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LA PENINSULA, PROVINCIA DEL ISLAM

El IV Concilio de Toledo

LA EUROPA FEUDAL

2. LA PENINSULA, PROVINCIA DEL ISLAM

La conquista del norte de África, sin la cual no puede entenderse la de la Península, fue empresa larga y difícil. Las primeras campañas musulmanas se inician hacia el año 647, aunque se trata de simples expediciones en busca de botín y carecen de continuidad. Tras algunas campañas del mismo tipo se obtienen los primeros resultados en el año 670 con la creación de la ciudad-campamento de Cairuán, que será el punto de partida para nuevas campañas, organizadas diez años más tarde, en las que los musulmanes llegaron al Atlántico. Tampoco en esta ocasión pudieron mantenerse los árabes en el país; sólo en el año 698 ocuparían de modo definitivo la ciudad de Cartago y la costa tunecina; cuatro años después derrotaban a una coalición de beréberes; Musa ibn Nusayr llegaba de nuevo al Atlántico en los años 705-708 y afianzaba la presencia árabe en el centro y en el sur del Magreb.

La ocupación de los núcleos urbanos y de las zonas habitadas por poblaciones sedentarias ofreció relativamente pocas dificultades, pero el dominio de estas comarcas situadas en el litoral no era suficiente si no se ponía límite a los continuos ataques de los nómadas del Sahara, que ya habían obligado, en época romana, a un repliegue del limes y habían creado dificultades a los vándalos y a los bizantinos. Por la experiencia de su propia historia, los árabes conocían bien la dificultad de controlar a estas poblaciones nómadas por medios exclusivamente militares y siguieron con ellas la táctica empleada con éxito por el califa Abu Baqr con las tribus de beduinos de la península de Arabia.

Las victorias de Musa fueron seguidas de la islamización de las tribus beréberes y de su incorporación al ejército musulmán; la conquista de la Península fue la salida a la belicosidad de los nómadas, del mismo modo que la conquista de Siria permitió a los primeros califas librarse de los beduinos árabes.

Conquista de la Península

La rivalidad entre los partidarios de Rodrigo y los seguidores de los hijos de Vitiza dio a los musulmanes la oportunidad de intervenir en la Península en apoyo de los últimos. Entre los colaboradores de los musulmanes figura un personaje, el conde don Julián, señor de Ceuta, cuya intervención parece haber sido decisiva; pronto su persona se rodeó de leyendas tendentes a explicar los móviles de la ayuda a los invasores. El conocimiento de la historia del Islam puede ayudarnos a comprender el papel desempeñado por este personaje; de los relatos conservados podemos colegir que, al igual que en Siria, Egipto o Persia, los musulmanes respetaron en el norte de África los derechos y la posición privilegiada de la nobleza local que se mostró dispuesta a colaborar; entre los nobles norteafricanos figuraría Julián, quien por conveniencia propia —él era el primer interesado en alejar a los beréberes de sus dominios— o forzado por las circunstancias, pondría a disposición de los musulmanes los barcos y la experiencia naval de la población de la costa, con cuya colaboración se produjo en el año 710 el primer desembarco de reconocimiento del beréber Tarif ibn Malluk.

El éxito de esta campaña animó a Musa, gobernador del norte de África, a enviar una nueva expedición cuyo mando confió a su liberto Tariq ibn Ziyad, al que nadie opuso resistencia en los primeros momentos por hallarse Rodrigo combatiendo a los vascones. Es posible que durante el tiempo transcurrido entre el desembarco en Gibraltar, en el mes de mayo, y la llegada de Rodrigo al Sur en julio del 711, los musulmanes entraran en contacto con los partidarios de Vitiza; al iniciarse el combate, éstos abandonaron al monarca y facilitaron con su defección la victoria musulmana en la batalla de Guadalete. La indiferencia de la población y el apoyo de los judíos completaron el éxito militar; aprovechando la desorganización de las comarcas fieles a Rodrigo cuyos jefes habían muerto o huido, Tariq avanzó sobre Toledo, que capituló sin ofrecer resistencia.

Los resultados militares y económicos de la campaña, proyectada en principio para liberarse de los beréberes y obtener botín, decidieron a Musa a intervenir personalmente al frente de los árabes acantonados en África, que no se resignarían a permanecer al margen de una empresa que ofrecía tantos beneficios y tan limitados riesgos. Personalmente Musa dirigió las campañas contra Medina Sidonia, Carmona,

Alcalá de Guadaira, Sevilla y Mérida, y confió a su hijo Abd al-Aziz la ocupación de Málaga, Granada y Murcia.

