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Al sur del Danubio

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Todavía queda por analizar una subregión diferente, cuya evolución histórica la alejó del resto de Europa oriental. Puede decirse que los Balcanes representan una zona tipológicamente análoga a Escandinavia en su relación diagonal con la gran línea divisoria que atraviesa el continente. Existe, en efecto, una curiosa simetría inversa entre los respectivos destinos de la Europa noroccidental y sudooriental. Ya hemos señalado que Escandinavia fue la única región importante de Europa occidental que nunca se integró en el Imperio romano y que, por tanto, nunca participó en la «síntesis» primigenia entre los modos de producción esclavista, ya en disolución, de la Antigüedad tardía y los desorganizados modos de producción primitivo-comunales de las tribus germánicas que invadieron el Occidente latino. Sin embargo, y por las razones antes examinadas, el lejano norte entró finalmente en la órbita del feudalismo, aunque conservando las formas duraderas de su distancia inicial con respecto a la común matriz «occidental». En el extremo sur de Europa oriental puede trazarse un proceso inverso, pues si Escandinavia produjo en último término una variante occidental del feudalismo sin contar con la ventaja del legado urbano-imperial de la Antigüedad, los Balcanes no pudieron desarrollar una variante oriental estable del feudalismo a pesar de la amplia presencia metropolitana del Estado que sucedió a Roma en aquella región. Bizancio mantuvo un Imperio burocrático centralizado de Europa sudoriental, con grandes ciudades, intercambio comercial y esclavitud durante setecientos años después de la batalla de Adrianópolis.

Durante ese tiempo tuvieron lugar en los Balcanes diversas invasiones bárbaras, repetidos conflictos fronterizos y desplazamientos territoriales. Con todo, en esta región de Europa nunca se realizó la fusión final de ambos mundos, tal como sucedió en Occidente. Lejos de acelerar la aparición de un feudalismo desarrollado, el legado bizantino pareció bloquearlo: económica, política y culturalmente, toda el área de Europa oriental

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situada al sur del Danubio, con su punto de partida aparentemente más avanzado, se quedó detrás de las vastas y desiertas tierras de su frontera norte, que prácticamente carecían de toda experiencia anterior de civilización urbana o de formación estatal. El verdadero centro de gravedad de Europa oriental pasó a descansar en sus llanuras del norte, hasta tal punto que la larga época posterior de dominio otomano sobre los Balcanes habría de impulsar a muchos historiadores a excluirlos por completo de Europa o a reducirlos a un margen indeterminado de ella. Pero el largo proceso social que finalmente acabó en la conquista turca tiene un gran interés intrínseco para el «laboratorio de formas» que ofrece la historia de Europa, a causa precisamente de su anómalo resultado final: el estancamiento y la regresión secular. La especificidad de la zona de los Balcanes plantea dos problemas: ¿cuál fue la naturaleza del Estado bizantino que durante tanto tiempo sobrevivió al Imperio romano? ¿Por qué no se produjo una síntesis feudal duradera de tipo occidental en el choque entre Bizancio y los bárbaros eslavos y turanios que invadieron la península a partir de finales del siglo VI y se asentaron allí posteriormente?

La caída del Imperio romano de Occidente estuvo determinada fundamentalmente por la dinámica del modo de producción esclavista y por sus contradicciones, una vez que se hubo detenido la expansión imperial. La razón esencial de por qué fue el Imperio de Occidente, y no el de Oriente, el que se derrumbó en el siglo V radica en el hecho de que allí fue donde la agricultura esclavista y extensiva había encontrado su hábitat propio con las conquistas romanas de Italia, Hispania y la Galia. En esos territorios no había ninguna civilización anterior y madura que pudiera resistir o modificar la nueva institución latina del latifundio esclavista. Así pues, en las provincias occidentales fue donde la inexorable lógica del modo de producción esclavista alcanzó su expresión más completa y fatal, debilitando y derrumbando en último término todo el edificio imperial. En el Mediterráneo oriental, la ocupación romana nunca se superpuso a una tabula rasa similar. Ai contrario, aquí

encontró un medio costero y marítimo al que la gran oleada de expansión griega de la época helenística ya había poblado densamente de ciudades comerciales. Esta previa colonización griega fue la que estableció la ecología social básica del este, del mismo modo que la posterior colonización romana establecería la de Occidente. Dos rasgos fundamentales de este modelo helenístico fueron —como ya hemos dicho— la relativa densidad de

