Aunque ocupado en sus empresas en el sur, Villagra estaba siempre informado de lo que ocurría en Santiago. Supo así que, el 29 de abril de 1553, Gabriel de Villagra se presentó en el Cabildo de Santiago a solicitar y reclamar que el Cabildo debía recibir a Francisco de Villagra como gobernador y Justicia Mayor, el Cabildo se negó a aceptar esta petición.
Villagra supo esta noticia cuando acababa de repoblar Los Confi nes, ahora con el nombre de Angol.
Pero a la noticia de la negativa del Cabildo a reconocer sus derechos, se sumaban otras: la noticia de un alzamiento de los promaucaes y de un sangriento encuentro nocturno que Juan Jufré había sostenido con ellos en Peteroa.
Dejó a Sebastián del Hoyo con 30 soldados en Angol y se dirigió al norte con 70, según él dice “a pacifi car a los promaucaes”.
En el camino, poco al norte del Maule, supo por comunicación de Gabriel de Villagra y Juan Jufré, la llegada desde Lima de Arnao Segarra Ponce de León y la resolución de la Audiencia de Lima que había acordado, el 13 de febrero, anular los testamentos de Valdivia, confi ar el Gobierno de las ciudades a los Cabildos, repoblar Concepción, refundir Valdivia e Imperial, que no se adelantara la conquista y que tanto Aguirre como Villagra licenciaran sus tropas.
Esta comunicación debía ponerla en conocimiento de Villagra el mismo Arnao Segarra, que venía de España con el nombramiento para asumir el cargo de contador de la Real Hacienda de Chile. No se atrevió a poner en conocimiento de Villagra esta comunicación por temor a su resistencia.
Cuando Villagra tuvo estos informes, reunió a sus soldados, plegó sus banderas, los licenció dejándolos en libertad y les dijo: “No me llaméis capitán, soy vuestro compañero, y cada uno de vosotros es dueño de hacer lo que les agrade”. Algunos soldados se diseminaron por las encomiendas vecinas y otros, en pequeños grupos, se quedaron en Santiago.
Villagra, en su casa de Santiago, se quedó como un simple particular. Se hizo la notifi cación a Aguirre, quien se sometió y entrego su mando al Cabildo.
Estos acuerdos de la Audiencia no podían ser más desastrosos y descabellados. Los oidores estaban en conocimiento de la muerte de Valdivia, de la destrucción de los fuertes, del despoblamiento de Los Confi nes y de Concepción, y en vez de centralizar el mando lo dividieron entregándoselo a los Cabildos y ordenando licenciar un tercio de las tropas.
Estas medidas eran simplemente la entrega del país a los mapuches y si esto no ocurrió fue solo debido a la mala suerte de Lautaro, pues el hambre y el tifus hacían estrago en las huestes.
Por otra parte era evidente que la eliminación de los nombres de Aguirre, Villagra y Quiroga indicaba que vendría como gobernador una persona extraña y que, por tanto, se podría producir una nueva repartición de encomiendas, pues podían declararse nulas las asignaciones que hizo Valdivia, que no tenía título de gobernador emanado del Rey.
Los indígenas se dieron cuenta de las discusiones entre los españoles, de la falta de unidad y de respeto a la autoridad; comprendieron que estaban frente
a una gran oportunidad para librarse de los españoles y comenzaron una nueva preparación, a pesar del perjuicio y debilidad en que se encontraban por la epidemia y el hambre.
Mientras el Cabildo en Santiago se veía enfrentado a hacer cumplir las instrucciones de la Real Audiencia de Lima, sentía la necesidad de deshacerse de los huéspedes de Concepción y de las otras ciudades y, cumpliendo esas instrucciones, trataron alcaldes y regidores que sus huéspedes se volvieran al sur y repoblaran sus ciudades.
Mujeres y niños se fueron por mar y también unos 70 soldados, a las órdenes de los alcaldes Juan de Alvarado y Francisco de Castañeda.
Con Alvarado iban los huéspedes que eran de Imperial, Villarrica, Angol y Valdivia.
También va Francisco de Villagra, que se vuelve a Imperial en calidad de simple particular.
En la confl uencia del Ñuble con el Itata se dividen los que regresan. Desde aquí toman el camino de la costa los que van a Concepción; los demás siguen al sur.
