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EL ACTO DE VALORAR Y LA VALORACIÓN EN LAS EMOCIONES

Emociones y Valoración

EL ACTO DE VALORAR Y LA VALORACIÓN EN LAS EMOCIONES

Algo habitual, aunque incorrecto, en la sociedad occidental que incluye también a algunos eruditos, es pensar que las emociones son irracionales. Constantemente enfrentamos a la razón y a la emoción, como si estas dos fun- ciones psicológicas estuvieran siempre contrapuestas. Nuestra cultura dice que “fueron las emociones las que nos condujeron a actuar ridículamente o nos hizo seguir algunas recomendaciones políticas indebidas”. Decimos, “las emociones han sacado a la luz mi mejor parte; me obligaron a dejar de lado la razón”. Creemos que las emociones son una respuesta a la estupidez y que no siguen reglas lógicas.

Si esto fuera cierto, no nos quedaría la esperanza de entenderlas. Las emocio- nes serían imprevisibles, no sujetas al análisis científico. Sin embargo, esta idea no podría estar más lejos de la realidad. Aunque sea correcto decir que emplea- mos la razón para controlar las emociones destructivas, y que la emoción y la

razón entran en conflicto muchas veces, la activación de la emoción depende real- mente de la razón y las emociones siguen reglas claras. El problema científico reside en identificar en qué consisten dichas reglas. Examinemos más detenida- mente la idea de que las emociones son irracionales y disipemos las dudas.

Racionalidad de las emociones

Las emociones son el producto de la razón porque se derivan del modo en que valoramos lo que está sucediendo en nuestras vidas. En efecto, el modo en que evaluamos un suceso determina nuestra forma de reaccionar emocional- mente al mismo. Esto es lo que conlleva hablar de la emoción cognitiva. A pesar del atractivo que desde los tiempos de la Antigua Grecia se hallaba en responsabilizar a las emociones de la estupidez humana, las emociones siguen una lógica implacable, siempre que las veamos desde el punto de vista de las pre- misas del individuo sobre el self y sobre el mundo, incluso cuando no sean rea- listas. Dado nuestro tradicional modo de pensar sobre este particular a lo largo de las épocas, los argumentos que incluyo a continuación sobre la relación entre la emoción y la razón, y la implacable lógica de las emociones, probablemente no serán fáciles de implantar.

Los economistas piensan en la racionalidad en términos de toma de deci- siones que maximicen el propio interés, y gran parte de la psicología parece haber aceptado esta forma de pensamiento. Un problema derivado de esta pers- pectiva es que para ser racional se requiere que sepamos cuáles son nuestros intereses, y a menudo somos incapaces de expresar o somos incorrectos en nues- tras presunciones sobre este tema.

Otro problema es que este modo de definir la racionalidad venera el interés propio frente a otros importantes valores humanos, como la cooperación con otros, el sacrificio por los hijos, la manifestación de lealtad incluso aunque con- lleve peligro para uno mismo, la preocupación por la justicia y la compasión. En otras palabras, los auténticos valores que con tanta frecuencia se desprecian en la sociedad capitalista denigrándolos como idealistas, son valores que debe- rían constituirse como hitos de la civilización. ¿Nos atreveríamos a decir que la avaricia es racional y el idealismo irracional? ¿Y si existiera tal mundo nos gustaría vivir en él? El interés propio ha sido exagerado, y consecuentemente ha producido grandes riquezas, poder y fama para unos pocos y una extendida miseria para la mayoría.

Es estúpido actuar sistemáticamente contra nuestros mejores intereses, aunque las personas lo hagan muchas veces. Por ejemplo, en un arrebato de ira atacamos a los otros poderosos y amenazadores, o alienamos a ésos a quienes queremos con insultos airados. También es absurdo y contraproducente no apreciar el peligro cuando ocurre o estimarlo cuando no ocurre, aunque las per- sonas hacen ambas a menudo. Es visiblemente absurdo comportarnos como he dicho, pero ¿significa eso que seamos irracionales?

