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ULTIMOS AÑOS UNIVERSITARIOS

In document 003 Luis E. Valcarcel - Memorias.pdf (página 190-200)

En 1913, al concluir mis estudios en la Facultad de Ciencias Políti- cas y Administrativas, culminó una etapa muy importante de mi carrera universitaria. Fue el fin de un período en el que, bajo la dirección de Alberto Giesecke, fuimos comprendiendo los diversos aspectos de la vida cusqueña. Los métodos que nuestro rector introdujo hicieron po- sibles los primeros trabajos de investigación sobre la economía de la región, publicados en la Revista Universitaria. Ese año hubo en el Cusco una fuerte crisis que afectó los precios del maíz y otros pro- ductos. Giesecke me sugirió que buscara las causas del fenómeno, para lo cual me dio las pautas necesarias que hicieron posible mi tesis sobre

La cuestión agraria en el Cusco.

La situación de ese año fue muy mala. Se produjeron quiebras y los comerciantes estaban cargados de deudas. Cada producto tenía sus propios problemas. Para la coca, por ejemplo, había bajado la demanda del extranjero; al caucho peruano le habían aparecido competidores en Ceylán, Java y otros lugares del oriente; con el maíz había dificultades de transporte por las altas tarifas del ferrocarril. Pero había un defecto entre los cusqueños que agravaba todas esas circunstancias: eran faltos de iniciativa. El alto comercio estaba en manos de arequipeños y extranjeros, los grandes propietarios se conformaban si sus haciendas les daban lo suficiente para vivir bien y, entre el resto de la población, dominaba un alarmante conformismo. Esto no obstante que la geogra- fía de la región ofrece muy buenas posibilidades para la explotación de nuevos cultivos. En mi tesis sugerí la introducción de mejores tec- nologías y, por supuesto, el desarrollo industrial de la región. Muchos

dad, situado casi al frente de la Iglesia de La Merced, donde actualmen- te está ubicado el Hotel de Turistas. Ahí, en ese hotel, iba a ofrecerse una comida a las 7.30 de la noche. Era el momento más adecuado para sorprender desarmados a nuestros enemigos políticos. Mientras unos nos encargaríamos de tomar prisioneros a los oficiales, otros se ha- rían cargo de la guardia del cuartel. De esa manera conseguiríamos separar a la guarnición de sus jefes, impidiendo cualquier reacción. Era la oportunidad precisa para asestar un duro golpe al gobierno de Be- navides, todos los factores jugaban a nuestro favor. Actuando sincroni- zadamente tendríamos éxito.

Pocas horas antes de dar inicio a nuestro plan llegó a nuestro co- nocimiento, por un conducto seguro y ciertamente fiable, que se nos había tendido una trampa. Los oficiales estaban advertidos de nuestras intenciones, por lo que nos esperaban; iban a actuar como si nada hu- biese ocurrido para poder capturarnos "con las manos en la masa" ape- nas entrásemos en acción. Luego, seguramente, seríamos enviados a la isla de Taquile en el lago Titicaca, temible prisión a la que fueron a parar valerosos oficiales y civiles opositores a Benavides. Nuestra ac- ción se había frustrado. Era, pues, una inteligente celada para termi- nar con la oposición cusqueña a la Junta de Gobierno. Nuestros supues- tos aliados militares habían estado haciendo un doble juego, mientras se comprometían con nosotros informaban a las autoridades de nuestros planes. En ese tiempo hubo muchas delaciones de ese tipo.

