LA MATERNIDAD
• Canta por la mañana
• Reconoce los sentimientos de los demás • Sé una mina de recuerdos felices
• Hazte un hueco para los proyectos familiares
Mis hijas son una enorme fuente de felicidad para mí. Me han ofrecido algunos de los momentos más felices de mi vida, y también muchos de esos pequeños momentos que hacen más alegres los días. No soy la única a la que le pasa. Muchas personas me han contado que los momentos más felices de su vida fueron cuando sus hijos nacieron.
Mis hijas naturalmente también me causan muchas preocupaciones, irritación, gastos, molestias y falta de sueño. En realidad, algunos expertos en felicidad sostienen que, aunque las madres —como yo— insistan en que sus hijos son lo que más felices las hacen, no es cierto. Un estudio que analizó las emociones de un grupo de mujeres durante sus actividades diarias, reveló que «cuidar de los hijos» les parecía sólo un poco más
agradable que viajar todos los días para ir al trabajo. La satisfacción conyugal baja en picado tras el nacimiento del primer hijo, y se dispara de nuevo cuando los hijos dejan el nido. Según mi propia experiencia, sabía que Jamie y yo nos peleábamos mucho más desde que habían nacido nuestras hijas, salíamos menos, y teníamos menos tiempo libre para estar juntos.
Pero a pesar de estos hallazgos, no estoy de acuerdo con el razonamiento de los expertos acerca de que los hijos nos impiden ser felices. Porque nos hacen felices. Quizá no a todas horas, pero sí de un modo más profundo. Después de todo, en una encuesta donde se le preguntaba a la gente: «Qué es lo que más feliz la ha hecho en la vida», la respuesta más común era «los hijos» y «los nietos», o ambas. ¿Se estaban todos los encuestados engañando a sí mismos?
En muchos sentidos, la felicidad de ser padres pertenece a la clase de felicidad que puede llamarse felicidad nebulosa. La niebla es escurridiza. Te envuelve y transforma el ambiente, pero cuando intentas examinarla, se desvanece. La felicidad nebulosa es la clase de dicha que sientes con las actividades que, si las analizamos atentamente, no parecen hacernos demasiado felices, pero de algún modo lo hacen.
Yo reconocí la felicidad nebulosa en una fiesta. Mi anfitrión estaba trajinando en la cocina, haciendo malabarismos para preparar y presentar tres platos principales que iba a servir a treinta comensales.
—¿Te estás divirtiendo en la fiesta que das? —le pregunté cuando seguramente lo que debería haber hecho era no estorbarle en la cocina.
—Mm… ahora no —me respondió absorto en los preparativos—, me lo pasaré bien cuando se haya terminado.
¿Ah, sí? Me pregunté. ¿Lavando los platos? ¿Moviendo los muebles para volver a ponerlos en su lugar? ¿Echando las pegajosas botellas de vino vacías al contenedor verde? ¿Con qué y cuándo se iba a divertir exactamente?
Esto me hizo cavilar. Muchas actividades que yo consideraba agradables no eran muy divertidas cuando las realizaba, ni tampoco
cuando las esperaba o una vez que las había hecho. Dar una fiesta. Hacer una presentación. Escribir. Cuando me paro a analizar mis emociones durante las diversas etapas de estas actividades, veo dilación, pavor, ansiedad, nerviosismo, fastidio por las tareas y el montón de trabajo, irritación, distracciones, fechas límite y decepciones. Sin embargo, no cabe duda de que estas actividades me hacen «feliz». Al igual que criar a mis hijas. Aunque a veces lo negativo supere lo positivo y desee poder estar haciendo alguna otra cosa, la experiencia de tener hijos me ha dado una tremenda felicidad nebulosa. Me rodea, está por todas partes, a pesar de que, cuando hago un zoom con mi mente sobre un momento en particular, no sea fácil verla.
Antes de tener a mis hijas, el aspecto de la maternidad que más me intimidaba era su irreversibilidad. Ser esposa, dedicarme a una profesión, elegir un trabajo, el lugar de residencia… la mayoría de las decisiones importantes que tomamos en la vida pueden reconsiderarse. Tal vez resulte difícil y doloroso, pero es posible hacerlo. En cambio, tener un bebé es distinto. Un bebé es irrevocable. Sin embargo, en cuanto Eliza nació, nunca volví a pensar en la irreversibilidad de la maternidad. A veces echo de menos la libertad y el tiempo libre de cuando no era madre, pero nunca me he arrepentido de tener hijos. Al contrario, me preocupa no ser tan buena madre como desearía. No intento ser una madre perfecta: no me preocupo demasiado por si le doy a mis hijas comida ecológica o si sus habitaciones están ordenadas. Pero cuando empecé mi proyecto de felicidad, me preocupaba no estar comportándome tan bien como deseaba. Perdía los estribos. Apenas reservaba tiempo para las diversiones, sabía que no estaba apreciando lo bastante esta etapa tan fugaz de la vida de mis hijas. Aunque la etapa de los pañales, los disfraces y las sillitas del coche se hagan interminables, pasan rápido, y muchas veces estaba tan pendiente de tachar estas tareas de la lista, que me olvidaba de lo más importante.
