En las circunstancias dadas y con los informes recibidos, tanto de Pastene como de Pedro de Villagra y de Alderete, Valdivia decidió entrar en el territorio y fundar en su centro nuevas ciudades que garantizaran la ocupación y sirvieran de contacto cristianizador y civilizador de los naturales.
Dejó resguardando a Concepción a Diego de Oro, que mantuvo una guarnición de 20 hombres de caballería y 30 infantes, y él tomó 70 soldados: 20 de caballería y 30 arcabuceros. Partió a mediados de febrero de 1551 a
reunirse con Villagra y Alderete que se encontraban recorriendo el interior y que le esperaban un poco al sur del Biobío con una unidad compuesta de 100 jinetes.
Así, al frente de 170 hombres recorre el territorio buscando el lugar propicio para la deseada fundación.
El camino que han seguido, al internarse en la Araucanía, ha sido casi siempre la vía de la costa, por la vertiente de la cordillera de Nahuelbuta que mira al Pacífi co y en este sector es donde fundan los fuertes y ciudades; también por la depresión que tiene esta cordillera en su vertiente oriental que mira hacia los Andes. Parece, sin embargo, que lo que forma propiamente el valle central fue muy poco conocido tanto por el español, cuanto por el chileno y solo se logró su conocimiento, y con asombro, en el periodo de la ocupación defi nitiva (1870-1883).
El lugar que buscaba Valdivia lo encontró en un cerro que se eleva junto al río Imperial, donde este recibe como afl uente al Damas. Esta elevación, bien ubicada y fácil de ser defendida, es la actual Carahue y en ese punto va a fundar la primera ciudad que estará propiamente en la Araucanía.
Comenzó con la construcción de un fuerte que dejó a cargo de Pedro de Villagra y él emprendió diversas expediciones. Se reunía con los naturales, les pedía su sometimiento y les señalaba las ventajas que le signifi caría esta actitud.
A través de estas expediciones y conocimientos tuvo una imagen del valor de estas tierras, lo que le era necesario para proceder a repartir encomiendas y proporcionar a cada benefi ciado la mano de obra necesaria para trabajar sus tierras y minas.
Después de estos recorridos, en el mes de abril de 1551 regresó a Concepción, dejando en el fuerte a orillas del Imperial a Pedro de Villagra con 150 soldados y llevando consigo un grupo de 20 hombres.
Va a Concepción para recibir dos barcos que vienen del Perú con equipo y refuerzo para continuar la conquista y asegurarla con la fundación de nuevas ciudades y fuertes en el territorio araucano.
Honda satisfacción tuvo Valdivia en esta ocasión; llegaron barcos con diversos equipos y elementos y además con 100 hombres perfectamente
armados. Esto ocurría en el mes de junio. Recibió copia de la carta del emperador Carlos V al virrey del Perú, La Gasca, por la que reconoce los servicios que Valdivia le ha prestado y ordena tenerlos presente.
Recién llegados estos barcos, arribó a Concepción Diego de Maldonado, que le traía la noticia de la resolución del Consejo de Indias y del Rey que incorporaba, a la gobernación de Chile, la zona oriental de los Andes, lo que lleva el territorio hasta el Atlántico, a la altura de Bahía Blanca. Para mayor satisfacción Maldonado le informa de la próxima llegada de Francisco de Villagra, que viene con un refuerzo de tropa.
Con estos nuevos elementos recibidos decidió emprender la fundación de la ciudad de La Imperial donde estaba el fuerte.
Pasado el invierno de 1551, en octubre se dirige al sur del Biobío a encontrarse con Pedro de Villagra a quien había confi ado el fuerte que ahora se va a transformar en ciudad.
