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El modelo de desarrollo

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En el marco de este contexto histórico general puede analizarse ahora la evolución interna de las formaciones sociales de Europa oriental. Marx escribió una vez, en una carta a Engels en la que analizaba el desarrollo polaco, que «aquí puede considerarse que la esclavitud surgió de forma puramente económica, sin el vínculo intermedio de la conquista y del dualismo étnico»1. Esta frase indica con bastante exactitud la naturaleza del

problema planteado por la aparición del feudalismo al este del Elba. Como ya hemos visto, éste se caracterizó fundamentalmente por la ausencia de la Antigüedad, con su civilización urbana y su modo de producción esclavista. Sin embargo, hablar de una vía «puramente económica» al feudalismo en Europa oriental es una excesiva simplificación que olvida el hecho de que las tierras del este se convirtieron precisamente en parte del continente que llegó a ser Europa y que, por tanto, no pudieron escapar a algunos determinantes generales — estructurales y superestructurales— del modo de producción feudal que había surgido en Occidente. El modelo inicial de las comunidades agrícolas eslavas que ocuparon la mayor parte de la mitad oriental del continente situada al norte del Danubio ya se ha señalado antes. Algunos siglos después de las migraciones, estas comunidades eran todavía amorfas y primitivas, ya que su desarrollo no fue acelerado por ningún contacto previo con formas urbanas o imperiales ni por una fusión posterior con ellas, dado que carecieron de un legado procedente de la Antigüedad clásica. La tribu y el clan social fueron durante largo tiempo las unidades básicas de la organización social; el paganismo ancestral quedó intacto; hasta el siglo VIII, las técnicas agrícolas fueron rudimentarias, con predominio del cultivo en tierras desbrozadas por fuego en los bosques de las llanuras del este; ni siquiera se registraron Estados autóctonos como los de los marcomanos y cuados, que habían existido durante breve tiempo a lo largo del limes romano. Paulatinamente, sin embargo,

1 Marx-Engels, Selected correspondence, Londres, 1965, p. 95.

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aumentó el excedente disponible para la plena cristalización de una nobleza guerrera, desvinculada de la producción económica. Las aristocracias de clan consolidaron su dominio por medio de la adquisición de grandes propiedades y la utilización de cautivos de guerra como mano de obra esclava para cultivarlas. El pequeño campesinado, con sus propiedades individuales, conservó en ocasiones sus instituciones populares de asamblea y justicia, pero por lo demás quedó sometido a su poder. A partir de entonces aparecieron príncipes y jefes, cuyos secuaces se agruparon en los habituales séquitos armados, que constituyeron desde entonces el núcleo de una clase dominante estabilizada. Esta maduración de una jerarquía social y política se vio acompañada muy pronto por una impresionante multiplicación de pequeñas ciudades durante los siglos IX y X, fenómeno que fue común a Rusia, Polonia y Bohemia. Inicialmente, al menos en Polonia, estas ciudades fueron centros tribales fortificados y dominados por los castillos locales2. Pero también se convirtieron de forma

natural en el núcleo del comercio y la artesanía regional, y en Rusia —donde es menos conocida su organización política— revelaron una división urbana del trabajo relativamente avanzada. Cuando los escandinavos llegaron a Rusia, la denominaron Gardariki —la tierra de las ciudades— debido a que allí encontraron muchos centros comerciales. La aparición de estas gródy polacas y goroda rusas fue quizá la novedad más importante que se produjo en tierras eslavas durante este período, dada la completa ausencia previa de urbanización en el este. Este fue el punto más alto de la evolución social endógena de Europa oriental en la Edad Oscura.

En efecto, el posterior desarrollo político de toda la región se situó desde ahora bajo un fundamental influjo exógeno. Él auge del feudalismo europeo occidental y el impacto del expansionismo escandinavo habrían de sentirse profundamente más allá del Elba. A partir de este momento, habrá que recordar siempre la proximidad continental de sistemas económicos y sociales más avanzados y adyacentes a ella para analizar el curso de los hechos en la propia Europa oriental. El profundo influjo que de diferentes formas ejercieron sobre las estructu-

2 Henryk Lowmianowski, «La genèse des Etats slaves et ses bases sociales et économiques», La Pologne au XIe Congrès International des Sciences Historiques a Rome, Varsovia, 1955, pp. 29-33, resumen de las opiniones actuales sobre el primer desarrollo eslavo.

