El IV Concilio de Toledo
ACTITUDES MENTALES
El estudio de las actitudes mentales de la sociedad hispanovisigoda está por realizar y en una obra de esta naturaleza sólo es posible aproximarnos al tema siguiendo las directrices de estudios similares realizados en Europa. En medio de una naturaleza hostil el hombre se siente inseguro y busca apoyo ante todo en su vinculación a la comunidad o a las comunidades naturales o artificiales que puedan ofrecerle una seguridad. En segundo lugar, fascinado por las realizaciones del mundo antiguo, las convierte en modelos dignos de imitación y, al mismo tiempo, en soporte de sus obras, que para ser válidas necesitan el recurso a la autoridad, a la tradición. Por último, la inseguridad, tanto material como moral, engendra en el hombre un fuerte temor a las fuerzas ocultas, a las que intenta aplacar de mil maneras y con las que busca una comunicación.
Ignoramos la composición de la familia hispanovisigoda, pero quizá sea lícito imaginar dos tipos de comunidad: uno, el de la familia estricta estaría integrado por el padre, la madre, los hijos y, quizá, los hermanos solteros de los padres —según se deduce de los cánones que sancionan a quien se case en segundas nupcias con el hermano o hermana del cónyuge fallecido—; es posible que siguieran formando parte de este grupo familiar los hijos casados: para la familia real lo atestigua la ley dictada para proteger a los familiares de Ervigio, entre los que se cuentan «su gloriosa esposa... aquellos que se sabe están unidos en matrimonio con los hijos o hijas de su majestad o también a aquellos que todavía no se han casado con ellos, pero han de casarse pronto»; para las demás familias parece probarlo una ley del Líber en la que al hablar del castigo reservado a quien dé muerte a uno de sus parientes cita a esposos, padres, hijos, hermanos, suegros, yernos y nueras.
Las fuentes no nos permiten conocer la seguridad que los vínculos familiares proporcionaban al individuo, pero es suficiente prueba de su importancia, el hecho de que una de las mayores amenazas que se ciernen sobre los judíos, para lograr su conversión, sea la de separar a los cónyuges cuando uno de ellos fuera cristiano y la de retirarles la tutela de los hijos a partir de los siete años «para que sean educados por fidelísimos cristianos que unan en matrimonio a los varones con mujeres cristianas y a las hembras las unirán del mismo modo en sociedad conyugal con hombres cristianos».
Esta familia restringida se halla casi siempre englobada en una familia amplia que incluye, además de los parientes, a los siervos domésticos, a los libertos y, también, a los colonos o encomendados acogidos al patrocinio de los señores. Una variante de este grupo familiar estaría formada por lo que los textos llaman la familia de las iglesias: en este sentido son reveladores los cánones que prohiben a los libertos abandonar el patrocinio eclesiástico, y de modo especial el canon 10 del VI Concilio de Toledo en el que se niega a los hijos de los libertos pertenecientes a las familias de la iglesia el derecho a abandonar esta comunidad ni siquiera para buscar su propio sustento, «pues es un desprecio a los patronos si, prescindiendo de ellos, se entregan a otro los hijos de los manumitidos para que los eduquen»; la alimentación y la instrucción de los hijos de los libertos correspondía a «aquella (iglesia) a la que deben servicio».
Si la familia en sentido estricto podemos considerarla como una comunidad natural aceptada por todos, la familia señorial viene impuesta desde arriba y necesita el apoyo constante de la ley y de la fuerza señorial para sostenerse; la ley obliga a pertenecer a estos grupos a los esclavos y a sus descendientes, y a los libertos mientras viva el dueño que les concedió la libertad —como hemos visto en otro lugar los libertos eclesiásticos y sus hijos siguen dentro de esta comunidad con carácter perpetuo—; los campesinos libres se ven obligados a integrarse para eludir las excesivas cargas fiscales, por imposición del gran propietario dotado de poderes judiciales, administrativos y militares, para obtener protección o simplemente para hallar un medio de alimentarse ellos y su familia.
El resentimiento de los grupos inferiores de la sociedad ante su necesidad de incorporarse a estos grupos es puesto de relieve por la ley aprobada tras la deposición de Vamba, en el XIII Concilio de Toledo: algunos siervos y libertos, elevados al oficio palatino por Vamba, «al verse iguales a sus señores... maquinan con más vehemencia la muerte de sus señores y, lo que ni siquiera decirse puede, también aquéllos que han alcanzado de sus señores el beneficio de la libertad, ellos también se convierten en verdugos de sus señores, por mandato regio». Las numerosas leyes dedicadas a los siervos fugitivos son una prueba clara de la reticencia de los esclavos.
Por encima de estas comunidades familiares y englobándolas se hallan el Estado y la Iglesia que, a cambio de determinadas prestaciones, ofrecen a sus miembros la seguridad material y la moral, al menos teóricamente. La eficacia del Estado ha sido
estudiada en páginas anteriores, por lo que nos limitaremos a recordar que, a partir del siglo VII, los intereses de las familias señoriales prevalecen sobre los estatales y, coincidiendo con esta realidad, se acentúa la presión señorial sobre los campesinos libres y sobre libertos y esclavos, ninguno de los cuales tiene el menor interés en defender una institución que, lejos de protegerles, es utilizada para oprimirles.
