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Reescrituras/Relecturas “Estaqueados”

Formas breves: El relato

Capítulo 4: Reescrituras/Relecturas “Estaqueados”

Dos años después de editarse Una lectura de la historia, Andrés Rivera inicia un proceso de escritura diferente, durante el cual se aboca a la composición de novelas cortas, como es el caso de En esta dulce tierra, Apuestas, La revolución es un

sueño eterno, todas ellas publicadas en la década del ochenta. Continúa este

proceso al iniciarse los noventa, con El amigo de Baudelaire, La sierva, entre otras y, en 1993, aparece el libro de relatos Mitteleuropa. Esta antología contiene un

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cuento –“Tránsitos”- que se publica originalmente en su libro El yugo y la marcha. En la nueva edición, el cuento sufre algunos cambios de estilo.

Cada serie de antologías de cuentos es un corte en ese largo y fructífero transcurso, que actúan como si marcasen un momento de reconcentración y ajuste en su obra.

En 1998, mientras se suceden año a año las publicaciones de varias de sus novelas breves, se edita la colección de relatos La lenta velocidad del coraje. Rivera ya es, obviamente, en aquel momento, un escritor consagrado, y este libro recibe críticas elogiosas por la perfección que alcanzan sus textos.

Uno de los relatos que integran este libro es Así, todavía, donde se narra el encuentro trágico de dos hombres en un fortín del desierto argentino, a fines del siglo XIX.

El protagonista del relato, dividido en tres partes, es el capitán Gustavo Hantín109 y su antagonista, Ramón Vera, aquí más delineado como el “gaucho malo”, personaje clave en las historias narradas de El amigo de Baudelaire110 y de

La sierva.

Hantín es un joven oficial porteño que ordena que un soldado conscripto – Fabián Maldonado- realice movimientos vivos porque lo considera un joven afeminado y siente inquina hacia el origen patricio del apellido del joven, que él no posee. El soldado muere al no resistir los violentos ejercicios a los que lo someten. El ministro de Guerra111 dictamina que Hantín sea destinado a un fortín de frontera. Allí, el capitán escoge a un soldado –Ramón Vera- para infligirle similares castigos como al cadete, y como con éste manifiesta deseos concupiscentes también con Vera. A Vera lo estaquean, por orden de Hantín. Asimismo, manda a que el gaucho le lustre las botas y de este modo lo va sometiendo, con el supuesto propósito de disciplinarlo. Finalmente, Ramón Vera toma venganza: sin que el

109En el juego de anacronismos que propone la narrativa de Andrés Rivera, entre la lectura de la historia del siglo XIX y la del XX (la historia de los desaparecidos), es posible relacionar el nombre del capitán Gustavo Hantín con el de otro capitán, Alfredo Astiz (por la similitud de sonidos), “el ángel negro” de la dictadura de 1976.

110En El amigo de Baudelaire, Ramón Vera es asesinado por el juez Bedoya, protagonista de la nouvelle. En Estaqueados, relato posterior, Rivera recrea la vida de Vera, previa a su desenlace. 111El ministro de Guerra al que refiere el relato bien puede ser por la información que aporta el narrador, Martín de Gainza, ministro durante la presidencia de Domingo Sarmiento, desde 1868. Durante su ministerio, se crea el Colegio Militar y la Escuela Naval.

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narrador revele que poco a poco y secretamente lo va tramando, Vera le quita sus botas y mata al capitán Hantín.

Esta es la síntesis de la trama del relato pero no es lo fundamental porque lo que Rivera va añadiendo en cada línea del texto, configura el reverso de una trama histórica, política, social, incluso, psicológica que se ofrece al lector como imágenes esquivas pero inequívocas de la realidad.

El narrador en 3ª. persona, extradiegético, cuya focalización112 es interna y fija, puesto que narra desde la perspectiva de Gustavo Hantín y hacia el final, visualiza un poco más a Ramón Vera. De todos modos, aunque siga a Hantín en su mirada y pensamientos, muchos enunciados no parecen pertenecerle al capitán; no serían verosímiles desde esa óptica. Rivera tiene en cuenta quién habla y quién ve, pero al mismo tiempo es evidente que transgrede estas relaciones –entre la voz y la mirada- con el propósito de transparentar el procedimiento y no la verosimilitud del relato.

Esta voz se vale de la ironía y el sarcasmo para introducir el contexto histórico en el que se mueven sus personajes. Desde el inicio, las marcas de enunciados críticos y mordaces se manifiestan en la descripción de espacios o instituciones. El fortín del desierto patagónico:

que custodió la supervivencia de esos míseros poblados […] estuvo allí desde siempre, con su empalizada, foso, corral, troneras, unas pocas gallinas flacas, y unos pocos perros flacos, para que el mundo civilizado y católico admirase cómo la joven República afrontaba, con emblemática hidalguía española, el incomprensible malón salvaje y el acecho del Chile hambriento y prusiano. (Rivera, 2008a: 23)

Los adjetivos, aquí verdaderos subjetivemas, tejen sobre líneas la crítica política de un discurso o registro crónico, arraigado en la historia oficial de la Argentina.

