Emociones y Valoración
MALENTENDIDOS SOBRE EL PROCESO DE MANEJO
Cerraré el capítulo destinado al manejo haciendo referencia a algunos malentendidos sobre el modo en que debería entenderse el manejo, que han estado arraigados en este campo durante años. Son el resultado, creo, de la ten- dencia de la psicología a analizar la mente y la conducta de un modo reductor mediante la búsqueda de las variables causales antecedentes, pero sin volver a sintetizarlas en la totalidad del fenómeno. Esto ha influido sobre nuestras ideas relativas al manejo y al modo de medirlo, y conduce a graves malentendidos sobre el modo en que funciona el manejo en la naturaleza. A continuación me limito a dos malentendidos frecuentes: (a) considerar las funciones del manejo como tipos discretos de acción y (b) divorciar el manejo de la personalidad de quien lo ejecuta (Lazarus, 1993ab, 1997).
Considerar las funciones del manejo como tipos discretos de acción El modo en el que me he referido al manejo centrado en el problema y cen- trado en las emociones puede ser origen de ciertos errores o malos hábitos de pensamiento sobre la diferencia entre el manejo centrado en el problema y en la emoción. La distinción, que ha sido ampliamente acogida en el área de la medición y la investigación del manejo, conduce a tratarlos como tipos discre- tos de acciones, que es una concepción excesivamente simple y literal del fun- cionamiento del manejo. Las fuentes de confusión más habituales son dos.
Una se produce cuando nos permitimos el uso de un lenguaje de tipos de acción, a menudo concluimos hablando como si fuera fácil determinar qué pen- samiento o acción corresponde a la categoría centrada en el problema o en la
emoción. Superficialmente, algunos factores de manejo, como el manejo con- frontador y la resolución planificada de problemas, parecen representar la fun- ción centrada en el problema, mientras que otros, como el distanciamiento, el escape-evitación y la revalorización positiva, parecen representar al manejo cen- trado en la emoción.
Sin embargo, si una persona ingiere una píldora de diazepam antes de un examen por su angustia y ansiedad incapacitante ante los exámenes, es fácil con- cluir que este acto sirve a ambas funciones, no sólo a una. Aunque la emoción y sus secuelas psicológicas, como el exceso de activación, la sequedad de boca, los temblores y los pensamientos intrusivos sobre el fracaso, se reduzcan, la ejecu- ción también mejorará porque estos síntomas interferirán menos. El sujeto per- sigue a menudo conscientemente ambos objetivos. Ya deberíamos saber que el mismo acto puede tener más de una función y normalmente así suele ser.
Una segunda fuente de error es que solemos contrastar las dos funciones, problema y emoción, enfrentando una a la otra e incluso tratando de determi- nar cuál es la más útil. En una cultura centrada en el control sobre el medio, es fácil llegar a la errónea conclusión, habitual en la literatura científica sobre el manejo, que el manejo centrado en el problema es siempre, o en la mayoría de los casos, una estrategia más útil.
Hay pruebas que demuestran que, bajo ciertas circunstancias, el manejo centrado en el problema puede ser perjudicial para la salud y para el bienestar (véase, por ejemplo, Collins, Baum & Singer, 1983; Solomon, Mikulincer & Flum, 1988; Strentz & Auerbach, 1988). En el estudio de Collins et al., por ejemplo, las personas que seguían luchando por cambiar las condiciones que no podían cambiarse, confiando así rígidamente en el manejo centrado en el pro- blema, sufrían más dificultades a largo plazo que aquéllos que aceptaban la rea- lidad y confiaban más en el manejo centrado en la emoción (véase también McQueeney, Stanton & Sigmon, 1997, para una revisión sobre el tema). Aunque sea lógico preguntarse qué estrategia de manejo produce mejores resultados de adaptación bajo estas u otras circunstancias, esta pregunta no reconoce que en casi todos los encuentros estresantes, la persona recurre a ambas funciones.
El punto clave es que, en estado natural, ambas funciones de manejo rara vez se hallan separadas. Ambas son partes esenciales del esfuerzo total de mane- jo, y utópicamente, cada una facilita la otra. Es la combinación entre el pensa- miento y la acción –es decir, el equilibrio entre éstos y las realidades ambien- tales– lo que determina que el manejo sea o no sea eficaz. Por muy seductor que nos parezca, las funciones y las estrategias de manejo nunca deberían de ser contempladas en términos de una u otra, sino como una compleja combinación de pensamientos y acciones dirigidas a mejorar la problemática relación con el entorno. El manejo también depende del proceso de valoración que busca el significado más útil disponible en la situación, uno que defienda las acciones realistas mientras contempla dicha situación del modo más favorable posible.
Divorciar el manejo de la personalidad de quien lo ejecuta
Los cuestionarios diseñados para medir el manejo normalmente no se han elaborado para evaluar las variables de personalidad, que constituyen importan- tes vías de influencia sobre el manejo. Esto limita las conclusiones de la inves- tigación sobre el significado relacional que elabora un individuo a partir de una transacción adaptativa. Como he manifestado repetidas veces, este significado depende de variables de personalidad, como los compromisos vinculados a los objetivos, las creencias sobre uno mismo y el mundo y los recursos personales.
He citado varias veces la investigación desarrollada por Laux y Weber (1991; véase también Weber & Laux, 1993) como una que contempla el signi- ficado personal inherente en las relaciones estresantes. En este estudio se exa- minó a matrimonios en intercambios que activaban ansiedad e ira. Su estudio sugiere que si la amenaza fundamental de una discusión se valora por uno o ambos cónyuges como la disolución del matrimonio, la expresión de ira puede ser inhibida a favor de los esfuerzos por salvar la relación. Por el contrario, si dicha amenaza es dolorosa para la auto-estima, entonces la estrategia de mane- jo preferida puede ser la escalada de ira y la revancha para la restauración del daño psíquico.
Las intenciones situacionales generadas en la transacción dependían de la importancia personal, o significado relacional, de la transacción. Por ello, para entender la selección de la estrategia de manejo, debe irse más allá de la medi- ción superficial del manejo e identificar estos significados, que, a su vez, dependen de las personalidades de los participantes.
La investigación de Folkman, Chesney y Christopher-Richards (1994) con- cluye de forma similar usando las observaciones del modo que usaban los cui- dadores de enfermos de SIDA para manejar los estreses derivados de dicha situación. En vez de los estresores superficiales de tal cuidado, que eran inaca- bables y agotadores, ciertos significados tenían más importancia en la modula- ción del proceso de manejo. El cuidador no sólo se enfrentaba a la pérdida de la relación cuando muriera su compañero, porque él también tenía el virus VIH o se hallaba en riesgo de contraerlo, también podía visualizar su propio futuro en forma de una muerte similarmente inexorable y horrenda. Entonces se enfrentaba a la incertidumbre de si, cuando llegara su propio momento, alguien podría ocuparse de él del mismo modo que ahora se preocupada él de su compañero.
La conclusión a extraer de éste y otros estudios es que, para entender los sig- nificados relacionales que subyacen al proceso de manejo, su medición median- te cuestionarios superficiales debería sustituirse por entrevistas exhaustivas diseñadas para recoger las variables de personalidad implicadas y el modo en que el individuo valora lo que está sucediendo (véanse también Folkman, 1997 y Stein, Folkman, Trabasso & Christopher-Richards, 1997, para ejemplos de investigación que siguen este principio).