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las ciudades y la relativa modestia de la propiedad rural. La civilización griega había desarrollado la esclavitud agrícola, pero no su organización extensiva, en un sistema de latifundios, y, por otra parte, su desarrollo urbano y comercial había sido más espontáneo y policéntrico que el de Roma. Aunque no tiene nada que ver con esta primera divergencia, el comercio fue en todo caso y de forma inevitable mucho más intenso a lo largo de las fronteras del Imperio persa y del mar Rojo que en los confines del Atlántico después de la unificación romana del Mediterráneo. El resultado fue que la institución romana de la gran finca esclavista nunca echó raíces en las provincias orientales con la misma profundidad que en las occidentales: su introducción siempre se vio amortiguada por el persistente modelo urbano y rural del mundo helenístico, en el que la pequeña propiedad campesina nunca recibió ataques tan furiosos como en la Italia posterior a las guerras púnicas, y donde la vitalidad municipal tenía a sus espaldas una tradición más vieja y más autóctona. Egipto, granero del Mediterráneo oriental, tuvo sus colosales propietarios de esclavos del Apión, pero a pesar de ello siempre fue una región en la que predominaron los pequeños propietarios. Así, cuando llegó el tiempo de la crisis para todo el modo de producción esclavista y su superestructura imperial, sus efectos quedaron mucho más mitigados en Oriente, debido precisamente a que la esclavitud siempre había sido allí más limitada. La solidez interna de la formación social de las provincias orientales no se vio, en consecuencia, tan sacudida por la decadencia estructural del modo de producción dominante del Imperio. El desarrollo de un colonato a partir del siglo IV fue menos notable; el poder de los grandes terratenientes para socavar y desmilitarizar al Estado imperial fue menos formidable; la prosperidad comercial de las ciudades no sufrió un eclipse tan grande1. Fue esta

configuración interna la que dio al Oriente la firmeza y elasticidad política para resistir a las invasiones bárbaras que derrumbaron al Occidente. Sus ventajas estratégicas, citadas tantas veces para explicar su supervivencia en la época de Atila y Alarico, fueron en realidad muy precarias. Bizancio estaba mejor fortificado que Roma gracias a sus defensas marítimas, pero estaba también mucho más cerca del alcance de los ataques bárbaros. Los hunos y los visigodos comenzaron sus incursiones en Mesia, no en Galia o en el Nórico, y la primera derrota

1 Véase supra, pp. 96-99.

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fulgurante de la caballería imperial tuvo lugar en Tracia. El godo Gainas alcanzó en el mando militar de Oriente una posición tan prominente y peligrosa como la del vándalo Estilicón en Occidente. No fue la geografía la que determinó la supervivencia del Imperio bizantino, sino una estructura social que, a diferencia de Occidente, se mostró capaz de expulsar o asimilar victoriosamente a sus enemigos exteriores.

La prueba decisiva llegó para el Imperio de Oriente a comienzos del siglo VII, cuando fue casi arrollado por tres grandes asaltos procedentes de distintos puntos cardinales, cuya concatenación significó una amenaza muy superior a todo lo que tuvo que resistir en su historia él Imperio de Occidente: las invasiones eslavas y ávaras de los Balcanes, la marcha de los persas hasta Anatolia y, finalmente, la definitiva conquista árabe de Egipto. y Siria. Bizancio resistió a esta triple catástrofe por medio de una galvanización social cuya naturaleza y alcance exacto todavía es objeto de discusión2. Es claro, sin embargo, que la aristocracia de provincias tuvo que

experimentar enormes sufrimientos por las desastrosas guerras y ocupaciones de la época y que el modelo existente de propiedad mediana y grande quedó probablemente dislocado y desorganizado, y esto tiene que haber sido especialmente cierto en el reino del usurpador Focas, producto de una rebelión de amotinados en las filas del ejército3. Es igualmente evidente que la adscripción de los campesinos a la Tierra, implantada por el

sistema tardorromano del colonato, desapareció progresivamente de Bizancio, dejando, tras de sí una gran masa de comunidades de aldeas libres, formadas por campesinos con parcelas privadas e individuales y con responsabilidades fiscales colectivas hacia el Estado4. Es posible, aunque en modo alguno seguro, que el

