En tal crisis, los agentes históricos del cambio emergerían y no serían idénticos a ninguna de las clases tradicionales. Pero la “calificación” de estos agentes puede medirse si re- cordamos el elemento quizás más decisivo en el concepto marxista, a saber, que el sujeto histórico de la revolución debe ser la “negación definitiva” también en el sentido de que este sujeto es una clase social libre de, es decir, no con- taminada por las necesidades e intereses explotadores del ser humano bajo el capitalismo, que es sujeto de necesida- des y valores “humanistas” esencialmente diferentes.
Esta es la noción de la ruptura con el continuum de do- minación, la diferencia cualitativa del socialismo como una nueva forma y modo de vida, no sólo el desarrollo racional de las fuerzas productivas, sino también la reorientación del progreso hacia el final de la lucha competitiva por el existencia, no sólo la abolición de la pobreza y el trabajo, sino también la reconstrucción del entorno social y natural como un universo pacífico y bello: transvaloración total de
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implica aún otro cambio en el concepto de revolución, una rup- tura con la continuidad del aparato técnico de productivi- dad que, para Marx, se extendería (liberado del abuso ca- pitalista) a la sociedad socialista. Tal continuidad “tecnoló-
gica” podría constituir un vínculo fatídico entre el capitalismo y el socialismo, porque este aparato técnico se ha convertido,
en su propia estructura y alcance, en un aparato de control y dominación. Cortar este enlace significaría no retroceder en el progreso técnico, sino reconstruir el aparato técnico de acuerdo con las necesidades de los seres humanos li- bres, guiados por su propia conciencia y sensibilidad, por su autonomía. Esta autonomía exigiría un aparato descen- tralizado de control racional sobre una base reducida, re- ducida porque ya no está inflada por los requisitos de ex- plotación, expansión agresiva y competencia, unidos por la solidaridad en la cooperación.
Ahora bien, ¿es esta noción aparentemente “utópica” apli-
cable a las fuerzas sociales y políticas existentes, que podrían
ser consideradas como agentes de cambio cualitativo? El concepto marxista de revolución no es un concepto utópico ni romántico, sino que insiste en la base real del poder, en los factores objetivos y subjetivos que sólo pueden elevar la idea del cambio cualitativo por encima del nivel de las ilusiones, y esta base sigue estando en los países industria- les avanzados.
En los países capitalistas, la fuerza de la alternativa apa- rece hoy sólo en los grupos “marginales” mencionados an- teriormente: la oposición entre la intelectualidad, especial- mente los estudiantes, y entre los grupos políticos y activos entre las clases trabajadoras. Ambos rechazan no sólo el sistema como un todo y cualquier transformación del sis-
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tema “dentro de las estructuras existentes”; sino que tam- bién profesan su adhesión a un sistema nuevo y cualitati- vamente diferente de valores y aspiraciones. La debilidad de estos grupos es expresiva de la nueva constelación his- tórica que define el concepto de la revolución:
1. Contra la mayoría de la población integrada, in- cluida la de los “productores directos”.
2. Contra una sociedad próspera y que funciona bien, que no se encuentra en una situación re- volucionaria ni prerrevolucionaria.
De acuerdo con esta situación, el papel de esta oposi- ción es estrictamente preparatorio: su tarea es la ilustración radical, en teoría y para la práctica, y el desarrollo de cua- dros y núcleos para la lucha contra la estructura global del capitalismo. Porque es precisamente en su estructura glo- bal donde se afirman las contradicciones internas: en la re- sistencia sostenida contra la dominación neocolonial; en el surgimiento de nuevos y poderosos esfuerzos para cons- truir una sociedad cualitativamente diferente en Cuba, en la revolución cultural de China; y, por último, pero no me- nos importante, en la coexistencia más o menos “pacífica” con la Unión Soviética. Aquí también, existe la dinámica de dos tendencias antagónicas:
1. El interés común de “tener naciones” frente a las convulsiones internacionales en el precario equili- brio de poder.
2. Los intereses en conflicto de los diferentes sistemas sociales, tanto asegurando como defendiendo sus respectivas órbitas políticas y estratégicas.
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Conclusión
El concepto marxista de revolución debe comprender los cambios en el alcance y la estructura social del capitalismo avanzado, y las nuevas formas de las contradicciones ca- racterísticas de la última etapa del capitalismo en su marco global. Las modificaciones del concepto marxista aparecen entonces, no como adiciones o ajustes extraños, sino más bien como la elaboración de la propia teoría marxista.
Un aspecto, sin embargo, parece ser incompatible con esta interpretación. Existe en Marx una tensión que puede llamarse un prejuicio racionalista, incluso positivista, a sa- ber, su creencia en la necesidad inexorable de la transición a una “etapa superior del desarrollo humano” y en el éxito final de esta transición. Aunque Marx era muy consciente de la posibilidad del fracaso, la derrota o la traición, la al- ternativa “socialismo o barbarie” no era una parte integral de su concepto de revolución. Debe convertirse en una parte tal: que la subordinación del ser humano a los instrumen- tos de su trabajo, al aparato total y abrumador de produc- ción y destrucción, ha alcanzado el punto de un poder casi incontrolable: objetivado, cosificado (Verdinglicht), detrás del velo tecnológico, y detrás el interés nacional movili- zado, este poder parece ser autopropulsado y tener a la gente adoctrinada e integrada. Puede dar el golpe fatal an- tes de que las contrafuerzas sean lo suficientemente fuertes como para evitarlo: una explosión de la contradicción in- terna que haría que un nuevo examen del concepto de re- volución sea una empresa meramente abstracta y especu- lativa. La toma de conciencia de esta posibilidad debería fortalecer y solidificar a la oposición en todas sus manifes- taciones: es la única esperanza.
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