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Capítulo 2. Juventud y feminismo

D) Actitudes hacia la acción colectiva feminista

En la investigación de McCabe (2005) se encontró una relación fuertemente significativa acerca de cómo una predisposición a la acción era una variable clave para entender el apoyo hacia el movimiento e identificarse con él. Ruth Fassinger (1994) estudió la relevancia de la acción colectiva en las actitudes hacia el feminismo. Según su estudio era necesario apostar por la movilización feminista colectiva para presentar unas actitudes positivas hacia éste, e incluso, para identificarse como feminista. La voluntad explícita de cambio se hacía palpable

en la motivación para participar en la transformación social. Morgan (1996) indicó que es

difícil que la juventud se identifique y se una a la acción feminista si no comparte algunos de sus objetivos principales, ni comprende el alcance de la transformación social necesaria para alcanzar una sociedad realmente igualitaria. Es necesario que la población se sienta interpelada a formar parte en el cambio. La creencia de que la acción colectiva difícilmente

cristalizará en cambios sociales a consecuencia de la ideología neoliberal es una problemática

importante en la actualidad (Epstein, 2001). Si la juventud no se percibe como agente de cambio, si no cree que su esfuerzo revertirá en una transformación social, no se implicará en la lucha feminista, pues creerá que la movilización social no es efectiva. Pero también es verdad que en la última década ha habido un replanteamiento del quehacer político, en el cual se diferencia entre una política vista tradicional como profesionalizadora y la nueva política nacida en el seno de los movimientos sociales con unas formas “más descentralizas y ya no tan subyugadas a los dictámenes del partido político, el sindicato o la organización convocante, y con un nuevo tipo de activistas, con una identificación política flexible y unidos a través de redes con menores tensiones ideológicas” (Resina, 2010, p. 153). Es en la irrupción de éstos últimos donde la juventud española tiene una gran parte de responsabilidad.

Siguiendo algunos de los resultados encontrados por Betty Morgan en su investigación publicada en 1996, otro hecho fundamental que aparta a la juventud del feminismo es la

estigmatización de la lucha feminista, ya que perciben sus formas de protestar como

demasiado radicales. Según esta autora, la juventud percibe el movimiento feminista como un colectivo conformado por personas violentas y destructivas. Por ello, defiende, muchas personas no desarrollan unas actitudes positivas hacia el feminismo (y mucho menos hacia su acción colectiva) por mucho que compartan su ideología. Esta apatía por la acción colectiva feminista ha caracterizado los últimos periodos en las sociedades occidentales. Se ha esparcido la creencia de que los ideales feministas ya se han integrado en nuestra cotidianeidad. Por lo tanto no hay necesidad de una lucha por su defensa. Así se le ha contrarrestado fuerza y visibilidad al movimiento. Como decíamos con anterioridad, las conquistas necesarias para la igualdad ya creen haber sido alcanzadas y la juventud actual rechaza los movimientos sociales que posibilitan los cambios porque creen que ya no son necesarios (Cacace, 2006). También nos gustaría añadir que la apatía por la acción colectiva está muy vinculada a la conciencia de las discriminaciones. Como se dice en la Declaración de Sentimientos de Séneca Falls (1848, citado en Miyares, 1999), la lucha no llega hasta que el dolor no se hace insoportable. El problema de nuestras sociedades es que el dolor no se hace insoportable porque no se tiene conciencia de que se sufra. Si la juventud no es capaz de detectar que está sufriendo y reproduciendo discriminaciones de género, difícilmente se comprometerá al cambio. Hace falta una toma de conciencia de las discriminaciones de género que puede hacerse por dos vías: esperando a que la juventud sufra las discriminaciones de género más salvajes que sí pueda reconocer (pero para las que no tendrá recursos ni herramientas para subvertirlas), o bien se apuesta por una formación en PG que sirva de base preventiva y pueda posibilitar también una lucha por la transformación social.