La Iglesia ofrece mayores garantías a sus fieles; canaliza las aspiraciones de éstos tanto en el orden material como en el espiritual en cuanto que sirve de enlace entre el hombre y las fuerzas ocultas, sobrenaturales. Rogativas, letanías, ayunos y oraciones son utilizadas para conseguir cambios climáticos, para pedir la desaparición de la peste y para obtener la salvación del alma. Pero no todos los bautizados tienen una fe absoluta en las enseñanzas y en la intercesión de la Iglesia: subsiste la superstición, a veces entre los propios eclesiásticos.
Los concilios condenan a quienes creen que «truenos, relámpagos, tempestades y sequías» son obra del diablo, al que sacrifican para aplacarlo; a quienes llevan alimentos a las tumbas, a los que consultan a los adivinos o siguen los consejos de los astrólogos para edificar sus casas o cultivar los campos, a los que se sirven de hierbas medicinales para hacer encantamientos, a las mujeres que recitan fórmulas supersticiosas al tejer la lana, a los que adoran a los ídolos, encienden antorchas, veneran las piedras y adoran las fuentes y los árboles...
La superstición se halla arraigada incluso entre los obispos, como los que menciona el XVII Concilio de Toledo (694), que celebran «la misa destinada al descanso de los difuntos por los que aún viven, no por otro motivo, sino para que aquel por el cual ha sido ofrecido el tal sacrificio incurra en trance de muerte y de perdición por la eficacia de la misma sacrosanta oblación».
La búsqueda de la seguridad engendra un intercambio continuo de bienes, de regalos hechos por los dependientes a los señores, por éstos a sus iguales y a los reyes, por los monarcas a los nobles y por todos a la Iglesia. En algunos casos estos regalos tienen un objetivo concreto: atraerse la benevolencia de quienes los reciben; a veces son obligatorios y en otros casos son el reflejo de ritos, de costumbres antiguas que el hombre se considera obligado a respetar. La Iglesia insistió repetidas veces en la gratuidad de los sacramentos, pero los fieles siguieron haciendo las ofrendas que tradicionalmente hacían a las antiguas divinidades. Los reyes a veces son obligados por
los nobles a compartir con ellos sus bienes, pero con frecuencia reciben voluntariamente regalos porque una de las características de la realeza germánica es la generosidad...
La fascinación del mundo antiguo, romano, es visible en multitud de detalles: en la conservación de la moneda de oro, inútil en las transacciones comerciales de escasa importancia, pero símbolo de prestigio, de importancia política; en el mantenimiento de las denominaciones de los oficiales del Bajo Imperio aunque sus funciones hayan desaparecido o se hayan modificado considerablemente; en la aceptación por los germanos de los nombres romanos; en el establecimiento de los obispados y de los monasterios en las ciudades, aunque éstas hayan perdido su importancia y sea preciso hacer llegar los alimentos desde tierras lejanas; en el mantenimiento del cultivo de la viña y de los cereales en tierras poco aptas, con tal de mantener el sistema alimenticio heredado de Roma...
La necesidad de acudir al criterio de autoridad para reafirmar las propias obras o palabras, ha sido mencionada al hablar de las Etimologías de Isidoro y aparece constantemente en las actas de los concilios; cuando a petición de Recesvinto los padres conciliares tienen que decidir entre la piedad que les incita a perdonar y el juramento hecho a Chindasvinto por el que nunca perdonarían a los rebeldes, ambas posturas aparecen avaladas por multitud de testimonios bíblicos y de los santos Padres de la Iglesia hasta el punto de que ambas opciones son igualmente válidas; finalmente se elige el menor de los dos males, el perdón, pero incluso para adoptar esta decisión se recurre a la autoridad de Isidoro y se añade: «Baste, pues, haber escogido brevemente estas citas de las páginas sagradas y de los autores principales, y el que quiera reunir más textos podrá hacerlo si los buscare atentamente mediante la lectura...»
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1. ENTRE EL ISLAM Y LA EUROPA FEUDAL
En el año 711, los ejércitos musulmanes del norte de África atravesaban el Estrecho y ponían fin al reino visigodo tras una sola victoria militar de importancia, la obtenida a orillas del río Guadalete. La parte del territorio peninsular romanizada, la controlada por los visigodos, quedaría totalmente en manos de los musulmanes. Sólo en las zonas montañosas del norte se mantendría una población insumisa, nunca sometida totalmente, que iniciaría la lucha contra los invasores y crearía, en el siglo VIII, el reino asturleonés del que se desprendería, a mediados del siglo X, el condado de Castilla. Más al Este, las tribus vasconavarras, lentamente cristianizadas, darían origen al reino de Pamplona. En los Pirineos centrales y orientales los musulmanes heredarían de los visigodos la vecindad y la enemistad con los francos, cuyo rey Carlomagno incorporaría a sus dominios y organizaría, a comienzos del siglo IX, el condado aragonés y los condados catalanes de Urgel-Cerdaña, Pallars-Ribagorza, Barcelona, Gerona, Ampurias y Rosellón, que pocos años más tarde se independizarían de los francos.
La Península se halla por tanto dividida en dos campos, uno de los cuales se relaciona y recibe las influencias de la Europa cristiana, y el otro del Oriente islámico y del norte de África. El conocimiento de la historia de los mundos en que se integran ambos campos resulta imprescindible para entender la historia de la Península.