2 La interpretación clásica de este período puede encontrarse en G. Ostrogorsky, History of the Byzantine State, Oxford, 1968, pp. 92- 107, 133-7; P. Charanis, «On the social structure of the later Roman Empire», Byzantion, XVII, 1944-5, pp. 39-57. Algunos de sus aspectos fundamentales han sido seriamente impugnados en los últimos años, véase infra nota 5.

3 Para el impacto de las invasiones, véase Ostrogorsky, History óf the Byzantine State, p. 134. Los historiadores soviéticos han elegido el episodio de Focas para llamar la atención sobre ello, véase, por ejemplo, M. la. Siuziumov, «Nekotorie Problemi Istorii Vizantii», Voprosi Istorii, marzo de 1959, núm. 3, p. 101.

4 E. Stein, «Paysahnerie et grands domaines dans l’Empire byzantin», Recueils de la Société Jean Bodin, II, Le servage, Bruselas, 1959, pp. 129-33; Paul Lemerle, «Esquisse pour une historie agraire de Byzance: les sources et les problèmes», Revue Historique, 119, 1958, pp. 63-5.

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aparato imperial de la época de Heraclio promoviera una división más radical de la propiedad de la tierra por medio de un sistema militar de soldados pequeños propietarios que recibían para su mantenimiento tierras del Estado a cambio de servicios de guerra, originando así las themas bizantinas5. En cualquier caso, se produjo una

sustancial recuperación militar que ante todo consiguió derrotar a los persas e inmediatamente —después de la conquista islámica de Egipto y Siria, cuya lealtad a Bizancio fue socavada por la heterodoxia religiosa—

5 Esta es la principal vexata quaetio de los estudios mesobizantinos. La tesis de Stein y Ostrogorsky —desde hace tiempo aceptada ortodoxia—, según la cual Heraclio fue el autor de una reforma agraria que creó un campesinado de soldados mediante el establecimiento del sistema de themas, se ha puesto seriamente en duda. Lemerle la ha sometido a una triple crítica, afirmando en primer lugar que no existe ninguna prueba verdadera de que Heraclio creara el sistema de themas (que apareció gradualmente después de su reinado en el siglo VII); en segundo lugar, que las «tierras militares» o strateia fueron un desarrollo posterior sobre el que no existe documentación antes del siglo X, y por último, que los titulares de esas tierras nunca fueron soldados, sino que únicamente tenían la obligación fiscal de mantener financieramente a un caballero del ejército. El efecto de esta crítica es despojar al reinado de Heraclio de toda importancia estructural en los campos agrícola y militar y proyectar sobre las instituciones rurales de Bizancio un grado de continuidad superior al que hasta ahora se había sospechado. Véase P. Lemerle, «Esquisse pour une histoire agraire de Byzance», Revue Historique, vol. 119, pp. 70-4; vol. 120, pp. 43-70, y «Quelques remarques sur le règne d’Heraclius», Studi Medievali, I, 1960, pp. 347- 61. Algunas opiniones semejantes sobre el problema militar se desarrollan en A. Pertusi, «La formation des thèmes byzantins», Berichte zum XI Internationalen Byzantinisten-Kongress, Múnich, 1958, pp. 1-40, y W. Kaegi, «Some reconsiderations on the themes (seventh- ninth centuries)», Jahrbuch der österreichischen byzantinischen Gesellschaft, XVI, 1967, pp. 39-53. Ostrogorsky ha replicado en su Korreferat al artículo de Pertusi de 1958 antes citado (Berichte, pp. 1-8), y en «L’exarchat de Ravenne et l’origine des thèmes byzantins», VII Corso di Cultura sull’Arte ravennate e bizantina, Ravena, 1960, pp. 99-110, en el que afirma que la creación de los exarcados occidentales de Ravena y Cartago a finales del siglo VI presagiaba el establecimiento poco después del sistema de themas. Ostrogorsky ha recibido el apoyo del bizantinista soviético A. P. Kazhdan, que ha rechazado las opiniones de Lemerle en «Eshchio Raz ob Agrarnij Otnosheniiaj v Vizantii IV-XII vv», Vizantiiskii Vremennik, 1959, XVI, 1, pp. 92-113. La disputa sobre los orígenes del sistema de themas gira en buena medida en torno a una sola frase de Teófanes (historiador que escribió doscientos años después de la época de Heraclio y, por consiguiente, no es posible resolverla). Es preciso añadir que la opinión de Lemerle, según la cual el aumento de libertad de los campesinos en la época mesobizantina se debió fundamentalmente a las emigraciones eslavas, que resolvieron la escasez de mano de obra dentro del Imperio e hicieron así inútil la adscripción a la tierra, es mucho menos convincente que su crítica de las explicaciones que la remontan al sistema de themas.

