo mejor que me fue posible el asco y el temor.
El esperpento era una gargólica mujer, de corroídos dientes desiguales y retorcidos, ante una repugnantemente patológica falta de aseo. Unas greñas repulsivas y marañosas conformaban su gris cabello retorcido, que le llegaba hasta los hombros, pero que se extendía caótico a los lados y a lo alto.
Sus ojos mostraban ojeras profundas y desagradablemente purpúreas, que se extendían rugosas por casi toda la cara. Sus ojos eran malévolos y retorcidos, y el derecho lucía más abierto que el izquierdo.
—Bienvenida, Srta. Arkham –me dijo en francés, lengua que hablo perfectamente, con una voz desgarbada y chillona— pase, por favor, la están esperando.
Ante la visión del esperpento, me sentí tentada a escapar. Pero decidí armarme de valor y fortaleza estomacal, e ingresé en la Mansión Arkham.
El interior era más agradable, y una calidez artificial proveniente de la chimenea me complació. Procedí a dejar mi paraguas en el porta sombrillas, y dejé mi gabardina en el perchero.
Seguí a la mujer adefesio hasta el interior del estudio, situado al lado de la sala. Allí me esperaban dos hombres. Uno, un apuesto joven de cabello castaño y lacio, que vestía de traje y que tenía una hermosa y brillante sonrisa blanca. Era mi querido primo Joel, Joel Chapman, uno de los pocos familiares con los que me llevo bien.
El otro era un hombre que me era desconocido, más viejo, calvo, salvo en los lados, con un voluminoso bigote cano, y que vestía un traje gris y opaco, extremadamente apático. —¡Zárate! –dijo mi primo, alegremente, ofreciéndome sus brazos extendidos para un abrazo— que gusto me da verte.
—Igualmente, querido Joel –le respondí entrando a la habitación y correspondiendo su gesto estrechándolo afectuosamente entre mis brazos.
—Cada vez estás más bonita –me dijo separándose y observándome bien. —Gracias, tú estás más guapo cada vez que te veo.
—Te presento al Sr. Jean Charpentier, el abogado de nuestro tío Thadews. —Un placer conocerla, Dra. Arkham –me dijo el abogado estrechando mi mano. —Igualmente, Sr. Charpentier –le respondí.
—Sí... así es –dije observando escalofriada (por el simple recuerdo) a la mujer que se paraba a la entrada del cuarto.
—Traeré café –dijo en forma apática y gruñente, y salió del lugar sin mediar más palabra. —Sentémonos, por favor –pidió el abogado, y se asentó detrás de un escritorio, causando el rechinar de la silla móvil detrás del mueble. Mi primo y yo nos sentamos en los dos asientos enfrente del escritorio. –Bien, procederé a leer el testamento de Thadews Arkham: >>"Yo, Thadews Samuel Arkham, en pleno uso de mis facultades mentales, escribo el siguiente testamento.
>>De entre mis familiares dos han sido los hermanos que yo más he querido, uno ha sido mi estimado hermano Angus Renzor, y la otra, mi amada hermana Marcia. Bien es sabido que toda la familia se opuso al matrimonio de Angus con aquella mujer costarricense llamada Eliza. Y sin embargo, de su matrimonio nació la preciosa Zárate, una gran belleza de niña, y una excelente sobrina que siempre querré desde lo más profundo de mi corazón. Y también es bien sabido que todos nos opusimos al matrimonio de Marcia con aquel joven llamado Andrew Chapman. Y el fruto de ese matrimonio fue un valiente, inteligente, vivaz y admirable joven llamado Joel, otro excelente sobrino.
>>Pues bien, a mis dos sobrinos favoritos, Zárate Arkham y Joel Chapman, lego mis pertenencias. Toda mi fortuna, mis propiedades, consistentes principalmente en la Mansión Arkham de Trident, y mis mejores deseos. Sólo pido como únicas condiciones, que repartan todo en partes iguales, que no vendan jamás mi amada mansión, y que den empleo a mi leal y querida Gertrudis hasta que se pensione o fallezca.
>>Sí estás pocas y razonables peticiones son cumplidas a cabalidad, la propiedad es de ellos. Y que ninguno de los demás buitres de la familia Arkham ponga sus manos en la
propiedad ó la fortuna. Aparte de mi herencia, sólo les dejo mis más sinceras bendiciones y buenos deseos.
>>Thadews Samuel Arkham.
Hubo un prolongado silencio, roto sólo por el crepitar del fuego en la chimenea, cuyas sombras dibujaban estrambóticos diseños en el cuarto y sus comensales.
