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LA ECONOMIA PENINSULAR

El IV Concilio de Toledo

5. LA ECONOMIA PENINSULAR

Los datos que poseemos sobre la economía de la Península durante la época visigoda son escasos, pero podemos suponer que al igual que ocurre en Europa durante el mismo período se basa en la agricultura, que experimenta cambios considerables cuyos inicios coinciden en el tiempo con la desaparición del Imperio Romano. Las causas de estas modificaciones son múltiples. En primer lugar figuran las variaciones climáticas: a una época de relativa sequedad y de temperaturas soportables sucede, a partir de comienzos del siglo V y hasta mediados del VII, un período de fríos intensos y de acentuada pluviosidad, lo cual repercute desfavorablemente sobre la producción agrícola.

Simultáneamente y, en parte como consecuencia de estos cambios climáticos, se produce a partir del siglo VI un brusco descenso de la población, sobre la que se abaten pestes y epidemias que, si repercuten sobre todos los grupos, afectan de modo especial a los campesinos, mal alimentados. En consecuencia se produce una regresión, un abandono de las tierras cultivadas y un descenso considerable de la producción tanto absoluta como relativa, ya que la regresión técnica y el enrarecimiento del comercio obligan a prescindir de los útiles de hierro en el trabajo agrícola y a servirse de instrumentos de madera, menos apropiados.

Al descenso de la producción agrícola contribuye también la aparición de nuevas costumbres, de nuevos regímenes alimenticios impuestos por la modificación del paisaje agrario. Roma había extendido por todas las regiones sometidas a su dominio una alimentación basada en el consumo de pan, vino y aceite, a cuya obtención se dedicaban las mejores tierras. La desorganización del Imperio, que en lo político se traduce en la aparición de localismos, da lugar también a un cambio en las costumbres alimenticias. La disminución de las tierras cultivadas y su menor rendimiento, por un lado, permiten un avance del bosque y, por otro, obligan a buscar en él los alimentos que la tierra de labor es incapaz de ofrecer. Se vuelve así a formas de alimentación primitivas en las que la ganadería iguala en importancia a la agricultura y que son

estimuladas por los germanos, cuya alimentación tenía una base mixta, agrícola- ganadera.

Agricultura y ganadería son, por tanto, las bases de una economía destinada fundamentalmente a la obtención de productos alimenticios entre los que tenemos que incluir, además, los obtenidos mediante la recogida de frutos silvestres y por medio de la caza y de la pesca. Aunque la mayor parte de la población vive en un nivel de pura subsistencia, en esta sociedad existen grupos cuyos medios económicos les permiten obtener artículos a veces traídos de regiones distantes: hay intercambios comerciales, circula la moneda y perviven algunas industrias y talleres cuyo estudio es necesario para dar una visión lo más completa posible de la economía.

Ruralización de la Península

La excesiva tendencia a generalizar nos lleva frecuentemente a hablar de la romanización de Hispania y, sin embargo, es probable que sólo el litoral mediterráneo y algunas zonas muy concretas del interior de la Península fueran romanizadas o, lo que es equivalente, urbanizadas. Incluso si aceptáramos la versión más optimista, convendría tener en cuenta que Hispania fue considerada siempre como una de las provincias frumentarias del Imperio, es decir, productora de cereales, de productos agrícolas y, en consecuencia, sus ciudades fueron de relativa importancia.

A partir del siglo III estas ciudades sufren una fuerte regresión: sabemos que la invasión de suevos y francos hacia los años 260-264 y la aparición de numerosos grupos de bandoleros afectó gravemente a las ciudades del litoral mediterráneo e incluso en la meseta del Duero, menos urbanizada.

Las ciudades reducen sus límites y se amurallan, cuando no desaparecen; la misma suerte corren numerosas villas romanas que hoy comienzan a ser excavadas por los arqueólogos. Con la crisis del siglo III se inicia la decadencia urbana y, al decir de Valdeavellano, «las clases urbanas se vieron absorbidas y suplantadas como fuerza social por las clases rurales, que se impusieron a la inactividad de una burguesía parasitaria». El proceso señalado para Europa es íntegramente aplicable a la Península.

La penetración, a comienzos del siglo V, de suevos, vándalos y alanos aceleró el proceso de ruralización al asaltar y destruir numerosas ciudades; por otra parte, ninguno de estos pueblos tenía tradición urbana y las pocas ciudades que sobrevivieron a sus

ataques quedaron reservadas a los hispanos que mantuvieron una separación total respecto a los invasores, al menos hasta el siglo VI. Estas ciudades son, ante todo, fortalezas militares o centros eclesiásticos, casi nunca centros de producción.

