Los encomenderos, con el ánimo de liberarse del poder de Pedro de Villagra y, en general, de la autoridad de los gobernadores, habían solicitado al Rey la creación de un tribunal, ante el cual poder defender sus derechos y no quedar sujetos a la arbitraria autoridad de un mandatario, cuya voluntad se convertía, en razón de la distancia de sus superiores, en una autoridad absoluta y sin defensa inmediata o pronta.
El Consejo de Indias, una vez conocida la solicitud de los encomenderos (31-XII-1563), pidió opinión al licenciado Monzón, de la Audiencia de Lima y este en su respuesta dice, entre otras afi rmaciones: “No habiendo Audiencia en Chile, se perderá del todo...” (24-IV-1564).
El licenciado Lope García de Castro representó al Rey la necesidad “que se ponga una audiencia en las Provincias de Chile” (6-III-1565).
Estas indicaciones y muchas otras solicitudes llegaron en hora propicia a España, pues el Rey y el Consejo de Indias no podían entender que pueblo tan pobre, tan atrasado, tuviera en jaque a los soldados de España y esto solo se explicaba por incapacidad, indolencia y malversación de los fondos reales. Creyeron que la solución podía ser la creación del Tribunal de la Real Audiencia en Chile.
Ayudó a esta idea, entre otros, García Hurtado de Mendoza, quien se encontraba en España, había vuelto a ganar la confi anza de Felipe II y manifestaba que el reino que él había dejado conquistado y sometido, se había levantado por la incapacidad o los abusos de sus sucesores.
En España no se distinguía entre las personas y Jerónimo de Alderete, Francisco y Pedro de Villagra, Francisco de Aguirre, Rodrigo de Quiroga, eran una sola personalidad con distintos nombres, pero con un denominador común: personas incapaces.
Era necesario que la Corona tomara la empresa a su cargo, con otros hombres a quienes el Rey pudiera confi ar atribuciones y recursos para llevar a término la conquista.
Felipe creyó encontrar en la Real Audiencia la institución justa para esta causa, a la que se le podía confi ar autoridad y recursos con plena confi anza. Por eso, con fecha 27 de agosto de 1565, por Real Cédula, creó la Real Audiencia de Chile, que se establecería en Concepción.
Su ubicación indica la importancia central que en el gobierno de Chile tiene la situación creada por la resistencia araucana, que pesa más que todo lo que signifi ca la administración de esa lejana Colonia. Es la misma razón que hace que los gobernadores pasen el mayor tiempo de su gobierno en Concepción y no en Santiago; situación y afi rmación que será válida para los siglos XVI y XVII y, en parte importante, para el siglo XVIII.
Este Tribunal constaría de tres oidores venidos de España y del Dr. Melchor Bravo de Saravia, antiguo oidor de la Audiencia de Lima, a quien se le extendió el nombramiento de presidente del Tribunal.
El Tribunal se encargaría del gobierno civil y militar con amplias facultades, incluso la de reformar encomiendas y mercedes, además de sus funciones jurídicas.
Era una Audiencia Gobernadora, con bastantes más atribuciones que las que tendría más tarde, cuando se crea por segunda vez en Santiago, donde se instaló el 11 de septiembre de 1609.
Formaban parte de este Tribunal, su presidente, tres oidores, su fi scal, un alguacil mayor y un secretario canciller, que por no venir nombrado desde España, lo designó el propio Tribunal de entre los vecinos de Concepción.
De los tres oidores nombrados en España, el licenciado Serra falleció en Panamá; los otros dos, Juan de Torres y Vera Aragón y Egas Venegas, se quedaron en Lima esperando la llegada del nombramiento de Bravo de Saravia, que se extravió y, en vista del retardo, se vinieron a Chile.
Tocaron en Coquimbo y se dirigieron a La Serena, cuyo Cabildo los recibió; y llegó hasta aquí un regidor del Cabildo de Santiago, a saludarlos e invitarlos a pasar a la ciudad, lo que no hicieron, sino que continuaron
su viaje por mar, deteniéndose en Valparaíso y de ahí a Concepción, con equipamientos y vituallas.
Partieron con tres naves que una tempestad dispersó. Uno de los navíos se perdió, falleciendo gran parte de la tripulación. Solo tres se salvaron.
La nave zozobró en la tempestad y es penoso dejar constancia que, entre las personas que encontraron la muerte, se ahogaron los célebres capitanes de la guerra de Arauco, Alonso de Reinoso y Gregorio de Castañeda.
La Audiencia se instaló en Concepción el 10 de agosto de 1567, con los dos oidores llegados; el sello de la Real Audiencia fue conducido bajo palio a la sala donde funcionaría el Tribunal, que inicia sus actividades el 22 de agosto.
