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Una revolución inacabada

Sin embargo, hoy parece que esta ruptura con la tradición liberal es incompleta, y que las formas de traducir las ideas liberales a la realidad ya no son las que preveía Marx. Hoy, por ejemplo, se puede ver que las sociedades socialistas existentes sucumben a las fuerzas represivas dentro de su propio sistema. Parece que estas tendencias represivas no se deben meramente al hecho de la coexistencia, a la com- petencia con el capitalismo, sino que hay algo en el con- cepto marxista básico mismo que parece justificar la exten- sión de las tendencias represivas de las viejas sociedades a las nuevas. También parece que la actual rebelión de la ju- ventud militante está dirigida en gran medida contra esta intrusión de lo viejo en la nueva sociedad. O, para decirlo de otra manera, esta rebelión invoca objetivos e ideas des- cuidados, invoca a las fuerzas libertarias y liberadoras ol- vidadas en la misma teoría marxista.

Puede notarse que esta oposición al marxismo dentro de la Nueva Izquierda a menudo aparece como un retorno desde el maduro al joven Marx. Las ideas realmente radi- cales y revolucionarias se encuentran mucho más en los co- mienzos de Marx que en El Capital, de modo que una lec- tura de hoy de los primeros escritos marxistas no revela un suave humanismo marxista, sino más bien un concepto verdaderamente auténtico y radical.

El ingreso de la vieja sociedad en la nueva proporciona una continuidad enraizada en el concepto de razón que subyace a la teoría marxista, un concepto que aún rinde homenaje a la racionalidad de la escasez y la dominación. ¿En qué manera? La clave se encuentra en la noción de “desarrollo de las fuerzas productivas”. La sociedad socia-

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lista se caracteriza por un desarrollo racional y sin restric- ciones de las fuerzas productivas, un desarrollo que, bajo el capitalismo, se vuelve cada vez más represivo y destruc- tivo.

Es esta noción del desarrollo de las fuerzas productivas lo que extiende el pasado hacia el futuro. Esto se revela cla- ramente en la distinción de Marx entre las dos fases en la construcción del socialismo: la fase de creación de la igual- dad económica y la fase de creación de la sociedad más allá de la necesidad. Según este concepto, se supone que la nueva sociedad socialista, en la primera fase, creará las condiciones materiales para la libertad y la igualdad, las condiciones materiales para la implementación del princi- pio socialista “a cada cual según sus necesidades”. Obvia- mente, se requiere una gran riqueza social para traducir a la realidad este ideal de “a cada uno según sus necesida- des”. Durante el período de creación de esta riqueza, du- rante la creación de las condiciones materiales para la li- bertad, la represión continuaría, la desigualdad continua- ría, porque la sociedad aún no sería lo suficientemente rica como para permitirse el socialismo.

Los peligros de este concepto de las dos fases se conocen hoy en día. En primer lugar, la primera fase, especialmente en las condiciones internacionales imperantes, podría pro- longarse indefinidamente. Pero hay más que eso. Incluso en la sociedad socialista plenamente desarrollada, supone Marx, hay un área en la que no puede haber libertad real: el área del trabajo socialmente necesario. La famosa formu- lación en el tercer volumen de El Capital es evidencia de esto. Según esa formulación, no puede haber libertad en este ámbito; sigue siendo un reino de necesidad.

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El progreso técnico es un requisito previo para la reduc- ción progresiva de la jornada laboral; esto, y el control co- lectivo de las fuerzas productivas por parte de los propios productores, cambiaría esencialmente el carácter del tra- bajo, pero permanecería más allá y fuera del ámbito de la necesidad, más allá y fuera del ámbito del trabajo social- mente necesario.

Hay una continuidad tecnológica entre el capitalismo y el socialismo. La sociedad socialista presupone la mayor automatización posible del trabajo y el cálculo científico de los recursos materiales disponibles para la satisfacción de las necesidades. El socialismo destruye el aparato político del capitalismo mientras toma el control ⎯y tiene que ha- cerse cargo para poder desarrollar las fuerzas producti- vas⎯ del aparato técnico y tecnológico cuya construcción ha sido el gran logro histórico del capitalismo, y sin el cual ninguna sociedad libre es imaginable.

Sin embargo, hay un problema en este pensamiento. Hoy se vuelve constantemente más claro que el aparato tecnológico de producción, distribución y consumo no es de ningún modo un aparato técnico, científico y tecnoló- gico solamente, sino que también es cada vez más un apa- rato de control político. Y como funciona como un aparato de control político, contribuye al logro del capitalismo tar- dío en los países industriales más avanzados: a saber, re- conciliar e integrar en el sistema capitalista precisamente a esas clases sociales en las que Marx vio al agente, el sujeto histórico de la revolución: las clases trabajadoras industria- les.

Bajo el impacto de la abrumadora productividad del ca- pitalismo y su capacidad para elevar el nivel de vida, la misma clase que se suponía era libre para la revolución

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porque no tenía intereses creados en el sistema existente ha desarrollado dicho interés en la sociedad industrial más avanzada en países desarrollados. Mientras este desarrollo continúe, la clase trabajadora industrial carece de esa cua- lidad y cualificación que Marx consideraba un factor de re- volución absolutamente necesario.