Algunos meses después de retornar al Cusco recibí mi nombra- miento como Inspector Departamental de Instrucción. Billinghurst así lo había dispuesto. Era el año 1912 y yo tenía 21 años. Acepté el car- go y nombré a Luis Felipe Aguilar como mi secretario, desde entonces emprendimos una intensa campaña indigenista. Con ese trabajo público de reconocida responsabilidad inicié mi mayoría de edad, en él me mantuve hasta la caída de Billinghurst en 1914.
Como Inspector Departamental realicé una detallada revisión de la labor educativa en Cusco y Apurímac, para lo cual recorrí casi todos los pueblos de la zona, tomando contacto con profesores y alumnos, examinando las necesidades de las escuelas y evaluando a los maestros. El profesorado era bastante regular, aunque por las condiciones en que trabajaba estaba muy atrasado en lo referente a métodos pedagógi- cos y carecía de información. En el Cusco contábamos con varios co- legios particulares donde estudiaban los hijos de las familias acomoda- das de la ciudad, en los planteles públicos predominaban los alumnos mestizos y un reducido número de indígenas. No había ninguna es- cuela exclusiva de indios. Las capitales de provincias tenían también sus respectivos colegios, generalmente de enseñanza primaria, y para las zonas rurales había las llamadas "escuelas de indios", que en los lu- gares más alejados escaseaban y en las alturas no existían.
En mis viajes de inspección me interesé mucho por examinar la relación que los maestros establecían con los alumnos indígenas. Incul- qué a los docentes que debían prodigar un trato amable y respetuoso a los niños que comenzaban a aprender castellano porque eran tan pe-
ruanos como los demás, no existiendo motivo para su marginación. Por entonces la enseñanza se realizaba exclusivamente en castellano, ni se pensaba dictar en quechua, una lengua rica y antigua, pues no se res- petaba en absoluto la cultura indígena y su idioma.
Solamente muchos años después, cuando desde el Ministerio de Educación promovimos la formación de los núcleos escolares campe- sinos, comenzó a impartirse la educación en quechua. Pero la situa- ción que en materia educativa se vivía en 1912 era muy distinta, ni si- quiera podía pensarse en introducir cambios en el aspecto pedagógico; había que comenzar por levantar escuelas ahí donde no existían y lo- grar que sobrevivieran las existentes, pese a su abandono. No solamen- te no se contaba con el menor apoyo oficial, sino que los centros edu- cativos estaban desvinculados entre sí, sin el necesario contacto que hu- biese permitido a los maestros más experimentados influir en los me- nos preparados. En una completa soledad, muchas veces a varios días de camino de la escuela más próxima y en muchos casos recibiendo su salario con retraso, los maestros de las escuelas de indios cumplían una labor abnegada. Los alumnos, por su parte, tenían muchas difi- cultades para asistir a la escuela, porque en el campo los niños y los jóvenes trabajaban en las parcelas. Había que darles algunas facilida- des. Conseguimos, aunque de manera muy limitada, que se les diese una pequeña ración de comida a los alumnos que vivían lejos de la escuela, para evitarles que al mediodía regresaran a almorzar. Sin em- bargo, eso no fue sino un paliativo pasajero frente a una realidad es- colar lamentable, pues no se disponía de los materiales de trabajo más elementales. Me impresionaba ver a los niños indígenas acomodados en el suelo escribiendo a duras penas. Había mucha pobreza. Por si fuera poco, hubo casos en que los maestros incurrieron en faltas se- rias, inclusive pudimos enterarnos de casos de maltratos inferidos a los alumnos. Los estudiantes, además, no tenían mucho interés en asistir a la escuela, pues la educación que se les impartía, aparte de ser discriminadora, poco tenía que ofrecerles en cuanto a su mundo y preocupaciones rurales.
En Lima se concedía poca importancia a nuestros problemas. Te- níamos que ingeniárnoslas con nuestros propios recursos, o buscar el apoyo de particulares; se nos prometía ayuda que llegado el momento no aparecía, estábamos abandonados a nuestra suerte. En el fondo, la mayor preocupación de los gobiernos era extraer de las provincias los mayores ingresos posibles. Recibir dinero pero no darlo.