112El concepto “focalización”, planteado por Gerárd Genette (T.Todorov lo denomina aspecto), es recuperado y ampliado por Mieke Bal, quien la explica en los siguientes términos: “La percepción depende de tantos factores, que esforzarse en ser objetivos carece de sentido. Por mencionar solo unos pocos factores: la propia posición respecto del objeto percibido, el ángulo de caída de la luz, la distancia, el conocimiento previo, la actitud psicológica hacia el objeto; todo ello y más influye en el cuadro que nos formamos y pasamos a otros”. MiekeBal, Teoría de la narrativa (una introducción a

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Los mismos recursos definen una voz firme y sentenciosa que juzga, en complicidad con el lector, el origen y el accionar de la escuela militar:

Se sabe: Una Escuela Militar que se respete –y la creada por el señor Sarmiento era para respetar, y mucho- enseña disciplina y hace de la obediencia un culto, y forja, en sus alumnos, preceptos de ética imprescriptibles, y luminosas pautas de consideración hacia el mundo civil –damas, niños y ciudadanos probos y de fortuna- que paga sus maestros, libros de texto, gimnasios, caballos, armas, y los uniformes, incluidos los de gala. (Rivera, 2008a: 24)

De este modo, Rivera construye una voz discrepante que se mofa de palabras como disciplina, obediencia, culto, ética, probidad y fortuna y, de la nómina se destaca la frase: “luminosas pautas de consideración hacia el mundo civil”, en clara alusión a la ideología “iluminista” o “ilustrada” y su concepción de la civilidad como lo opuesto a la barbarie, que incluye normas sociales de conducta, de honradez y además el dinero como atributo fundamental de la distinción de clase.

Hacia el final de la primera parte, cuando Gustavo Hantín duerme y los soldados, reunidos en un fogón, hablan sobre los generales, la voz del narrador –a la manera de la voz coral del pueblo en la tragedia griega- despliega la caracterización de los militares, en función de su casta, clase o élite. De ellos se dice: “andaban a caballo”, “tenían barba”, “tenían mujeres hermosas”, “viajaban a Francia para curarse y comprar belleza”, “usaban ropa de tela inglesa”, “tenían coraje”. “Eran, ellos también, cultos. Y de sobra […] Escribían memorias, cartas a amigos confiables, declaraciones de amor, profecías, balances, intimaciones.” (Rivera, 2008a: 35-36).

A la enumeración le sigue una cita intertextual de Julio Argentino Roca, dos veces presidente de la Nación y ministro de Guerra cuando redacta la carta: “Mándeme los prisioneros, que no conviene aglomeración de indios en la frontera…

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Los hemos de hacer marinos o agricultores en Entre Ríos o en Tucumán.”113 (Rivera, 2008a: 36).

Y luego, utilizando el procedimiento de la frase negativa, caracteriza a los propios soldados, por lo que no son, ni hacen, ni tienen en relación a lo que sí son, hacen y tienen los militares y políticos argentinos:

Pero ellos, paisanos, soldados de mala muerte, errantes, no viajaban en coche al muere. El señor brigadier Juan Manuel de Rosas los tuvo a rienda corta. El señor Domingo Faustino Sarmiento los detestaba. […] Y ninguno de los soldados […] fue presidente de la Nación. No eran, tampoco, hermanos ni cuñados […] ni sobrinos, ni primos, ni edecanes del presidente de la Nación. […]

No eran estancieros. No fundaban diarios.

No eran jueces. No eran policías. […] No leían La Nación. No leían La

Prensa114. No leyeron la Biblia. No había escuela para ellos. Pero no engordaban. Y no sabían qué designaba la palabra poesía. No eran laicos. No eran cristianos. No eran brasileños, ni chilenos, ni indios, para que la Patria los odiase. Eran menos que eso.

Dormían con la muerte, en borrosos fortines, el ronquido de borracho de un capitán Gustavo Hantín y la noche del desierto sobre ellos. (Rivera, 2008a: 36-37).