En la comarca toledana se unieron los ejércitos de Musa y Tariq y juntos penetraron en el valle del Ebro y más tarde en Asturias y Galicia sin encontrar en parte alguna fuertes resistencias. Tres años después de la victoria de Guadalete, los musulmanes dominaban la mayor parte de la Península y Musa y Tariq acudían a Damasco para rendir cuentas de su actuación al califa; al frente de los nuevos dominios del Islam quedaba Abd al-Aziz, que gobernaría la Península entre los años 714-716.

Los musulmanes utilizaron en la conquista el sistema que tan buenos resultados había dado en Siria, Egipto, Persia y norte de África. El peligro para los invasores sólo podía venir de las ciudades, por existir en ellas guarniciones militares formadas por las clientelas de jueces, condes y duques; por otra parte, el control de la ciudad asegura el dominio del campo. En consecuencia, los ataques musulmanes se dirigen contra los centros urbanos. Pero no todas las ciudades tuvieron que ser expugnadas: algunas quedaron desguarnecidas al acudir sus defensores en ayuda de Rodrigo y otras estaban en manos de los vitizanos, que no opusieron resistencia, en principio porque creyeron que los musulmanes se conformarían con el botín y renunciarían a permanecer en la Península, y más tarde porque era preferible salvar sus bienes, igual que había hecho antes la aristocracia de los países dominados por el Islam, y aceptar las condiciones ventajosas impuestas por los musulmanes.

De los numerosos pactos que debieron de firmarse, se ha conservado el de Teodomiro, señor de Murcia, cuyos párrafos son suficientemente ilustrativos:

«En nombre de Dios clemente y misericordioso. Escritura otorgada por Abd al-Aziz ben Musa ben Nusayr a Theodomiro ben Gobdux.

Que éste se aviene o se somete a capitular, aceptando el patronato y clientela de Alá y la clientela de su profeta (con quien Alá fausto y propicio) con la condición de que no se impondrá dominio sobre él ni sobre ninguno de los suyos; que no podrá ser cogido ni despojado de su señorío; que ellos no podrán ser muertos, ni cautivados, ni apartados unos de otros, ni de sus hijos ni de sus mujeres, ni violentados en su religión, ni quemadas sus iglesias: que no será despojado de su señorío mientras sea fiel y sincero, y cumpla lo que hemos estipulado con él: que su capitulación se extiende a siete ciudades, que son: Orihuela. Valentila, Alicante, Mula, Bigastro, Eyyo

y Lorca; que no dará asilo a desertores ni a enemigos; que no intimidará a los que vivan bajo nuestra protección, ni ocultará noticias de enemigos que sepa. Que él y los suyos pagarán cada año un dinar, y cuatro modios de trigo, y cuatro de cebada, y cuatro cántaros de arrope, y cuatro de vinagre, y dos de miel, y dos de aceite; pero el siervo sólo pagará la mitad.» (Sánchez- Albornoz, La España musulmana, págs. 41-42.)

Aunque no se hayan conservado los textos de otros acuerdos, debieron ser numerosos los nobles hispanovisigodos acogidos al sistema, y entre ellos figurarían Akhila, Olmundo y Ardabasto, hijos de Vitiza, cuyos herederos sabemos que disponían de extensas propiedades incluso cien años más tarde; otros nobles preferirían la conversión al Islam y mantendrían íntegramente sus derechos, como el conde Fortún, afincado en las actuales provincias de Huesca y Navarra, cuya dinastía desempeñó un papel de primera magnitud en la historia posterior de la Península.

En los primeros momentos, los musulmanes no innovan, aceptan la organización existente y se superponen a ella: de hecho, sustituyen a los reyes visigodos y, como ellos, encontrarán dificultades para asegurar el dominio en las zonas del norte de la Península con una larga tradición de independencia y de sublevaciones contra el poder central. Los dominios visigodos en las Galias no fueron ocupados hasta el año 720, año en que el emir al-Samh logró penetrar en Narbona y acabar con la resistencia del noble visigodo Ardón, proclamado rey en estas comarcas.

Los intentos de penetrar en Aquitania fracasaron a causa de las rivalidades surgidas en el campo del Islam, pese a contar los musulmanes con la ayuda de personajes francos enemistados con Carlos Martel, quien derrotó a los árabes en la batalla de Poitiers (732). Tras esta derrota, los ataques musulmanes se dirigen contra Provenza, que logran ocupar durante algún tiempo (737-741); la guerra civil en el campo musulmán y las luchas por la herencia de Carlos Martel, por el otro, permitieron a Septimania disfrutar de diez años de paz, tras los cuales Pipino el Breve atacó la región y la incorporó a los dominios francos, en el año 759.

