Desde niño, al igual que muchos cusqueños, tuve cierta simpatía por José Pardo. Sin embargo, durante su gobierno nos mantuvimos al margen, no actuamos en su favor ni tampoco en su contra. Le sucedió Augusto B. Leguía, quien había sido su Ministro de Hacienda y ten- dría gran figuración en la política peruana de las décadas siguientes. El gobierno saliente hizo campaña en favor de Leguía contra la can- didatura de Nicolás de Piérola, que presentaba la figura de un político respetado pero perteneciente al siglo pasado. Además, sus fracasos electorales fueron mellando la imagen del vencedor de 1895.
En las elecciones de 1908, la rivalidad enconada entre civilistas y demócratas no pudo quedar de lado, Pardo no permitió que hubiese un delegado de la oposición en la Junta Electoral, solamente un civi- lista y un constitucional, vale decir que sólo estaban representados los de la alianza gobernante. Esta fue la causa que llevó a Augusto Du- rand a planear el movimiento subversivo de 1908. Los insurgentes se apoderaron del ferrocarril que conduce a La Oroya, desde donde pre- tendían llegar a Cerro de Pasco, levantando a esa zona y a Huánuco, tierra en la que Durand había nacido. Pero les ocurrió un chasco tre- mendo, fue penoso que les sucediera a quienes, como políticos y revo- lucionarios, debían estar alertas ante toda eventualidad. Estaba presen- te en los acontecimientos un norteamericano llamado Harry Whal, fun- cionario de la empresa ferrocarrilera. Al saber que los revolucionarios habían abordado el ferrocarril se apoderó de la locomotora y desen- ganchó los vagones. Los rebeldes no habían previsto lo que sucedió, se quedaron cómodamente en sus vagones sin capturar la máquina, de
tal suerte que no tuvieron más remedio que disolverse, fracasando así la revolución.
Frustrado ese intento demócrata-liberal de impedir la toma del go- bierno por Leguía hubo, en mayo de 1909, una conspiración exclu- sivamente demócrata. En esa oportunidad un grupo de casi 30 piero- listas, encabezados por Isaías y Amadeo, hijos del caudillo, tomaron Pa- lacio de la manera más inusitada. Ingresaron casi sin oposición, al mayor Eléspuru que se les interpuso en el camino lo mataron de un balazo. Luego sacaron a Leguía bajo amenazas, llevándolo por las calles céntricas, parece que como no tenían un plan preciso no sabían muy bien qué hacer con él. Existen fotografías donde se ve a Leguía conducido por el Jirón de la Unión acompañado por uno de sus mi- nistros, Manuel Vicente Villarán, el único que lo siguió, y la gente del pueblo, lo que en conjunto reunía unas cien personas. A lo largo del recorrido los pierolistas le exigían a Leguía que firmase su renuncia. Finalmente, el grupo fue a dar a la Plaza de la Inquisición donde lo presionaron con mucha rudeza, inclusive hubo un negro fornido que lo amenazó con una gran piedra. Precisamente en esos momentos acertó a pasar por ahí Jorge Corbacho, un famoso anticuario, quien al darse cuenta que la vida del Presidente estaba en peligro corrió al Estado Mayor, que quedaba a pocas cuadras, para comunicar los hechos. Ahí encontró al general Clement, jefe de la Misión Francesa, encarga- da de la organización del ejército, quien ordenó la salida de un gru- po de hombres a caballo bajo las órdenes de un capitán, quien puso a salvo al Presidente. A caballo Leguía retornó triunfante a Palacio, entre las manifestaciones que la gente del pueblo hacía en su favor. Muchos pierolistas fueron apresados y Piérola nuevamente tuvo que esconder- se, porque tal como sucedería con Haya de la Torre años después, Pié- rola también vivió oculto por mucho tiempo.
