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La Santa Alianza y la guerra

In document Jacques D´Hondt - De Hegel a Marx.pdf (página 85-89)

L La atraccion del gotico

III. La Santa Alianza y la guerra

Pero cuando en 1821 Hegel repite esta apologia de la guerra y la sistematiza en Berlin, despues de la caida de Napoleon, <mo adquiere para sus lectores un significado distinto a causa de la variation del lugar y del tiempo? <*No le atrae en ese mo­ menta la simpatia de medios hostiles a la Revolution Francesa? Nada mas falso. En efecto, no parece que ningun conservador aleman, contempordneo de Hegel, se haya complacido particu- larmente en la lectura de los conceptos del filosofo acerca de la guerra. Es facil comprender la razon de ello si nos represen- tamos claramente la actitud politica de la Restauracion. Cuando Hegel critica las efusiones sentimentales en politica, y las «homilias del corazon», en los Principles de la filosofia del derecho, ataca explicitamente a Fries. Y, como Forster, repro- cha sin rodeos a Kant haber sonado con el establecimiento de una paz perpetua.

Pero esos ataques se descargan al mismo tiempo sobre otras personas y otras tendencias politicas contemporaneas muy defi- nidas. <;Que lector reflexivo no hallara el gusto desvaido de las «homilias del corazon» en las declaraciones grandilocuentes de la Santa Alianza, y quien no recordara su pretension de esta- blecer una paz definitiva?

Los berlineses de 1821, ^habrian olvidado el texto mismo de la Santa Alianza, firmado y publicado a fines de septiembre de 1815? {Que orgia de buenos sentimientos en estas lineas! «De acuerdo con las palabras de las Santas Escrituras, que ordenan a todos los hombres considerarse hermanos, los tres monarcas contratantes permaneceran unidos por los lazos de una fraternidad verdadera e indisoluble, y, como se consideran compatriotas, se prestaran siempre y por doquier asistencia, ayuda y socorro; como se consideran padres de familia frente a sus subditos, los dirigiran con el mismo espiritu de fraternidad que los impulsa a proteger la religion, la paz y la justicia. »Por consiguiente, el unico principio en vigor, entre los men- cionados gobiernos tanto como entre sus subditos, sera pres- tarse reciproco servicio, testimoniarse mediante una inaltera­ ble benevolencia el mutuo afecto que debe animarlos, conside­ rarse todos como miembros de una misma nacion cristiana, pues los tres prmcipes aliados se ven a si mismos solo como delegados de la Providencia para gobernar las tres ramas de una misma familia ( . . . ) Por lo tanto, Sus Majestades reco- miendan con la mas tierna solicitud a sus pueblos, como unico

medio de gozar de esta paz que nace de la buena conciencia, y que es lo unico duradero, que se fortifiquen cada dia mas en los principios y el ejercicio de los deberes que el divino Salva­ dor enseno a los hombres . . .» 26

jLa hipocresia de estas afirmaciones en la boca de quienes las formulaban sublevaba sin duda el corazon de Hegel!

Cuando expresaba su escepticismo acerca de los tratados en ge­ neral, <*sus oyentes y sus lectores no pensaban en el mas re- ciente de esos pactos, y tambien el mas inicuo, el Acta final del Congreso de Viena? Los paragrafos de la Filosofia del de- recho, que se refieren al Estado, su soberama, su independencia y sus relaciones exteriores, contradicen todos un aspecto u otro de la obra del Congreso de Viena. Por otra parte, Hegel enjui- cia explfcitamente a la Santa Alianza.27

j Y en el Berlin de 1818 o de 1821 un profesor necesitaba cora- je para proclamar la caducidad universal de los tratados! Con respecto al problema de la guerra, las ideas de Hegel no podian complacer a Metternich, al Zar o a Federico Guiller­

mo III. *

En primer lugar, porque implicaban la aprobacion de las gue- rras de liberacion nacional prusiana, en relacion con las cuales Hegel, que inicialmente habia adherido a la Revolucion Fran- cesa y a Napoleon, no advirtio sino con retraso la importancia y el significado.

Ahora bien, la.monarquia y la nobleza se habian comprometido tardiamente en estas guerras despues de muchas vacilaciones y mostrando toda clase de reticencias. Experimentaban un en- tusiasmo muy moderado ante estos combates populares, diri- gidos por funcionarios y oficiales patriotas, librados a menudo por los propios burgueses y los campesinos; ante esta guerra «mitad regular, mitad insurreccionab>, como dice Marx. Des­ pues de 1815, el rey y la Corte recordaban estos episodios con inquietud e irritacion.

Las potencias que habian derrotado a Napoleon deseaban man- tener la paz sencillamente porque temian las consecuencias revolucionarias de una posible guerra.

Es indudable que en cierta medida la Restauracion mantuvo durante un tiempo la paz en Europa. Pero era la paz de los cementerios, un paz oprimente en nombre de la cual se ahoga- ban todos los movimientos nacionales y liberales.

26 Martens, Nueva recopilacion de tratados, Gottinga, 1818, II, pags. 657-58.

En resumen, los feudales equilibraban su gusto especffico por la guerra con el justificado temor a las posibles consecuencias revolucionarias. A la inversa, en Hegel el profundo deseo de paz se ve rechazado por el sentimiento de la necesidad historica de la guerra. Lo que espera de la guerra es precisamente lo que los conservadores temen: la destruction del orden establecido, una mas amplia participation del conjunto de la poblacion en la vida de la nation, la reanimacion de la vida polftica, la liqui­ dation de las estructuras envejecidas, el saneamiento de la at- mosfera polftica.

La doctrina de Hegel de ningun modo favorecfa las ilusiones que la Santa Alianza procuraba difundir en Europa. Por una parte, no se orientaba en el mismo sentido que la propaganda realizada por la Santa Alianza en los pueblos de las diferentes naciones europeas, y por otra desmoralizaba a los partidarios de la Restauracion, porque suscitaba en ellos el temor al por- venir. Afirmaba la necesidad de la guerra y de sus consecuen­ cias, y de ese modo demostraba la fragilidad de la Santa Alian­ za y de los Estados creados o consolidados por los tratados de Viena. Ademas, Hegel no dejaba de insistir en el aspecto de la guerra que desde este punto de vista parecfa mas temible. Es- cribfa que, en la guerra, la inseguridad de los bienes «no es mas que el movimiento (Bewegung), que es necesario».28 Hegel reconocio, en su tiempo, la utilidad de la guerra para provocar y consumar procesos de evolution.

En una epoca en la cual tenemos derecho a esperar que muy pronto nos liberaremos de esta fatalidad, serfa injusto repro­ char a Hegel que prefiriese el cambio y la vida, con sus propias condiciones, al sueno y la extincion de la actividad. Pero ademas serfa erroneo extender la aplicacion de sus ideas a un tipo de guerra distinto del que el observaba, describfa y aprobaba efec- tivamente: la guerra nacional y revolucionaria.

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