Entre mis primeras evocaciones de la niñez no olvido el hermoso pony que mi padre me obsequió, y que guardábamos en el corral del tercer patio de la casona, junto al caballo de mi madre. Era blanco y café, gozaba mucho cabalgándolo, sobre todo bajo la lluvia. Una de mis primeras salidas a caballo fue con Julio Alcázar, uno de mis po- cos amigos íntimos de entonces. Durante varias horas nos creyeron per- didos porque durante el paseo nos sorprendió una fuerte lluvia y tuvi- mos que refugiarnos hasta que amenguara como para emprender el re- torno. Cuando llegué a casa todo era preocupación y lágrimas ante el temor de que nos hubiese ocurrido un accidente fatal. Esas cabalga- tas fueron de las contadas distracciones que tuve en mi niñez. Nunca me perdí siendo menor; sin embargo, es curioso que varias veces lo ha- ya soñado. En cierta ocasión soñé que me perdía en Alemania, por- que me olvidaba del hotel en que me encontraba alojado. Pocas ve- ces recuerdo mis sueños, los que casi siempre se refieren a asuntos que me preocupan. En ellos no aparecen personas cercanas, ni mis pa- dres ni amigos íntimos.
De niño me distinguí por mi seriedad, aunque lo que en realidad ocurría era que tenía un sentido del humor muy particular, no soy una persona de risa fácil, salvo cuando ocurren hechos muy peculiares. Mu- chas veces me hicieron notar mi seriedad. Cierta vez en una función de circo, dos loros amaestrados jalaban un coche pintado, motivo de risa para toda la concurrencia; sin embargo, yo permanecí serio, para sorpresa de mi madre que me preguntaba por qué no me había reído. Salía muy poco de casa, pues prefería la lectura y gustaba conversar con los mayores. Con la perspectiva que da el tiempo transcurrido pue-
do decir que esto no fue positivo porque me quitó la alegría propia de la infancia. Aprendí a leer siendo muy pequeño, enseñado por mi madre, quien mostró amorosa preocupación en la tarea de mi educa- ción. De tal suerte, cuando ingresé al Seminario de San Antonio, a estudiar la primaria, ya podía leer algunas cosas sencillas. De entonces recuerdo a dos compañeros, Hernando Vega Centeno, que fue Deán de la Catedral de Lima, y a un Garrido Mendívil. Primó en la elección del colegio la opinión de mi madre, tan afecta a las ideas religiosas. Ahí hice los dos primeros años y luego pasé, en 1900, a otro colegio que tenía como director a Pablo La Torre, que después fue senador por el Cusco. Mi nuevo colegio quedaba detrás del Convento de La Merced, era una casa antigua con un hermoso jardín. El director era un hombre muy raro, populachero y un poco vulgar, muy allega- do al pueblo e íntimo amigo del cura de San Blas, de carácter pare- cido. Por eso el colegio de La Torre no les gustaba a mis padres, era sumamente libre y carecía de disciplina. Mis compañeros, ya desapare- cidos, fueron Carlos Chávez Fernández, pícaro y chismoso, Timoteo Caz- zini y Federico Begazo. Recuerdo a mis profesores Crisanto Pacheco y al canónigo Eugenio Oré, a quien temíamos mucho porque nos castigaba haciendo uso de un chicotillo que llevaba bajo su sotana.
Luego de un año pasé al Colegio Peruano que, en buena cuenta, sustituyó al de La Torre. Era del señor Isaac Tejeira, una figura cus- queña olvidada no obstante sus grandes méritos personales. Fue un maestro ejemplar por su calidad humana, dedicado enteramente a la enseñanza, que se había formado con mucho esfuerzo pues era muy pobre, y que con su bondad y paciencia se ganó el respeto de todos sus alumnos. Ahí jugábamos a la "mulita chúcara" que consistía en hacer una ronda, uno de los participantes salía de ella y tenía que co- ger a alguno de los de la ronda, lo que era difícil pues éstos pateaban como burros para no dejarse agarrar. También jugábamos al "salto del borrego", aunque no me gustaba mucho porque era duro y tosco, con ventaja para los alumnos de mayor edad, como los hermanos Vallenas que dominaban en el patio del colegio. El Colegio Peruano funcionó en los primeros años en el antiguo local de La Torre y de ahí pasó a la calle Nueva Baja. Santiago Zambrano era en esos años nuestro profesor de Ciencias, recuerdo sus entretenidas clases en que nos mos- traba los usos de ciertas plantas medicinales. Su hermano Manuel en- señaba caligrafía. Fueron buenos maestros y nada más. De aquella oportunidad viene también a mi memoria el inspector Fajardo, quien hablaba escupiendo, por lo que le decíamos "chuchico" que en quechua quiere decir tordo. En el Cusca hubo tres señores con el mismo apodo.