A mi modo de ver, ésta no es la pregunta correcta. Realmente deberíamos preguntarnos qué es lo que explica la locura humana, no las relativamente infrecuentes ocasiones en las que pueda atribuirse a las emociones que dificul- tan el razonamiento en aquellas transacciones en las que nos hallemos en situa- ciones personalmente importantes. Nos portamos con locura, no tanto porque pensemos ilógicamente, sino porque hemos valorado determinados sucesos de un modo particular, la mayoría de las veces basándonos en presunciones, moti- vos o creencias incorrectas.

La mayor parte de las veces, estas presunciones se convierten en emociones que son inapropiadas para las realidades de la situación que encaramos. Y no hay duda que como individuos y como sociedad, a menudo actuamos impru- dentemente o, como lo denomina la historiadora Bárbara Tuchman, la marcha de la locura. Sin embargo, ser imprudente no es lo mismo que ser irracional. Disponemos de muchos objetivos, no sólo uno, y las acciones basadas en inten- ciones situacionales poderosas, a menudo, concluyen impidiendo el logro de otros objetivos que también valoramos como importantes. Pero es nuestra característica racional la que nos ha fallado, no nuestras emociones. Las emo- ciones reflejan básicamente lo que pensamos que queremos, y cómo creemos que deberíamos intentar lograrlo, y la mayor parte de las veces, nuestras alter- nativas son imprudentes.

Hay dos razones para que el proceso de la emoción se interponga en el camino de la razón, aunque ambas se combinan habitualmente en un único fallo y se refuercen entre sí. Una es que nuestra atención se haya distraído o dirigido erróneamente, como cuando el calor de la emoción intensa momentá- neamente supera nuestra capacidad para razonar. La segunda es que carezcamos de la capacidad para controlar nuestros impulsos, para pensar antes de actuar, como cuando no logramos inhibir los objetivos a corto plazo que nos perjudi- can a largo. Puede parecer absurdo permitir que un objetivo elimine otro de casi igual importancia, aunque uno deba escoger. Quizá esto podría ser consi- derado irracional, pero tengo mis reservas al respecto porque decir que algo es irracional no nos ayuda a entender qué es lo que está pasando realmente.

Veamos por qué tal clasificación no nos ayuda a entender a la persona que consideramos absurda, o en términos más profesionales, psicótica. Si estamos convencidos de que las personas están para herirnos, sería razonable sentirse atemorizado o furioso. Considerando esto como paranoia –una condición men- tal que implica ilusiones de persecución o grandeza– indica un trastorno del pensamiento, pero no nos dice por qué tal persona muestra o experimenta mie- do en lugar de ira, ira en lugar de miedo, culpabilidad, vergüenza, o cualquier otra emoción.

Para saber por qué se produce una emoción particular, es necesario ver las cosas desde el punto de vista de la propia perspectiva de la persona paranoica. Para entender, debemos entrar en la mente de la persona y ver con claridad qué

condujo a la persona a actuar de tal forma contraproducente. La mera clasifica- ción de su comportamiento como ilusorio no nos permitirá hacerlo.

Todos nosotros hacemos muchas presunciones absurdas sobre el mundo, lo que nos programa para experimentar emociones irreales en nuestras vidas coti- dianas. Llamarlas irracionales denigra el razonamiento de la otra persona sin clarificar qué es lo que pretende dicha persona. Una vez que se conoce la natu- raleza de la premisa inexacta que se haya hecho sobre nuestra propia vida o la de las personas que son importantes para nosotros, nuestros sentimientos pue- den explicarse inmediatamente. Estos sentimientos se derivan de tal premisa, por muy erróneos que puedan ser. Una vez que entendamos en qué consiste dicha premisa, comprenderemos la lógica sensata para las emociones que se derivan de ella.

