Para afrontar y vivir en la vida diaria el combate espiritual propio de la fe adulta hay que
acoger hasta el fondo el discurso de Jesús sobre el reino de Dios, y acogerlo como
lógica divina, no simplemente como un puro hecho. Escribe san Pablo a la comunidad de Corinto: «La palabra de cruz es, en efecto, necedad para quienes se pierden, pero para quienes se salvan, o sea para nosotros, es fuerza de Dios» (1 Cor 1,18). Es una palabra capaz de dividir a la gente, de hacer efectivamente que ciertas personas se encojan de hombros y la rechacen, mientras que otras llegan a asimilar el mensaje evangélico.
Nos dejamos ayudar por la figura de Pedro, que no acepta el mensaje de la cruz.
Pedro es aquel que al principio se encoge de hombros y que solo después de la muerte de Jesús le comprenderá, convirtiéndose en apóstol, mártir, roca de la Iglesia. La dificultad vivida por Pedro es símbolo de todas nuestras dificultades con relación al combate, a la lucha espiritual. Una dificultad probada también por Pablo: cuando comenzó a predicar, se limitó a hablar de Jesús como un hombre extraordinario, que hacía el bien, que curaba, pero pasaba por alto el discurso de la cruz. En efecto, en Atenas, lugar de cultura refinada, se expresa de modo sabio, filosófico, sin mencionar nunca las dificultades de la vida cristiana, el compromiso de entrar en el misterio de la cruz. Su discurso, sin embargo, constituye un rotundo fracaso; deja Atenas, se va a Corinto, con el corazón afligido y decepcionado, e intuye finalmente que se ha equivocado al marginar el centro del Evangelio. Así, su Primera Carta a los Corintios es un himno extraordinario a la sabiduría de la cruz.
Siguiendo con la figura de Pedro, leemos en Marcos:
«Jesús emprendió el viaje con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo. Por el camino preguntó a los discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Le respondieron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que uno de los profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Respondió Pedro: “Tú eres el Mesías”. Entonces les ordenó que a nadie hablaran de esto.
Y empezó a explicarles que el Hijo del hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los senadores, los sumos sacerdotes y los letrados, sufrir la muerte y después de tres días resucitar.
Les hablaba con franqueza. Pero Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo. Mas él se volvió y, viendo a los discípulos, reprendió a Pedro: “¡Aléjate de mi vista, Satanás! Tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios”» (8,27-33).
El episodio se divide claramente en dos partes: la primera está formada por las preguntas que hace Jesús a los discípulos; la segunda la constituye el discurso de Jesús sobre la cruz y la negativa reacción de Pedro.
– El contexto geográfico del pasaje de Marcos se nos ofrece enseguida: Jesús parte con
sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo. Se trata de una zona que no se nombra en los otros evangelios y que estaba habitada, al parecer, por paganos. Jesús no es conocido en aquellos lugares, y nadie le reconoce. Por eso puede tranquilamente ocuparse de sus discípulos, dedicándose a su formación.
– La pregunta. Jesús les forma no solo con enseñanzas, sino también con ejercicios
prácticos, haciendo emerger de cada uno de los apóstoles algo importante. Aquí hace una pregunta decisiva: «¿Quién dice la gente que soy yo?» (v. 27).
– La respuesta evoca algunas figuras de hombres de Dios, personas que hablan en
nombre del Señor, como Juan el Bautista, Elías y otros profetas. La gente interpreta correctamente a Jesús de acuerdo con una categoría religiosa y profética: es un hombre que está entre nosotros en nombre de Dios.
– La réplica. No obstante, Jesús insiste: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (v.
29). Es decir, ¿hasta dónde llega el conocimiento que tenéis de mí? Podríamos pensar que a la nueva pregunta le seguiría un silencio un tanto cohibido y medroso por parte de los apóstoles. Pero en un determinado momento se produce el rayo de luz de Pedro: «Tú eres el Mesías». Los otros son profetas parciales, mediadores para los tiempos contingentes de la historia, pero tú eres el mediador absoluto, tú eres la clave de la historia, el que sintetiza en sí toda la historia precedente y explica la futura.
La respuesta de Pedro es elevadísima, es un gran acto de fe. Pero Jesús no está satisfecho. No niega la afirmación, pero quiere que no se hable de él antes de haber clarificado debidamente qué hay que entender cuando se dice «el Mesías». Viene a la mente el discurso del Monte: «No todo el que me diga “¡Señor, Señor!” entrará en el reino de Dios, sino el que haga la voluntad de mi Padre del cielo» (Mt 7,21). El que me proclama Mesías no puede pensar que está salvado si no comprende el significado de esta palabra.
– «Y empezó a explicarles que el Hijo del hombre tenía que padecer mucho»(v.
31).
Entramos en la segunda parte del pasaje, y Jesús da comienzo a una enseñanza nueva, nunca hecha con anterioridad y que continuará posteriormente.
