«Pero el Señor Dios llamó al hombre: “¿Dónde estás?”. Él contestó: “Te oí en el jardín, me entró miedo porque estaba desnudo, y me escondí”. El Señor Dios le replicó: “¿Y quién te ha dicho que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol prohibido?”. El hombre respondió: “La mujer que me diste por compañera me alargó el fruto, y comí”. El Señor Dios dijo a la mujer: “¿Qué has hecho?”. Ella respondió: “La serpiente me engañó, y comí”. El Señor Dios dijo a la serpiente: “Por haber hecho eso, maldita tú entre todos los animales domésticos y salvajes; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo: él herirá tu cabeza cuando tú hieras su talón”» (Gn 3,9-15).
Este escueto diálogo entre Dios y el ser humano hace que emerjan la confusión, la oscuridad y la vergüenza del pecado. Cuatro veces habla el Señor, y las tres primeras intervenciones son preguntas concretas: ¿dónde estás?, ¿quién te ha dicho que estabas desnudo?, ¿qué has hecho?
Y a las tres perentorias preguntas les sigue una profecía terrible que indica un estado de enemistad y de división dentro de la experiencia humana y de la historia.
A las cuatro palabras de Dios les replican los seres humanos con respuestas tímidas, inseguras, reticentes y, en parte, mendaces. Adán afirma que tiene miedo, miedo de Dios. Revela así una relación desvirtuada con aquel Dios de amor en quien no sabe reconocer al Padre, al Misericordioso, cuyo rostro ya no reconoce. Y acusando a Eva, añade: la mujer que me diste por compañera me alargó el fruto, y comí. Manifiesta también, por consiguiente, una relación irresponsable con la compañera de su vida, echándole a ella la culpa y los remordimientos de conciencia.
Por su parte, la mujer, atemorizada y confusa, responde: la serpiente me ha engañado, mostrando así una relación irresponsable consigo misma, con su culpabilidad personal, con la claridad de sus responsabilidades.
En conjunto, Adán y Eva, con sus palabras, subrayan la división, la oscuridad y la confusión que le provoca al ser humano el estado de pecado, es decir, el alejamiento de Dios.
Al principio, Dios sueña con una tierra de paz y de benevolencia, en la que el trabajo no oprime y la convivencia no es violenta; el ser humano se rebela contra este sueño; y el esplendor, el valor inmenso de la libertad que le ha concedido el que la ha creado y amado, se transforma, en sus manos, en un instrumento de negación, en un
Pero la pregunta dirigida por el Señor a Adán, «¿dónde estás?», es la pregunta que Dios nos hace a cada uno de nosotros, que no hemos confiado plenamente nuestra vida a su plan de amor: ¿dónde estamos a causa de la desconfianza o de la escasa confianza en él?
Adán es el ser humano de todos los tiempos que no acepta el amor de Dios, que rechaza la condición de criatura y de hijo, que no quiere ser hijo adoptivo de Dios, que se rebela frente a un Dios que le sirve.
Su miedo ha marcado toda la historia, ha marcado a la humanidad, que teme a Dios imaginándoselo como un terrible castigador, que tiene miedo de la muerte, del sufrimiento, de toda forma de privación o de peligro. Rechazando a Dios, nosotros y nuestra sociedad no llegaremos lejos, y las conquistas del progreso podrían ser incluso nuestra Babel y nuestra muerte.
En las respuestas que Adán y Eva dan al Señor descubrimos que falta, en realidad, la única palabra adecuada, la única palabra que se resiste a salir de los labios de todo hombre, precisamente porque se ha perdido de vista el rostro verdadero de Dios: «¡He pecado contra ti!». Es la sencilla respuesta de David en el Salmo 50.
En un pasaje del evangelio de Lucas podemos leer otro diálogo, correspondiente al que tuvo lugar en el jardín del Edén entre Dios, Eva, Adán y la serpiente. Se trata del relato de la anunciación:
«El sexto mes envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen prometida a un hombre llamado José, de la familia de David; la virgen se llamaba María. Entró el ángel adonde estaba ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oírlo, ella se turbó y discurría qué clase de saludo era aquel. El ángel le dijo: “No temas, María, que gozas del favor de Dios. Mira, concebirás y darás a luz un hijo, a quien llamarás Jesús. Será grande, llevará el título de Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, para que reine sobre la Casa de Jacob por siempre y su reinado no tenga fin”. María respondió al ángel: “¿Cómo sucederá eso si no convivo con un varón?”.
El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con sombra; por eso, el consagrado que nazca llevará el título de Hijo de Dios”... Respondió María: “Aquí tienes a la esclava del Señor: que se cumpla en mí tu palabra”» (Lc 1,26-38).
El texto del Génesis preveía que la maldición de la serpiente se prolongaría en una lucha incesante entre el miedo y la esperanza, entre el rechazo del proyecto de amor de Dios y su plena acogida. Y preveía la victoria definitiva del bien.
María acoge la Palabra, el plan de Dios, y es la aurora de la salvación definitiva. Así, una mujer es la destinataria del anuncio de un comienzo nuevo; y ante este
inesperado protagonismo de una mujer que entra a formar parte del proyecto de redención, nos preguntamos si realmente hemos comprendido en profundidad la relevancia de este acontecimiento que sirve de eco a aquel «pongo hostilidad entre ti y la mujer». Quiere decir que se produce en María un principio de reconciliación y, en ella, en toda persona que participa en su misterio. Un poder de reconciliación que aún no ha reconocido el mundo y que la historia de la Iglesia está destinada a expresar.
También el saludo, «llena de gracia», tiene múltiples significados. María es bellísima, de una belleza ontológica, y es amada por Dios con amor gratuito y redentor. Este protagonismo de la gracia, que se inclina sobre la humanidad pecadora y la rehabilita, es el fundamento de la «buena noticia» y es constitutivo no contingente, como lo es el pecado. El protagonismo del pecado era penetrante, invasor, omnipresente, pero incapaz de llegar realmente al fondo del ser humano; es decir, el pecado ataca al ser humano hasta el fondo, pero no a fondo.
La gracia, en cambio, sanea hasta el fondo y a fondo, reconstituyendo por dentro al hombre y lo humano.
Contemplando a esta nueva Eva, cada uno de nosotros –no obstante los pecados, las negligencias, las infidelidades, los temores– vuelve a creer en el resplandor de los orígenes, vuelve a buscar la alegría y el esplendor de aquellos días en los que Dios bajaba, con la brisa de la tarde, a pasear por el jardín. Volvemos a ser motivo de esperanza para el mundo.