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La conflictividad permanente de la vida cristiana

– A propósito de la lucha espiritual encontramos una parábola evangélica que trata de la competencia implacable entre la buena semilla y la cizaña: «En aquel tiempo, Jesús despidió a la muchedumbre y entró en casa; sus discípulos se le acercaron para decirle: “Explícanos la parábola de la cizaña en el campo”» (Mt 13,36).

Se trata de una parábola que había suscitado perplejidad en los discípulos, que aún esperaban a un Jesús triunfador y restaurador político, porque decía así:

«El reinado de Dios es como un hombre que sembró semilla buena en su campo. Pero, mientras la gente dormía, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo, y se marchó. Cuando el tallo brotó y empezó a granar, se descubrió la cizaña. Fueron entonces los siervos y le dijeron al amo: “Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿De dónde le viene la cizaña?”. Les contestó: “Un enemigo lo ha hecho”. Le dijeron los siervos: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. Les contestó: “No; que al arrancarla vais a arrancar con ella también el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña, atadla en gavillas y echadla al fuego; luego recoged el trigo y guardadlo en mi granero”» (Mt 13,24-30).

Y a petición de los suyos, la explica seguidamente:

«El que sembró la semilla buena es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los súbditos del Maligno; el enemigo que la siembra es el Diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Como se recoge la cizaña y se echa al fuego, así sucederá al fin del mundo: El Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que recojan de su reino todos los escándalos y los malhechores, y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces, en el reino de su Padre, los justos brillarán como el sol. Quien tenga oídos, que escuche» (Mt 13,37-43).

Tanto la buena semilla como la cizaña tienden a vivir, y la segunda intenta ahogar a la primera. La existencia cristiana no debe entenderse como un sencillo camino educativo que avanza de una luz a otra luz cada vez más grande; es una existencia conflictiva; es

una lucha incesante entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal; una lucha dura

y difícil que pone a prueba nuestra fe, esperanza y caridad.

Al mismo tiempo, la parábola nos enseña que no nos corresponde a nosotros juzgar, sino aceptar esa situación pacientemente, resistiendo, aguantando. No es pequeña la

lucha que exige el resistir al mal.

Agustín de Hipona comentó a menudo esta parábola para defenderse de la acusación de ciertos radicales que tachaban de tibia e indolente a su comunidad. En

aquella época, terminadas las persecuciones, no solo era tolerada la religión cristiana, sino que incluso estaba protegida, y por eso a la gente le interesaba bautizarse. Comenzaban, pues, las dificultades de una Iglesia de masas, que recoge a todos: los maduros en la fe, los débiles, los desprovistos, los entusiastas y los radicales, los tibios y los lentos.

Desde el principio, no obstante, Jesús nos advierte que también esta es la comunidad cristiana. Es verdad que en otros pasajes del evangelio de Mateo se nos dirá que a males extremos hay que responder con medios extremos; cuando, por ejemplo, el hermano no hace caso ni en privado, ni ante dos testigos, ni ante la asamblea, hay que alejarlo (cf. Mt 18,15-17). En todo caso, es también igualmente cierto que la Iglesia llega a la excomunión solamente por motivos gravísimos, en casos absolutamente extraordinarios. De lo contrario, soporta; y soportar es duro.

Una tercera enseñanza de la parábola es que debemos percibir el drama de la lucha entre Dios y Satanás que se está librando en la historia. Un combate que no

excluye los golpes más duros y hace que Cristo muera en la cruz.

No hay tregua, no hay armisticio entre la luz y las tinieblas: se enfrentan constantemente, de la mañana a la noche, y de la noche a la mañana. Cuanto te levantas, la lucha ya está junto a tu lecho, y no te abandona ni siquiera de noche; se desarrolla, ante todo, dentro de nosotros, que somos el primer campo donde se siembra la buena semilla y la cizaña, y a ella tenemos que prepararnos cada día con un corazón renovado.

No hay tentación ni prueba que se le ahorre a quien vive el Evangelio.

– El término «prueba» posee un riquísimo vocabulario en la versión griega del Nuevo Testamento, un hecho que ya es significativo.

Peirasmós, que quiere decir «tentación», se traduce frecuentemente por «prueba»:

«Habéis perseverado conmigo en mis pruebas», dice Jesús a los apóstoles en Lc 22,28. El término subraya por sí mismo que somos tentados interna y externamente por nuestra sensualidad, nuestra codicia y nuestros deseos de venganza, por circunstancias externas o por el Maligno, que intenta confundirnos y arrollarnos.