La población romana, resguardada tras sus murallas, pacta con los invasores por mediación de los obispos o intenta combatirlos con la ayuda de las legiones romanas: el obispo de Chaves y cronista de las invasiones, Idacio, acude en nombre de sus compatriotas a la Galia para pedir la ayuda de Aecio (431) y, al fracasar sus gestiones, negocia un acuerdo con los suevos (433). Pero no por ello cesan los ataques a las ciudades. Cuando la situación lo permite, Roma envía en defensa de los hispanorromanos a los federados visigodos, que combaten por igual a los suevos y a sus víctimas.

A estas guerras hay que añadir los estragos causados por los bagaudas en el norte de la Península, desde Galicia hasta la zona interior de la actual Cataluña. En el noroeste, zona ocupada de modo permanente por los suevos, y en toda la meseta de Castilla la Vieja desaparecen durante los siglos V-VI la mayor parte de las ciudades, y las que sobreviven deben su salvación a su carácter militar o religioso; la residencia en ellas de un obispo o la situación estratégica son las únicas razones de supervivencia de estos núcleos urbanos.

La presión fiscal en la ciudad, el empleo de la producción en avituallar a los ejércitos amigos o enemigos, la entrada de los germanos y la peste y el hambre como secuelas inevitables son características de esta sociedad según la describe Idacio: «Recorrida Hispania por los bárbaros, reinando la peste en el país, el tiránico recaudador de impuestos y el soldado consumen los bienes de la ciudad y el hambre se generaliza». En estas condiciones, la única salida posible era la emigración hacia el campo, menos expuesto a los ataques enemigos y a los agentes del fisco, y donde, al menos, era posible hallar alimentos.

Las ciudades del litoral, aunque saqueadas en ocasiones, mantuvieron su existencia y a ello debieron de contribuir dos factores de importancia: en primer lugar, su situación geográfica a orillas del Mediterráneo, cuyo control interesaba a Roma para mantener abierto el camino de África; y en segundo plano, la completa romanización de estas zonas, que permitió la asimilación o la destrucción de los elementos no romanizados cuando éstos no eran excesivamente numerosos; y nunca lo fueron en la zona litoral que sólo en una ocasión se vio inquietada por los bagaudas.

Estas ciudades permanecieron, por tanto, unidas al Imperio hasta la desaparición de éste, y sólo a finales del siglo V comenzaron a ser incorporadas al reino visigodo a través de un lento proceso que hemos estudiado en páginas anteriores. Pero si las invasiones no afectaron gravemente a los centros urbanos, las condiciones expuestas al hablar de la ruralización europea se dieron igualmente aquí y tuvieron los mismos efectos: las ciudades dejaron de ser centros económicos, y las diferencias de producción entre ciudad y campo desaparecieron prácticamente.

Una parte de la aristocracia visigoda se estableció en las ciudades existentes en las que desempeñó cargos civiles o militares; pero la mayoría de la población urbana, excepto en Toledo donde la Corte se convierte en un imán para los godos, estaba compuesta por hispanorromanos a los que hay que añadir algunos extranjeros en pequeño número: eclesiásticos fugitivos del norte de África a raíz de la ocupación vándala, y mercaderes judíos, sirios y griegos. Esta población elaborará la cultura y el arte de la época visigoda que se desplaza de la periferia hacia el centro a medida que las antiguas ciudades romanas decaen y pierden importancia con relación a Toledo.

Agricultura y ganadería

La ausencia casi total de noticias referentes a la artesanía y al comercio se halla compensada por la relativa abundancia de datos sobre la producción agrícola y ganadera de la Península durante el período visigodo. El Libro VIII del Líber iudiciorum, así como diversos títulos aislados se ocupan de la regulación de estas actividades.

Los productos más corrientes eran los cereales, los cultivos de huerta, el vino y la miel destinados a alimentar a la población, junto con la carne de ovejas, cerdos, vacas, aves de corral y pescado. La condimentación debió de hacerse con manteca de cerdo y con aceite. El ganado ovino proporciona la lana que, con el lino, constituye la materia prima del vestido para la mayor parte de la población cuyos ingresos no eran suficientes para adquirir los tejidos importados por los mercaderes. Ovejas y vacas suministran la piel necesaria para el calzado y quizás también para el vestido.