—Bueno – interrumpió Joel— ¿hay algo más?
—En absoluto –le dijo Charpentier— si cumplen con las restricciones especificadas, bastará. Saben que su tío pasó los últimos quince años en coma, ¿verdad?
—Claro –respondí.
—Lamentable accidente –mencionó Joel— esa caída de ese caballo fue triste... En todo caso, me alegra que por fin, tras quince años en el Hospital en estado comatoso, haya descansado.
—Por supuesto –dijo Charpentier— curiosamente, Thadews Arkham especificó que su testamento no se leyera a menos que él estuviera absoluta y totalmente muerto. La muerte neurológica no bastaba. Ahora, si no hay nada más en que pueda ayudarles, debo irme. La tormenta está empeorando y deseo llegar a mi casa con mi esposa. Vivo en un pueblo lejano.
—Claro –dijimos los dos al unísono.
Charpentier se despidió cordial y frívolamente, y salió del despacho.
—Es extraño... –mencioné dubitativa mientras me levantaba y observaba la fotografía de mi tío en la pared. Una enorme fotografía colgante, que mostraba a un hombre alto, calvo, de larga y afilada nariz, mirada turbia, cejas enarcadas y pobladas espesamente, y un cuerpo fornido. El retrato fotográfico se situaba sobre un piano de cola negro y elegante y por fortuna esmeradamente cuidado.
—¿Que? –preguntó mi primo.
—Thadews quedó en coma hace quince años, Joel. Tú y yo éramos niños en aquella época. Yo tenía diez años y tú quince. ¿Por qué nos dejó como herederos?
—Quizás de verdad le agradábamos. Thadews sentía gran resentimiento por toda la familia. Creo que sólo se llevaba bien con tu padre y mi madre...
—¿Por qué no les heredó a ellos?
—Recuerda que toda la familia se opuso al matrimonio de nuestros padres.
—Cierto, tal vez... De todas formas no me gustaba como me miraba tío Thadews... verdaderamente era escalofriante... Recordar esa mirada tenebrosa sobre mí...
—Sí... a mí me pasaba lo mismo...
—En todo caso, no hay nadie en nuestra familia con quien me gustaría compartir una herencia más que contigo...
—Igualmente —dijo y la sirvienta espantosa de Gertrudiz, se adentró con tres tasas de café. Inmutada por la ausencia de Charpentier, se limitó a salir en silencio cuando supuso que no le pediríamos nada más.
—Siniestra sirvienta... –dije...
—Bastante –respondió Joel sonriente. —¿Sigues tocando el piano?
—Sí, de hecho este hermoso piano de cola se ve bastante bien. Le daré buen uso... Curioso, tío Thadews me pagó las clases de piano cuando era niño, y según me dicen, depositó en el banco una fortuna para pagar mis estudios musicales, lo que se usó tras su estado comatoso. >>¿Y tú como estás? ¿Y tus estudios de antropología? ¿Y tus viajes?
—Bueno, te responderé paulatinamente a todo...
II
La noche anterior nos fueron preparados los cuartos. Ambos eran amplios y llenos de mobiliario anticuadamente victoriano. Incluyendo una enorme cama con cortinas alrededor de su techo.
Desperté suavemente a media mañana, mientras rayos de luz solar penetraban cálida y agradablemente por la ventana, y el canto despertino de pajarillos jolgoriosos repicaba en los jardines.
Me levanté, y puse una bata y velozmente bajé hasta los jardines. Mi primo estaba ya vestido y bañado, y se dedicaba a inspeccionar la propiedad.
La humedad dejada por la torrencial tormenta de la noche anterior, producía un efecto vaporoso en el ambiente.
Mis temores ante la impresión que la propiedad me dio la noche pasada, se materializaron esa mañana. Los jardines mostraban un lastimero y miserable abandono durante quince años hasta dejarlos en estado paupérrimo.
El pasto estaba reseco y desigual, por lo que grandes porciones de tierra se percibían por doquier que, confabulados con las lluvias pasadas, ahora se observaban charcos lodosos bastante pronunciados.
Había algunos árboles secos y esqueléticos, de aspecto retorcido y ramas amenazantes. Además, varios troncos secos y mohosos estorbaban por todo lado.
Curiosamente, los portones lejos de estar oxidados, mantenían una negrura como si fueran nuevos. Y las fuentes, otrora hermosas y refulgentes, eran hoy un pozo de aguas lodosas y verdosas, con ángeles enmohecidos y costrosos, que escupían en forma esporádica, agualotales repugnantes.