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detener a los árabes en la barrera del Tauro. En el siglo siguiente, la dinastía isauria construyó la primera armada imperial permanente, capaz de dar a Bizancio la superioridad marítima contra las flotas árabes, y comenzó la lenta reconquista del sur de los Balcanes. Los fundamentos sociales de esta renovación política radican evidentemente en la ampliación de la base campesina de las aldeas autónomas dentro del Imperio, fuese o no directamente facilitada por el sistema de themas: la gran preocupación de los últimos emperadores por conservar las comunidades de pequeños propietarios, dado su valor fiscal y militar para el Estado, no deja lugar a dudas6. Bizancio sobrevivió, pues, durante toda la Edad Oscura de Occidente con un territorio reducido, pero

prácticamente con toda la panoplia superestructural de la Antigüedad clásica intacta. No se produjo un corte drástico en la vida urbana7; las manufacturas de lujo se mantuvieron, el comercio marítimo aumentó incluso

ligeramente y, sobre todo, subsistió la administración centralizada y la recaudación uniforme de impuestos por el Estado imperial, que, en la noche de Occidente, fue un distante polo de unidad visible desde la lejanía. La moneda ofrece el índice más claro de este éxito: el besante de oro bizantino se convirtió en el patrón más universal de la época en el Mediterráneo8.

Sin embargo, por esta renovación hubo que pagar el precio de una parálisis. El Imperio bizantino se desprendió del suficiente lastre de la Antigüedad para sobrevivir en una nueva época, pero no tanto que le permitiera desarrollarse dinámicamente en ella. El Imperio quedó clavado entre los modos de producción esclavista y

feudal, incapaz de retornar al primero y de avanzar hacia el segundo, metido en un callejón sin salida que

6 Ostrogorsky, History of the Byzantine State, pp. 272-4, 306-7.

7 La suerte que corrieron las ciudades desde el siglo VII al IX es otro foco de controversia. Kazhdan sostiene que durante esta época se produjo un verdadero colapso de las ciudades: «Vizantiiskie Goroda v VIIIX vv», Sovietskaia Arjeologiia, vol. 21, 1954, pp. 164-88; pero su descripción ha sido modificada con éxito por Ostrogorsky, «Byzantine cities in the early Middle Ages», Dumbarton Oaks Papers, núm. 13, 1959, pp. 47-66, y Siuziumov, «Vizantiiskii Gorod (Seredina VII-Seredina IX v.)», Vizantiiskii Vremennik, 1958, XIV, pp. 38-70, que han demostrado sus muchas lagunas.

