Pero a la luz de los relatos bíblicos y de las reflexiones a que nos inducen, puede sorprender la pregunta que hace a menudo la gente: «Pero ¿de qué nos ha salvado el Señor? ¿Qué necesidad tenemos de ser salvados?».
Y a la respuesta «nos ha liberado del mal, de la esclavitud del pecado», objeta: «Pero ¿qué es el mal? ¿Qué es concretamente el pecado?».
Creo que la conciencia de ser salvados cobra realidad en nosotros cuando nos damos cuenta de la vastedad del reino del mal; es decir, que captamos sus resonancias cuando experimentamos de qué hemos sido salvados y seguimos siéndolo, cuando nos
percatamos de cómo y cuánto actúan en nosotros, en mí, las fuerzas de esclavitud, de destrucción, de aniquilación interior, de privación de horizontes.
Caminando hacia la madurez humana, advertimos que en nosotros y a nuestro alrededor existen formas de destrucción siempre activas; experimentamos que el egoísmo predomina sobre el altruismo, que el orgullo está ávido de poder y de éxito, que el afán de protagonismo corroe el corazón, que la fragilidad humana es en sí misma insuperable; entonces intuimos la necesidad absoluta de una salvación de lo alto.
También cuando andamos por los caminos del Evangelio nos damos cuenta del peso de nuestra debilidad, de la inconsistencia de nuestros propósitos, de la incapacidad de programar nuestras jornadas como desearíamos; pero también percibimos con fuerza la grandeza del amor de Dios, que es el único que nos salva de nuestra dispersión.
San Pablo describió magistralmente, con tonos doloridos, el carácter invencible del mal que hay en nosotros, en cada uno de nosotros: «Nos consta que la ley es espiritual, pero yo soy carnal y estoy vendido al pecado. Lo que realizo no lo entiendo, porque no ejecuto lo que quiero, sino que hago lo que detesto. Pero si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con que la ley es excelente. Ahora bien, no soy yo quien lo ejecuta, sino el pecado que habita en mí. Sé que en mí, es decir, en mi vida instintiva, no habita el bien. Querer le bien lo tengo a mi alcance; realizarlo, no. No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Rm 7,14-19).
Se trata de una impotencia humana histórica: el ser humano desea el bien, pero se da cuenta de que no lo hace. Condicionado por las experiencias, por las tensiones, por las dificultades, por las oposiciones que debe superar, se endurece y, al endurecerse, se encierra en sí mismo contra las dificultades, se encierra en la posesión y en la autodefensa, rechazando así la dependencia de Dios, de su Palabra, de su misericordia.
En el peor de los casos, se ve trastornado y niega la trascendencia de Dios. En el mejor, consigue vivir el dualismo por el que, en los bueno momentos, le parece sentirse inclinado a la escucha de la Palabra, pero después, en la sucesión de las circunstancias,
especialmente adversas –decepciones, amarguras, injusticias sufridas de las que desea vengarse–, se defiende a toda costa, se opone a los demás y, sobre todo, no hace ya referencia alguna a la Palabra.
Con aquel «pecado que habita en mí», Pablo tocó con sus propias manos la profunda miseria del ser humano, difícil de entenderse, pero experimentable en los efectos, en las consecuencias y en las situaciones históricas.
Para entender mejor aún de qué nos ha salvado y nos salva el Señor, tenemos que tener presentes algunas realidades que nos conciernen a nosotros.
Los pecados personales
La primera realidad que nos concierne son nuestros pecados personales, nuestras fragilidades físicas y morales, nuestra pereza, envidia, ambición, vanidad y sensualidad.
Escribe al respecto el apóstol Pablo: «Las acciones del instinto son manifiestas: fornicación, indecencia, desenfreno, idolatría, hechicería, enemistades, reyertas, envidia, cólera, ambición, discordias, facciones, celos, borracheras, comilonas y cosas semejantes. Os prevengo, como os previne, que quienes practican eso no heredarán el reino de Dios» (Gal 5,19-21).
Estamos en el nivel de los pecados individuales, personales, y nos encontramos con un elenco impresionante de catorces actitudes negativas del ser humano, que Pablo saca de su experiencia y de su tiempo. Una visión muy realista, a la vez que pesimista, del ser humano que se mueve en el ámbito de sus intereses.
Otro texto de Pablo retoma este cuadro con nuevas pinceladas, haciendo un listado de veintiuna actitudes negativas: «Y como no aprobaron reconocer a Dios, los entregó Dios a una mente reprobada, para que hicieran lo que no es debido. Están repletos de injusticia, maldad, codicia, malignidad; están llenos de envidia, homicidios, discordias, fraudes, perversión; son difamadores, calumniadores, enemigos de Dios, soberbios, arrogantes, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, sin juicio, desleales, crueles, despiadados» (Rm 1,28-31).