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ras políticas y los sistemas estatales del este medieval pueden apreciarse por la consistencia de los testimonios filosóficos que lo acreditan3. Así, prácticamente todas las palabras eslavas fundamentales para designar durante

este período el rango y el dominio político más elevado —es decir, el vocabulario de la superestructura estatal — se derivan de términos germánicos, latinos o turanios. El tsar —«emperador»— ruso está tomado del caesar romano. El krol polaco, el kral sudeslavo —«rey»— procede del nombre epónimo del propio Carlomagno, Carolus Magnus. El knyaz ruso —«príncipe»— se deriva del alemán antiguo kuning-az, mientras que družina (družyna en polaco) —«séquito»— quizá procede del gótico dringan. El boyar —«noble»— ruso y sudeslavo es una palabra turania, adoptada de la aristocracia nómada de las estepas, que designó en primer lugar a la clase dirigente búlgara. El rytiry checo —«caballero»— es el reiter alemán. Las palabras polaca y checa para «feudo» —Xan y lan— son también simples transcripciones del alemán lehen4. Este enorme predominio de

términos extranjeros (casi siempre occidentales, germánicos o romanos) es por sí mismo elocuente. Y, a la inversa, es muy significativo que quizá la palabra puramente eslava más importante en la esfera superestructural —el veovoda ruso o el wojewoda polaco—

3 En la actualidad, estos testimonios se ignoran frecuentemente, por cortesía convencional, debido a las chauvinistas pretensiones alemanas de que tales testimonios mostrarían que las primeras sociedades eslavas eran «incapaces» de formar un Estado por sí mismas, lo que condujo a los historiadores del este a negarlos o minimizarlos. Los ecos de estas controversias todavía no se han silenciado por completo, como puede verse consultando F. Grauss, «Deutsche und Slawische Verfassungsgeschichte», Historische Zeitschrift, CXLVIII, 1963, pp. 265-317. Las preocupaciones que las inspiran son, por supuesto, completamente ajenas al materialismo histórico. Afirmar la obvia verdad de que las formaciones sociales eslavas eran en general más primitivas que las germánicas a principios de la Edad Media, y que aprendieron políticamente de ellas, no equivale a asignar a ninguno de esos grupos unas intrínsecas características «étnicas», sino simplemente a decir que las primeras iniciaron una vía semejante de evolución después que las segundas, por determinadas razones históricas, que en sí mismas no dictaron en modo alguno sus respectivas trayectorias posteriores, las cuales, naturalmente, se caracterizaron por un desarrollo desigual y no rectilíneo. No tendría que ser necesario repetir estas perogrulladas.

4 F. Dvornik, The Slavs in European history and civilization, New Brunswick, 1962, pp. 121, 140; L. Musset, Les invasions. Le second assaut contre l’Europe chrétienne, p. 78; Georges Vemadsky, Kievan Russia, Yale, 1948, p. 178; K. Wuhrer, «Die Schwedischen Landschaftsrechte und Tacitus’ Germania», Zeitschrift des Savigny-Stiftung für Rechtsgeschichte (Germanische Abteilung), LXXXIX, 1959, pp. 20-1.

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signifique simplemente «aquel que dirige a los guerreros», esto es, el jefe tribal militar de la primera fase de la evolución social, descrita por Tácito. Este término sobrevivió hasta convertirse durante la Edad Media en un título formal. Por lo demás, casi todo el vocabulario de los rangos fue tomado del exterior.

En la formación de las estructuras estatales del este hubo además un segundo catalizador exterior: la Iglesia cristiana. Del mismo modo que la transición de comunidades tribales a sistemas políticos territoriales en la época de los asentamientos germánicos en Occidente estuvo invariablemente acompañada por la conversión religiosa, así también en el este la fundación de Estados monárquicos coincidió puntualmente con la adopción del cristianismo. Como ya hemos señalado, el abandono del paganismo tribal fue normalmente una condición ideológica previa a la desaparición de los principios ciánicos de organización social y al establecimiento de una jerarquía y una autoridad política centralizada. El éxito de la obra de los emisarios eclesiásticos procedentes del exterior —católicos u ortodoxos— fue por tanto un componente esencial en el proceso de la formación de los Estados en Europa oriental. El principado de Bohemia fue fundado por la dinastía de los Premíslidas, cuando su primer soberano, Vaclav, que gobernó desde el 915 hasta el 929, se convirtió en un ardiente cristiano. El primer Estado polaco unitario se creó cuando el potentado Miecislao I, fundador de la dinastía de los Piasta, adoptó simultáneamente la fe católica y el título ducal en el año 966. El reino varego alcanzó su forma completa en la Rusia de Kiev cuando el príncipe ruríkida Vladimiro aceptó el bautismo ortodoxo en el año 988 con objeto de obtener un matrimonio imperial con la hermana del emperador bizantino Basilio II. Los nómadas húngaros se asentaron y organizaron en un Estado real de forma semejante con la conversión del primero de los Arpad, Esteban, que —como Miecislao— recibió de Roma su credo (966-7) y su monarquía (1000), el uno a cambio de la otra. En todos estos casos, la adopción del cristianismo por los príncipes fue seguida de una cristianización oficial de sus súbditos: era un acto inaugural del Estado. En muchos casos, estallaron después reacciones paganas populares en Polonia, Hungría y Rusia, en las que se mezclaron la protesta religiosa y social contra el nuevo orden.

