Cuestiones de géneros
Capítulo 3: La pasión de lo real
3.3.2. Alegoría vs Realismo
En el campo de los estudios de crítica latinoamericana, a comienzos de este siglo, el trabajo de Idelber Avelar sobre las novelas posdictatoriales de América del Sur se
161 Sandra Contreras. “Discusiones sobre el realismo en la narrativa argentina contemporánea. Orbis Tertius, La Plata, mayo de 2006, pág. 6.
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convirtió en un referente ineludible en el análisis de estas narrativas desde el vínculo entre la estética y la política, desde el paradigma de la memoria.162
Situándose en el contexto de crisis cultural del período de la redemocratización en el Cono Sur, Avelar plantea que esta narrativa tiene un rol político y mnemónico y que el procedimiento con el que se representa el pasado es la alegoría, la manifestación semiótica del duelo. La alegoría, contrapuesta a la representación mimética de la realidad, expresa mejor, según Avelar, el fragmento y la ruptura del devenir progresivo de la historia.
Oponiendo la forma alegórico-fragmentario frente al relato testimonial, otra forma literaria que crece y se consolida durante la posdictadura, Avelar toma partido por la primera, y desdeña, de este modo, la supuesta ingenuidad de las representaciones realistas, cómplices del proyecto totalitario oficial.
Las hipótesis de Avelar fortalecen las ideas que comienzan a gestarse una vez concluida la dictadura, hacia mediados de la década del 80. Se llevan a cabo encuentros, congresos y debates que se organizan en torno a la problemática de la redefinición del nuevo campo cultural.163 El paradigma estético que se postula en las ponencias y que acaba consolidándose es, en palabras de Verónica Garibotto:
la “mejor literatura”, la literatura que “se juega” es la que elude la representación de la totalidad y se construye sobre fragmentos de la subjetividad y de la experiencia; es la que solo de manera oblicua rodea la historia; es la que rechaza el reflejo mimético y prefiere poner en escena la incompletud de los sentidos.164
El fragmento citado analiza un artículo de Beatriz Sarlo, “Literatura y política”, de diciembre 1983, en el que se observan las prescripciones de una voz
162 El libro de Idelber Avelar es Alegorías de la derrota: la ficción posdictatorial y el trabajo del duelo. Santiago de Chile, Cuarto Propio, 2000. Nuestra lectura de este texto se complementa con la tesis doctoral de Verónica Garibotto, “Contornos en negativo: reescrituras posdictatoriales del siglo XIX (Argentina, Chile y Uruguay), Universidad de Pittsburgh, 2008, quien realiza una lectura crítica del texto de Avelar.
163 Verónica Garibotto analiza esta cuestión revisando las posiciones de los intelectuales hispanoamericanos en los comienzos de la redemocratización, quienes trazan el mapa del discurso posdictatorial y coinciden “en la delimitación de los ejes éticos y estéticos que terminarán por configurar la matriz de producción e interpretación que se extiende en los tres países durante todo el periodo posdictatorial”, op.cit., pág. 44. Los intelectuales que organizan y participan de estos encuentros son Saúl Sosnowski, Beatriz Sarlo, Balderston, Garretón, entre otros. El análisis completo del debate intelectual, en págs. 43-50.
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autorizada acerca de la diferencia entre buena y mala literatura. La mala literatura, obviamente, es aquella que por construirse como una versión realista, ingenua y cómplice de la historia (oficial), queda excluida del paradigma estético de la memoria. El sistema de exclusión pone en desventaja a diversos textos literarios que no operan alegóricamente.
¿Dónde se ubicaría la obra de Rivera, desde estos postulados? Si para Sarlo, como lo afirma en su artículo citado arriba, “se escribieron novelas que oblicuamente, solo oblicuamente, hablan de la historia”,165 la narrativa de Rivera, que habla de la historia pero no solo oblicuamente, no es analizada en el texto de la directora de Punto de Vista.
Es necesario aclarar que Sarlo menciona a Rivera y su “último libro de relatos, Una lectura de la historia, porque el título le facilita argumentar a favor de la estética que rehúye las totalizaciones; sin embargo, no lo analiza. Por otra parte, Sarlo deja de lado otro texto publicado previamente a su artículo, la novela Nada
que perder. Obviamente, un artículo, por su extensión, debe hacer recortes, incluso
de corpus; no obstante, dada la extensa nómina que proporciona Sarlo de narradores argentinos cuya poética se inscribe en la política, genera suspicacia que
Nada que perder, libro publicado en 1982, quede excluido.
La intención aquí es, a partir de un esbozo de algunos aspectos de las relaciones y confrontaciones del campo literario argentino, tratar de delinear más claramente la poética de Andrés Rivera. Por tanto, trascendiendo la dicotomía normativa entre alegoría/realismo, puede afirmarse que la narrativa de Rivera se sitúa en los límites de la estética realista puesto que, por un lado, el referente histórico que surge en la representación se visibiliza definidamente aunque esto no implique aceptar categóricamente un posible pacto mimético a la manera del realismo social; por otro lado, los procedimientos y técnicas narrativas utilizados dan cuenta de un lenguaje opaco y abrupto que clausura la imagen de una realidad trasparente.
Las estrategias de la alegoría -fragmentación, metonimia, elusión, crisis o imposibilidad de la representación, silencios, etc.- son puestas en primer plano en la escritura de Rivera. Si lo que incomoda a la crítica es cierto “estilo cristalino” en su representación, es posible confrontar esa inquietud con la idea de que si bien la
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obra de Rivera no se produce desde lo alegórico, admite sí una lectura alegórica. En cierto sentido, la narrativa de Rivera es también alegórica, por su estrategia y por su interpelación a la historia del pasado y la del presente.