Todo el año 1914 estuvo matizado de sucesos semejantes, planes conspira ti vos que no tuvieron ningún éxito. Pronto pudimos entrar en contacto con Augusto Durand, el jefe del Partido Liberal, quien se en- contraba oculto para evitar ser apresado por el gobierno. Cierto día llegó un agente de Durand, quien nos trajo una serie de indicaciones sobre las medidas que debíamos tomar. Nos instó a que tuviésemos todo listo para actuar rápidamente apenas se diese el golpe que se pre- paraba en Lima, desde donde ya se habían enviado emisarios a las pro- vincias para coordinar las respectivas acciones. Tanto en Arequipa co- mo en el centro del país había núcleos revolucionarios listos para ac- tuar. Tuvimos dos o tres entrevistas con el enviado, quien nos hizo co- nocer las informaciones que traía desde la capital. De pronto comen- zaron a tomar presos a todos los que habíamos estado en esas reunio- nes, por lo que nos dimos cuenta que el agente de Durand era un trai- dor; demás está decir que se cuidó de no volver a aparecer. Compren- dimos que el correo de Durand se había pasado a las filas del gobier- no y revelado todos los planes al jefe militar del Cusco. También había ayudado a la persecución del propio Durand, contribuyendo de esa manera al fracaso de la conspiración liberal y a que Benavides se hiciese fuerte en el poder librándose de sus opositores. En mi caso, tuve que permanecer un tiempo oculto para escapar de la persecución

ULTIMOS AÑOS UNIVERSITARIOS

En 1913, al concluir mis estudios en la Facultad de Ciencias Políti- cas y Administrativas, culminó una etapa muy importante de mi carre- ra universitaria. Fue el fin de un período en el que, bajo la dirección de Alberto Giesecke, fuimos comprendiendo los diversos aspectos de la vida cusqueña. Los métodos que nuestro rector introdujo hicieron po- sibles los primeros trabajos de investigación sobre la economía de la región, publicados en la Revista Universitaria. Ese año hubo en el Cusco una fuerte crisis que afectó los precios del maíz y otros pro- ductos. Giesecke me sugirió que buscara las causas del fenómeno, para lo cual me dio las pautas necesarias que hicieron posible mi tesis sobre

La cuestión agraria en el Cusco.

La situación de ese año fue muy mala. Se produjeron quiebras y los comerciantes estaban cargados de deudas. Cada producto tenía sus propios problemas. Para la coca, por ejemplo, había bajado la deman- da del extranjero; al caucho peruano le habían aparecido competidores en Ceylán, Java y otros lugares del oriente; con el maíz había dificul- tades de transporte por las altas tarifas del ferrocarril. Pero había un defecto entre los cusqueños que agravaba todas esas circunstancias: eran faltos de iniciativa. El alto comercio estaba en manos de arequipeños y extranjeros, los grandes propietarios se conformaban si sus haciendas les daban lo suficiente para vivir bien y, entre el resto de la población, dominaba un alarmante conformismo. Esto no obstante que la geogra- fía de la región ofrece muy buenas posibilidades para la explotación de nuevos cultivos. En mi tesis sugerí la introducción de mejores tec- nologías y, por supuesto, el desarrollo industrial de la región. Muchos

trabajos publicados en esa época coincidían con ese reclamo. No debe olvidarse que el Cusco tenía tradición industrial desde el siglo XIX, iniciada con la instalación de la fábrica textil de Lucre. "Los progre- sistas ―escribí―, los que se sacuden de la contagiosa rutina, forma in- grata de la pereza, pensarán seriamente en su porvenir; a esos no les cogerá desprevenidos la poderosa corriente industrial; a los otros apega- dos al viejo molde, incapaces de romper con el viejo hábito, enemigos de toda innovación, la crisis los tomará entre sus tenazas y sufrirán las imposiciones de los más fuertes y los mejor preparados". En esas pala- bras puedo advertir la influencia que tuvo en nosotros el pensamiento de Giesecke, quien nos hizo conocer las circunstancias del desarrollo industrial norteamericano de manera detallada. Esto no quiere decir que nos invitara a seguir el modelo de su patria, se trataba de referen- cias importantes para pensar en el futuro de una región, bien dotada por la naturaleza pero que requería de una explotación adecuada.