En el corazón de los apóstoles se crea el desconcierto, porque «Hijo del hombre» es un título tomado de un famoso pasaje del profeta Daniel donde el Hijo del hombre aparece entre las nubes del cielo como final glorioso del camino del pueblo de Dios, como la resolución de todas las tragedias históricas en una glorificación de la obra divina (cf. Dn 7,13-14).
En cambio, según Jesús, este Hijo del hombre «tenía que padecer mucho». La expresión es dura, aun cuando sea imprecisa, y evoca el dolor; ante todo, al Mesías no le aguarda un destino de éxito, de capacidad de invertir la realidad a su favor.
A continuación se especifica el sufrimiento: sufrirá en el sentido de que será
rechazado. Ser rechazado es algo horrible para un ser humano: podemos tener
enfermedades dolorosas, pero los otros están a nuestro lado, nos aceptan. El sufrimiento de Jesús es más doloroso, porque significa experimentar la división, el ostracismo, el rechazo de la gente.
Un rechazo que no procede de los pecadores, de personas despistadas que no conocen a Dios, sino de tres categorías de hombres: los senadores, los sumos sacerdotes y los escribas; es decir, en términos comprensibles para nosotros, por parte de los poderes político, religioso, intelectual y cultural. Será rechazado por todos cuantos representan el prestigio, la responsabilidad pública y civil.
– Y tendrá que «sufrir la muerte». Jesús es totalmente eliminado, y de este modo
termina su misión.
– «Y después de tres días, resucitar». Ahora el discurso se hace muy difícil y excede
todas las experiencias posibles. ¿Por qué padecer tanto para después resucitar? ¿Qué significa «resucitar»?
– Jesús «les hablaba con franqueza» (v. 32).
Las palabras dirigidas a los desconcertados corazones de los discípulos hacen entender a estos que quizá el Maestro ya había aludido veladamente al tema. Comienzan a entender, por ejemplo, las parábolas anteriores: el reino de Dios es como una semilla que es pisoteada por la gente, asfixiada por las zarzas, picoteada por los pájaros. Jesús hablaba de la Palabra, pero hablaba también de sí mismo, de su camino hacia la cruz. El reino de los cielos es como un grano de mostaza que nadie aprecia, que se tira y que crece de repente, inesperadamente. Jesús estaba hablando de sí mismo (cf. Mc 4,1-7.30- 32).
El discurso del reino de Dios se va clarificando: es el discurso de Cristo, Mesías, Señor, Salvador, que pasa a través de la pobreza y la insignificancia relacionadas con el reino.
Jesús retomará constantemente este tema durante el resto de su vida, y volverá a recogerlo después de su muerte, en particular en el evangelio de Lucas, cuando habla con los discípulos de Emaús: «¡Qué necios y torpes para creer cuanto dijeron los profetas! ¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés
y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él» (Lc 24,25-27).
No es, pues, un discurso de pocas palabras: padecer, ser rechazado, ser matado, resucitar. Es sintético y puede ampliarse recurriendo a la enseñanza de Moisés y de los profetas. Es el discurso cristiano por excelencia: leer toda la Biblia resumida en Cristo crucificado y resucitado:
«“Esto es lo que os decía cuando todavía estaba con vosotros: que tenía que cumplirse en mí todo lo escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”. Entonces les abrió la inteligencia para que comprendieran la Escritura. Y añadió: “Así está escrito: que el Mesías tenía que padecer y resucitar de la muerte al tercer día”» (Lc 24,44-46).
He aquí cómo presentan las Escrituras a Jesús. He aquí lo que significan las palabras «les hablaba con franqueza».
La Iglesia primitiva lo retomará, Pablo lo repetirá y, posteriormente, constituirá la afirmación central del Credo: «Por nosotros se hizo hombre, padeció bajo el poder de
Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, y resucitó según las Escrituras». Cuando decimos que Jesús es la solución de todos los problemas humanos, tal vez no entendemos realmente lo que queremos decir. Jesús resuelve los problemas humanos mediante su sufrimiento, su muerte, su resurrección; y solo si le seguimos por este camino con entrega confiada, podemos decir de verdad lo anterior.
– «Pero Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo». Es un caso único en los
evangelios el hecho de que Jesús sea reprendido por un apóstol. Un episodio semejante sucede en la casa de Betania, cuando María reprende al Maestro porque la hermana no la ayuda; pero Marta, en aquel momento, está nerviosa, irritada, y dice lo primero que le viene a la cabeza. Pero no es este el caso de Pedro, que ha hecho anteriormente una clarísima profesión de fe, aunque no hasta ese punto.