En Angol, el 24 de noviembre hicieron el auto de repoblación de la ciudad, se repartieron 84 sitios (solares), huertas y viñas y se inició el trabajo de una empalizada que los protegiera de los posibles ataques. Esta repoblación no va a durar más de un mes.
A pesar de la mortalidad por la epidemia, Lautaro reunió unos 4.000 mapuches y con ellos atacó Los Confi nes (Angol). Los españoles no defendieron la ciudad recién repoblada y huyeron hacia Imperial sin siquiera intentar la defensa.
Después de este fácil éxito Lautaro amaneció el 12 de diciembre a dos leguas de Concepción y comenzó la construcción de un pucará hábilmente ideado. La espalda defendida por una quebrada infranqueable; el frente con una palizada y los fl ancos por quebradas impenetrables para los caballos, por las cuales los mapuches podían retirarse en caso de derrota.
En esta oportunidad el mapuche se presentó con un nuevo elemento de defensa y de ataque. Corazas hechas de cuero de lobos marinos que defendían
un poco su cuerpo y garrotes y palos cortos destinados a aturdir y encabritar a los caballos.
Los españoles, a ejemplo de lo que había hecho en Imperial Pedro de Villagra, intentaron tomar por asalto el pucará. No pudieron con la defensa de Lautaro y tuvieron que retirarse hasta la ciudad, dejando 4 muertos y llevando varios heridos.
Los indios los siguieron y la batalla se trabó en la empalizada que defendía a Concepción. Los clérigos Ñuño de Ábrego y Hernando Ortiz murieron defendiendo la entrada y en el resto de la empalizada cayeron 18 españoles más. Se pensó en organizar la retirada, pero esta se transformó en fuga. Algunos alcanzaron el barco “San Cristóbal”, que estaba en el puerto. Los demás huyeron por tierra.
Lautaro no consiguió convencer a sus huestes y perseguir a los que huían, ya que su costumbre en la victoria era celebrarla en el mismo momento y en el lugar, en homenaje a los antepasados y agradeciéndoles así el triunfo.
Sin duda, esta fue una feliz costumbre para los españoles que dejaban en desorden el campo de batalla.
A los que iban a Villarrica les pasó casi igual. Se encontraron sitiados y encerrados en sus empalizadas, combatiendo diariamente y alimentándose con yerbas. Este era el cuadro presentado por Concepción y Villarrica.
En Imperial, la pelea era entre los españoles: disputaban entre irse o quedarse. Cuando más difícil era el momento, Pedro Olmos de Aguilera resolvió dejar la ciudad y, con 40 vecinos de Imperial y Valdivia y 80 caballos, partir a Santiago. Por suerte Andrés de Escobar, con los vecinos armados de lanzas los hicieron volver a la ciudad.
En Lima se sabía desde 1556 que Jerónimo de Alderete había sido designado gobernador de Chile por cédula del 17 de mayo de 1555, pero que se demoraría en llegar. En Chile era indispensable hacer algo que diera solución al desastre que signifi có aplicar lo ordenado por la Audiencia de Lima y el haber declarado como autoridad a cada Cabildo, desapareciendo la autoridad central cuando más se la necesitaba.
En esta atención la Audiencia de Lima, el 15 de febrero de 1556, ordenó nombrar a Francisco de Villagra corregidor y Justicia Mayor de Chile.
El Cabildo de Santiago recibió el 11 de mayo de 1556 los documentos que imponían a Villagra y decidió recibirlo en calidad de gobernador; pero sin poder repartir encomiendas, aunque tuviera la autoridad sufi ciente para darte unidad al mando, mantener el orden y dirigir la guerra.
Villagra, asumida la responsabilidad y con la autoridad propia, nombró teniente de Gobernador en Valdivia al licenciado Gutiérrez de Altamirano; en Imperial, a Juan Ortiz Pacheco; en Villarrica a Luis Barba, y en La Serena, al licenciado Escobedo.
Pensó enviar socorros al sur, pero comenzaron a llegar noticias del levantamiento indígena en la zona del Maule y que los indios de esta región, generalmente pacífi cos, estaban animados y acompañados por mapuches. Villagra había partido de Santiago a La Serena y ante las noticias el Cabildo envió a Diego Cano, con unos pocos soldados, a apaciguar las indiadas de las riberas del Maule.