Mi labor en la Inspección Departamental de Educación fue el pri- mer capítulo de una prolongada actividad en favor de la educación na- cional. No solamente me preocupaba el nivel escolar sino también el universitario, terreno en el que mi preocupación fue, siguiendo las ideas de Alberto Giesecke, encontrar la forma en que la Universidad del Cus-
co estuviese al servicio del desarrollo regional. Durante la primera dé- cada del siglo XX se debatió sobre la organización de las universida- des del país, en especial se discutió si las universidades menores tenían o no razón de ser. Inspirados por el funesto centralismo, muchos propu- sieron suprimirlas. Francisco García Calderón, Alejandro Deustua, Cle- mente Palma, Alejandrino Maguiña y otros, coincidieron en que se de- bía eliminar o recortar las atribuciones de las universidades menores, concentrando en Lima la educación superior. Parlamentarios como Ma- riano Nicolás Valcárcel, Mariano Lino Urquieta y Luis Miró Quesada asumieron la defensa de dichas instituciones. Durante el primer go- bierno de Leguía se encargó a una comisión compuesta por Manuel Vicente Villarán, Alejandrino Maguiña, Carlos Wiese, Alejandro O. Deustua, J. Matías León y Edwin Bardt la confección de un proyecto de ley orgánica de instrucción. En 1912, Edwin Bardt, secretario de di- cha comisión y asesor del Ministro de Instrucción, publicó un folleto titulado Cuestiones sobre las universidades y la instrucción universita-
ria. Desde su propio punto de vista, Bardt proponía una serie de re-
formas en las universidades menores que objeté en mi tesis doctoral.
Fui de la opinión ―y sigo sosteniéndola― que no debíamos imitar modelos extranjeros, sino organizar una institución educativa que estu- viese a la altura de las necesidades regionales, donde los estudiantes debían tener, como requisito para graduarse, un continuo contacto con la realidad natural y social del departamento. Según mi proyecto, la Uni- versidad del Cusco debería contar con cinco facultades. La de Cultura General sería previa a la especialización profesional y daría la capaci- tación suficiente para que sus egresados pudiesen desempeñarse en las actividades pública y privada con eficiencia. La Facultad de Ciencias Aplicadas o Tecnología formaría personal técnico necesario para desa- rrollar la industria del departamento y para explotar su riqueza minera y agrícola. La Facultad de Ciencias Políticas y Administrativas con- taría con tres secciones: una de ciencias económicas, otra de prepara- ción administrativa y una tercera de preparación diplomática. Sus egre- sados estarían en condiciones de elevar la calidad del servicio civil. Pa- ra la Facultad de Letras propuse como reforma que se le dividiera en tres secciones: una de historia, otra de filosofía y una tercera de peda- gogía, para permitir la especialización en estudios que hasta entonces eran muy dispersos y conservaban un carácter enciclopédico anticuado. También la Facultad de Derecho tendría tres secciones, añadiendo a los estudios de jurisprudencia otras dos especialidades en las que se for- marían abogados civiles y penales con gran capacidad práctica.
Mi plan se oponía al del profesor Bardt, quien consideraba que debido al carácter regional de las universidades menores era con- veniente limitarlas a los grados inferiores, reservando los más elevados y la investigación a la universidad mayor. Mi posición era distinta, por- que pensaba que la tarea de las universidades menores era la investi-
gación científica del medio regional, para lo cual era necesario conser- var los grados superiores, en los que el estudiante adquiría especializa- ción y formación en la investigación. La desaparición de las universi- dades menores hubiese hecho un daño tremendo al Cusco, además de reforzar el centralismo capitalino.
Sobre todos los asuntos relacionados con mi trabajo como Inspector de Educación mantuve correspondencia con el Ministro de Justicia e Instrucción de aquel entonces, aunque no con la frecuencia deseada por- que las comunicaciones eran muy difíciles en esos años. Las cartas o telegramas eran infructuosos, en la mayoría de las ocasiones nues- tros pedidos no tenían respuesta. Por eso fue que en 1913 tuve que viajar a Lima para resolver directamente algunos problemas relaciona- dos con mi labor. Mi llegada a la capital coincidió con un aconteci- miento muy importante, la muerte de Nicolás de Piérola, indudable- mente una de las más notables personalidades de la vida política pe- ruana.
A Piérola recuerdo haberlo visto solamente en una oportunidad, un domingo de 1912, cuando salía de misa de la Iglesia de San Pedro. Era un anciano de baja estatura, con una frondosa barba cana y aspecto ve- nerable. En esa época acababa de salir de la clandestinidad, pues se había mantenido oculto después de los sucesos del 29 de mayo de 1909, día en que el Presidente Leguía fue sacado de Palacio por un puñado de audaces pierolistas que lo amenazaban para que firmase su renuncia. Ya entonces Leguía había decretado una amnistía que le había permitido a don Nicolás hacer vida pública y, entre otras cosas, concurrir según su costumbre a la misa de San Pedro. Como muestra de aprecio la gente lo saludaba en el atrio de la iglesia, él respondía complaciente; poco a poco se formó una multitud que lo rodeó por completo. Multitudinario fue también su entierro, algo verdaderamen- te asombroso. Desde tempranas horas la gente se congregó en su mo- desta casa, esperando que terminara el velorio. Cuando el ataúd salió se formó un numeroso cortejo que lenta y silenciosamente avanzó por las calles de Lima camino al cementerio. De todas las casas, por las esquinas, balcones, pasajes y ventanas, salía gente a ver el paso del féretro. Los transeúntes se fueron sumando espontáneamente hasta for- mar una inmensa multitud. A mí me ocurrió algo especial, si bien co- nocía la noticia a través de los periódicos no tenía pensado asistir a los funerales, pues estaba muy ocupado con las gestiones que me habían llevado a Lima. Sin embargo, me di con el cortejo de manera casual, era tan contagioso el sentimiento de dolor popular que me sentí em- pujado a sumarme a la multitud. Así llegamos a su morada final, para entonces los acompañantes constituían un mar humano que se des- plazaba alrededor del féretro.