En enero de 1552 Valdivia dividió el terreno del fuerte en manzanas, estas en solares y los distribuyó entre los vecinos que poblarían la ciudad, a la que le da el nombre de La Imperial, en honor del emperador Carlos V. De aquí el nombre que le da también al río que en su curso medio y superior se va formando por afl uentes que llegan al Cautín; río principal que después de recibir las aguas del Quepe y del Cholchol, que se le unen en el lugar llamado Las Juntas, pierde su nombre y desde allí hasta morir en el Pacífi co se denomina río Imperial.
Diego de Rosales describe el lugar de La Imperial con estas palabras: “El sitio de la ciudad es en lo alto de una loma que señorea y da vista por todas partes a hermosísimas y dilatadas campiñas de alegres campos y fértiles valles”7.
Valdivia dio el cargo de corregidor y teniente de capitán general al maestre de campo Pedro de Villagra e hizo alcaldes ordinarios al capitán Pedro Maldonado y Gaspar Orense; a don Miguel de Velasco y Avendaño, le hizo alguacil mayor; regidores a Juan de Vera, Gregorio de Castañeda y Leonardo Cortés, todas personas nobles, conquistadores y fundadores de
aquella fl oreciente ciudad, que en pocos años creció en vecinos, en riquezas y en lustre, con grandes aumentos sobre todas las demás.
Veinticuatro años más tarde, en 1576, llega a Imperial, constituida en cabeza de Diócesis, su primer obispo, Fray Antonio de San Miguel, de la Orden de San Francisco, consagrado obispo en Lima. Fue el primer Obispo consagrado que hubo en Chile. El primer deán fue don Agustín de Cisneros, quien lo sucedió en el Obispado, consagrado como tal en 1590.
Al referirse a la fundación de Imperial, el historiador Rosales da el nombre de 71 españoles a quienes titula “primeros pobladores de la Imperial”.
Esta villa, que recibió del Rey el título de ciudad y su escudo, progresó rápidamente. Valdivia constituyó en sus campos 75 encomenderos, confi ándoles a cada uno entre 12.000 y 15.000 indios, lo que permite pensar en la gran población que encerraba esa región. Se constituyó el primer hospital con el nombre de San Julián; en la jurisdicción de este Obispado, el obispo San Miguel creó 16 parroquias. A la fecha había en la Colonia dos Obispados: el de Santiago que se extendía desde el límite con el Virreinato hasta el Maule y el de Imperial, desde el Maule al resto del territorio, hacia el sur y oriente.
El primer Seminario para la formación de un clero nacional, criollo, se fundó en esta ciudad. Más tarde, cuando La Imperial fue destruida, todo lo creado fue llevado a Concepción y poco a poco fue cambiando la designación. Ya en la primera mitad del siglo XVII se llamará Obispado de Concepción.
En Santiago hubo tal entusiasmo por La Imperial, que los encomenderos del norte querían abandonar sus encomiendas por las del sur. Gaspar Chacón llama a La Imperial: “La más insigne ciudad de este reino”. Si no se hubiera producido la rebelión de fi nes del siglo XVI que destruyó cuanto se había fundado en el territorio de la Araucanía, es casi seguro que el centro de gravedad de la Colonia se habría desplazado hacia Imperial.
Poco antes de su destrucción recibió las bulas que le permitían crear la primera universidad en Chile. Esta ciudad de tierra adentro se conectaba por la vía fl uvial con el mar. Los barcos entraban por lo que hoy se llama Puerto Saavedra, en aquellos años Imperial Bajo y llegaban hasta La Imperial, lo que era una gran ventaja para sus comunicaciones y abastecimientos. El obispo San Miguel, consagrado en Lima, se embarcó en el Callao para venir a tomar posesión de su diócesis y llegó directamente, en el barco que le trajo, hasta la ciudad de su residencia.