Limites de la conquista

Las comarcas de los Pirineos no fueron nunca ocupadas por los musulmanes, cuyo modo de vida e insuficiencia numérica hacían que se limitaran a establecer

guarniciones en el llano con la finalidad de prevenir posibles ataques y de exigir el pago de tributos; el alejamiento árabe permitió el resurgir del particularismo de las poblaciones de montaña, que daría origen, años más tarde, a diversos condados. Frente a los vascos, los árabes se limitaron a sustituir con grupos beréberes a las guarniciones visigodas, del mismo modo que éstas habían ocupado el lugar de las tropas limitáneas establecidas allí por Diocleciano a fines del siglo III. Los conflictos entre árabes y beréberes, que terminaron con la derrota y abandono de las guarniciones por estos últimos, facilitaron sin duda el avance de los vascos orientales sobre el llano y la creación del reino de Pamplona, a fines del siglo VIII.

El foco principal de resistencia a los musulmanes se localiza en las montañas cantábricas y asturianas donde las tribus poco romanizadas, poco habituadas a aceptar un poder central, hallaron el refuerzo de algunos nobles visigodos que les dieron cohesión, y, en cierto modo, las unificaron. La tradición quiere que los restos del ejército visigodo se refugiaran en las montañas asturianas, donde, en el año 718 o en el 722, obtendrían la primera victoria importante, en Covadonga, sobre los musulmanes. Modernamente se tiende a reducir el papel de la nobleza visigoda y la importancia de Covadonga, que habría sido el resultado del enfrentamiento entre los montañeses asturianos, reforzados con algunos nobles entre los que se contaría Pelayo, y una patrulla musulmana de las enviadas para cobrar los impuestos o para reconocer el terreno.

Es indudable que sin la protección de las montañas y sin el desinterés de las guarniciones beréberes, más preocupadas por arrebatar a los árabes las fértiles tierras del sur que por combatir a los asturianos, éstos no hubieran podido mantenerse a pesar del éxito inicial de Covadonga, enormemente ampliado por los cronistas cristianos que quisieron hacer de esta escaramuza un éxito similar al obtenido por los musulmanes en Guadalete. La importancia histórica de Covadonga no deriva pues de la batalla en sí, sino de la utilización que posteriormente se ha hecho de ella.

Para los cronistas musulmanes, Pelayo es un «asno salvaje» acogido a la protección de las montañas con un grupo de trescientos hombres que, tras los primeros ataques, quedarían reducidos a treinta; la aspereza del terreno y la insignificancia del enemigo aconsejaron la retirada de las tropas islámicas. Para los redactores de la crónica de Alfonso III de León, de la que derivan todas las demás que se ocupan del tema, la sublevación de Pelayo habría sido un movimiento patriótico-religioso destinado a

restaurar la España de los visigodos y la fe cristiana, pero esta versión responde más a la mentalidad de quienes inspiraron la crónica que a los hechos reales.

A mediados del siglo IX, los mozárabes, cristianos que permanecieron en los dominios musulmanes conservando su cultura y su religión, encontraron dificultades para continuar en las tierras islámicas y un número considerable de clérigos buscó refugio en el reino leonés, donde su preparación cultural les permitió dirigir el reino hacia una visigotización de la que Covadonga no es más que un aspecto, pero muy importante, para la historia posterior. Desde el momento en que la batalla tiene como finalidad la restauración del reino visigodo, se convierte a Pelayo y a sus sucesores (los reyes de León) en los herederos legítimos y únicos de la monarquía unificadora de la Península; el reino es uno y comprende todos los antiguos dominios visigodos, y, al mismo tiempo, es católico; estas ideas, implícitamente contenidas en la crónica de Alfonso III, han sido desarrolladas posteriormente y a ellas debe Covadonga su importancia.

Árabes y beréberes

La historia política de la Península durante los cincuenta primeros años del dominio musulmán puede centrarse alrededor de dos grandes temas: 1) la búsqueda del afianzamiento del dominio en las tierras conquistadas; y 2) las guerras entre árabes del norte y árabes del sur y de todos los árabes contra los beréberes; uno y otro tema se hallan muchas veces mezclados y será imposible exponer uno sin constantes referencias al otro.

Seguir paso a paso la historia política del Islam peninsular entre la muerte de Abd al-Aziz y el afianzamiento del omeya Abd al-Rahmán I es prácticamente imposible en una obra de estas dimensiones. Baste decir que durante estos cuarenta años (716-756) se sucedieron al frente de la Península no menos de veinte emires o gobernadores, de los cuales sólo dos lograron mantenerse en el cargo algo más de cinco años. Prescindiendo de la cronología y de los nombres de estos personajes —sólo nos referiremos a ellos cuando interese a nuestro tema— estudiaremos su actuación en las luchas entre musulmanes.

La rivalidad entre árabes del norte y del sur es anterior a la época de Mahoma y puede relacionarse con el distinto modo de vida de unos y otros: nómadas-pastores los

del norte y sedentarios-agricultores-comerciantes los del sur, al menos hasta fines del siglo VI, en que pierden el control del comercio y viven exclusivamente de la agricultura. Los asaltos de los nómadas a las caravanas y a los campos de cultivo de los sedentarios serían el motivo inicial de esta rivalidad, que se mantendría gracias a los vínculos tribales árabes y a la existencia de la venganza de sangre.