A la lista de mis compañeros de colegio se agregan los nombres de Tomás Aquiles Berti y los hermanos Bernardino y Humberto Va- llenas, así como los hermanos Armando y Clodomiro Montes, este
último figuró en política durante el régimen de Odría como Minis- tro de Salud Pública y luego como candidato a la Vicepresidencia. En el Colegio Peruano concluí la primaria e hice los dos primeros años de media.
Si bien el ingreso al colegio hizo que, de manera obligatoria, fre- cuentase niños de mi edad, tal cosa no impidió que transcurriese bue- na parte de mi tiempo libre muy cerca de mi padre. Desde pequeño conocía los manejos del almacén y apenas mi edad lo permitió encon- tré enorme gusto en ayudarlo en el trabajo cotidiano. Más tarde me fue posible colaborar con él en el aspecto contable. Fue así que pude conocer a muchos de sus buenos amigos, quienes lo apreciaban por su honradez y buen carácter. Como había ocurrido en los años previos, continué frecuentando gente mayor.
Mi padre era un hombre bondadoso y caritativo, inclusive podría decirse que tenía espíritu filantrópico. A diferencia del típico comer- ciante hizo muchos préstamos a personas realmente necesitadas y que carecían de las garantías suficientes que todo buen negociante exige. Fue por eso que muchos que se encontraban en mala situación acu- dían a él. Una muestra más de su espíritu desprendido eran los repar- tos de comida que hacía para algunas gentes humildes que, sabedoras de su bondad, se instalaban cada sábado en la puerta de su almacén. Con el tiempo el número de menesterosos aumentó, conforme la can- tidad de mendigos que deambulaban por la ciudad iba también en au- mento. Desde que puedo recordar, colaboré con mi padre en el repar- to de los días sábados, observaba las actitudes de los mendigos al re- cibir la modesta ración que incluía pan, queso, aceituna y alguna otra cosa que hubiese disponible, algunos agradecían diciendo "Dios se lo pague", los indígenas simplemente decían "Dios paga". Gestos como ése fueron formando mis sentimientos, el interés de mi padre por quienes todos consideraban gentes de mínimo aprecio fue mi primera lección de indigenismo. Mi manejo del quechua me permitió acercarme mu- cho a los indígenas y más tarde sería para mí de importancia funda- mental para el conocimiento de la vida cusqueña de las zonas rurales. Lo aprendí en el trato con los "domésticos", que en número de cuatro o cinco solían vivir en casa, como en la mayoría de los hogares cusque- ños. Contábamos con una cocinera, dos o tres mujeres se encargaban del lavado y la limpieza y uno o dos chicos hacían las cosas menudas. Mi trato con estos últimos era continuo, eran mis acompañantes en los juegos infantiles, entre ellos recuerdo sobre todo a Marianucha y a Do- mitila, con quienes hacíamos paseos a los alrededores de la ciudad. Ellos, así como los otros sirvientes, procedían de Pujyura ("debajo del manantial"), que se encontraba en la pampa de Anta, a pocas leguas del Cusco.
Varios años después llegó a casa una muchacha a quien mi madre llamaba Mariacha. Entonces era yo un muchacho de 16 años que preparaba exámenes de ingreso a la Universidad, labor que realizaba con uno de mis más inteligentes compañeros, Federico Ponce de León. Era el tiempo en que hablábamos de mujeres y teníamos enamoradas, sin embargo la compañía de Marianucha o Mariacha, como yo la lla- maba, para mí siguió siendo la preferida. Fue así que esa delicada muchacha de Pujyura se convirtió en mi primer amor, pasaron dos años, hasta que cierto día, al regresar de uno de mis viajes a la hacienda Ro- ca Carpeia, de Mariano Carpio, no la encontré en casa. Mi madre, tan previsora y recelosa, se había percatado del romance y la había envia- do de regreso a su comunidad. Fue tremenda la impresión que me causó su ausencia, el recuerdo de Mariacha ha quedado grabado en mi memoria a través de los años transcurridos. Esos fueron mis primeros vínculos con los indios cusqueños, quienes más tarde serían objeto pre- ferente de mis estudios.