¿Cómo le reprendería Pedro? ¿Qué le diría? Pienso en argumentos que podemos encontrar, por ejemplo, en el libro de Job: «¿Por qué me sacaste del seno materno? Habría muerto, y ningún ojo me habría visto» (Job 10,18). O bien en las palabras de los discípulos de Emaús: creíamos que él redimiría a Israel, que nos daría la victoria, el triunfo, el éxito, pero no ha ocurrido nada de esto (cf. Lc 24,21).
Probablemente, Pedro le diría a Jesús que estaba perdiendo a sus amigos; que hablar de aquel modo así no le ayudaría a ser reconocido; que estaba presentando una imagen de sí y de Dios que los apóstoles no habrían aceptado. Dios –diría Pedro– es el Dios de la gloria, el Dios de la capacidad de derribar a los enemigos, mientras que tú hablas de ser rechazado, de perder.
Estamos en el momento dramático del discurso de la cruz, porque el ser humano, incluido el hombre eclesiástico como Pedro, quiere un Dios que sea solamente éxito y triunfo, y no acepta la semilla que cae en tierra y muere, no acepta lo de la levadura en la masa ni lo del grano de mostaza.
– «Pero él se volvió y, viendo a los discípulos, reprendió a Pedro: “¡Aléjate de mi vista, Satanás!”» (v.33).
Es inaudito que el Señor, en los evangelios, llame «Satanás» a alguien. Nunca lo había hecho: ni con los más grandes pecadores ni con los escribas y fariseos. La suya es una palabra absolutamente increíble y cortante.
¿Qué intenta decir? Sencillamente, que, al rechazar el discurso de la cruz, Pedro se opone a abrir a la humanidad los caminos de la vida, al igual que Satanás, que no quiere el bien del ser humano, porque es desde el principio homicida y envidioso, es aquel que abre al ser humano los caminos de la muerte.
Pero quiere decir aún más: tú, Pedro –prosigue Jesús–, crees entender a Dios; pero mi Dios, mi Padre, ama al ser humano hasta el punto de entregar a su Hijo a la muerte. Dios Padre ama tanto al ser humano que entrega a su Hijo aunque aquel lo rechace; ama tanto al ser humano que le ofrece igualmente el perdón.
Aquí está en juego la imagen misma de Dios; una imagen que en Pedro está aún un tanto desvirtuada, caricaturizada, confusa, y que también en nosotros, de hecho, está algo distorsionada, conduciéndonos a menudo a conclusiones erróneas acerca de la vida.
Nosotros, que profesamos en el Credo «Dios Padre Todopoderoso, creador del
cielo y de la tierra», no llegaremos a tener la imagen verdadera de Dios mientras no hayamos dado este paso cristiano-evangélico de la aceptación del camino de la cruz.
– «Tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios». Se recuerda aquí la
gran palabra de Isaías: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos» (55,8).
Pedro quiere torcer los caminos de Dios y le dice a Jesús cómo debe ser, cómo espera él que sea. Pero es Dios quien se revela al ser humano: yo soy para ti, estoy contigo; yo soy Jesús crucificado y resucitado.
Dios se identifica con la figura del Crucificado resucitado, no con cualquier ídolo victorioso, con cualquier símbolo del bienestar o con cualquier promesa pseudomesiánica. Dios se identifica únicamente con Jesús, crucificado, muerto y resucitado.
El salto cualitativo en la fe que se pide a Pedro se nos propone a todos y cada uno de nosotros. La existencia cristiana no significa ofrecerse a la derrota o al fracaso por un
cierto gusto masoquista del sufrimiento. Exige, en cambio, una completa disponibilidad del corazón que acepte ser rechazada por los demás y sea perseverante hasta el final. De lo cual se sigue que el cristiano no está implicado en la pasión de Jesús por el mundo por el mero hecho de ayudar a quien sufre, por servir, por ser eficaz en la lucha contra la injusticia, sino porque está dispuesto a dejarse cuestionar como persona, a dejarse arrollar por la vocación evangélica hasta llegar a ser él mismo Palabra rechazada y silenciada.
El máximo servicio que el cristiano puede desempeñar es el de Jesús: ofrecer la disponibilidad de Dios para con el ser humano, vivir la disponibilidad de la escucha y del amor, aceptando todas sus consecuencias. Con otras palabras, el sacrificio cristiano es
dejarse derramar en libación –como escribe Pablo en la Segunda Carta a Timoteo (4,6)–, es el ofrecimiento de la propia vida y del propio compromiso. Esta paradoja, difícil de expresar y de cuyas formulaciones no debemos abusar nunca para hacer consideraciones fáciles, no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es suscitada por el Espíritu. Por esta razón debe pedirse en la oración, en la súplica, en la que solamente llegamos a comprender algo de la pasión de Jesús, de su vida atravesada por tentaciones y pruebas. Es la etapa decisiva de la conversión, que nos permite entrar en la pasión del mundo, dando un sentido a la lucha del ser humano por mejorar el camino de la humanidad. Es el fruto del combate espiritual cotidiano.