Es una descripción que parece incluso retórica, debido a la abundancia de calificativos.
El apóstol sabe muy bien que lo que describe tiene sus raíces también en él, según la palabra de Jesús en el evangelio de Marcos: «De dentro, del corazón del hombre, salen los malos pensamientos, fornicación, robos, asesinatos, adulterios, codicia, malicia, fraude, desenfreno, envidia, blasfemia, arrogancia, desatino. Todas estas maldades salen de dentro y contaminan al hombre» (7,21-23). No solo del corazón de una persona que accidentalmente ha nacido en una dramática situación de desgracia, sino del corazón de
La necedad es propia de quien hace proyectos sin Dios, proyectos seguros,
tranquilos, en los que puede navegar sin problemas, sin pensar que él no es más que una brizna en la historia y que basta una nadería para barrerlo.
La soberbia es afín a la necedad: es la pretensión de salvarse por sí mismo, de
conquistar la libertad verdadera con el propio esfuerzo, sin tener en cuenta a Dios.
La calumnia es la consecuencia del hecho de no llegar a soportar el bien del
prójimo, por lo que sentimos la necesidad de destruirlo al menos un poco, con un pequeño puyazo, con una referencia conflictiva que restablece, a nuestro parecer, nuestra integridad.
Los pecados personales nos afectan a todos nosotros, y los percibimos en sus efectos de injusticias, divisiones y rivalidades; están en nosotros, enraizados en las inclinaciones negativas que padecemos y de las que no podemos liberarnos por nosotros mismos.
Saber que tales pecados están dentro de nosotros nos impulsa a tomarlos en serio y a reflexionar atentamente sobre ellos. Pensemos, por ejemplo, en la envidia, un tema que aparece tanto en la lista de Pablo (Rm 1,29) como en la de Jesús (Mc 7,22).
Clemente Romano escribe que Pablo fue matado por envidia: no fue la persecución, la maldad de los paganos, sino la envidia de algunos que, siendo sus rivales, lo denunciaron. Lo que significa que la comunidad cristiana estaba sometida a disensiones, rivalidades, divisiones y facciones que, en ciertos momentos, se valían de los paganos para sus maniobras y venganzas. Bien es verdad que era la autoridad pagana la que llevaba adelante la persecución, pero no habría llegado a tanto, con respecto a Pablo, si los cristianos hubieran estado más unidos.
La misma muerte de Pedro se atribuye a la envidia, a denuncias e iniciativas procedentes de dentro del grupo de los creyentes judeo-cristianos o de grupos rivales.
Si pensamos en otras palabras de la lista de la Carta a los Romanos –difamadores y calumniadores–, caemos en la cuenta de que a menudo también lo somos nosotros con nuestra manera de hablar de los demás.
Lo que más impresiona es que Pablo, siguiendo la enseñanza de Jesús, considera que el pecado fundamental que está en la base de todos los demás es el siguiente: «Y como no consideraron reconocer a Dios, los entregó Dios a una mente depravada, para que hicieran lo que no es debido» (Rm 1,28).
La mente depravada se refiere al corazón, porque lo que falla es la inteligencia del corazón, es decir, la capacidad orientativa del ser humano de ver todas las realidades en la globalidad del plan de Dios.
Existen en nosotros fuerzas dispersivas y destructoras, y en el fondo de estas inclinaciones se encuentra una desconfianza radical respecto de Dios, una resistencia a aceptar una visión de la vida subordinada al primado, a la iniciativa de Dios. Es importante entender esto para reconocer el carácter pecaminoso del ser humano. Los santos más grandes se confesaban y se sentían pecadores, porque habían comprendido perfectamente esta enseñanza.
Es evidente que las fuerzas dispersivas no siempre actúan de forma patente, por diversos motivos –a menudo, simplemente porque la presión social las inhibe–. A veces emergen tragedias que se habían reprimido durante mucho tiempo y que se manifiestan de pronto en virtud de unas circunstancias dramáticas, revelando lo que había en el corazón de la persona.
Lo que realmente tiene necesidad de ser curado en el ser humano es el pecado, para que sane así la raíz de las obras de la carne. La injusticia, la maldad, la codicia, la malicia, la envidia... no son simples fragilidades y debilidades, sino que tienen un origen más profundo.
Los pecados estructurales y sociales
La segunda realidad que nos concierne es la del mal presente en la sociedad y en la historia. Es importante que ampliemos nuestra reflexión sobre muchos pecados estructurales y sociales que pesan sobre nosotros.
Los pecados estructurales y sociales no son solamente la suma de los pecados personales, de las malicias individuales, sino aquellos insertos en los sistemas de vida, en la mentalidad, en las ideas recibidas. Es un modo de ser y de vivir que la Sagrada Escritura denomina «mundo» en un sentido negativo, en el que, más allá de las buenas palabras, predomina el interés, la necesidad de atropellar a los demás, de contraatacar, de someter.