Mientras se cumplían por Valdivia las formalidades de la fundación llegó a Santiago Francisco de Villagra, de acuerdo con la información que le entregó Maldonado. Villagra se vino desde el Perú por la vertiente oriental de los Andes y entró al país por Uspallata. Traía 150 soldados españoles. 500 caballos, diversos animales y artículos necesarios para el desarrollo de la Colonia. Dejó la gente en Santiago bajo la autoridad de su tío, Gabriel de Villagra, y se vino a encontrar con Valdivia en el sur, encuentro que se produjo en el valle de la Mariquina.
No esperó Valdivia los refuerzos de Villagra y salió de Imperial a mediados de noviembre de 1552, dejando en la ciudad como máxima autoridad a Pedro de Villagra. Con 150 hombres llegó a las orillas del Toltén, construyó balsas y atravesó a su orilla sur, sin mayores inconvenientes. Pareciera que Valdivia remontó el Toltén recorriendo el camino por la orilla sur del río, pues algunos cronistas dan la información que la única resistencia que encontró fue en los indios del valle de Pucón, y agregan que ese lugar fue el asiento de Villarrica.
Pero hay otro hecho importante del que deja constancia Valdivia, y es que encuentra condiciones distintas en los indios de esta región. Son más pacífi cos y poseen una alfarería que contrasta con la sencillez primitiva de la araucana.
En el valle de la Mariquina, como lo señalamos, se encuentra con Francisco de Villagra, quien había vuelto a Imperial para esperar la llegada de los elementos que trajo y que venían en dos cuerpos; uno al mando de Gabriel Villagra y el otro con Francisco de Riberos.
Valdivia, en tanto, avanzaba hacia el sur y al llegar a la zona donde el Callecalle se une al Cruces, en ese hermosísimo lugar, pondrá las bases de una nueva ciudad, a la que no resiste la tentación de darle su nombre. Al salir del valle de la Mariquina fue atacado por numerosos huilliches que lo encontraron totalmente prevenido y a quienes derrotó y castigó sin piedad, tanto que el cronista Mariño de Lobera, que lo acompañaba, da una cifra casi increíble, de más de dos mil, indios, entre muertos en combate y ahogados en el río.
Los huilliches al sur del Toltén y picunches al norte del Biobío se sometieron pronto al español y se mezclaron, terminando por absorberse en el pueblo chileno, con un mestizaje que cada vez fue mayor y del cual sale la mayoría del pueblo trabajador y campesino de las zonas central y sur del país.
Solo el territorio entre el Biobío y el Toltén, donde vive esencialmente el mapuche, no se sometió y luchó incansablemente durante casi 3 siglos y medio por mantener su independencia.
La zona de los ríos, que maravilló a Valdivia, ya la había conocido Pastene en uno de sus viajes, y al puerto que allí él señaló, lo llamó Valdivia. Por lo mismo no le fue difícil a este dar su nombre a la ciudad que traza a la orilla de estos ríos.
Así, en febrero de 1553, funda la ciudad que se honra con su nombre y nombra corregidor y teniente general al licenciado Julián Gutiérrez Altamirano, el primer letrado que llegó a Chile; los alcaldes fueron: Diego de Quiñones y Diego Ortiz Oviedo de Gaete. Rápidamente va creciendo Valdivia y pronto llega a tener instalados, en sus solares, sobre 200 vecinos, fuera de mucha otra gente sobresaliente que acudió a ella por la fama de riqueza y abundancia de todo lo necesario para la vida.
Luego se establecieron las órdenes de San Francisco y La Merced, que iniciaron una activa evangelización entre los naturales, que recibieron con facilidad y agrado el cristianismo. Dice Rosales que era agradable de ver cómo llegaban a las procesiones y fi estas religiosas y con qué gran espíritu participaban en ellas.
Conviene recordar que el grueso de los pobladores de la nueva ciudad se formó con la gente que trajo Francisco de Villagra, quien se queda en Valdivia.
Valdivia va a continuar su camino hacia el sur, pero antes, confía a Alderete la misión de fundar una nueva ciudad en el interior, junto a la laguna que llaman Mallolafquén, donde se unían, a un clima suave, la fertilidad de su suelo y su ubicación frente a un paso fácil de los Andes.