Corresponden a la misma época de La cuestión agraria en el Cus-

co escritos de características muy diferentes, de mucho lirismo y de

exaltación al Cusco y a su glorioso pasado. Es el caso de ¡A tí, Kosko!, un canto inspirado en las notas del Himno al Sol recogido por Daniel Alomía Robles. Esas líneas de juventud muestran que ya desde en- tonces el Cusco, su gente, su paisaje y sus monumentos eran para mí un interrogante que todavía no he terminado de responder.

De esa manera, mientras me iniciaba en los trabajos de investiga- ción ―como mi artículo sobre Pachacutec, también de entonces― hice por otra parte trabajos de corte literario. Quizás esto no fue sino el re- flejo de cierta característica personal. Me mostraba como una persona sumamente comunicativa y curiosa por conocer el pensamiento de la gente de todo nivel social, pero, al mismo tiempo, tenía una constante actitud de meditación, muy personal y profunda. Por eso fue que la lectura de las crónicas no solamente servía a mi interés sino que, más allá del dato, me interesaba llegar a captar el espíritu que había ani- mado la vida incaica. Algunos años después de los trabajos anterior- mente mencionados escribí otras páginas de corte literario, como Las

leyendas del hombre de piedra, que luego se editó en De la vida inkaika.

Mis viajes a Lima tuvieron repercusiones positivas en mi forma- ción porque, aparte de frecuentar a distinguidas personalidades de la in- telectualidad capitalina, me permitieron actualizarme en materia biblio- gráfica. En este aspecto la situación en el Cusco era de completo des- cuido, pues, aparte de algunas bibliotecas privadas, no había nada. La Biblioteca-Museo había permanecido cerrada durante más de dos años por orden de la Junta Departamental, con lo cual no solamente no hu- bo renovación de las colecciones sino que los libros existentes se dete- rioraron. Las bibliotecas de los conventos, algunas con materiales muy valiosos, se encontraban en un desorden lamentable y en completo

abandono, obras importantes se habían perdido y, como no se contaba con ninguna ayuda oficial, no había como recuperarlas.

Sin embargo, tuve la ocasión de conseguir valiosos libros antiguos en el Cusco, gracias a las compras que realicé a un vendedor muy par- ticular de nombre Hermosilla. Se trataba de un tontiloco cusqueño que obtenía, quién sabe de dónde, ediciones únicas de obras importantes, como la primera de los Comentarios Reales de Garcilaso de la Vega, fechada en 1609, uno de los pocos ejemplares que existe en el mundo y que recientemente doné a la Biblioteca Nacional. Cuando tenía inte- rés en un libro no se lo adquiría directamente, sino que le compraba tres o cuatro más con el fin de disimular mi afición por el primero, ya que él entendía bien de negocios y al darse cuenta de mi interés su- bía los precios. En conjunto, los libros resultaban baratos y se trataba de obras originales.

La intelectualidad limeña de ese entonces era distinta a la cus- queña. Con grupos como el de los "arielistas" nuestro núcleo cusque- ño guardaba mucha distancia. A nosotros nos preocupaba enfrentar los males de una sociedad intransigentemente conservadora que dejaba de lado a la población indígena, la mayoritaria en el país. Ellos, por su parte, se sentían ajenos a ese drama y muy afectos a adoptar modelos extranjeros.