Eliza, nuestra hija de 7 años, de ojos vivarachos y dientes de conejo, es tranquila, cariñosa e increíblemente sensible para su edad. Es muy
creativa, y le encanta cualquier clase de juego imaginativo o manualidad. Aparte de sus ocasionales berrinches histriónicos, es un encanto de niña. Eleanor, nuestra pequeña de 1 añito, con sus hoyuelos, sus grandes ojos azules y el cabello que tanto le tarda en crecer, es una preciosidad. Tiene un amplio espectro de emociones, ríe con facilidad, y también llora por nada. Es cariñosa con todo el mundo, nunca tiene miedo, es muy decidida, y ya está frustrada por no poder imitar en todo a su hermana.
¿Cuál era mi meta para abril, el mes dedicado a la maternidad? Ser más tierna y juguetona con mis dos hijas. Quería que en mi casa reinara una atmósfera tranquila, alegre, incluso feliz, y sabía que dar la lata y gritar no era la manera de lograrlo. Tenía dos hijas sanas y cariñosas y quería ser mejor madre para hacer honor a mi buena suerte. Quería dejar de estallar por cualquier cosa, lo cual me ocurría con demasiada frecuencia; y como después me sentía mal por ello, me comportaba incluso peor aún. Quería estar de mejor humor. Quería dar los pasos para conservar los recuerdos felices de la infancia de mis hijas.
Eliza era lo bastante mayor para darse cuenta vagamente de que yo estaba escribiendo un libro sobre la felicidad, pero no le dije que intentaba ser mejor madre. Pensé que de pequeña a mí me hubiera chocado enterarme de que mis padres se cuestionasen su modo de actuar; yo creía que lo sabían todo, que eran todopoderosos. Supuse que Eliza se angustiaría si se enteraba de que yo me cuestionaba mis acciones como madre.
Pero si bien no le conté lo que estaba haciendo, el Día de los Inocentes [el 1 de abril] me dio la oportunidad de cumplir con mis decisiones desde el primer día del mes.
La noche anterior había dejado en el congelador un cuenco de cereales con leche, y el 1 de abril se lo ofrecí a Eliza con una cuchara para ver cómo intentaba comérselos, inútilmente, claro. Su expresión de perplejidad fue comiquísima.
—¡Es una inocentada! —exclamé.
Inocentes? ¡Qué bien! —Examinó el cuenco atentamente y luego corrió a mostrárselo a Jamie. La broma le hizo mucha gracia.
La noche anterior, cuando ya me había acostado, me acordé de que había olvidado preparar el cuenco y estuve a punto de dejarlo correr. Pero al recordar mis metas de abril, me levanté de la cama haciendo un gran esfuerzo y lo preparé. Y a la mañana siguiente me alegré de haberme tomado el tiempo de hacer aquella broma. La vida es mucho más divertida cuando cumplo con mis decisiones.
C
A N T A P O R L A M A Ñ A N AEn una familia vale la pena encontrar la manera de hacer que las mañanas vayan sobre ruedas, porque la mañana marca el tono para el resto del día, todos y también son estresantes para todos, pues los adultos intentan organizarse al tiempo que les meten prisa a sus hijos para que estén listos. La decisión «Canta por las mañanas» la tomé después de una conversación que mantuve con Eliza.
—¿Qué has hecho hoy en el colegio? —le pregunté.
—Hemos hablado de cómo nuestros padres nos despiertan por la mañana.
—¿Y tú que has dicho? —le insistí con curiosidad e inquietud. —Con una canción de buenos días.
No sé por qué mi hija dijo esto en el colegio, sólo lo he hecho algunas veces en toda su vida. Después de oír su comentario me prometí convertirlo en costumbre. (Esta conversación también me recordó que, al igual que los adultos aconsejamos no hacer nada que pueda salir en el periódico, los padres no deberíamos hacer nada que no queramos ver escrito en una redacción colgada en la pared el día de los Padres.)
En cuanto empecé a hacerlo, vi que cantar por la mañana levantaba los ánimos. Me convertí en una verdadera creyente del mandamiento «Actúa como deseas sentirte»: al actuar como si fuera feliz, me sentía feliz.
Después de cantar una estrofa de «I’ve Got a Golden Ticket», descubrí que me era más fácil resistirme a despertar a mis hijas en un tono autoritario.
