EL SIGNIFICADO DE LA PALABRA
1 Agradezco los ejemplos del tzeltal al maestro Roberto Santiz Gómez.
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rarlamos que nos lo explicara un estudio etimológico de esos verbos, aunque en la mayor parte de los casos, o quizá en todos, su origen que de en la oscuridad completa del pasado humano y sólo podamos calar un poco en él.
Hemos venido tomando como una de las bases epistemológicas de este Curso la lengua histórica, es decir, la lengua real, no las abstraccio nes que se suele hacer en lingüística para descubrir en ellas sólo su sis tema o deducir sus meras virtualidades. Apoyarnos en ese concepto de la lengua histórica equivale a no negar, sino a tomar en cuenta el hecho de que las lenguas se transmiten socialmente; que llegan a cada indivi duo ya conformadas, como resultado de larguísimas tradiciones verba les. Son esas tradiciones, construidas a lo largo de los siglos y de mane ra inconsciente para cada miembro de una sociedad, las que han ido creando las diferencias significativas que encontramos en el significado de las palabras ejemplificadas.
Pues lo que hace a una lengua histórica es una memoria transmiti da, de generación en generación, de aquellos productos verbales que han resultado valiosos para hacer inteligibles las experiencias de los miembros de una sociedad a todos sus integrantes. Quizá el estudio eti mológico no encuentre datos suficientes como para poder mostrar las maneras en que se constituyeron los significados de las parejas de ver bos que hemos venido analizando, pero lo cierto es que esos significa dos no corresponden al mero esquema de conocimiento, a la mera for ma de una gestalt.
Aquel elemento del significado de una palabra que se forma en una lengua histórica concreta, como resultado de una larga valo ración de sus experiencias verbales, y que vuelve inteligible la palabra para los miembros de la comunidad lingüística es lo que, siguiendo al filósofo inglés Hilary Putnam, llamaremos estereoti po. Podemos considerarlo el segundo estrato d e la form ación del
significado.
Para aclarar este concepto, tomemos algunos ejemplos más, sobre todo uno de los que aduce el propio Putnam para explicar su concepto de estereotipo: si le preguntamos a un físico qué es la electricidad, pode
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mos comprobar, ante todo, que el físico es perfectamente capaz de en tender la palabra electricidad, por lo que comprende muy bien nuestra pregunta, Pero muy probablemente nos responda que, bien a bien, no hay una explicación única de lo que es la electricidad, sino que varias teorías físicas son capaces de explicarla de distinta manera, a partir de diferentes elementos.
Si eso es así, quiere decir que el significado de la palabra electricidad no nos ha sido dado por la física a los hablantes de español (y de todas las lenguas en que existe una palabra correspondiente), es decir, no pro viene de una definición física de lo que es ese fenómeno, sino de una ex periencia previamente socializada de lo que es la electricidad. Por eso el físico entiende su significado como nosotros y sabe, como nosotros, que la electricidad circula por cables y alambres, que se produce en instala ciones termoeléctricas, hidroeléctricas, eólicas e incluso nucleoeléctricas, y que es una poderosa energía que produce movimiento en los motores, luz en los focos, calor en las estufas, etc.; sabe que da toques y que, en ciertos casos, puede matar a un ser viviente. Incluso, el físico puede dar instrucciones a un ingeniero acerca de cómo construir un motor que la genere o un instrumento que la transforme. ¿Cómo se formó este signi ficado de la palabra electricidad? A base de las experiencias de las socie dades que la usan: fue la cultura griega la que plasmó su observación de la electricidad estática que se producía al frotar con un paño de lana una piedra de ámbar (el origen de la palabra es elektron, que significa ‘ám bar’), pero no comenzó a investigarse ese fenómeno sino en el siglo xvi. A mediados del x v i i ise inventaron aislantes y conductores para uti
lizarla; Benjamín Franklin descubrió en esa época que el rayo era eléc trico, y Faraday inventó en la misma época el motor eléctrico y el primer transformador; sin embargo, sólo en 1864 James Maxwell ofreció las ecuaciones con que se pudo teorizar, finalmente, el fenómeno del elec tromagnetismo. Es decir, primero se formó un significado estereotípico de la palabra electricidad y siglos más tarde se pudo proponer una defi nición teórica del fenómeno. La experiencia de uso de la electricidad ha creado un significado de la palabra, independientemente de la clase de fenómeno físico-químico de que se trate.
En español decimos que el Sol sale y el Sol se pone; sale por el este, se pone por el oeste. Esta manera de hablar, recibida por nosotros desde hace muchos siglos, corresponde a una experiencia común de todo ser
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humano: ver aparecer por el horizonte todas las mañanas el Sol, verlo
nacer, seguir su recorrido por el cielo y verlo ponerse o morir todas las tardes por el oeste. Según esa experiencia, tan fácilmente metaforizable con la experiencia de la vida humana, el Sol se mueve. El hecho de que usemos esas palabras normalmente para damos a entender, a pesar de que, desde Kepler, sepamos que el Sol está fijo, para efecto de todo cál culo importante desde la Tierra, indica que nuestra tradición verbal ha formado un estereotipo de la relación entre la Tierra y el Sol, que es el que gula nuestro entendimiento. Ese estereotipo, heredado desde hace siglos, es falso en relación con la teoría astronómica, pero es verdadero desde el punto de vista de nuestra capacidad para damos a entender verbalmente.
Hablando del mismo Sol, sabemos que una parte del significado de la palabra sol es que se trata de un astro que brilla de día. Parte del sig nificado de la palabra estrella, en cambio, es que se trata de un astro que brilla de noche. De ahí que la oposición entre sol y estrella sea casi anto-
nímica. Esos significados son estereotípicos. No obstante, la astronomía moderna nos enseña que el Sol es una estrella, pues todas las estrellas son cuerpos celestes caracterizados por un estado de combustión per manente de los elementos químicos que las forman; una teoría a la que ha llegado la astronomía estudiando, precisamente, el Sol y midiendo después la energía procedente de las estrellas.
Nuestros estereotipos del Sol y las estrellas organizan nuestra expre sión, incluso la de los astrónomos que los estudian, aunque desde el punto de vista científico, sean falsos. Quizá pronto los niños de escue la, educados con conocimiento científico, dejen de oponer el Sol y las estrellas, y los dos significados que manejamos caigan en desuso y ter minen por desaparecer. En ese momento, los estereotipos cambian o de saparecen. Un estereotipo, por lo tanto, es temporalmente verdadero, tanto como la lengua histórica lo siga manteniendo.
Pero no sólo eso: los estereotipos, por ser los que hacen comprensi ble nuestra comunicación, determinan la corrección de nuestras expresio
nes. Sí alguien dice “Anoche vi millones de soles brillando en el cielo”, la reacción normal de sus interlocutores es corregirlo, y decirle que lo que vio brillando fueron estrellas; si uno ha aprendido que el Sol es real mente una estrella, sonreirá, al menos, por el exceso de precisión de quien lo ha dicho.