De esa época puedo mencionar a dos entidades que quisieron agru- par a la intelectualidad local, pero que lamentablemente carecieron de continuidad. En 1913 se fundó el Instituto Histórico del Cusco, en el que participaron hombres mayores que habían formado parte del Centro Científico ―Antonio Lorena, Fernando Pacheco, José Lucas Ca- paró y Romualdo Aguilar―, al lado de jóvenes como Uriel García, Fé- lix Cosio y yo. El objetivo principal del Instituto era impulsar los es- tudios históricos, arqueológicos y folklóricos, y proponer al gobierno los medios más eficaces para conservar los restos de nuestras antiguas ci- vilizaciones y denunciar sus deterioros. A pesar de mi juventud, fui elegido presidente de dicha entidad, acompañado de José Lucas Capa- ró como vicepresidente, Cosme Pacheco como tesorero y Uriel García como secretario, una mezcla entre la vieja y nueva generación. Al año siguiente iniciamos la publicación de Nuestra Historia, planeada como una revista trimestral que debía contener estudios inéditos sobre la his- toria regional. El primer y único número dio a conocer documentos re- lativos a la revolución de Pumacahua de 1814, ubicados en el archi- vo notarial de José Romualdo Vega Centeno, así como también mi artículo "El prócer olvidado" sobre José Rossel y Valdez, personaje de una antigua familia cusqueña que entregó su libertad y su vida en sa- crificio por la patria. Lamentablemente el Instituto no contó con el apoyo necesario y su actividad fue decayendo hasta que desapareció.

Algo semejante ocurrió con el Centro Nacional de Arte e Historia que en 1916 formamos con Angel Vega Enríquez, los hermanos Cosio, Uriel García y Rafael Aguilar, cuya existencia fue también relativamen- te corta. El punto central de nuestro programa de acción era rescatar el regionalismo del arte en el Perú, como norma única de actividad intelectual, a partir de la cual la literatura nacional ganaría cohesión y personalidad propia. Esa posición regionalista radical era una reac- ción contra el "snobismo" tan arraigado en la intelectualidad limeña, muchos de cuyos exponentes llegaban a afirmar que en el Perú ado- lecíamos de temas locales, cometiendo el clamoroso error de olvidar que la belleza artística es ante todo sensación y que de ninguna ma- nera reside en las cosas mismas. Tal como lo muestra la producción literaria y artística de la época, hubo una cabal diferencia de motiva- ciones entre nuestro grupo cusqueño y sus contemporáneos limeños. Ha- bía entre nosotros un marcado regionalismo y la decisión de exaltar la vida indígena. Años más tarde los primeros pintores y literatos indi- genistas causarían desconcierto y controversia en el cerrado ambiente in- telectual limeño, al mostrar en sus obras un paisaje, un hombre y una cultura cuya existencia había sido negada sistemáticamente por la ma- yoría de "hombres cultos" de la capital. Nuestra desventaja residía en que a nuestro medio provinciano demoraban en llegar las últimas no- vedades bibliográficas.

En esas circunstancias conmovió el ambiente cusqueño la llegada, entre 1913 y 1915, de un grupo de estudiosos norteamericanos proce- dentes de la Universidad de Yale, encabezados por Hiram Bingham, el descubridor científico de Machu Picchu. En esa expedición figura- ron científicos que hicieron aportes muy importantes al conocimiento del Perú, entre ellos el geógrafo Isaiah Bowman, autor de Los Andes

del Sur, el historiador Phillip Ainsworth Means, uno de los más desta-

cados peruanistas, el antropólogo físico George Eaton, el geólogo Her- bert Gregory y el arqueólogo Elwood Charles Erdis. Llegaron, ade- más, varios ingenieros y topógrafos acompañados por sus respectivos auxiliares, quienes realizaron un extraordinario trabajo de limpieza y es- tudio de Machu Picchu. Luego levantaron un plano detallado y pro- cedieron a un minucioso análisis de los restos ubicados y de las carac- terísticas geográficas de la región, todo lo cual quedó reunido en el vo- lumen titulado Machupichu, una ciudadela incaica, editado por la Uni- versidad de Yale en 1930. Los restos materiales que la expedición de Yale encontró indicaron que Machu Picchu había sido un centro incai- co por excelencia, aunque la sola observación de su arquitectura ya había permitido arribar a esa conclusión. Sin embargo, fueron muchos los enigmas de la ciudadela que quedaron en pie.