En el cementerio la masa rodeó la tumba y después del ritual, un hombre bajo, muy bien vestido y cholo de aspecto, se abrió paso para pronunciar el discurso final. Era Mariano H. Cornejo, quien se carac- terizaba porque en la conversación personal tenía ciertas dificultades de pronunciación que algunas veces hacían imposible comprenderlo. Pero en aquella oportunidad, ante esa concurrencia doliente y silenciosa, pro- nunció una de las mejores piezas de oratoria que jamás haya escucha- do, alturada, sencilla y tierna, a través de la cual recordó las acciones y sucesos que rodearon la agitada vida de don Nicolás de Piérola. De esta manera rodeado de la multitud fue sepultado el viejo caudillo.
De otro lado, en ese segundo viaje que hice a Lima vi fugazmen- te a Guillermo Billinghurst. Fue en una oportunidad en que asistí a un banquete que hubo en un gran restaurante en el Parque de la Ex- posición, como conmemoración de una fecha cívica que no recuerdo. Cuando andaba distraído por el local, me di cara a cara con el Presi- dente, quien sólo pudo preguntarme, "¿Qué hace usted por aquí?", a lo que respondí: "Bueno, cumpliendo algunas obligaciones". Inmediata- mente alguien requirió su atención y se limitó a despedirse con un sa- ludo amable. Fue tan repentino el encuentro que quedé desconcerta- do. Esa fue la última oportunidad que vi a Billinghurst; al año siguien- te lo sacarían con un golpe militar y viajaría a Chile de donde, luego de residir un tiempo, viajó a Europa. Algunos años después recibí un folleto en el que explicaba las verdaderas razones por las que había sido derrocado, fue mi último contacto con él.
En esa estadía en Lima pude darme cuenta de hasta qué punto estaba tensa la situación política. Había manifestaciones en favor de Billinghurst, a quien el pueblo llamaba "pan grande", apelativo que recibió en la campaña electoral. Mientras tanto, los civilistas, callada- mente, urdían planes para quitarlo de en medio. Durand, como jefe del Partido Liberal, estaba también con ellos, animando la oposición desde el Congreso, no obstante haber sido tan amigo de Billinghurst. Desde el Cusco sabía que Durand estaba en la oposición, pero confia- ba en que las cosas podían arreglarse. Sin embargo, una vez en Lima pude darme cuenta que no había conciliación posible, y comencé a te- mer que algo malo pudiese ocurrir. No pasó mucho tiempo antes de que el coronel Oscar R. Benavides encabezara el golpe militar contra Billinghurst. Para mí la disyuntiva entre Billinghurst y Durand fue to- do un problema, inclusive de orden personal. Hasta que vino el golpe yo seguía sin definirme. Lo cierto es que Benavides tomó el poder y hasta el mismo Durand fue perseguido, teniendo que mantenerse ocul- to. Benavides fue siempre una persona muy astuta en esas circuns- tancias; cuando murió Sánchez Cerro rápidamente se hizo cargo del poder, así como en 1914 se adelantó a los planes de Durand.
Aquellos fueron años muy movidos. Asistí al Congreso, donde es- cuché los rumores de la próxima salida de Billinghurst, que también comenzaban a circular por las calles. Hubo entonces una gran mani- festación, a la que el pueblo acudió masivamente en apoyo al Presi- dente. Eran las últimas semanas de 1913; luego de esa gran demos- tración se plantearon una serie de reformas y la posibilidad de cerrar el Congreso y convocar a nuevas elecciones legislativas; por último, hasta se habló de entregar armas al pueblo. Todo esto se planteó co- mo alternativa para el gobierno, ante el gran apoyo popular con que contaba, demostrado con la manifestación anterior. Sin embargo, no se optó por ninguna de las alternativas. No. fue posible que el Congreso discutiera las reformas porque estuvo cerrado, ni tampoco pudieron rea- lizarse las nuevas elecciones. La entrega de armas al pueblo habría provocado la reacción del ejército, desencadenándose una guerra civil. Hubiera sido el momento propicio para un golpe de tipo popular, por- que el pueblo apoyaba plenamente a Billinghurst.