Los oidores comenzaron su gobierno sin esperar la llegada de Melchor Bravo de Saravia y desde el principio se enemistaron con el gobernador saliente. Rodrigo de Quiroga, como también con sus amigos.
Los 1.000 españoles que poblaban Chile eran insufi cientes para llevar adelante la conquista, más aún si no estaban unidos. Los bandos se formaron de inmediato: por un lado amigos y partidarios de Quiroga, por otro, encomenderos que pensaron en la posibilidad de perder o ver modifi cadas sus mercedes y encomiendas.
Quiroga, al principio, se sobrepuso al despecho de su relevo en medio de los éxitos que había obtenido; pero los oidores no quisieron saber nada de él, ni de los suyos, lo que los llevó a alejarse de Concepción, restarse a la acción y a contribuir, en cuanto de ellos dependiera, al fracaso del gobierno de los oidores.
Estos no tenían idea de Chile, de su clima, de su gente y creían que era muy fácil llegar a un entendimiento pacífi co con los mapuches, sobre la base del respeto a sus hogares y un buen trato. Hay que tener presente la idea que pesó en España en la creación del Tribunal: que la guerra de Arauco, en su duración, era exclusiva responsabilidad de la incapacidad de los gobernadores.
A cuantos expusieron su idea, capitanes de su confi anza, les rechazaron su planteamiento y, poco a poco, empezaron a perder su ilusión y a prepararse militarmente, por si fuera necesario.
Además los aprestos militares, tanto de los oidores como los de su sucesor, el presidente Bravo de Saravia, no dieron resultado, pues la población estaba muy pobre, aniquilada con los años de guerra y con las contribuciones o derramas que les habían impuesto Pedro de Valdivia y Quiroga.
En relación a la situación económica de los vecinos de Santiago, el 30 de agosto de 1567 decía el procurador de la ciudad, Juan Godinez: “estamos tan adeudados y pobres que no ha quedado casa, ni hacienda que no la hemos empeñado y vendido. Y como no nos queda casa con qué sustentar los gastos de esta guerra, sino el ánima, deseando dársela a Dios de quien la recibimos, porque es cierto que de los conquistadores que en esta ciudad somos vecinos, no hay tres que pueden tomar las armas, porque están todos viejos, mancos y constituidos en todo extremo de pobreza”.
El capitán Alonso Ortiz de Zúñiga, en las ciudades del sur, con gran sacrifi cio pudo sacar 60 hombres. Juan Alvares de Luna, en Santiago, tuvo difi cultad para reunir un pequeño contingente. La Audiencia recibió un verdadero auxilio de Juan Jofré, que ayudó con animales para carne, caballos, tocino y harina. El mando del ejército lo confi aron los oidores a Martín Ruiz de Gamboa, que lo aceptó con amplios poderes. El cargo de Cuartel Maestro fue asignado a Lorenzo Bernal de Mercado.
Los oidores querían iniciar su acción poniendo en juego su idea pacífi ca y, antes de probar su plan, no deseaban que se iniciaran operaciones militares. Ruiz de Gamboa no compartía esta idea y, sabiendo que los indios estaban en plena construcción de un pucará, en las cercanías de Cañete, comprendió que se acercaba un levantamiento y un nuevo ataque. Sin consultar a la Audiencia, resolvió atacar y destruir y desbaratar su fuerte antes que lograran afi rmarse en ese lugar. Bernal empleó una forma especial y nueva para el ataque. Dividió sus 95 hombres en pequeñas partidas y les ordenó que avanzaran directamente al pucará, sin detenerse a socorrer ni a sacar a los que cayeran en trampas. Así lo hicieron.
Los indios salieron de su fuerte para rematar a los caídos en las trampas, mientras los soldados españoles avanzaban, entraban al fuerte y luchaban en el interior mismo del pucará.
Regresaron los indios, pero se encontraron con la lucha en el interior de sus defensas y con la retirada cortada. Entretanto, los primeros españoles que cayeron en las trampas, salían de ellas y reforzaban a sus compañeros,
que decidieron a su favor un combate por largo tiempo incierto e indeciso. Los indios se dispersaron y huyeron por las quebradas, haciendo difícil la persecución.
Los oidores junto con recibir la noticia del triunfo, destituyeron de sus cargos a Martín Ruiz de Gamboa y a Lorenzo Bernal de Mercado. Los oidores del rey don Felipe les manifi estan que la medida nace: “por motivos que no afectan a sus aptitudes y a su comportamiento”.
Martín Ruiz se alejó del cargo y del servicio y lo reemplazó Miguel de Avendaño y Velasco y Bernal de Mercado quedó como corregidor en Concepción.
Avendaño, obedeciendo las órdenes de los oidores se mantuvo a la defensiva, dejando que los mapuches siguieran tranquilamente los preparativos para la próxima rebelión general.