Sin embargo, la innovación religiosa fue un paso más difícil en la consolidación de los Estados monárquicos que el tránsito de una nobleza de séquito a una nobleza territorial. Ya

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hemos visto que la aparición de un sistema de séquito marca en todas partes una ruptura decisiva con los vínculos de parentesco como principio básico de la organización social; un séquito representa el umbral para la transición de una aristocracia tribal a una feudal. Una vez que se forma el séquito del príncipe —grupo de nobles de varios clanes que constituyen el personal entorno militar del príncipe, el cual los mantiene económicamente con sus bienes y reparte con ellos su botín de guerra a cambio del servicio leal en el combate y la administración— se convierte habitualmente en el primer instrumento fundamental del gobierno real. Ahora bien, para que de este séquito militar salga una nobleza específicamente feudal es necesario todavía un paso crucial: su territorialización como clase terrateniente. En otras palabras, el grupo compacto de guardias y guerreros reales se debe dispersar para convertirse en señores con dominios provinciales, poseídos como feudos en vasallaje a su monarca. Este paso estructural estuvo invariablemente lleno de peligros, ya que la fase final de todo el movimiento siempre amenazó con anular los avances de la primera fase al producir una nobleza local anárquica y recalcitrante a toda autoridad real centralizada, Así surgía fatalmente el peligro de una desintegración del originario Estado monárquico, cuya unidad estaba asegurada con menos dificultades, paradójicamente, en el estadio menos avanzado del séquito doméstico. La implantación de un sistema de feudos estable e integrado constituyó, pues, un proceso extremadamente difícil. En Occidente, ese sistema sólo apareció después de varios siglos de rudimentarios y confusos tanteos durante la Edad Oscura y se consolidó finalmente entre el derrumbamiento general de la autoridad monárquica unitaria en el siglo X, medio milenio después de las invasiones germánicas. Por tanto, no es extraño que en el este tampoco hubiera un progreso lineal desde los primeros Estados dinásticos de los Premíslidas, los Piasta y los Ruríkidas a los sistemas feudales plenamente acabados. Por el contrario, en todos estos casos —Bohemia, Polonia y Rusia— se produjo una recaída final en la confusión y el desorden, regresión política en la que el poder de los príncipes y la unidad territorial se fragmentaron o eclipsaron5. Conside-

del Estado anglosajón de Inglaterra, presentado a menudo como realizador de una transición prácticamente plena de éxito al feudalismo en vísperas de la invasión normanda, debido al carácter unitario de su gobierno

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radas en una perspectiva comparada, estas vicisitudes de los primeros sistemas estatales del este tenían sus raíces en los problemas planteados por la forja de una nobleza señorial coherente dentro de un sistema político monárquico unitario, que a su vez presuponía la creación de un campesinado servil, adscrito a la tierra y en condiciones de suministrar un excedente a una jerarquía feudal desarrollada. Por definición, un sistema de feudos no podía surgir mientras no existiera una mano de obra servil que proporcionara sus productores inmediatos. En Occidente, la aparición y la generalización definitiva de la servidumbre sólo había tenido lugar, una vez más, en el transcurso del siglo X, después de toda la experiencia de la Edad Oscura y del Imperio carolingio que le puso fin. La economía rural característica de esa larga época que va del siglo V al IX había tenido —como hemos visto— un carácter muy mixto y fluido, con la coexistencia en su seno de esclavos, pequeños propietarios, arrendatarios libres y campesinos dependientes. En el este no había existido previamente un modo de producción esclavista, por lo que el punto de partida de la evolución hacia la servidumbre tuvo que ser necesariamente distinto y más primitivo. Pero también aquí la sociedad rural inmediatamente posterior al establecimiento de los sistemas de Estado siempre fue heterogénea y transitoria: la inmensa mayoría del campesinado no había experimentado todavía la servidumbre. El feudalismo oriental sólo pudo nacer después de sus necesarios dolores de parto.

Si tal fue en el este el modelo general de la primera fase de desarrollo, hubo naturalmente importantes diferencias en la trayectoria económica, política y cultural de las distintas regiones, que es preciso examinar ahora. Rusia representa el caso más interesante y complejo debido a que allí se manifestó quizá algo semejante a una vacilante sombra «oriental» de la síntesis occidental. El primer Estado ruso fue creado a finales del siglo IX y principios del X por piratas y mercaderes suecos que bajaron desde Escandinavia por las rutas fluviales6.