Uno de sus últimas medidas fue cerrar el Congreso para con- vocar a nuevas elecciones. Frente a esa táctica, la oposición par- lamentaria pretendía conseguir su renuncia. Billinghurst ya había da- do los primeros pasos en la preparación de las nuevas elecciones par- lamentarias; a mí me hizo llegar un pedido para que postulase como diputado por la provincia de Canas, donde podía tener apoyo. En rea- lidad no tenía ningún opositor en esa provincia, propiamente hubiese sido un nombramiento por parte del gobierno, a la manera en que lo hacían los políticos tradicionales. Al conseguir bloquear las Cámaras, la oposición impidió la estratagema de Billinghurst. Entonces el golpe fue inminente. Civilistas y liberales fueron los responsables de su de- rrocamiento.
También frecuenté a Riva Agüero, con quien reanudamos nuestras conversaciones del Cusco. Puso nuevamente a mi disposición su im- portante biblioteca, en la que predominaban los autores franceses. A través suyo me vinculé con el grupo que lo rodeaba, que reconocía en él a un verdadero líder. Eran los jóvenes de 1910, que tenían como guía al filósofo uruguayo Rodó, por lo que se les conocía como arielis- tas. Solían reunirse a comer los jueves en la casa de Riva Agüero, en Chorrillos. Asistían Víctor Andrés Belaúnde, Oscar Miró Quesada, José María de la Jara y Ureta, Pedro Yrigoyen, hombre de mucha for- tuna que tenía inclinaciones literarias e históricas, Manuel Gallagher, el humorista del grupo que años después llegó a ser ministro, y también el médico González Olaechea, que no tenía mayores aspiraciones inte- lectuales pero que era amigo de infancia del anfitrión. Eran alrededor de ocho los que acostumbraban asistir a esas comidas, por mi parte fui en varias ocasiones. Recuerdo que alguna vez estuvo también José Gál- vez y años después Luis Alberto Sánchez.
No participé de los planteamientos de los arielistas, no era parti- dario de ninguna forma de imitación de las modas intelectuales forá- neas; teníamos nuestros propios criterios provenientes de la vieja tradi- ción andina, .a ellos había que ser fieles.
Retorné al Cusco con la convicción de que el gobierno enfrentaba una situación muy crítica. Finalmente, los elementos contrarios a Bi- llinghurst se reunieron y, poniendo a la cabeza al coronel Benavides, asaltaron Palacio de Gobierno el 4 de febrero de 1914. Los hermanos Jorge y Manuel Prado Ugarteche fueron los inspiradores del golpe, ellos dirigieron el grupo de enemigos políticos de Billinghurst que se enten- dió con Benavides.
En esos días acababa de llegar al Cusca un enviado del Presidente encargado de organizar la prefectura del nuevo departamento de Ma- dre de Dios. Se llamaba Orestes Ferro, antiguo demócrata que estuvo entre quienes tomaron Palacio el 29 de mayo de 1909. Llegó al Cusco en compañía de cuatro o cinco colaboradores del gobierno, pocos días después se produjo el golpe. En ese entonces un teniente coronel y un mayor de apellido Vallejo eran los únicos jefes militares que había en el Cusco. Fueron ellos quienes se hicieron cargo de las fuerzas mi- litares y de la prefectura, y temiendo que Ferro y los suyos pudieran disputarles el mando los llamaron a la Prefectura con el pretexto de tener con ellos una entrevista secreta. Como era amigo de Ferro, con- currí con ellos a la Prefectura. Una vez ahí, los militares les comuni- caron que quedaban presos mientras no se recibiese de Lima la orden de dejarlos en libertad. De manera que todo el grupo fue trasladado a la cárcel. Al salir de la Prefectura, poco a poco fui colocándome entre los últimos del grupo, pues éramos como diez personas y al pa- sar por la calle próxima volteé sin que los vigilantes lo advirtie- ran y corrí con toda la rapidez que pude. Fue así que me salvé de caer preso. Por otro lado, al tomar Benavides el poder, quedó sin instalarse la Prefectura de Madre de Dios. Así, con sustos y fugas, terminó mi co- laboración con Billinghurst.
Una vez consumado el atropello contra el gobierno, en el Cusco los simpatizantes de Billinghurst no quedamos inactivos. Es más, nos concertamos para actuar clandestinamente contra el nuevo gobierno. Lo- gramos incorporar a nuestro grupo a dos militares, el teniente coronel Reynoso y el mayor Barrionuevo. Juntos elaboramos una estrategia, lue- go de varias reuniones efectuadas tomando todas las providencias del caso para no ser descubiertos por las autoridades. Nuestro plan consi- deraba, valiéndonos de los dos militares comprometidos, capturar al res- to de la oficialidad cusqueña, apoderarnos del cuartel y luego, ya en