En ese ambiente fueron naciendo mis primeras inquietudes políti- cas. Me incliné inicialmente al pierolismo y en oposición al primer gobierno de Leguía participé específicamente en un movimiento revo- lucionario encabezado por David Samanez Ocampo, que tuvo lugar en Abancay. Mi actuación fue solamente indirecta, yo era por ese en- tonces muy joven. Recuerdo que teníamos en casa algunos revólveres que ocultamente saqué para entregarlos al doctor Juan Pablo Tresie- rra. A esas armas se sumaron otras que empuñadas por un grupo de cuarenta valientes cusqueños sirvieron para tomar Abancay. Para redu- cir a los revolucionarios se tuvo que enviar fuerzas desde Cusco y Aya- cucho, abriéndose así dos frentes de ataque. En el puente de Tabla- chaca los rebeldes se hicieron fuertes para resistir a las tropas que lle- gaban del sur, pero cuando se hicieron presentes también las del nor- te, no quedó otra cosa que fugar, aunque valiéndose de una hábil es-
tratagema. Mientras se retiraban colocaron una serie de sombreros so- bre unas peñas para dar la impresión de que ahí se encontraban para- petados varios tiradores. Los soldados perdieron valiosos minutos dis- parando contra los sombreros, aprovechando los pierolistas para fugar. En su huida llegaron hasta La Convención, donde lograron dispersarse sin ser apresados. En ese enfrentamiento encontró trágica muerte Luis María Robledo, hombre extraordinario que formaba parte del grupo re- volucionario. El ejército cometió abusos contra las familias de los re- beldes, como también contra sus propiedades. A la hacienda de David Samanez Ocampo, por ejemplo, entraron violentamente, saqueándola y destrozando todo lo que encontraron a su paso. Aun así, en los años posteriores, don David ―como lo llamábamos familiarmente― continuó siendo el líder de numerosos alzamientos. No lo amedrentaron ni las persecuciones ni la destrucción que hizo la soldadesca en su hacienda Marcahuasi. Fue un luchador irreductible, de una honradez poco vista.
No obstante mis primeras simpatías pierolistas, en 1910 decidí afi- liarme al Partido Liberal, al que fui presentado por David Chaparro. Consideré a esa agrupación como la única de ideas avanzadas frente a partidos anticuados, o que actuaban en defensa de intereses circuns- critos a determinados grupos. En el Cusco, los grandes terratenientes eran civilistas; en el Partido Liberal, en cambio, nos agrupamos los universitarios ansiosos de renovación.
Pese a mi filiación liberal, participé activamente en 1912 en la for- mación de un Club Billinghurista Universitario. Las circunstancias eran muy claras, la candidatura de Billinghurst surgió como defensora del pueblo frente a la de Aspíllaga, que representaba lo opuesto. Billing- hurst se había hecho conocido como anticivilista acérrimo y como par- tidario de Piérola, aunque su amistad con éste fue deteriorándose. Fren- te a Aspíllaga, civilista puro, rico agricultor azucarero y propietario de Cayaltí, Billinghurst tenía una imagen que captó rápidamente nuestras simpatías. Aspíllaga daba la impresión de que no tenía nada que ha- cer con el pueblo y menos con el Cusco, región de la que probablemen- te imaginaba sus características. Era representante de lo más conser- vador del civilismo, precisamente lo conocí en ese año de 1912 en Li- ma, en casa de un amigo mío. Era un hombre delgado y alto, algo viejo y no revelaba mayor inteligencia. Más hábil parecía ser su her- mano Baldomero, sujeto de mirada aguda e inexpresiva, a quien cono- cí en el Cusco en casa de la familia La Torre.