El cuento, como puede apreciarse en este notable pasaje, es productivo en las relaciones intertextuales que configura: el contexto histórico del siglo XIX y la

113 La cita corresponde a una carta enviada por el entonces ministro de Guerra, Julio Argentino Roca, al coronel Villegas:

“Al coronel Villegas - Trenque-Lauquen

Con verdadera satisfacción he recibido su parte. El mayor Ruiz se ha portado bien y tendremos presente este hecho que lo acredita como un jefe experto y activo. No deje aburrirse en los cuarteles a los oficiales y soldados de su División, y desprenda siempre partidas ligeras que vayan hasta los mismos toldos, aunque sean de 20 a 30 hombres. Mándeme a ésta inmediatamente y bien custodiados, los prisioneros, que no conviene aglomeraciones de indios en las fronteras. A éstos como a los que se tomen en adelante, los hemos de hacer marinos y agricultores en Entre Ríos o Tucumán. (subrayado nuestro) Julio A. Roca (O 100) Bs. As., 16/9/78”. En Norman Cruz, “El Ocaso de Los Ranqueles”. Cronología comentada de documentos publicados relativos a la persecución y exterminio de Baigorrita y su gente (1878-1879). En

http://www.folkloretradiciones.com.ar/literatura/El%20Ocaso%20De%20Los%20Ranqueles.pdf (consulta 23/12/2010).

114Ambos periódicos fueron fundados en Buenos Aires a fines del siglo XIX (La prensa, en 1869 y La

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literatura política que acompaña el período de organización nacional, de guerras civiles; la mención a Julio Argentino Roca, Juan Manuel de Rosas y a Domingo Sarmiento y en el intersticio: la cita a Jorge Luis Borges, de su poema “El general Quiroga va en coche al muere”.115

Rivera, en este texto y a lo largo de todas aquellas obras suyas que tratan este tema, despliega un argumento que consiste en denunciar la ideología liberal y conservadora de los políticos y militares del siglo XIX pero, también reconocer y destacar que estos hombres que gobernaron la nación argentina fueron cultos, eruditos, letrados. Idea de la que, por otra parte, se vale para comparar a esos hombres con los actuales políticos argentinos: neoliberales e incultos.

Esta primera parte del relato culmina con la idea de que la vida en el fortín, cuyos días y noches son infinitamente repetibles, solo puede acabarse en algún instante cualquiera, por una lanza india. Se cierra con el siguiente párrafo:

Después, siempre después, en el fortín, una voz monótona leería, en papeles ajados, palabras obvias en el idioma de los argentinos:

Desaparecido en acción. Desaparecido. (Rivera, 2008a: 37)

Este fragmento adquiere mucha relevancia en el cuento porque cierra un círculo, volviendo al principio, a la introducción del texto, en la que se narra y anticipa que Hantín es jefe de una guarnición en los confines del país y luego se declara, nuevamente como un guiño intertextual con el estilo Borges y los recursos de Miguel de Cervantes:

Eso se escribió en un informe militar extraviado, dicen, en los laberintos administrativos de las fuerzas armadas, en los silencios del archivo histórico nacional, o vendido, por monedas, a un maníaco coleccionista norteamericano. (Rivera, 2008a: 23)

Empleando el mínimo de palabras y con rigurosidad, Rivera tiende un cúmulo de referencias, políticas, históricas, literarias, que es preciso desglosar.

115 Jorge Luis Borges, Luna de Enfrente (1925), en Obra poética 1923-1977, Buenos Aires, Emecé editores, 1977, págs. 72-73.

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Lo primero que llama la atención es el destacado de la palabra desaparecido, que no es lo mismo que la frase seriamente burocrática de la guerra: desaparecido en acción. Las diferencias semánticas le permiten a Rivera elaborar un juego lingüístico que, inocentemente formal, dice mucho más en distintos niveles del sentido.

Claramente, con la palabra desaparecido se alude, porque el vocablo se desdobla en pasado mediato y pasado inmediato, al hecho histórico de la dictadura argentina de 1976. Y en esa circularidad que conecta el enunciado del cierre de esta parte primera con el enunciado del inicio, se dibuja una forma que manifiesta el modo en que debe seguir su curso el examen de la historia.116

En la segunda y tercera parte del cuento, surge la figura del gaucho Ramón Vera. Este personaje antagonista es incorporado en la historia como agente pasivo, objeto receptor de la iniquidad de Hantín. A Vera, como todo soldado sometido a la autoridad de su jefe, lo estaquean, le ordenan lustrar las botas de su jefe. Como se ha señalado, la focalización puesta en Hantín consiente que Ramón Vera, el otro, participe de los acontecimientos sin que el lector tenga la posibilidad de advertir su plan de venganza hacia el capitán.117

La segunda parte se inicia con el relato del modo en que Hantín percibe al desapercibido paisano o soldado Vera, y lo descubre como hombre:

El capitán Gustavo Hantín, que engordaba, […] reconoció –reconocimiento lento, equívoco, intermitente, cauto, canónico- en Ramón Vera a un hombre y no a un soldado que envejecía. (Rivera, 2008a: 40)

Cuando Vera es estaqueado, el narrador cambia la focalización y se sitúa en la visión de este personaje, quien se promete a sí mismo que a él no lo quebrarán. Este pensamiento actúa como leve indicio de la decisión de desagraviarse.