Llamó a la ciudad Villarrica, por las minas de oro y plata de las que hablaban los indígenas.
Constituyó su Cabildo y fueron sus primeros alcaldes Alonso Pacheco y Pedro de Avila.
Es necesario mencionar y recordar que después de fundar Imperial, recorriendo el territorio al norte del río Valdivia estimó de utilidad crear algunos fuertes entre Concepción e Imperial. Este es el origen de los fuertes de Arauco, Tucapel y Purén.
En Arauco, 11 leguas al sur de Concepción, dejó en el fuerte a 9 soldados, a las órdenes del capitán Diego Maldonado. En Tucapel dejó como capitán a Martín de Ariza y 10 hombres con 6 piezas de artillería menor. En Purén también 10 soldados, pero en este fuerte montó Valdivia un molino y una herrería y fue su capitán Alonso de Coronas.
Desde Valdivia, don Pedro avanza hacia el sur y quiere ver realizado su sueño, llegar al estrecho de Magallanes. En su camino al sur da cuenta Góngora Marmolejo de haber atravesado dos furiosos ríos “que en uno de ellos se le ahogaron dos hombres”. ¿Son estos ríos el Bueno y el Maullín? Es posible, pero no los nombra. El mismo cronista nos dice que avanzó hasta 40 leguas al sur de Valdivia, y así había alcanzado hasta el golfo de Reloncaví y a divisar la isla de Chiloé. De esta expedición no hay otra relación que la de Góngora.
En la misma temporada de 1553, en la que dejaba fundados los fuertes mencionados, va a fundar, ya no un fuerte, sino una nueva ciudad intermedia entre Concepción e Imperial, en los límites o confi nes de estas jurisdicciones; de aquí el nombre de Los Confi nes para esta ciudad que ubica en la confl uencia del río Malleco con el Huequén, cerca del lugar donde se levanta hoy la ciudad de Angol. Los cronistas la llaman Los Confi nes, indistintamente también Angol, o bien Los Infantes de Angol, debido a la unidad militar que inició la vida de esa población, la última que se establece en el territorio antes del gran levantamiento que arrasará con la mayor parte de lo poblado en la Araucanía.
Esta ciudad de Los Confi nes, o Los Infantes, o Angol, se puebla mediante la orden de Valdivia que mandó que los vecinos en cuya comarca (la de Angol) tuviesen sus repartimientos fuesen a vivir en ella. Con esta orden fueron algunos y comenzaron en el lugar a construir sus casas. Esta fundación se hace en septiembre u octubre de 1553.
La obra de Valdivia hasta la fecha de 1553, es extremadamente valiosa: no ha descansado, está en la plena madurez de su vida. Antes de seguir en ella se detiene a pensar en lo realizado.
Animado con un pensamiento práctico y coherente, comprende que la conquista que hasta aquí cree haber realizado, debe ser afi anzada y que es inefi caz si se la piensa establecida con la sola victoria sobre el aborigen.
La conquista será defi nitiva y estable en la medida que se la asegure con ciudades y fuertes que consoliden la situación de lo conquistado.
En su deseo de conquista no se dio cuenta de la debilidad que tenía su obra debido a diversos factores: la dispersión de sus fuerzas en las ciudades y fuertes; y una apreciación equivocada del valor del mapuche, al que juzgó por los encuentros de Andalién, Quilicura y asalto de Penco. No pensó tal vez que en estas ocasiones el araucano enfrentaba al español por primera vez y que oponía, a la sorpresa de las armas, solo su valor.
El mapuche en estos momentos aprende cómo debe presentarse al español. Cómo compensar su inferioridad de armas, con los elementos que le son favorables: su número, el conocimiento cabal del terreno en que da el encuentro y su extraordinaria capacidad de movimiento, por la liviandad de su vestir y de sus equipos. Estos hechos harán que los próximos enfrentamientos cambien su suerte y se pueda volver, en materia de conquista, a tener que empezar de nuevo.
