1. El afrontamiento de la muerte determina el deseo de
1.1. Aceptación de la vejez
Los factores implicados en la aceptación de la edad alcanzada por un nonagenario se resumen en la red de relaciones que se muestra en el gráfico 1, y que se explican en el texto siguiente, en relación a las citas que lo soportan.
La persona muy mayor se encuentra satisfecha con su situación vital actual si cumple con una serie de requisitos.
En primer lugar menciona la salud. Una vejez sin problemas clínicos reseñables es un tiempo vivido con complacencia. La buena salud tiene distintos componentes que los ancianos valoran. Es importante no padecer
87 dolor ni otras molestias, pero también mantener un grado de capacidad que le permita cierta independencia. Un participante lo indicaba de esta forma:
Entrevistador (E): Porque ahora, ¿se siente vivo?
Participante (P). 5: “Hombre sí, ahora me siento vivo. Todavía voy a asomarme a los perros, a las gallinas, al huerto, las patatas, ¿sabe usted? El día que no pueda ir, no sé qué va a ser de mí.”
Otro entrevistado se refería a la longevidad propia como algo regalado:
E: ¿Y usted cree que ser viejo es una enfermedad?
P. 1: “Hombre, no enfermedad; al fin y al cabo es una suerte”.
La visión positiva de la vejez permite a los ancianos afrontarla con optimismo, considerando que no son enfermos, sino personas que han sufrido el desgaste de la vida y que pueden seguir disfrutando de la existencia a pesar de sus pérdidas.
E: ¿Entonces usted no se considera enfermo?
P. 8: “Claro que no. ¿Por qué voy a estar yo enfermo si no lo estoy? El viejo no es enfermo. El viejo es viejo. Yo sí me considero que estoy bien. Y los que están como mi hermano (90 años) están bien. Pero no tenemos una enfermedad para estarse allí, no. Yo estoy enfermo de viejo que soy, pero no porque tenga enfermedad ninguna gracias a Dios.”
88 Por lo tanto, la valoración de tener una salud aceptable, y la consideración de que no están enfermos por el hecho de ser viejos, les produce la satisfacción necesaria para adaptarse a su situación vital (gráfico 1).
Lo cierto es que las personas muy mayores notan limitaciones en su día a día. Suelen quejarse de las diferencias percibidas respecto a su etapa laboral. En consecuencia, emplean mecanismos psicológicos que les ayudan a afrontar sus últimos años de vida. Estos mecanismos, como vimos en la introducción, les ayudan a adaptarse al mundo en que viven. Acabamos de observarlo en el gráfico 1; consiguen transformar una situación incómoda en abordable, produciendo un poso de satisfacción con la realidad sobrevenida.
Otra de las estrategias de afrontamiento más común es la resignación ante lo inevitable (gráfico 1). Muchos de los entrevistados son conscientes de la cercanía de la muerte, y de que muchos de sus déficits son incurables, por lo que la mejor aproximación es aceptar su presencia.
P. 22: “Hombre, en la muerte hay que pensar, pero vamos... si viene no hay nada que hacer (ríe). Pero... no le doy muchas vueltas a eso. Se acuerda uno porque con la edad que yo tengo, pocos años pueden ser los que le queden a uno, los que viva.”
La religiosidad es importante para muchos de los ancianos entrevistados, y lo asumen dentro de la tradición cultural en la que están inmersos.
89 La espiritualidad ayuda a muchos de ellos a adaptarse a la vejez y sus limitaciones. Los sentimientos religiosos los ayudan a aceptar la muerte y la incapacidad, como mecanismo de afrontamiento que, mediante la resignación, les lleva a asumir su futuro. Esto les permite librarse del estrés de la finitud, pero les inhibe de luchar contra algo impuesto. En el caso del estudio que presentamos, la creencia en Dios como “Supremo Hacedor” ayuda a las personas entrevistadas a afrontar lo que venga, bien con resignación o con aceptación, porque no se ven capaces de rebelarse contra los planes establecidos por Dios.
No manifiestan pensamientos sobre lo que ocurrirá tras la muerte; más bien sienten desdén ante ello, no se preocupan por lo que vendrá, incluso no exhiben temor ante el más allá.
Los entrevistados lo expresan de diferentes formas, aunque alguno reconozca que no es practicante o profundamente religioso.
P. 18: “Yo ya les digo a mis hijas: " Yo ya me debía ir y eso". Pero dicen: “¡qué cosas dice madre!". Pero no he pedido nunca la muerte. Dios que me la ha dado, que me la quite cuando quiera...”
P. 4: “Pues si me pongo pa morir, me moriré allí igual, porque que diga yo que me quiero morir allí o aquí no vale nada.”
E: ¿Por qué no vale nada?
90 Si no mencionan el hecho religioso, también consideran su futuro como inmutable, porque se ven atrapados por el destino, lo cual les lleva al mismo final, en el que es inútil hacer planes o luchar por modificarlo. Es preferible acomodarse a la situación con aceptación o, al menos, resignación.
P. 16: “Cómo va a ser elegir yo lo que quiera... va a ser lo que esté destinado. Así que no. Esos pensamientos, la verdad, no los pienso. Porque para qué. No me conduce a nada.” ¿Para qué voy a pensar en la muerte? Ya vendrá sola. Llegará a todos, y al que menos se piense. Porque no respeta edades ni nada.”
También la posibilidad de curación que advierten con una buena atención sanitaria les impulsa hacia la aceptación de su situación y del tratamiento que se les aplique, perdiendo el miedo a la iatrogenia posible. Pero esto lo veremos con más detalle al hablar de la atención deseada.