116Graciela Tomassini, en referencia a este cuento, expone: “[…] una narrativa hecha de fragmentos y repeticiones, por cuyos hiatos fluye el discurso de la memoria, que desde los horrores del presente –la palabra ‘desaparecido’- problematiza los tópicos de la civilización, el progreso y la patria, y los de la otredad que justifica el exterminio: ‘barbarie’, ‘desierto’. “Reescrituras al margen: a propósito de tres relatos de Andrés Rivera”, en Graciela Tomassini y Stella Maris Colombo.

Reconfiguraciones. Estudios críticos sobre narrativa breve hispanoamericana de fin de siglo. Rosario,

Editorial Fundación Ross, 2006, p. 134.

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En la tercera parte, los dos personajes, el protagonista y el antagonista vehiculizan la representación de valores antinómicos: miedo/coraje. El culto al coraje del gaucho –y aquí se leen sobreimpresas líneas del Martín Fierro, especialmente de la Ida- se manifiesta en su deseo y determinación de hacer justicia.

“Así, todavía” se transforma, diez años después, en el relato “Estaqueados”. El título de la primera versión –dos adverbios, de modo y tiempo- es una suerte de instrucción al lector para que interprete la historia –la ficcional y la oficial- desde una mirada atenta que pueda establecer comparaciones entre acontecimientos históricos de principios del siglo XIX y finales del XX.

Diez años después, Rivera cambia el título y elige “Estaqueados” para su nueva versión del relato. Cuando reedita, Rivera corrige. La corrección produce diversas modificaciones en cuanto al estilo, que siempre está en proceso de ajuste y de medida de la escritura. Esta acción es llevada a cabo, porque el escritor relee y la relectura es para él, no solo la evaluación de la forma sino también de los sentidos nuevos que advierte.

Con el nombre “estaqueados”, el relato suma, en la instancia de lectura, un plus de significación, al remitir casi sin veladuras a la Guerra de Malvinas, de 1982. Los soldados conscriptos argentinos que actuaron en esa guerra eran castigados, si no acataban órdenes, si no obedecían, con el estaqueo.

Con este cambio, Rivera, interesado en que se cuestione el presente desde los acontecimientos históricos del pasado, une al tema de los desaparecidos, mediante el objeto de la tortura, el tema de los desastres de la guerra, iniciada por los generales de la dictadura que también cometen el crimen de desaparecer a treinta mil personas.

La reescritura en la obra de Rivera adopta diversas formas. El autor compone una narración a partir de la interdiscursividad, es decir, del cruce de discursos o códigos que provienen de diferentes esferas. Escribe cuestionando la historiografía y la reescribe como también reescribe la tradición literaria. Y no lo hace desde la distinción de estas esferas, sino al contrario, lo hace desde la contaminación, desde su cruce –que es también encrucijada.

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Hantín es la alegoría de la civilización, mientras que Vera lo es de la barbarie. En este relato, y en la obra de Rivera, la fórmula dicotómica introducida por Sarmiento, es planteada no sin problematizaciones.

Sin embargo, las criminales acciones de Hantín lo localizan inmediatamente en el espacio de la barbarie. Hantín infringe la ley y es castigado, doblemente castigado, tanto por la ley de la civilización como por la ley ilegítima, valga el oxímoron, del gaucho malo. Ramón Vera también ha quebrantado la ley pero no ha cumplido castigo, su desobediencia es genuina porque pertenece al mundo bárbaro y por eso también aparece justificada la acción de dar muerte a Hantín, que por otra parte no es narrada como asesinato sino como acción defensiva frente a quien lo ofende:

El capitán Gustavo Hantín desenvainó el sable, y saltó al encuentro de Ramón Vera. Pero el soldado Ramón Vera, que se le acercaba sin apuro, no era brasileño, no era chileno, no era indio. El soldado Ramón Vera no quería la vida del capitán Gustavo Hantín: eso se le leía en la cara. ¿Y qué más se leía en la cara de Ramón Vera, que llegó engrillado a un fortín no mencionado en los prolijos y venerables archivos del Ministerio de Guerra? (Rivera, 2008a: 53)

En lo más superficial del relato, la negación de Hantín de entregarle las botas a Vera provoca que éste lo mate. Por tratarse de un hecho en apariencia nimio, está claro que la significación del episodio debe buscarse en otros niveles. El objeto deseado connota, por un lado, un símbolo sexual, es lujuriosa –y culposa- la mirada que dirige Hantín a Vera (ya lo era con Maldonado); por otro, las botas en este caso también significan la marca de una identidad: militar y civilizado, que Hantín no está dispuesto a perder.

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TERCERA PARTE