Por todo esto fue que optamos por el contendor de Aspíllaga en las elecciones de 1912. Organizábamos manifestaciones dando vítores a "Billinghurst, el Salvador", "Billinghurst, el Hombre del Pueblo" y "Bi- llinghurst, el Padre del Pueblo". En ese ambiente de identificación del candidato con el pueblo, la campaña billinghurista en el Cusco fue tan exitosa que llevó al prefecto a perseguirnos, pues defendía inte-
reses distintos. Esa abusiva autoridad se llamaba Juan José Núñez, va- rios grupos políticos en el Cusco comprendieron que era necesario so- licitar su destitución. Y como todo se concentraba en Lima, hubo que enviar una comisión para realizar las gestiones, en la que fui incluido como representante de la juventud. Sus otros miembros fueron Juan Pablo Tresierra, del Partido Demócrata, pierolista que había combati- do en la revolución de 1895, y Víctor J. Guevara, catedrático de la Uni- versidad del Cusco.
Fue así como los tres emprendimos viaje a Lima a entrevistarnos con Billinghurst para solicitarle que, a su vez, pidiese al Presidente Le- guía el retiro de esa mala autoridad. Esa petición era factible porque en ese momento sus relaciones con Leguía eran bastante buenas.
Además de ser miembro de esa comisión, recibí el encargo de con- currir como delegado al Tercer Congreso Panamericano de Estudiantes que debía realizarse en Lima. Para tal efecto mis compañeros fueron Félix Cosio y Humberto Luna. Personalmente contaba con la ventaja de las cartas de presentación que Riva Agüero me entregó al partir del Cusco. Además de su amable ofrecimiento para que me alojase en su casa, hizo que en Lima me recibiesen dos de sus amigos íntimos, Víctor Andrés Belaúnde y Juan Bautista de Lavalle, con el fin de con- ducirme a su casa. Con ellos abordamos el automóvil de mi anfitrión para trasladarnos hasta Chorrillos. Al comienzo del malecón quedaba una de las residencias de la familia, pues la otra estaba ubicada en la calle Lártiga, donde años después funcionaría la Universidad Católica. Era una hermosa y cómoda residencia que quedaba en esquina, con sus interiores muy bien decorados. Fui recibido por la madre y la tía del insigne historiador, quienes me dieron la bienvenida con gran ama- bilidad. Una vez instalado no salía de mi asombro al encontrarme en Lima tan bien atendido por los familiares y amigos del prestigioso Jo- sé de la Riva Agüero. Permanecería cerca de dos meses gozando de la hospitalidad de dicha familia, frecuentando el ambiente en el que él vivía usualmente, utilizando su biblioteca, departiendo con sus pa- rientes y visitando las casas de las principales familias limeñas, como los Villarán, Gallagher, De la Torre, Panizo, Olivera, González Olae- chea, Gálvez, etc.
Lo que en primer lugar me llamó la atención de la capital fue- ron los automóviles, que entonces eran todavía muy pocos, uno de ellos pertenecía al tío de Riva Agüero, en el que me condujeron del Callao a Chorrillos. Los limeños comenzaban a habituarse al paso de estos ve- hículos a motor, que compartían las responsabilidades del transporte urbano con coches y tranvías halados por mulas. Recuerdo en especial el que iba a Magdalena. Resultaba curioso contemplar escenas como las suscitadas por las acémilas al empacarse y los pasajeros empujando el
vehículo. Todavía la electricidad no suministraba energía a este tipo de transporte.
Mis anfitriones me llevaban de un lado a otro, por lo que poco a poco fue ampliándose la imagen que tenía de la ciudad. Existían tre- mendas diferencias entre la capital y las modestas ciudades del inte- rior, tales como el Cusco. En realidad no existía punto de compara- ción. Lima era una ciudad a la europea, la clase alta miraba hacia el Viejo Mundo, de donde le venían ideas y hábitos. La misma moda era completamente europea; los hombres usaban escarpines que ocul- taban los calcetines y camisas de cuellos muy altos, además acostum- braban a reunirse en cafés que imitaban a los de París. La intelectua- lidad limeña frecuentaba el Palais Concert. Me llamó la atención el espíritu ligero y burlón que campeaba en esas reuniones, inclusive lo encontré frívolo con respecto al del Cusco. Los intelectuales capita- linos miraban por lo general con más atención al extranjero que a las serranías. La pequeñez de Lima con respecto a las grandes capitales la remediaban con un falso orgullo que desdeñaba lo autóctono, pero atento para adoptar las modas foráneas.