Cano supo que Lautaro estaba al norte del Maule, pero, por suerte para la zona, los promaucaes no tenían el espíritu de guerra de Arauco y Lautaro no fue capaz de inspirárselos. Como no pudiera convencerlos, comenzó a castigarlos y a dar muerte a muchos de ellos, lo que trajo una grave resistencia y un odio, lo que va a ser en defi nitiva la causa de la traición que le harán a Lautaro.
Tal como lo había hecho en Concepción, a dos leguas de Peteroa construyó un pucará para defenderse del ataque de la caballería.
Diego Cano, sin pensar en su propia debilidad, lo atacó, pero tuvo que retirarse antes de sucumbir, situación que puso en grave riesgo a Santiago.
El Cabildo envió entonces al mejor capitán de la Gobernación, a Pedro de Villagra, a enfrentarse con Lautaro, quien había retirado su pucará y llevado a Peteroa, donde construyó sus defensas frente a ciénagas y hoyos en el terreno.
Pedro de Villagra lo atacó y lo hizo retroceder, pero Lautaro logró rehacer su fuerza y volvió al ataque. Villagra se retiró a un llano cercano y pidió refuerzos a Santiago, de donde llegó Juan Godinez con 30 soldados más de caballería.
Lautaro, en conocimiento de este refuerzo, se retiró más al sur. Godinez pensó que era la ocasión propicia para atacarlo y lo persiguió. Se encontró con un grupo de 180 indios, se trabó en batalla, los venció y más de 80 indios quedaron en el campo; pero a su vez también Godinez tuvo que retroceder y no continuar en la pelea y en la persecución.
Lautaro repasó el Maule y el Cabildo envió a la zona a Diego García de Altamirano con 10 soldados. La zona del Maule volvió a aquietarse.
BATALLA DE PETEROA. MUERTE DE LAUTARO
Villagra regresó de La Serena y se preparó para dirigirse al sur. Partió en enero de 1557 con 60 soldados dejando en Santiago a Juan Jufré.
Durante todo el trayecto Francisco de Villagra se dio cuenta de preparativos militares, armas y juntas de indígenas que logró disolver. Llegó hasta el Maule y siguió al sur.
En marzo regresó para encontrarse con García Hurtado de Mendoza, de quien supo que llegaba pues había sido designado gobernador por el virrey del Perú don Andrés Hurtado de Mendoza.
Mientras iba al norte, entre el ltata y el Maule, en Reinohuelén, supo que Lautaro marchaba hacia Santiago, que lo sabía desguarnecido. Apuró la marcha para alcanzarlo, pues le llevaba delantera.
En Santiago se supo la marcha de Lautaro y también cundió el pánico; enviaron, a unirse con Villagra y atajar a Lautaro, a Juan Jufré con 25 soldados.
Lautaro acampó a orillas del Mataquito, en un lugar muy semejante al de los pucarás descritos. Villagra ocultó sus fuerzas y pidió con un mensajero a Gordinez que se juntaran y unieran sus tropas. Así se hizo.
Guiado por indios enemigos de Lautaro, al alba del 1de abril de 1557, cayó Villagra de sorpresa en el campo de aquel y fue conducido hasta el sitio preciso en que dormía. La defensa fue brava, pero Lautaro cayó mortalmente herido por las lanzas de los españoles y de los indios auxiliares que acompañaban a Villagra.
Pero ni la muerte de Lautaro, ni las consecuencias de las borracheras anteriores, detuvieron el ímpetu mapuche. Pelearon sobre cinco horas,
prácticamente hasta el mediodía, cuando al fi n los españoles alcanzaron el triunfo.
En el combate salieron heridos varios españoles y muertos muchos de los indios auxiliares. Los mapuches perdieron, además de Lautaro, a 18 capitanes y 645 indios de un total de 800 combatientes.
El triunfo de Villagra y la muerte de Lautaro hicieron pensar que se podría terminar la resistencia araucana.
Apreciación fallida; la lucha con Arauco va a durar 300 años más.
La cabeza de Lautaro fue llevada a Santiago para tranquilidad de la población; pero Lautaro se convirtió en un símbolo de la resistencia y en un héroe nacional.