Testimonio del carácter que marcó mis años infantiles fueron los temas que me preocupaban cuando tenía apenas once o doce años, los sucesos de la ciudad, la política nacional y los principa- les acontecimientos internacionales. Temas de los que me informa- ba a través de "El Comercio" de la capital que, con varios días de atra- so, llegaba a mi padre. A una edad en que los niños imaginan mun- dos de fantasía encontré un entretenimiento bastante particular, redac- taba un periódico en miniatura, que salía en manuscrito en dos pliegos de papel tamaño oficio y cuyo nombre era "El Toro", que luego cam- biaría por "El Heraldo". Lo vendía entre mis compañeros de colegio y entre los amigos de mi padre, que no cesaban de festejar la ocurren- cia del prematuro periodista. En los números correspondientes a los últimos meses de 1903 añadía comentarios sobre la política nacional en los que me mostraba como partidario de José Pardo. Por aquel en- tonces llegó al Cusco un importante personaje de la política limeña, Juan Pardo y Barreda, hermano de quien al año siguiente sería elegi- do Presidente de la República. Algunas personas le informaron de mis conocidas prácticas periodísticas. Resulta muy curioso que el señor Par- do se tomase el trabajo de buscarme para comprobar que efectivamen- te había en el Cusca un partidario pardista infantil.
En la entrevista que sostuvimos el visitante se mostró muy entu- siasmado por mi publicación y pidiendo permiso a mi padre hizo im- primir 200 minúsculos ejemplares de "El Heraldo". No hay duda que este suceso me produjo mucha satisfacción, la que fue mayor cuando, en 1905, el propio Presidente José Pardo llegó al Cusco, a los pocos meses de su elección. Fue espléndidamente recibido por un crecido número de personas en la Plaza de Limajpampa, a la entrada de la ciudad, desde donde fue conducido hasta el local de la Prefectura, si-
tuado en el centro. A Sicuani el Presidente había llegado en tren, pa- ra luego continuar al Cusco en una de las diligencias para doce perso- nas que hacían el servicio de transporte de pasajeros en esa ruta. Era un pesado viaje que duraba dos días. Fue entonces que el propio Pre- sidente de la República pudo darse cuenta de la justeza del reclamo de los cusqueños que deseaban el establecimiento de ese corto tramo férreo que, después de larga espera, uniría al Cusco con la costa. Par- do ofreció satisfacer la demanda. Al poco tiempo el tren llegaba a la ciudad en medio de la expectativa de los cusqueños, muchos de los cuales nunca habían visto uno. El Ministro de Fomento representó al Presidente en la ceremonia de inauguración. Pardo había cumplido su palabra.
Conservo un vivo recuerdo de la ceremonia realizada en la Uni- versidad del Cusco, donde el mandatario fue declarado huésped de ho- nor. Hablaron el Rector Eliseo Araujo, los catedráticos Wenceslao Ca- no y Antonio Lorena y luego, a nombre de los jóvenes, pronunciaron discursos, Isaac Tejeira y un acomayino que hasta hacía poco tiempo había sido alumno de la Universidad. Ese joven, cuya figura todavía me parece estar viendo, se llamaba José Angel Escalante, quien aque- lla tarde ofreció un discurso brillantísimo en el que realizó una nota- ble descripción geográfica del departamento, resaltando sus problemas más acuciantes. Al concluir, el Presidente lo llamó para felicitarlo. Por entonces yo era alumno en el Colegio Peruano, en los primeros años de media.
Cursando el segundo año de media ofrecí una disertación, que pue- de considerarse como una primera manifestación de mi vocación por la historia. El tema escogido fue el periodismo cusqueño y los datos necesarios los obtuve investigando en la única biblioteca pública que entonces había en el Cusco, la de los jesuitas. Durante la exposición no sentí nerviosismo alguno ya que me había acostumbrado a hablar en público, sobre todo por mi participación en reuniones estudiantiles.
En esos años fue mi maestro el doctor Cosme Pacheco, una de las personas que mayor influencia ejerció sobre mí, el primero que nos habló de ideas consideradas como peligrosas, como las de González Pra- da, por ejemplo. Pacheco era un hombre sumamente culto y bastante enterado de las ideas anticlericales y anarquistas. Bajo su influencia inicié mi tendencia hacia lo que hoy llamamos izquierda, que no aban- doné durante toda mi vida.
En 1903 fui admitido como alumno interno en el Colegio San Jo- sé de los jesuitas de Arequipa. El traslado fue decidido porque en el Cusco solamente podía ingresar al Colegio de Ciencias, excesivamente liberal, o al Seminario, al que mi padre no quiso que asistiese siendo todavía menor. Recuerdo el nombre del director, el padre Malzieu, así como a mis compañeros de internado que, como yo, procedían tam-
bién del Cusco: José Angel Caparó, Federico Cáceres, Julio Matto, Luis Horacio del Castillo. No pude acostumbrarme a vivir lejos del Cusco y separado del acogedor ambiente familiar, por lo que desde un inicio tuve grandes deseos de volver a casa, lo que se cumplió pocos meses después, ya que al haber aparecido la peste bubónica en Mollendo, pro- dujo una gran alarma que obligó a mis padres a hacerme volver al Cusco. En los escasos ocho meses que permanecí en la Ciudad Blan- ca sostuve estrecha amistad con la familia Medina, que vivía en la calle Santo Domingo, gente muy afectuosa y amable cuyo jefe me sirvió de apoderado. Cada fin de semana solía pasar un día en fami- lia, libre del riguroso sometimiento a las reglas del Colegio. Por ese entonces tuve que someterme a prácticas muy extrañas para mí, como ayudar en la misa. Fue una experiencia dura levantarse a las seis de la mañana para escuchar misa, cuando en el Cusco mi madre me obli- gaba a hacerla iba a regañadientes y contra mi voluntad. Pese a esos malos recuerdos hice muy buenos amigos en el colegio, sobre todo en- tre los cusqueños y puneños, pues con los arequipeños guardábamos cierta distancia.