Como en el Cusco al haber sido redactor de crónicas sociales ha- bía frecuentado la vida de las élites, podía establecer comparaciones con lo que observaba. En la capital las reuniones y fiestas elegantes se realizaban en los grandes centros como el Club Nacional. En el Cusco las casas-hacienda eran los centros activos de la vida social; en Lima, por el contrario las diversiones eran definitivamente urbanas, no obstante que dentro de la ciudad existían todavía amplias zonas de cultivo.
Había todavía alumbrado a gas, que era muy tenue, de manera que en la noche la ciudad mantenía un aspecto un tanto pueblerino. Algunos detalles dan una imagen de lo distinta que era la Lima de ese tiempo. El presidente Pardo viajaba de su casa a Palacio en tranvía, vivía en Miraflores, muy cerca de lo que hoy es el Café Haití. En aque- lla época el Parque Central de Miraflores tenía otras características. La actual avenida Larca era una calle angosta y donde hoy está la pi- leta había un conjunto de casas atravesadas por una calle con verma central a la que se le puso el nombre de Alameda Ricardo Palma, en homenaje al insigne escritor peruano, que vivía muy cerca de ahí. Que- daba su casa en una callecita estrecha, en la que lo visitamos con Riva Agüero, acontecimiento que fue para mí memorable. Algunos años atrás, cuando lo habían sacado de la dirección de la Biblioteca Nacio- nal varios cusqueños le enviamos un telegrama de adhesión. Cuando estuve ante él recordó ese hecho. Llegado el momento de la despedi- da Palma pidió a su hija Angélica que le alcanzara un ejemplar de su Apéndice a mis últimas Tradiciones Peruanas, editada en España dos años antes, donde estampó la siguiente dedicatoria: "A Luis E. Valcár-
cel en testimonio de muy cordial afecto de su amigo, Ricardo Palma. Miraflores, 12 de agosto de 1912". Aún conservo ese valioso presente del insigne escritor.
Mis compañeros de viaje se alojaron en el Hotel Europa en el centro de la ciudad, por lo que debimos acordar la forma de coordi- nar nuestras actividades. Nos encontrábamos en la Universidad o en algún lugar fijado de antemano o poniéndonos de acuerdo por te- léfono. Una de nuestras primeras actividades en grupo fue la visita a Guillermo Billinghurst, quien vivía en la calle Gallinazos, en una ca- sa de un solo piso. En la secretaría nos atendió su hijo Guillermo, quien arregló una cita con su padre.
Llegado el momento de la entrevista, Billinghurst nos escuchó con atención, le dimos a conocer la situación reinante en el Cusco y la ma- nera como el prefecto Núñez actuaba totalmente parcializado con la candidatura de Aspíllaga. El futuro Presidente quedó convencido de que, efectivamente, dicho prefecto era enemigo de toda manifestación de apoyo en su favor y que había en el Cusco un enorme entusiasmo por su candidatura que no podía desperdiciarse. Se concluyó en que era necesario hacer gestiones directas ante el presidente Leguía para pedir la destitución del prefecto Núñez.