Allí encon-

real. En realidad, la sucesión dinástica estable o un coherente sistema de feudos no habían aparecido todavía en la Inglaterra anglosajona, cuyo avance relativo se habría derrumbado posteriormente en un desorden y una regresión semejantes a los que experimentaron los primeros Estados esclavos, debido a la común ausencia de una herencia clásica. La conquista normanda, producto de la síntesis romano- germánica del Occidente continental, fue lo que impidió ese retroceso.

6 El sentimiento nacionalista ruso ha conducido repetidamente, tanto en el siglo XIX como en el XX, a negar los orígenes escandinavos del Esta-

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traron una sociedad que ya había producido muchas ciudades locales en los bosques, pero no una unidad ni un sistema político regional. Los comerciantes y soldados varegos que llegaron a Rusia establecieron muy pronto su supremacía política sobre estos centros urbanos, enlazando las vías fluviales del Voljov y el Volga hasta crear una sola zona de tránsito económico desde el mar Báltico al mar Negro y fundando un Estado cuyo eje de autoridad política iba desde Novgorod hasta Kiev. Como ya hemos visto en otro lugar, el Estado varego radicado en Kiev tuvo un carácter comercial, pues se edificó para controlar las rutas comerciales entre Escandinavia y el mar Negro, y su principal objeto de exportación consistió en esclavos, destinados al mundo musulmán o a Bizancio. En el sur de Rusia se formó un emporio de esclavos —cuya zona de captación era todo el este eslavo— que proveyó a las tierras mediterráneas y persas conquistadas por los árabes y al Imperio griego. El Estado jázaro, situado más al este, que previamente había dominado el lucrativo comercio de exportación a Persia, fue eliminado, y los dirigentes varegos conquistaron así el acceso directo a las rutas del Caspio7. Estas importantes operaciones comerciales del Estado de Kiev contribuyeron a dar a Europa su nueva

y permanente palabra para designar a los esclavos: sclavus apareció por vez primera en el siglo X. Los comerciantes varegos también embarcaban cera, pieles y miel, que durante toda la Edad Media fueron los principales artículos rusos de exportación, pero su importancia siempre fue menor. El desarrollo urbano de Kiev, que le sitúa aparte de cualquier otro centro de Europa oriental, se basaba esencialmente en un comercio que por entonces representaba ya un creciente anacronismo dentro de la economía occidental.

Con todo, si los dirigentes nórdicos de Kiev dieron el inicial impulso político y la experiencia comercial al primer Estado ruso, lo que más contribuyó a la relativa complejidad superestructural de la Rusia de Kiev fue el

estrecho contacto diplo-

do de Kiev (y desde luego la procedencia de la propia palabra «Rus»). No es preciso demostrar aquí el anacronismo de tal historiografía «patriótica», que tiene su equivalente en los mitos ingleses sobre la «continuidad», a la que se ha aludido antes.

7 Hay un análisis equilibrado de la naturaleza del papel de los varegos en Rusia, en Musset, Les invasions. Le second assaut, pp. 99-106, 261-6. Es preciso tener en cuenta que la palabra eslava que significa ciudad, gorod, es, en definitiva, la misma que el antiguo término nórdico gardr, pero no es seguro que aquélla proceda de ésta. Foote y Wilson, The Viking achievement, p. 221.

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mático y cultural con Bizancio a través del mar Negro. Es aquí donde más evidente resulta un paralelismo limitado con el Impacto del Imperio romano sobre el Occidente germánico. En concreto, tanto la lengua escrita como la religión —los dos componentes básicos de todo sistema ideológico de aquella época— fueron importados de Bizancio. Los primeros príncipes varegos de Kiev habían concebido a su capital como una base para la expediciones de piratería contra Bizancio y Persia (especialmente contra el primero, brillante recompensa para el pillaje). Sin embargo, sus ataques fueron rechazados dos veces, en los años 860 y 941, y poco después el primer príncipe varego que llevó un nombre eslavo, Vladimir, adoptó el cristianismo. Los alfabetos glagolítico y cirílico fueron inventados por sacerdotes griegos específicamente para los idiomas de los pueblos eslavos y para la causa de su conversión a la fe ortodoxa. La Rusia de Kiev adoptó ahora una escritura y un credo y, con ellos, la institución bizantina de una Iglesia estatal. Clérigos griegos fueron enviados a Ucrania para levantar una jerarquía eclesiástica que gradualmente se hizo tan eslavizada como habría de hacerse la casa dominante y sus séquitos. Esta Iglesia sería posteriormente el medio para el trasplante ideológico de la tradición imperial autocrática del Imperio de Oriente, incluso después de la posterior desaparición de éste. El influjo administrativo y cultural de Bizancio parecía permitir, pues, una precaria síntesis rusa en el este que podría compararse a la síntesis franca en Occidente, tanto en sus precoces realizaciones como en sus inevitables recaídas, seguidas por el caos y la regresión8. Sin embargo, los límites de estas comparaciones son evidentes.

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