Otro vocablo bastante frecuente es thlîpsis, es decir, «tribulación», «opresión», y

que remite al hecho de estar aplastado entre dos cargas hasta la asfixia.

También hallamos en el Nuevo Testamento el término diōgmós, «persecución»,

con referencia a una potencia externa que persigue, acosa y da caza.

Finalmente, la palabra asthéneia, que remite a todas las formas gravosas de

debilidad que hacen difícil proseguir el camino.

Debilidades morales como, por ejemplo, el pecado: «Cuando éramos aún débiles»,

Debilidades físicas como las enfermedades, a veces durísimas. Todas las debilidades psíquicas, manifiestas o no, que nos oprimen; grandes o pequeñas heridas interiores que nos perturban, impidiéndonos vivir tranquilamente, que interfieren en las relaciones personales, echándolas a perder. Todas las formas de debilidad social, es decir, el hecho de no tener poder y verse obligado a depender de quien sí lo tiene.

Quisiera recordar, concluyendo esta reflexión sobre la parábola de la buena semilla y la cizaña, un detalle interesante: la palabra peirasmós aparece vinculada muchas veces

con hypomoné, es decir, paciencia, perseverancia. A menudo, en la prueba no se puede

hacer otra cosa sino resistir, mantenerse (ménein) bajo (hypo) ella, y eso ya constituye

una victoria.

– Podríamos pensar en las muchas pruebas vividas por Jesús, además de las tentaciones propias del Diablo.

* Pruebas personales. Los fariseos le pidieron una señal del cielo, y Jesús

«suspiró profundamente y dijo: “¿Para qué pide una señal esta generación?”» (Mc 8,12). Cuando le presentan a un epiléptico endemoniado a quien no han podido curar los discípulos, exclama: «¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros?» (Mc 9,19). Resulta extraño oírle decir: «estoy harto de vosotros». El pasaje más sobrecogedor se encuentra en Mc 14,33-34, cuando Jesús se encamina hacia el monte de los Olivos, llega a un lugar llamado Getsemaní, toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y, después, «comenzó a sentir miedo y angustia. Les dijo: “Siento una tristeza mortal; quedaos aquí velando”». Jesús ha entrado en el momento en que querría abandonarlo todo y nos pide a nosotros, a través de la petición hecha a Pedro, Santiago y Juan, que no le dejemos solo, sino que, de algún modo, compartamos su prueba.

* Pruebas políticas y sociales. Jesús tuvo en su contra a todas las autoridades.

Ninguna lo entendió realmente; los jefes políticos y religiosos se sintieron al menos molestos con él ya desde el principio. Él no tiene nada en contra de la autoridad, no utiliza su popularidad para poner a la gente en contra de ella, no desobedece las leyes. La malevolencia con respecto a él y que conducirá a los jefes a la decisión de crucificarle es inexplicable y debe verse a la luz del plan divino de salvación. En todo caso, Jesús no se deja intimidar por las autoridades; por ejemplo, cuando, al terminar su difícil discurso en la sinagoga de Nazaret, es expulsado fuera de la ciudad y es llevado a un monte para arrojarle al precipicio, «él, abriéndose paso entre ellos, se marchó» (Lc 4,30). * Pruebas familiares. Los hermanos y los parientes de Jesús no le entienden y

muchedumbre que le rodeaba, no tenía ni siquiera tiempo para comer, acuden a llevárselo pensando que estaba loco (cf. Mc 3,20-21).

Pero una prueba aún más dura para Jesús la constituye la incomprensión de sus discípulos, de aquellos a quienes había elegido para que estuvieran con él. Mc 14,18s nos describe perfectamente el fracaso de la amistad experimentado por Jesús. Primero, el traidor, Judas; y, después, la huída de los demás apóstoles y la negación de Pedro. Los amigos más queridos, más amados, le dejaron solo, no hicieron nada para aliviarle en la prueba.

Así pues, Jesús vivió dos profundos dolores: el fracaso en la predicación y el fracaso de la amistad. Los suyos, los apóstoles, los discípulos, no habían asimilado

con el corazón el mensaje de Cristo, y era necesario que diera la vida por ellos. Este es el centro del Evangelio: el Hijo de Dios tenía que dar la vida para que los seres humanos pudieran entender el amor del Padre.