En la medida que Billinghurst contaba entonces con alguna sim- patía oficial y tenía acceso al despacho presidencial, dos o tres días después había conseguido una audiencia con Leguía. En esos días en que esperábamos la cita con el mandatario ocurrió una deserción en la comisión que para ver el problema del prefecto había venido desde el Cusco. El doctor Juan Pablo Tresierra, viejo pierolista, visitó a don Nicolás de Piérola, quien le dijo que de ninguna manera debía vincu- larse con Leguía y menos aún presentarse ante él acompañado de Gui- llermo Billinghurst, a quien el viejo líder consideraba poco menos que un traidor a la causa demócrata. Para Tresierra, su fiel seguidor, la palabra de Piérola fue un mandato, por lo que se abstuvo de concurrir a la entrevista para la cual habíamos venido desde tan lejos. Un día del mes de julio, hacia las 11 de la mañana, acudimos a Palacio acom- pañados de Billinghurst, cómodamente instalados en su automóvil par- ticular. Luego de una corta espera en la oficina del Secretario de la Presidencia, se nos dijo que Leguía nos esperaba. Una vez ante él, Bi- llinghurst nos presentó diciendo: "Señor Presidente, le traigo a estos amigos cusqueños que desean hacerle un pedido". Leguía se interesó por saber quiénes éramos y a qué nos dedicábamos. Le hicimos cono- cer nuestra identidad, Guevara como catedrático de la Universidad del Cusco y yo como alumno, componentes ambos del grupo billinghu- rista, quienes traíamos a Lima la noticia de un seguro triunfo en el Cus- co del señor Billinghurst. A continuación Guevara sustentó las razones por las que pedíamos la destitución del prefecto Núñez. Apenas éste
terminó de hablar, Leguía se volteó hacia mí y me preguntó: "¿Y us- ted qué opina, señor Valcárcel?" Yo me limité a manifestar mi acuer- do con la exposición de Guevara. Luego nos interrogó sobre algunos antecedentes de Núñez y pocos minutos después se disculpó diciendo que debía salir de Palacio y que nos haría llegar un mensaje indicán- donos el día en que debíamos regresar. Leguía nos dejó una viva im- presión. Tenía una mirada de águila, profunda y penetrante, y un to- no de voz imperativo pero amable. Abandonamos el despacho mien- tras Billinghurst permaneció ahí por algunos minutos, luego de los cua- les nos dio el encuentro y nos dirigimos nuevamente a su casa. Desde entonces quedamos muy agradecidos a su persona. Si cuando salí del Cusco tenía una vaga simpatía hacia su candidatura, luego de conocer- lo me adherí a ella de manera entusiasta; frente al aristocrático Ante- ro Aspíllaga, Billinghurst me parecía la persona más indicada para go- bernar el país.
Dos o tres días después Leguía volvió a llamarnos para una se- gunda entrevista. En esa oportunidad concurrimos solos. Luego de cerca de media hora de conversación sobre el Cusco y sus problemas, nos comunicó que se había acordado trasladar a Núñez a otra prefec- tura y que en caso de que presentase su renuncia se le iba a aceptar. Nuestra misión en Lima había culminado con éxito.
Fue a raíz de mi participación en esas gestiones que Núñez me lanzó desde el Cusco un desafío a duelo. Sorpresivamente recibí la visita de sus padrinos, dos notables figuras políticas de la época, Juan de Dios Salazar y Oyarzábal, más tarde presidente de la Cámara de Diputados, y Benjamín La Torre, senador por el Cusco. Por mi parte elegí a José de la Riva Agüero y al doctor Luis Alberto Arguedas. Reu- nidos los padrinos, los míos plantearon que habíamos sido tres los en- cargados de obtener la separación de Núñez del cargo de prefecto, y que del desafío resultaban excluidos dos. Después de larga discusión se resolvió consultar con Pedro Larrañaga, célebre político muy versa- do en cuestiones de honor, quien finalmente emitió su fallo: Juan José Núñez debía extender el desafío a los tres miembros de la comisión y ésta designaría a un representante. Ante tal noticia, Núñez dio mar- cha atrás y el asunto quedó en nada; no tuvo más remedio que retirar- se de la prefectura del Cusco.
Mientras tanto, Lavalle y Belaúnde se encargaron de hacerme co- nocer Lima y presentarme a importantes personajes. Visité a Javier Pra- do en su casa de la calle General La Fuente, quedé impresionado por