La transformación de estos productos agrícola-ganaderos debió de constituir casi la única industria existente, si exceptuamos la orfebrería, la acuñación de moneda y el trabajo del hierro para la fabricación de armas y aperos de labranza, aunque si hemos de juzgar por lo poco que sabemos para el resto de Europa, el hierro sería muy raro en los

útiles agrícolas a causa de su escasez, alto precio y dedicación a fines militares; tampoco parece probable que existieran talleres dedicados a la fabricación de útiles agrícolas que, en la mayor parte de los casos, serían construidos por los propios campesinos.

Fuente importante de riquezas eran los bosques y prados en los que se alimentaba el ganado; en los bosques se obtenía igualmente la madera y se practicaba la caza. La destrucción intencionada o negligente de unos y otros así como de las tierras de cereales, viñas y huertos era severamente castigada.

La coexistencia en una misma zona de ganadería y agricultura planteaba numerosos problemas que los legisladores pretendieron solucionar mediante la fijación de las penas en que incurrían quienes permitieran o hicieran entrar sus ganados en tierras cultivadas. En líneas generales podemos afirmar que la legislación visigoda busca un equilibrio entre ambas fuentes de riqueza y una forma de entendimiento entre ganaderos y agricultores: el pastor cuyo ganado causara perjuicios en los campos estaba obligado a pagar los daños; y por su parte, el campesino no tenía derecho a destruir este ganado sino que debía hacerlo salir sin violencia y tratar de llegar a un acuerdo con el dueño; sólo si éste se negara a compensar los perjuicios causados, el asunto pasaría a manos del juez local.

Las tierras de labor se hallaban protegidas por setos,, desde la aparición del cereal hasta su recolección, en las zonas en las que no existía una clara delimitación entre tierras de cereal y zonas de pasto, es decir, en las comarcas habitadas por pequeños campesinos propietarios de la tierra que cultivaban; en los grandes dominios, la abundancia de tierras permitía delimitar claramente ambas zonas y las empalizadas serían menos necesarias.

Las técnicas y los instrumentos empleados en la agricultura nos son totalmente desconocidos, pues las noticias llegadas hasta nosotros proceden de Isidoro de Sevilla, el cual se limita a recoger las indicaciones de autores romanos y no sabemos si eran válidas en la época visigoda. La escasa estabulación del ganado no permitía abonar los campos, que eran fertilizado mediante la quema de los rastrojos una vez que la ganadería los había aprovechado al máximo.

La tierra, sin abono, mal trabajada por hombres subalimentados que se servían de animales y de útiles poco aptos, es incapaz de producir cosechas anuales; para mantenerla en estado de producción se hace preciso recurrir al barbecho, es decir, a

dejar descansar los campos durante un período que sirve para regenerar la tierra. En la Península parece haberse utilizado el sistema de rotación bienal: las tierras se hallan en cultivo un año y descansan, quedan en barbecho, al siguiente. Las labores que reciben son las de arado y escardado.

El regadío fue conocido y utilizado por los visigodos, cuya legislación determina el modo de aprovechamiento del agua de los ríos y castiga severamente el uso indebido, pero como es lógico sólo se regarían las tierras próximas a las corrientes de agua.

La tierra pertenecía en una gran parte a la nobleza laica y eclesiástica, junto a la que debieron de existir pequeños propietarios libres cuyo número e importancia nos son totalmente desconocidos. Siempre en el terreno de la hipótesis y juzgando por los precedentes de época romana y por la situación en el resto de Europa, los grandes latifundios se hallarían divididos en dos zonas, la primera de las cuales sería cultivada por siervos, encargados igualmente del pastoreo del ganado y de la transformación de los productos agrícola-ganaderos, y la segunda estaría repartida en lotes entregados por el señor a sus libertos, a los descendientes de los colonos romanos y a los campesinos que aceptaran su protección.

Libertos, colonos y campesinos libres tenían obligaciones para con el "dueño de la tierra al que entregaban la décima parte de las cosechas, y en algunos casos estarían obligados a colaborar en las faenas agrícolas dentro de la zona reservada al trabajo de los siervos, es decir, en la reserva señorial. Los contratos que ligaban a los campesinos con los dueños de la tierra podían tener una duración determinada de antemano, pero la fórmula más corriente era la concesión anual tácitamente prorrogada mientras el campesino cumpliera sus deberes.

La extensión de los lotes concedidos en arrendamiento era previamente fijada y el campesino que se atrevía a roturar tierras no incluidas en los limites señalados podía ser desposeído de su parcela, aunque no parece probable que se adoptara esta solución; en la mayoría de los casos se aumentaría la renta proporcionalmente al valor de las nuevas tierras incorporadas. La entrega de tierras iría acompañada en ocasiones de la concesión de animales de tiro, asnos y bueyes; cuando el campesino carecía de estos animales o de siervos, podía alquilarlos.