En otro documento (Lazarus & Lazarus, 1994) se identificaron las causas comunes de los juicios erróneos que afectan a nuestras emociones. Las he resu- mido en cinco. Nos ayudan a entender qué sucede cuando actuamos absurda- mente sin usar el término peyorativo y vago de “irracional”.

Una causa común suelen ser los trastornos que conllevan daño cerebral, como en la senilidad, la psicosis y el retraso mental. Las personas con estos trastor- nos, cuando son graves, normalmente son incapaces de razonar adecuadamen- te, lo que significa que sus emociones presentan muchas veces bases inapropia- das en la realidad social y física. Sin embargo, como he manifestado previa- mente, lo que debemos conocer es por qué reaccionan con esas emociones, lo que varía significativamente de una persona a otra y de una situación a otra. Los psicóticos o las personas con daños cerebrales no necesariamente presentan los mismos patrones emocionales. La mera señalización de su discapacidad sólo aporta una pequeña parte de la respuesta –a saber, por qué sus emociones están desviadas– pero no los tipos de emociones que muestran en contextos sociales particulares.

Una segunda causa es la falta de conocimiento sobre la situación en la que nos encontramos en riesgo personal. Con una opacidad similar a la distorsión que se deriva de la defensa del ego, la ignorancia genuina puede distorsionar nues- tra relación con el medio, conduciéndonos a sentir emociones que sólo tienen sentido desde el punto de vista de lo que nos parece que es real. Por ejemplo, en el pasado los médicos extraían sangre a enfermos con ayuda de sanguijuelas sobre la errónea premisa de que ofrecía la esperanza de curar o aliviar la enfer- medad. Desde la perspectiva de lo que se sabía en esos tiempos, este procedi- miento no era irracional –seguía su propio curso de razón, adaptado a las ideas de los tiempos– pero desde lo que sabemos en la actualidad, era simple igno- rancia.

Un ejemplo más patético es el de los médicos del siglo XIX, que sin saber nada sobre los microorganismos como agentes de enfermedad, transportaban gérmenes de las autopsias de los cadáveres que acababan de diseccionar a los fetos de mujeres parturientas, extendiendo así una enfermedad mortal deno-

minada fiebre de parturición. Era ignorancia, no emoción ni irracionalidad, lo que les llevaba a ejecutar acciones que hoy en día serían aborrecidas.

Pero mejor que no mostremos arrogancia sobre lo que sabemos en la actua- lidad. El humor político sobre este particular se refleja en la película El dormi- lón de Woody Allen. Tras dormir durante varias décadas, como en la leyenda de ficción de Rip Van Winkle, el personaje principal de la historia, al despertar, descubre un nuevo mundo doctrinal; en lugar de evitar las grasas saturadas de la dieta, se ha consolidado una creencia “posmoderna” según la cual es sano ingerir grasas. Esto, por supuesto, es una crítica irónica de la medicina cientí- fica, que probablemente cambiará muchas veces a medida que adquiera cono- cimiento nuevo o descubra que las recomendaciones previas eran erróneas. La verdad y el conocimiento son siempre relativos y dependientes del tiempo.

Una tercera causa de la emoción y la acción inapropiadas es que no haya- mos prestado atención a los aspectos fundamentales de nuestras relaciones sociales. En la mayoría de las relaciones, hay demasiados aspectos a considerar, y debemos decidir qué es importante y qué no, lo que puede forzarnos a elabo- rar supuestos erróneos. Nuestra atención también ha podido ser intencionada- mente dirigida en el sentido incorrecto, como cuando los magos nos confunden con sus movimientos de manos o las manipulaciones a las que nos someten tra- tando de vendernos algo que no necesitamos. También podemos juzgar que otra persona está mintiendo sobre la base de unos presupuestos erróneos sobre el modo de diferenciar la mentira de la verdad (Ekman, 1985, 1992) y confia- mos imprudentemente en ésos que encubren sus motivos reales.