Antes de ir a Arequipa a estudiar, en 1902 ya había estado en esa ciudad. En ese entonces mi madre, acompañada por un grupo de ami- gas arequipeñas, viajó al balneario de Mejía, cerca de Mollendo, y cuan- do llegaron mis vacaciones estuve en condiciones de alcanzarla. Mi padre le encargó al ingeniero Mauro Valderrama que me llevara has- ta donde mi madre se encontraba, aprovechando que él viajaba hasta Mollendo, seguramente para embarcarse a Lima. Para mí fue inolvi- dable ese primer viaje por la región sur y, prácticamente, mi primer encuentro con el mar. Con el correr de los años habría de hacer ese mismo recorrido en muchas oportunidades. En el trayecto hacia Mo- llendo conocí al limeño Juan Luis Navarro, vestido a la moda europea, como sólo en raras ocasiones podía verse en el Cusco.
El tercero y cuarto de media, entonces el último año escolar, los hice en el Seminario Conciliar de San Antonio, cuyo local, profesores y alumnos no me eran desconocidos pues ahí había hecho mis prime- ros estudios. El Seminario había alcanzado mucho prestigio, pues su profesorado estaba constituido por hombres capaces y especializados. Eran sacerdotes agustinos procedentes de España, quienes recién lle- gados al Cusco fueron víctimas de una tendencia antirreligiosa por in- fluencia de González Prada, muy difundida por los universitarios. Por eso se les acusaba y se les ponía en ridículo en el periódico "El Cus- co", al que ellos contestaban en "El Estoque".
Los padres agustinos me recibieron muy cordialmente. De mis años en el Seminario recuerdo al rector, Padre Inocencia Vega, muy severo y temido por los alumnos, y a los sacerdotes Zenón Fernández, profesor de historia, Francisco Muñiz, profesor de filosofía con quien
sostenía grandes discusiones, Isaac Pajares, profesor de química, y al Padre Atilano Bardón, encargado de la disciplina, de carácter muy ama- ble, que nos conducía por caminos tan convenientes como lo deseaba el rector. Recuerdo con especial cariño a algunos de mis compañeros, como Francisco González Gamarra, un gran pintor que llegó a ser di- rector de la Escuela Nacional de Bellas Artes, Víctor Guzmán, de carác- ter festivo y alegre, muy inteligente y observador, y Jenaro Fernández Baca, quien más tarde fue un prestigioso profesor del Colegio de Ciencias y un paciente coleccionista de cerámica incaica.
En ese año recuerdo haber ganado, como fotógrafo, el primer di- nero de mi vida. Con una antigua cámara fotográfica retraté a un gru- po de 30 estudiantes de teología, a quienes llamábamos "yayas", que ocupaban el segundo patio del Seminario, mientras quienes no sería- mos religiosos, ocupábamos el primero. Obtuve la fabulosa cantidad de 30 soles pues vendí una copia a cada uno de los retratados, yo mis- mo me encargué de revelarlas.
Fui un alumno muy aplicado. Estudiar era para mí algo de ho- nor, pues en casa no me exigieron. Por amor al estudio y por conside- ración a mis profesores puse en ello todo mi empeño. Durante aque- llos dos años en el Seminario estuve siempre en el primer lugar y ob- tuve todos los premios, me seguía Jorge de los Ríos, ya fallecido, con quien compartía mi simpatía por los indígenas.
Entre tercer y cuarto año de media participé en la publicación de una revista que apareció con el nombre de "Pinceladas". González Ga- marra era el artista caricaturista, encargado de una sección especial de muy buenas caricaturas de los personajes de la ciudad. Por ahí desfi- laron los catedráticos de la Universidad del Cusco, los vocales de la Corte, los abogados, en fin, un variado número de personajes en actitu- des un poco ridículas y que eran inmediatamente reconocidos. Guzmán, el humorista, hacía uso de su ingenio para la sección de crítica a la so-