La importancia de la ganadería es puesta de relieve por las reglas monásticas y por la legislación visigoda. Uno de los capítulos de la Regula commmunis por la que se regían las comunidades monásticas de Galicia está íntegramente dedicado a los monjes

encargados del pastoreo: estarían dirigidos por un monje que hubiera sido pastor en la vida civil, de forma que conociera suficientemente el oficio e impidiera que los ganados dañaran las tierras de labor o sufrieran perjuicios por incompetencia de quienes los cuidaban.

La importancia del ganado de cerda es destacada por las leyes visigodas que sancionan la destrucción de las encinas productoras de bellota y regulan los derechos de apacentamiento de este ganado: el dueño del bosque recibía la décima parte del ganado de cerda que pastara en él durante la primavera, el verano y el otoño, y la vigésima parte durante la estación fría del año.

La pesca

La pesca proporciona igualmente alimentos a la población; sabemos que era conocida la pesca con red y que eran especialmente apreciados los salmones. Las aguas de los ríos eran libres, pero el dueño de las tierras limítrofes veía reconocidos ciertos derechos al permitírsele construir presas desde su orilla hasta el centro de la corriente; el derecho público a la pesca podía ser anulado legalmente cuando una misma persona dominaba las tierras de ambas orillas o mediante el simple recurso de buscar un acuerdo entre los dueños de ambas riberas y construir cada uno su mitad de presa a la misma altura; el sistema debió de ser utilizado o, cuando menos, fue previsto por la legislación que lo prohibió y ordenó que las presas de uno y otro lado fueran hechas a distinta altura de modo que entre ellas pudiera pasar el agua y las barcas de pesca con sus redes.

Minería

La Península fue considerada en la antigüedad como una zona minera cuya fama atrajo a gran número de colonizadores desde los tiempos prehistóricos. Los historiadores han llamado la atención sobre el papel desempeñado por la riqueza minera de Hispania en la economía romana; es probable que la existencia de núcleos romanizados en comarcas del interior se deba a la existencia de minas cuya explotación interesaba a Roma.

Los productos extraídos eran oro, plata, cobre, plomo, hierro, estaño y mercurio. La explotación de las minas requería grandes masas de esclavos, abundancia de madera

en las proximidades para el apuntalamiento de las galerías y para la separación, por medio del fuego, de la ganga. Se necesitaba igualmente un sistema de transportes bien organizado y una adecuada distribución cuya línea terminal acababa en Roma mientras el Imperio controló Hispania.

Carente de la mano de obra servil, desorganizado el sistema de transportes y sin un mercado consumidor fuerte, la producción minera de Hispania descendería considerablemente en la época visigoda y se limitaría a surtir al mercado que podríamos llamar nacional o local. Una prueba de cuanto afirmamos puede verse en el gran número de acuñaciones de moneda realizadas por los monarcas visigodos en lugares de escasa importancia; quienes han estudiado el tema han llegado a la conclusión de que estas acuñaciones tenían en muchos casos una finalidad militar: se labraba la moneda allí donde el ejército la necesitaba para evitar el transporte desde largas distancias siempre que hubiera en las proximidades minas de oro suficientes para extraer de ellas el metal necesario.

La exigencia de minas de oro explotadas durante el Bajo Imperio en Galicia y en Asturias explica la atención dedicada por los emperadores a las calzadas de estas comarcas. Creemos que el establecimiento de los suevos en las proximidades de Braga no sería ajeno a la importancia de las minas de la región; quizás el deseo de explotarlas influyera en las campañas de Leovigildo contra los suevos.

Otras minas explotadas para lar obtención de plata eran las de Cástulo, Linares, Palazuelos y La Carolina en la provincia de Jaén. El estaño era abundante en la región de Lusitania y su importancia puede verse en el hecho de que se estableciera una guarnición permanente en Los Merchanes, en la provincia de Salamanca, para vigilar estas explotaciones. El castro y su guarnición fueron destruidos en la primera época de las invasiones.

Las Etimologías de Isidoro de Sevilla podrían ser una fuente inapreciable para el conocimiento de la minería peninsular, pero se ha demostrado que las noticias consignadas en esta obra no responden a una situación real sino que el autor se limita a dejar constancia de cuanto dicen las fuentes manejadas por él, en este caso Plinio. Los datos que nos proporciona Isidoro son, por tanto, de escaso valor para nosotros, pero su ignorancia de las técnicas mineras y su silencio sobre yacimientos de importancia nos indican que la industria de la minería, como tal, había desaparecido en su época y que

sólo existían pequeñas explotaciones a nivel casero y sin la menor trascendencia