En cuarto lugar, cuando tratamos de manejar con efectividad una crisis personal, como una enfermedad que ponga en peligro nuestra vida, podemos ser incapaces de enfrentarnos a la verdad, y por lo tanto, iniciar una negación. Sentiríamos ansiedad y actuaríamos en consecuencia, pero nos acogeríamos a la idea de que nuestra enfermedad es temporal y leve y que en breve mejora- remos. La defensa nos lleva a elaborar juicios erróneos y, por lo tanto, a expe- rimentar emociones y actuar inapropiadamente con respecto a lo necesario para prolongar la vida. Sin embargo, es importante cualificar de algún modo esta afirmación porque la negación puede ayudarnos a preservar nuestro áni- mo y sólo es perjudicial cuando nos impide hacer lo esencial. Pero no es per- judicial cuando no podemos hacer nada constructivo para mejorar nuestra situación (Lazarus, 1983).

En quinto lugar, muchos de los errores de enjuiciamiento que cometemos, a menudo suelen ser más el resultado de la ambigüedad sobre lo que sucede que de la irracionalidad. La mayoría de nuestras relaciones sociales están repletas de incertidumbre sobre lo que la otra persona piensa, quiere, trata de lograr y sien- te, y es fácil elaborar un juicio incorrecto. Vemos malevolencia donde no exis- te, o buenas intenciones donde sólo hay maldad. La causa reside en la inade- cuada información y en el erróneo juicio, no en la emoción, que sólo refleja dicho juicio.

Mi teoría cognitivo-motivacional-relacional de las emociones

La teoría de la valoración aporta una serie de propuestas sobre lo que debe pensar una persona para sentir una emoción determinada. Si la teoría es correc- ta, debería posibilitar la adivinación de lo que la persona ha estado pensando a través de lo que ha estado sintiendo, y viceversa, deberíamos ser capaces de pre- decir la reacción emocional si conocemos de antemano lo que esa persona está pensando y las condiciones ambientales a las que se enfrenta. Ésta era la lógica implacable a la que me refería. Tal instancia nos proporciona un poder consi- derable sobre nuestras emociones –el conocimiento es poder– porque la teoría nos aporta las reglas de la valoración que subyacen a cada emoción. El siguien- te análisis se basa en esta premisa y ofrece una comprensión proposicional sobre el funcionamiento de las emociones.

Lo que se ha dicho sobre la valoración y el estrés psicológico en el Capítulo 3 debe aplicarse ahora a las emociones. Debemos ampliar nuestro análisis del daño/pérdida, amenaza y desafío añadiendo un cuarto tipo de valoración –a saber, el beneficio, que nos permite abarcar tanto las emociones de tono positivo como las de tono negativo que se originan a partir del estrés.

Como en el caso del estrés psicológico, la emoción está vinculada a las varia- bles de la persona, como los valores personales, sus objetivos, jerarquía de obje- tivos, sistemas de creencias y recursos personales así como a los acontecimien- tos sociales (ambientales) de importancia (véase Capítulo 3). Estas variables personales, en conjunción con las variables ambientales, modelan las valoracio- nes sobre las que descansa cada emoción. Lo que se modifica, en la medida en que dirijamos nuestra atención desde el estrés a las emociones, son las relacio- nes persona-medio y los significados personales, que deben ser añadidos a nues- tro análisis de la valoración.

En los años ochenta, muchos teóricos de la emoción con una perspectiva cognitiva-mediadora trataban de analizar lo que debe pensar una persona para sentir una u otra de las diversas emociones. Entre los que identificaron los com- ponentes de la valoración se encuentran Conway y Bekerian (1987); Dalkvist y Rollenhagen (1989); de Rivera (1977); Frijda (1986); Lazarus (1966, 1991); Oatley y Johnson-Laird (1987); Ortony, Clore y Collins (1988); Reisenzein y Hofmann (1993); Roseman (1984); Smith y Ellsworth (1985) y Solomon (1976) por mencionar a los más activos y visibles de este período.