Bingham fue quien dio difusión mundial al descubrimiento. Años después trató de restársele méritos aduciendo que la gente del lugar

sabía de antemano de la existencia de las ruinas. Sin embargo, no pue- de asignársele el descubrimiento a quien habiendo estado en Machu Picchu no pudo comprender de qué se trataba y, mucho menos, esti- mar su importancia. Por tal razón, no debe dejar de reconocerse a Bing- ham como su descubridor. Fue él quien realizó todos los esfuerzos ne- cesarios para organizar la expedición y los primeros estudios.

Un suceso inesperado ocurrió poco después de que Bingham se marchó del país en 1915. En el Cusco corrió la noticia de que el fa- moso investigador y los miembros de su expedición se habían llevado importantes tesoros saqueados de Machu Picchu. Fueron tan insisten- tes los rumores que el Prefecto se vio obligado a convocar a una reu- nión pública en la que se escucharon enfervorizadas acusaciones y de- nuestos contra los presuntos saqueadores. Finalmente, se decidió for- mar una comisión, integrada por Angel Vega Enríquez, el canónigo Mariano Gibaja, Ernesto Saldívar y yo, encargada de recorrer las zo- nas de Huayna Kenti y Ollantaytambo, por donde supuestamente Bing- ham había sacado los tesoros. Ernesto Saldívar era buscador infatigable de una ciudad perdida llamada Platidayo, a la que se menciona en una leyenda semejante a la del Paititi. Saldívar había gastado fuertes su- mas de dinero organizando expediciones sin lograr encontrar nada. Con- tando con su experiencia recorrimos la zona a caballo, por caminos di- fíciles, sin hallar nada. Recuerdo que una de aquellas noches nos alo- jó un indígena a quien pregunté si conocía algo sobre los Incas, ". . . sí pues, señor ―me respondió―, son nuestros antepasados", y refiriéndose seguramente a los últimos incas cusqueños añadió: ". . . ellos han pasa- do por aquí por las alturas llevando su kokawi de piedras, que después lo convertían en pan". ¿Y hacia dónde se dirigían? insistí. "Hacia aden- tro señor, hacia la selva", respondió el indígena. Realmente una curio- sa versión. Con respecto a la misión investigadora que se nos encomen- dó, no encontramos ningún testimonio que permitiese probar los deli- tos que se adjudicaban a los estudiosos norteamericanos encabezados por Bingham.

De regreso al Cusco y ante la ausencia de resultados de la misión se pensó que se debía averiguar por la ruta hacia Bolivia, pasando por Puno. Cumpliendo con este objetivo llegamos a la ciudad de La Paz, donde tampoco encontramos ninguna huella de que Bingham y los su- yos hubiesen pasado por ahí. Sin embargo, tuvimos oportunidad de quedarnos en Copacabana, donde asistimos a una famosa fiesta, una ce- lebración imponente a la que asistieron por lo menos unos 40 mil in- dios del sur del Perú, de gran parte de Bolivia e, inclusive, del norte argentino. Había un gran número de bailarines con trajes lujosísimos. Con el tiempo, aquella fiesta fue decayendo, pero en aquel entonces tenía un brillo y majestuosidad extraordinaria.

No había el menor indicio de hurto de tesoros arqueológicos, nin- gún cargamento procedente del Cusco había pasado por Bolivia. Los únicos restos o materiales arqueológicos trasladados fuera de Machu Picchu habían sido los que permitieron las autoridades nacionales per- tinentes. Era evidente, pues, que no se extrajeron objetos de oro, pla- ta o cobre. La honorabilidad y sólido prestigio de la misión científica norteamericana no podía ser motivo de duda. El representante del Pe- rú ante la comisión que presidía Hiram Bingham, en el informe pre- sentado al gobierno, expresó la correcta conducta que observaron en todo tiempo los miembros de la misión arqueológica. Lo demás no fueron sino simples rumores.

En los últimos años que estuve en la universidad dedicado a los pocos atractivos cursos de Derecho, escribía por lo general artículos cor-

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