Desgranando los discursos de las mujeres entrevistadas para la tesis doctoral de Christina Scharff (2009) y como la misma autora sugiere, existen diversos posicionamientos que ponen de manifiesto los discursos individualistas de las mujeres propios de las sociedades contemporáneas. Así, Scharff identifica cómo muchas de las mujeres entrevistadas achacan desigualdades a casuísticas individuales, véase las diferencias salariales. En los discursos de las mujeres entrevistadas para su tesis doctoral, se observa que éstas no niegan la existencia de desigualdades, pero afirman que son poco trascendentes y que si se diese el caso podrían superarlas. La influencia que el individualismo de nuestras democracias occidentales aporta al distanciamiento de la juventud hacia el feminismo se caracteriza por la creencia de que “el self está ‘libre’ de imposiciones de género” (Rich, 2005, p. 502) y, específicamente en las mujeres, que “ser mujer no hace, o no debería hacer, ninguna diferencia en quiénes son o en sus opciones en la vida” (Idem, p. 502). Este discurso individualista en las sociedades neoliberales vende el eslogan de las mujeres como seres libres e independientes. Los conceptos de “empoderamiento” y “elección personal” son reapropiados por los sectores neoliberales que los utilizan como valores sustitutivos del feminismo (McRobbie, 2009 en Scharff, 2009). “La ideología neoliberal se funda en la creencias de que un sistema social justo y equitativo puede ser conseguido a través de una competición sin restricciones y la responsabilidad personal” (Fitz et al., 2012, p. 276). La idea de responsabilidad y el esfuerzo personal a través de la cual alcanzar las propias ambiciones y necesidades es la base de la “autonomía moral de los sujetos neoliberales” (Brown, 2003, citado en Scharff, 2009, p. 196). Esta sensación de control del destino de uno/a mismo/a que acompaña al imaginario de la juventud actual es uno de los motivos por los cuales se percibe el movimiento feminista como innecesario o caduco. Así, el neoliberalismo pone el acento en el individualismo agresivo haciendo perder el interés hacia las formas de organización colectiva o activismo político, puesto que éstas luchan en pro de un bien común y chocan con la idea neoliberal de que actuando política y colectivamente se “frena a los individuos a actuar como sujetos responsables” (Scharff, 2009, p. 198) de sí mismos. Esto fomenta el inmovilismo y la no-acción al crear el sentimiento de auto-culpa cuando el éxito se le resiste o se le escapa a la persona (McRobbie, 2004; Rich, 2005). Así, el individualismo se configura como una potente arma para la desafección política, ya que “las dificultades siguen siendo subjetivas, personales, que no se transforman en una exigencia social imperiosa y, por lo tanto, no asumen una centralidad estratégica dentro de las políticas generales de bienestar” (Piazza, 2003, en Cacace, 2006, p. 19). Bajo esta concepción, es difícil aceptar la idea de que existan “restricciones estructurales que puedan limitar las ‘elecciones’, ‘la libertad individual’ y ‘los derechos’” (Hughes, 2005 en Scharff, 2009, p. 33), sino que existen problemas individuales que si uno/a no supera con su propio sudor es porque no se esfuerza lo suficiente (Komarovsky, 1985). Este tipo de crítica sobre la ilusión de control que poderes como el Estado ejercen sobre una ciudadanía basada en el individualismo, la cual se cree dueña de su propia vida y se aleja de las luchas comunes, ha sido desarrollada por autores contemporáneos como Beck (1998), Bauman (2001), Capella (1993), Guiddens (1994), o Sennett (1978).

Otro factor que actúa en detrimento de la acción colectiva feminista es el rechazo de las categorías o etiquetas que proponen los enfoques post-estructuralistas (Cacace, 2006; McRobbie, 2004; Scharff, 2009). Hoy en día es común escuchar que no se cree en las discriminaciones de género porque las personas van más allá de las etiquetas y que no entienden de géneros o preferencias sexuales. Si estos mensajes propios de ideales post- estructuralistas son comprendidos solo superficialmente constituyen el peligro de negar e invisibilizar la existencia de categorías sociales, y con ello las relaciones jerárquicas entre colectivos. Si se niega la existencia de categorías, se está negando a los colectivos discriminados la posibilidad de luchar por sus derechos. Estos discursos se enmarcan bajo el ideal de la tolerancia, y se encuentran fuertemente arraigados a la “despolitización” de los discursos (Brown, 2006 en Scharff, 2009, p. 191). Refuerzan la idea del alejarse de la reivindicación política y, con ello, del feminismo. Además, los discursos basados en la

tolerancia no tienen por qué implicar aceptación y reconocimiento de “lo otro”, simplemente una mera coexistencia. Un claro ejemplo es la respuesta que Christina Scharff (2009) recibía en las entrevistas de su tesis doctoral. Varias de las entrevistadas le comentaban que no se

enfrentaban a sus problemas como mujeres, sino como individuos, como personas. El

rechazo de la categoría “mujer” para enfrentarse a las posibles discriminaciones sufridas (lógicamente, no detectadas como discriminaciones de género) las ahuyenta de acercarse al movimiento feminista como herramienta necesaria para interpretar estas discriminaciones y enfrentarse a ellas de forma suficientemente efectiva. Debemos tomar conciencia de que este mensaje con fachada post-estructuralista se esconde bajo una apariencia emancipadora de las categorías sociales opresivas, pero resulta ser – en la mayoría de los casos – una herramienta neomachista que acaba apelando a la no-acción y, en consecuencia, a la perpetuación del

status quo.

Para que el feminismo pueda continuar proporcionando avances sociales, la juventud debe desarrollar una conciencia hacia las discriminaciones de género que les haga tomar conciencia como colectivo vulnerable y les permita entender que las discriminaciones de género se deben atacar de forma colectiva, puesto que su raíz es estructural y no podrá ser modificada si no se cuenta con un esfuerzo a gran escala. Renzetti (1987) señala que uno de los grandes retos que ahora afronta el movimiento feminista

no es necesariamente el cómo cambiar las actitudes hacia los roles de género, sino más bien en cómo aumentar la conciencia de género de las mujeres jóvenes para que vean los esfuerzos colectivos de un movimiento social como la respuesta más efectiva a los problemas personales que experimentan en sus vidas cotidianas (p. 276).