Además de estos psicólogos que propusieron listados de valoraciones que modelaban cada una de las múltiples emociones, Weiner (1986) presentaba una teoría atribucional de la emoción, que también se corresponde con el marco cognitivo-mediador pero a un nivel más abstracto. Las dimensiones atribucio- nales exploradas por Weimer incluyen la localización de causalidad, la estabi- lidad, la controlabilidad, la intencionalidad y la globalidad. La mayoría de ellas representa lo que yo consideraría un conocimiento frío y distal (Lazarus & Smith, 1988) en comparación con las valoraciones emocionales, proximales o cálidas. Por ejemplo, la localización de la causalidad se relaciona normalmente

con quién se considera responsable del daño/pérdida o amenaza, pero es una atribución causal distante y fría, mientras que la culpabilidad es una valoración que conlleva un calor emocional inmediato.

A pesar de las diferencias en los detalles, hay un acuerdo considerable entre los teóricos de la valoración y de la atribución sobre lo que una persona debe pensar para reaccionar, digamos, con ansiedad o con cualquier otra emoción. Las variables de valoración comunes con las teorías cognitivas-mediadoras incluyen el agrado –aunque a mi parecer, ésta es una variable de respuesta más que como una valoración previa a la emoción (Lazarus, 1991)– el hecho de tener en juego un objetivo, la localización de la responsabilidad, o lo que algu- nos consideran como la justificación, legitimidad y controlabilidad. Son muchos los estudios que han evaluado el rol de estas variables de valoración en las emociones. Mi propia relación de los componentes de la valoración contie- ne las mismas categorías generales que he empleado en el análisis del estrés, a saber, la valoración primaria y la secundaria.

Valoración primaria

Los tres componentes de la valoración primaria son la relevancia del objeti- vo, la congruencia del objetivo y la implicación del ego.

La relevancia del objetivo es fundamental para que una transacción sea consi- derada por la persona como relevante para el bienestar. En efecto, no hay emo- ción, del mismo modo que no hay estrés, si no hay un objetivo en juego.

La congruencia o incongruencia del objetivo se refiere a si las condiciones de una transacción facilitan o dificultan lo que quiere la persona. En términos senci- llos, si las condiciones son favorables, es probable que se produzca una emoción de tono positivo. Si son desfavorables o impiden que la persona logre lo que desea, es de esperar que le siga una emoción de tono negativo.

El tipo de implicación del ego se relaciona con el rol que desempeñan diversas metas en la modelación de la emoción –por ejemplo, la estima social y perso- nal, los valores morales, los ideales de ego, los significados y las ideas, el bie- nestar de otras personas y los objetivos vitales (véase Tabla 4.1). Así, el orgullo y la ira son consecuencias del deseo de preservar o fomentar la estima personal y social; la ansiedad depende de una amenaza incierta que tenga implicaciones existenciales vinculadas a la propia identidad, a la vida y a la muerte; la culpa- bilidad depende de los valores morales y la vergüenza de los ideales del ego.

Muchos autores actuales que escriben sobre la emoción, incluidos la mayo- ría de los teóricos de la valoración, han reconocido que los objetivos son impor- tantes en la activación del estrés y de la emoción (e.g., Sttein, Liwag & Wade, 1996). Sin embargo no se ha prestado excesiva atención al rol de los objetivos en la modelación del contenido cualitativo o categoría de una emoción, y creo que es más importante de lo que se ha reconocido. En la Tabla 4.1, he tratado de vincular emociones particulares, como la ira, la ansiedad, la culpabilidad, la vergüenza, etc. con el destino de objetivos particulares.

Tabla 4.1 Tipos de Implicación de Egoa

Estima social y personal Valores morales Ideales del Ego Significados e ideas

Otras personas y su bienestar Objetivos vitales

Valoración secundaria

En la teoría del estrés, la valoración secundaria se relaciona con las opciones