8 R. S. Lopez, «The dollar of the Middle Ages», The Journal of Economic History, XI, verano de 1951, núm. 3, pp. 209-54. Lopez señala que, aunque la estabilidad monetaria de Bizancio pone de manifiesto sus presupuestos equilibrados y su comercio bien organizado, no implica necesariamente un excesivo crecimiento económico. Es posible que la economía bizantina de esta época se mantuviera estacionaria.

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en último término sólo podía conducir a su extinción. Pues, por una parte, la vía de vuelta a una economía de esclavitud generalizada estaba cerrada, ya que sólo un inmenso programa imperial de expansión podía haber creado la fuerza de trabajo cautiva necesaria para recrearlo. De hecho, el Estado bizantino siempre intentó reconquistar sus territorios perdidos en Europa y Asia, y cuando sus campañas eran victoriosas, el stock de esclavos dentro del Imperio aumentaba inmediatamente al traer los soldados su botín a casa, fenómeno que adquirió su mayor trascendencia con la conquista de Bulgaria por Basilio II a principios del siglo XI. Existían, además, los cómodos mercados de Crimea, por los que se exportaban continuamente los esclavos en dirección sur, hacia los Imperios bizantino y árabe, y que probablemente fueron los primeros proveedores de Constantinopla9. Pero ninguna de esas fuentes puede compararse con las grandes redadas que habían creado las

fortunas de Roma. La esclavitud no desapareció en absoluto de Bizancio, pero nunca llegó a predominar en su agricultura. Al mismo tiempo, la solución rural que había salvado al este del destino del oeste —la consolidación, por debajo de las grandes fincas, de la pequeña propiedad de la tierra— se reveló inevitablemente como una solución provisional, ya que la presión interna ejercida por las clases dirigentes de provincias para crear un colonato dependiente fue rechazada en los siglos VI y VII, pero en el siglo X se había reafirmado una vez más de forma inexorable. Los decretos de la dinastía «macedonia» denuncian una y otra vez la implacable apropiación de las tierras de los campesinos y el sometimiento de los pobres por los potentados rurales de la época, los dunatoi o «poderosos». El Estado imperial central se opuso ferozmente a la concentración de la tierra en manos de las oligarquías locales, porque amenazaba con destruir sus reservas de reclutamiento y recaudación de impuestos al sustraer a la población agraria del dominio de la administración pública, del mismo modo que lo habían hecho el patrocinium y el colonato de la Roma tardía: un sistema paraseñorial en el campo significaba el fin de un aparato militar y fiscal metropolitano capaz de imponer la autoridad imperial en todo el reino. Pero los intentos de los sucesivos em-

9 A. Hadjinicolau-Marava, Recherches sur la vie des esclaves dans le monde byzantin, Atenas, 1950, pp. 29, 89; R. Browning, «Rabstvo v Vizantiiskii Imperii (600-1200 gg)», Vizantiiskii Vremennik, 1958, XIV, páginas 51-2. El artículo de Browning es la mejor síntesis sobre este tema.

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peradores de contener la marea del poder de los dunatoi se revelaron necesariamente vanos, pues la administración local encargada de hacer cumplir sus decretos estaba controlada casi por completo por las mismas familias cuya influencia pretendían limitar10. Así, no sólo avanzó la polarización económica en el

campo, sino que además la red militar de los themas cayó progresivamente en manos de los magnates locales. Su misma descentralización, que inicialmente fue la condición de su robusta vitalidad, facilitó ahora su confiscación por las camarillas de potentados provinciales al estar socavada su primigenia base dé pequeños propietarios. La estabilización de las tardías formas antiguas en la renovación bizantina de los siglos VII y VIII se vio comprometida, pues, de forma creciente por las tendencias hacia una desintegración protofeudal de la economía y la sociedad rural.

Por otra parte, si bien era imposible un retroceso duradero hacia el tipo de formación social característico de la Antigüedad, el avance hacia un feudalismo desarrollado se vio igualmente frustrado. Pues el supremo aparato burocrático de la autocracia bizantina permaneció esencialmente intacto durante los quinientos años que siguieron a Justiniano: la máquina centralizada del Estado en Constantinopla nunca perdió la soberanía global,

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