No podemos negar que la condición humana es muy dramática; es una condición conflictiva a la que no podemos escapar. Cuando examinamos la historia del pasado y nos sorprendemos de que incluso en la historia de la Iglesia se cometieran determinadas atrocidades –como la tortura y la guerra–, tendríamos que comprender que aquella gente vivía de acuerdo con unas ideas heredadas. Era prácticamente imposible sustraerse a una mentalidad que podía llevar a cometer injusticias.
Todo hombre y toda mujer están condicionados por los males sociales. Y cuando nos caemos en la cuenta de los vínculos y las esclavitudes del pecado en que vivimos, y de que formamos parte de un mundo injusto, violento y malo, que nos hace corresponsables al menos psicológicamente de situaciones repugnantes, comprendemos de qué tenemos que ser salvados.
Pensemos, por ejemplo, en el mal que se manifestó en las grandes guerras mundiales, en el antisemitismo, en los campos de concentración, en la muerte de millones de judíos, una muerte sin razón y sin sentido. Este es el peso del pecado que se cierne sobre nosotros, un peso que gravita aún en el presente por lo que sucede en otras partes del mundo, donde mueren centenares de miles de inocentes, donde las personas se ven arrastradas a volverse crueles y violentas, donde se les obliga a matar.
La salvación que Dios ofrece al ser humano es volver a encontrar, en la plenitud del encuentro con Cristo, la potencialidad de aquella apertura originaria, querida por Dios, que crea la mentalidad del bien, la cultura positiva.
A propósito del pecado estructural y de cómo este nos envuelve, encontramos un ejemplo en la vida de Jesús. Es el episodio que sirve de preludio a la pasión: «Estando él en Betania, invitado en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco de perfume de nardo puro muy costoso. Quebró el frasco y lo vertió sobre su cabeza. Algunos comentaban indignados: “¿A qué viene este derroche de perfume? Se podía haber vendido por trescientos denarios para dárselos a los pobres”. Y la reprendían. Pero Jesús dijo: “Dejadla, ¿por qué la molestáis? Ha hecho una obra buena conmigo”» (Mc 14,3-6).
Se trata de un juicio sobre una acción concreta. Jesús y la mujer se encuentran solos, y quienes están en el entorno, actuando por motivos instintivos, condenan aquel gesto, no saben entenderlo. Es un caso típico de la fuerza de la mentalidad que se comunica de uno a otro y no permite la apertura a la verdad de un gesto que tiene un significado profético. Actuando con las convicciones ordinarias, con lo que parece ser el buen sentido común, todos se oponen a Jesús, que se queda solo.
Es verdad que los pecados sociales y estructurales no se nos pueden imputar desde el punto de vista moral, pero forman parte de nuestra esclavitud. El ser humano es incapaz de crear un orden social justo, donde no exista el hambre, la pobreza, la miseria, los abusos. Ni siquiera las organizaciones internacionales creadas para ayudar a las necesidades de los más débiles consiguen actuar de tal modo que el bien de unos no signifique el mal de otros. Y así avanza la historia de la humanidad de pecado en pecado, de guerra en guerra, de opresión en opresión.
Quizá nos quitaría el aliento la percepción lúcida y clara de lo negativo que se cierne sobre nosotros colectivamente, y el Señor, en su bondad infinita, permite que pensemos poco en ello; en todo caso, cuando reflexionamos sobre esto, nos sale espontáneamente del corazón el grito: «¡Sálvanos, Señor, da tu salvación al mundo!».
Los pecados colectivos racionalizados
Pero eso no es todo. A los pecados personales y a nuestras fragilidades psíquicas y morales, a los pecados sociales y a las injusticias de las que todo ser humano es cómplice por el mero hecho de existir, debe añadirse una tercera realidad: el peso de los pecados colectivos elevados a doctrina. Son ideologías, filosofías, desviaciones de las
religiones, corrientes culturales de todo tipo, que llaman «bien» al mal, lo racionalizan y lo justifican, confiriéndole duración y persistencia. De ahí surgen las catástrofes que destruyen a las sociedades y alteran periódicamente el curso de la historia. Pueden adoptar el aspecto de una catástrofe lenta e implacable, como una plaga que poco a poco destruye una cultura desde dentro. No se trata simplemente de estructuras organizadas de mal, de pecado, sino de estructuras de pensamiento que producen el mal.
Nos encontramos ante una realidad diabólica, precisamente porque el mal es considerado como un bien por razones de Estado, de intereses económicos; estas desviaciones sociales confunden la mente, enturbian la vista e impiden juzgar con rectitud.
La salvación de Dios, el hecho de hacernos pasar indemnes a través de este inmenso océano de mal, es un milagro: equivale a ser llamados, como Lázaro, fuera de la tumba, a salir, como los hebreos, de Egipto vadeando el mar Rojo.