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La accion y la opinion

In document Jacques D´Hondt - De Hegel a Marx.pdf (página 91-94)

En esta cuestion, el analisis hegeliano habia partido de le- ijos, de «un caso concreto de accion».2 Toda accion parece ambivalente. Exhibe al mismo tiempo un caracter individual y un caracter universal, sutilmente unidos, y esta ambivalen- cia origina la diferencia de los juicios que formulan acerca de ella, por una parte el que actua y por otra los testigos.

* Tornado de Revue de Theologie et de Philosophies Ginebra, Lausana, Neuchatel, 1970.

1 Phenomenologie de l}esprit} trad, al frances por J. Hyppolite, Paris, 1941, II, pags. 190-200.

Nadie actua sin perseguir fines singulares que le interesan mucho, y por lo tanto de manera egoista. Cada uno busca su interes o su placer, aunque solo se trate del placer de corn- placer, o su satisfaccion, aunque solo sea la complacencia en el espectaculo de la propia perfeccion. La accion compro- mete la individualidad, y es tanto mas eficaz cuanto mas se asimila a ella el individuo: «En el mundo nada grande se hace sin pasion».

La accion divide lo sensible, pero por otra parte parece divi- dir tambien a las colectividades humanas. A1 perseguir mis fines, me opongo a los de otros, infrinjo la universalidad in- mediata: por lo mismo, mi iniciativa provoca incomprension, disgusto y rechazo. Actuar es «crear factores de irritacion», porque toda accion parecera interesada, ambiciosa y egoista. Se la juzgara culpable, y se castigara a su autor: «Padecemos porque hemos actuado», afirma Hegel.

Con la esperanza de evitar esta fatalidad, algunos prefieren abstenerse y renuncian incluso a sus derechos; se resignan. Con el fin de evitar cualquier mancha, evitan la relaeion viva con otro. Hegel los compara con la sensitiva, que en cada contacto repliega sus brotes.3 Demuestra que estas «bellas al­ mas» retractiles, en su esfuerzo por enganar al destino, solo consiguen enganarse a si mismas y sucumben lamentablemen- te. Su camino separado no es mas que un callejon sin salida.4 La comunidad humana tiene un solo recurso: la accion de los individuos que la forman. Con ella todo comienza; sin ella, nada continua. Pero fuera de su propia dialectica real suscita juicios contradictorios, que obedecen a su propia dialectica. En efecto, si la examinamos mas atentamente, la accion no es solo individual e interesada, y en cambio incluye tambien una significacion general que sobrepasa infinitamente las nai­ ras del individuo. A este lo mueven el amor de si, la codicia y la vanidad. Pero simultaneamente, como vive en sociedad, para realizar sus fines debe ejecutar una obra socialmente va- lida y reconocida como tal. Como los economistas de su epo- ca, Hegel advierte que del tumulto de las empresas indivi- duales surge un bien general. Creyendo obrar para si, cada cual trabaja para todos. El espiritu engana al corazon. El in­ dividuo demuestra que en realidad es mejor que lo que el mismo cree. Pero debe comprenderse que inicialmente eso no lo advierten ni los que actuan ni quienes los observan.

3 Hegels Theologische Jtigendschriften, H. Nohl, ed., Tubinga, Mohr, 1907.

Quien actua, enganandose a si mismo, desarrolla una accion a la que considera inmediatamente universal, y en este punto quiere enganar a los demas: jved mi devocion, y cuan heroico soy! Pero los otros no se dejan seducir por esta imagen fa­ vorable, todo lo contrario. Insisten en los motivos egoistas de la accion: «Pretende actuar para nosotros, y para todos, jpero en realidad persigue su propio beneficio!».

Ante estas refutaciones, quizas el acusado se obstinara en exaltar su propio altruismo y su universalismo, pero su con- viccion no permanecera intacta y caera en una hipocresia que sus jueces denunciaran sin tardanza. Entonces, al cobrar ver- dadera conciencia, gracias a la mirada de los demas, de lo que es y lo que hace, asi como de sus limites, confesara todo esto: «Eso es lo que soy» (Ich bin’s ).5

La presencia y la malevolencia de un juez inactivo desenca- denan estas metamorfosis en la conciencia activa. Por su par­ te, el juez inactivo sufrira paralelamente mutaciones sorpren- dentes. Resolvera actuar y conocera la misma suerte que su interlocutor; o se obstinara en su juicio, que se convierte en asunto propio, en proposito personal, y se expone a la acusa- cion de inercia y parcialidad.

En este debate las posiciones de juez y culpable se intercam- bian rapidamente entre si. El mal cambia constantemente de campo. Finalmente, interviene el perdon. El analisis hegelia- no de la accion, de la transferencia de su sentido ambiguo, de la evolucion de las dos conciencias antagonicas, de la confe- sion y el perdon, se desarrolla en un elevado nivel de abstrac- ci6n. No por ello debemos suponer que ignora la vida coti- diana. Jules Renard, el autor de Foil de carotte ( Pelo de za- nahoria), una suerte de especialista literario del resentimien- to, relata que en las disputas con su mujer, a quien queria mucho, siempre era el quien tenia la ultima palabra: jla pala- bra si l

Cuando despues de las mutuas acusaciones, del balance de las aparentes culpabilidades, de los sobresaltos de la virtud ultrajada, de las resistencias afectivas, se pronuncia el si; cuando el perdon mutuo borra las opiniones parciales y frag- mentarias, la vida puede reanudar su cur so. De lo contrario afrontamos el divorcio, la ruptura, la suspension.

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