En época de Mahoma, La Meca y Medina encarnaron esta rivalidad, acrecentada por el control que los mercaderes de la primera ciudad ejercen sobre los agricultores de la segunda. En años de sequía o de malas cosechas el campesino necesita recurrir al préstamo, que no siempre es posible devolver a tiempo, y en muchos casos la propiedad de la tierra pasa a manos de los prestamistas, de los mercaderes de La Meca; éstos consideran deshonroso el trabajo agrícola y dejan sus propiedades a los antiguos dueños a cambio de las cuatro quintas partes de la producción. Acogido por los medineses, Mahoma prohíbe el préstamo usurario y dignifica el trabajo campesino al repartir algunas tierras confiscadas a los judíos.

Los conflictos no desaparecen tras la conversión de todos los árabes al Islam; la rivalidad entre Medina y La Meca se mantiene con motivo de la sucesión del profeta, y los choques entre árabes del norte y del sur aumentan al generalizar Otmán y, posteriormente, los omeyas la entrega de las tierras estatales a los particulares; los jefes encargados de estos repartos y de la provisión de los cargos de gobierno favorecen a los miembros de su grupo y provoca, con ello, guerras civiles en todo el Islam.

El enfrentamiento de kalbíes o yemeníes (árabes del sur) y qaysíes (arabes del norte) en la Península es un reflejo de esta situación; alternan los emires de uno u otro grupo según la personalidad del gobernador de África que los nombra. Durante el emirato de al-Haytman ibn Ubayd (729-730) los yemeníes fueron perseguidos, pero recuperaron el poder en los años siguientes bajo la dirección de Abd al-Malik, que sería sustituido en el año 734 por el qaysí Uqba ibn al-Hachchach durante cuyo emirato se inicia la guerra contra los beréberes, que uniría momentáneamente a todos los árabes.

El origen de la sublevación beréber se halla en la desigualdad existente entre la aristocracia de origen árabe y los restantes musulmanes; teóricamente iguales, han dejado de serlo desde que los omeyas llevan a cabo una política nacionalista: reparten tierras, exentas de impuestos, entre los árabes, y compensan las pérdidas del Estado haciendo pagar a los musulmanes no árabes tributos prohibidos por el Corán; sólo los árabes son llamados a los altos cargos. El descontento de los no árabes adquirió carácter

político al unirse muchos de ellos a los chiíes (partidarios de los descendientes de Alí opuestos a los omeyas). El califa Omar II, para atraerse a los nuevos musulmanes, los eximió del impuesto personal, hacia el año 719, pero la medida fue incompleta al no suprimirse el impuesto territorial.

La desigualdad entre musulmanes árabes y no árabes se transformó en dependencia de los segundos respecto a los, primeros desde el momento en que los nuevos musulmanes, para evitar el pago del tributo territorial, entregaban sus tierras y entraban en la clientela de un señor árabe, quien se las devolvía en usufructo hereditario; otros prefirieron abandonar el campo y trasladarse a las ciudades, donde las diferencias eran menores, pero en ningún caso les fueron confiados cargos importantes; el sueldo pagado a los no árabes fue siempre inferior, y en los repartos de tierras las más fértiles fueron adjudicadas a los árabes.

En el norte de África, el descontento se acentuó o adquirió un matiz político al tomar conciencia los beréberes de su situación de inferioridad gracias a la predicación de los jarichíes para quienes todos los creyentes son iguales ante Alá y, por consiguiente, tienen los mismos derechos. El jarichismo fue el vinculo de unión de las tribus beréberes, que se sublevaron contra los árabes en el año 739, dieron muerte a los árabes asentados en el norte de África y derrotaron al qaysí Uqba ibn al-Hachchach, que había acudido con refuerzos desde la Península.

En al-Andalus tomó de nuevo el mando el kalbí Abd al-Malik, contra el que se sublevaron los beréberes establecidos en las tierras del centro y del norte de la Península (menos fértiles que las del sur ocupadas por los árabes); la derrota de Abd al-Malik coincidió con la destrucción en el norte de África de un ejército enviado por el califa de Damasco; de estas tropas sólo se salvó un contingente de diez mil hombres procedentes de Siria y mandados por el qaysí Balch que logró refugiarse en Ceuta.

Bloqueado en esta plaza, pidió ayuda a Abd al-Malik quien le facilitó el traslado a la Península a condición de que combatiera a los beréberes peninsulares; la desconfianza entre los dos personajes (entre árabes del sur y del norte) sólo fue superada por la necesidad que uno tenía del otro, pero aun así Abd al-Malik y Balch exigieron garantías: el primero obtuvo rehenes y la promesa de que los sirios abandonarían la