Valdivia había visto el fácil sometimiento del aborigen del norte del Biobío y del sur del Toltén y no tenía por qué pensar que sería distinto el habitante que moraba entre estos dos ríos.
Si bien tenía una fuerza apreciable, alrededor de 1.000 hombres, estos estaban esparcidos en ciudades y fuertes que no les hacía fácil conectarse; sus hombres estaban en 7 ciudades: La Serena, Santiago, Concepción, Angol, Imperial, Villarrica y Valdivia; y en tres fuertes: Arauco, Tucapel y Purén.
Pero además, en el preciso momento en que necesitaría toda su fuerza la tiene más dividida aún; pues, a Francisco de Aguirre lo ha enviado a Tucumán, a Francisco Riberos a Cuyo y al extremo austral a Villagra. Entre estos tres capitanes tenían un quinto de su fuerza que no la podría usar en el momento necesario.
¿Qué pasa en el campo araucano?
El mapuche reconoce que Valdivia en general tiene un buen trato, a veces con facilidad perdona; seguramente en su interior tiene también el remordimiento. ¿Qué derecho le asiste para disponer de la libertad, de la vida, del trabajo de los naturales? En Valdivia se trasluce un espíritu cristiano que busca entregar el evangelio a los naturales y ve con satisfacción cómo es recibida la fe por ellos. Pero junto con este apego y cierta admiración,
los mapuches ven cómo se les somete al trabajo de hacer casas, cultivo de sementeras, labores forzadas en la minería, trabajos todos que no estaban acostumbrados a realizar, trabajos pesados e insufribles, que los deben haber hecho pensar, al ver su propio número y conocer más al español, al saber que este no es sino un hombre, un ser diverso del caballo, al saber que sufren el cansancio y al apreciar sus debilidades, se deciden por alzarse y cuanto antes mejor.
Se comunican entre ellos secretamente estos pensamientos y resuelven probar suerte. Tienen además el presentimiento que si les va mal, Valdivia los perdonará, como lo ha hecho muchas veces.
Comienzan a aparecer ciertos síntomas de acción que, al conocerse, alientan al aborigen a repetirlos cada vez en mayor escala. Empiezan con actos aislados, pequeños si se quiere, pero en el fondo, proporcionados a lo que ellos pueden hacer con éxito. Cerca de Concepción se sublevan los indios de la encomienda de Giraldo, apresan a varios yanaconas, se apropian de los animales, de algunas herramientas y armas y los españoles deben refugiarse en Concepción. Entre Villarrica e Imperial, que era encomienda de Valdivia, los mapuches atacan en Pucureo el fortín defendido por 14 españoles, y dan muerte al jefe Alonso de Moya8. Heridos los demás, debieron perecer, sin el
auxilio que inesperadamente les llega de Imperial con Francisco de Villagra. ¿Cómo actúa Villagra? Creyendo pacifi car a los indios les ofrece perdón. ¿Qué piensan los sublevados? Que el español se siente débil.
Valdivia atento a la información va a tratar de conseguir efectos.
Autoriza el trabajo de lavaderos de oro y a esta actividad llegan muchos atraídos por esta riqueza; son especialmente gratos los lavaderos de la zona de Imperial, de Villarrica y de Quilacoya. Informan las crónicas que en estos lavaderos trabajaban más de 20.000 indios y hubo días en que obtuvieron más de 200 libras de oro. Solo a Valdivia le entregan 5 y más libras diarias de oro fi no. Este trabajo hace posible que el español no se dé cuenta de los síntomas de resistencia y sublevación que se fraguan.
Tomando algunas precauciones, Valdivia va a impartir algunas reglamentaciones en el trabajo para hacerlo más llevadero para el indígena.