Secreto permanente de Hegel
4. Violencia e historia*
Las victimas de la violencia no pueden sofocar los gemidos. Hegel se conmueve ante la queja desgarradora. Esta le recuer- da sus propios sentimientos de terror: ha visto «el matadero» adonde la guerra lleva a los pueblos, y ha participado de su «oscura angustia».
Sin embargo, prefiere burlarse de los sonadores que ingenua- mente creen que sus quejas son un remedio, y que los fantas- mas del sufrimiento constituyen una teoria.
Los hombres comprometidos en tareas politicas se atienen a lo que es. Consideran perplejos los gestos y los discursos de los utopistas, el apoyo que estos pretenden hallar en el sentimien- to impreciso: «Se rien de estas empresas y de esta certeza, y la consideran un juego vacio».1
Risa ruidosa que se apaga frente al silencio general: «Ante los grandes acontecimientos historicos, la charla vacia calla».2 Tal es, en resumen, la respuesta de Hegel a la declaration dul- zona e hipocrita de la Santa Alianza, asi como a los desvaidos conceptos de algunos adversaries del Zar. Su apetito cientifico exige un alimento mas solido que esta «sopa de sentimientos^. Hambriento de saber positivo, desoye las proclamas de los pas- tores y de los kantianos, esos «ateos del mundo moral» que destierran el bien y la verdad lejos de lo real.
Quizas ama la paz mas profundamente que otros. En todo caso, advierte mejor que ellos la insuficiencia de las simples protes- tas morales contra la violencia: su eficacia, ya precaria en las relaciones entre individuos, es infima en el dominio de la his toria, y su influencia es alii distinta de lo que ellas mlsmas imaginan.
La politica concierne a un medio cualitativamente diferencia- do del que constituye la vida privada. Se trata de la Ciudad, cuya organizacion y desarrollo estan regidos por una necesidad
* Tornado de Les Etudes philosophiques, Paris, 1968.
1 Principes de la philosophie du droit, trad, al frances por A. Kaan, 1940, pag. 24.
que no se somete inmediatamente a los deseos de los individuos y a sus decisiones arbitrarias.
Es indudable que la violencia que estalla en los acontecimien- tos historicos no carece de relaciones con la violencia que utili- zan a veces los particulares en sus mutuas relaciones. Pero co bra otro sentido. A1 exagerar el radicalismo de esta mutacion para destacar mejor su realidad, Hegel llegara a afirmar que al servicio de «lo universal» no existen actos que puedan consi d erate criminales.3
Tambien varian el origen y la direction de la violencia histo rical ya no es consecuencia del ardor de los egoismos. Los in dividuos evitarian de buena gana sus golpes. La aceptan uni- camente sacrificando su individualidad, a veces movidos por el entusiasmo, como los combatientes de Valmy, y con mas fre- cuencia impulsados por la necesidad. Los energumenos rara vez llegan a ser buenos soldados. En las grandes batallas, el factor de la victoria esta representado por la firmeza de los hombres habitualmente serenos.
Salvo algunas excepciones de tipo patologico, nadie practica por inclination la violencia «historica». Al ejercerla o sufrirla — y rara vez encontramos una forma sin la otra— todos se so- meten a una dura ley de servicio que en el caso asume con fre- cuencia la forma misma del destino.
Las causas de esta violencia no se relacionan con una «psicolo- gfa» de los individuos o los pueblos, presuntamente belicosos, sino con las condiciones de su existencia, con la articulation de las formas sociales, animadas por un «Esplritu» cuyos portado- res son (Trager).
Los hombres no se combaten porque se odian; en realidad, co mo la vida social los opone unos contra otros, acaban comba- tiendose e incluso odiandose. El odio representa el papel de comentarista ideologico.
Hegel cree incluso que la guerra podria prescindir del odio, que es un simple adorno folklorico. Elogia la superioridad de la guerra moderna, en la cual el combatiente demuestra una «bra- vura superior, la bravura sin pasion personal; en efecto, con las armas de fuego se tira sobre lo universal {ins AUgemeine) , so- bre el enemigo abstracto, y no sobre determinadas personas. E l guerrero avanza serenamente al encuentro de la muerte, sa- crificandose por la generalidad».4
3 Realphilosophie, en Samtliche Werke, G. Lasson y J. Hoffmeister, eds., Leipzig, Meiner, 1913-38, 21 vols., II, pag. 246.
4 Philosophie der Geschichte, en Samtliche Werke, H. Glockner, ed., Stuttgart, Fr. Frommans Verlag, 1927-30, 20 vols., X I, jpags. 508-09.
En la Realphilosophie describe de manera mas impresionante todavfa esta alienacion del combatiente, metamorfoseado en ins- trumento del todo, y que no mira al adversario «en los ojos», que «no lo mata impulsado por un odio inmediato»: «jLa muerte debe darse y recibirse impersonalmente, debe surgir del humo de la polvora!».5
Como el odio varfa segun la coyuntura, sera muy tonto quien confie en el. Los que odian se conocen mal. Hegel no habria adoptado sin reservas esta opinion de Joseph de Maistre: «E1 hombre, poseido de pronto por un furor divinoy extrano al odio y a la color a, avanza en el campo de batalla sin saber lo que quiere o incluso lo que hace».6 Por lo menos Hegel piensa que, en el drama de la historia, hasta su epoca lo esencial se ha rea- lizado sin conocimiento de los actores. Soportan la violencia y nada comprenden de lo que les ocurre. Luego afirman, y no sin motivo, que «no quisieron eso».
Un poder que se revela contra el conocimiento de los hombres, y al que la conciencia desnaturaliza, se apodera de ellos y los impulsa. A veces le llaman Dios con Hegel, o bien, J^lea. Sera necesario esperar la aparicion de Marx para conseguir un ana- lisis positivo de las relaciones sociales que los seres concretos y activos anudan realmente, pero que, al adquirir una sorpren- dente autonomfa (V erselbstandigung) , vienen a ser para ellos «como leyes naturales todopoderosas, expresion de un dominio fatal, y que se les manifiesta en la forma de una necesidad ciega».7
Hegel esboza el movimiento general de esta alienacion, en la cual las formas determinadas de la vida politica y nacional na- cen, se desarrollan y obtienen, cada una a su turno, un triunfo effmero. Los contemporaneos de cada figura del desarrollo historico viven, se mueven y actuan en ella, pero no reconocen esta dependencia.
Sus empresas tienen causas muy distintas de los motivos que esgrimen para justificarlas. E incluso los mas lucidos de ellos, que diagnostican y tratan los casos urgentes, no ven mas que un eslabon del curso del mundo, y su mirada no alcanza mas lejos. Son menos limitados que el resto, pero el Espfritu uni versal de ningun modo les confio todos sus secretos. Asi, l quien aceptarfa explicar la accion y la obra de Cesar unica- mente aludiendo a las intenciones del gran hombre, incluso si
5 Realphilosophie, J. Hoffmeister, e d , II, pags. 261-62.
6 Les soirees de Saint-Petersbourg, Lyon, 6- ed., 1850, II, pag. 31. 7 L e C apital, trad, al frances por Cohen-Solal y Badia, III, 3, pag. 208.