Cantar por la mañana me recordó que debía seguir mi Noveno Mandamiento, «Alegra esa cara». Intenté fomentar las ganas de reír de mis hijas —Eleanor sobre todo siempre ha tendido a reírse por nada desde que era pequeña—, procurando ser tan risueña como ellas, pasármelo bomba con mis hijas al menos un rato cada día, reír de las bromas de Jamie, y adoptar un tono más alegre incluso cuando las reñía, les daba la lata o me quejaba.
Pero del dicho al hecho hay mucho trecho. Al tercer día de tomar esta decisión, me levanté con un párpado hinchado y enrojecido. Normalmente no le doy demasiada importancia a la mayoría de problemas de salud, pero como soy tan corta de vista que apenas veo ni torta, me tomo cualquier problema ocular muy en serio. Soy propensa a los orzuelos, pero esto no parecía un orzuelo.
Aquella mañana cantar era lo último que tenía en mente.
Como Jamie estaba de viaje de negocios, no podía dejar a las niñas con él mientras intentaba hacer un diagnóstico de amateur consultando la red. A Eliza le dejamos ver los dibujos animados por la tele hasta que Eleanor entra en la cocina. (Ya sé que no debería permitírselo, pero lo hago), así que la envié a ver la tele y dejé a Eleanor cantando en la cuna mientras yo consultaba en internet las webs de salud. Busqué un poco por la red hasta convencerme de que seguramente no era nada serio.
Como a aquellas alturas Eleanor ya estaba gritando «¡Aúpa, aúpa, mamá!», fui a rescatarla. Señalándome el pañal, me dijo: «Pupa».
Cuando se lo saqué, descubrí que tenía el culito muy irritado. También vi que sólo me quedaba una toallita infantil en toda la casa. Le cambié el pañal, usando hasta el último milímetro de la toallita, y de pronto Eliza, aún con su camisón preferido de cerezas, llegó corriendo.
—¡Son las siete y dieciocho y ni siquiera he desayunado! —se quejó en un tono acusador. Eliza detesta llegar tarde al colegio; en realidad detesta
llegar a la hora, le gusta ir con tiempo de sobras—. ¡Sólo tengo dos minutos para desayunar y vestirme! ¡Llegaremos tarde!
¿Me puse a cantar una alentadora canción? ¿Me reí en un tono alegre y reconfortante? ¿Le murmuré tranquilizadoramente «No te preocupes cariño, aún tenemos mucho tiempo»?
No. Le solté con una voz amenazadora: «¡Espera un minuto!». Mi hija dio un paso atrás y se puso a llorar.
Intenté con todas mis fuerzas no seguir gritándole, pero después de este terrible momento, conseguí mantener la calma. La abracé enseguida y le dije: «Vete a vestir mientras preparo el desayuno. Aún falta mucho para que empiecen las clases». («Hacer el desayuno» en este caso significaba untar una tostada con manteca crujiente de cacahuete.) Al final hasta nos sobró tiempo. Como a Eliza le gusta ser puntual, por las mañanas nos levantamos con tiempo de sobras, sobre todo desde enero, cuando empecé a dejarlo todo ordenado por la noche. Incluso después del jaleo que se armó nos las apañamos para llegar al colegio a tiempo.
Tuve que hacer un esfuerzo colosal para controlarme y dejar de gritar, pero mientras nos dirigíamos al colegio, vi que la mañana estaba siendo mucho más agradable que si hubiera seguido gritando. En medio de la calle me puse a cantar «Oh, What a Beautiful Morning», hasta que Eliza, muerta de vergüenza, me hizo callar.
La forma más eficaz de alegrar esa cara, pero también la más difícil, porque una niña quejándose me sorbe hasta la última gota de humor de los sesos, es bromear. Una mañana, cuando Eliza dijo refunfuñado: «¿Por qué tengo hoy que ir a clase? No quiero ir a taekwondo!», estuve a punto de soltarle «Siempre dices lo mismo, pero después te lo pasas bien», o «No me gusta oírte rezongar». Pero en su lugar, aunque no fue fácil, me puse a cantar: «No quiero ir a taekwondo…; eres una poetisa y no lo sabes». Y un minuto después añadí: «Me importa un pepino aprender a luchar como un felino».
Eliza respondio:
Detesto esta clase de humor escatológico, pero a ella le encanta. Por eso le susurré:
—Me importa un pedo ir siempre como un torpedo. A Eliza le pareció de lo más gracioso y añadió:
—Hay que armarse de paciencia para ir a clase de ciencias.
Nos reímos hasta que nos dolió el estómago, y no volvió a mencionar lo de taekwondo. Esta técnica funcionó mejor que decirle que se diera prisa, y fue sin duda más divertida.
Se me ocurrió otra estrategia de eterna optimista que para mi gran asombro hizo maravillas para estar «cantarina por la mañana» y durante todo el día: «transformé» una tarea pesada diciéndome que me gustaba.
Por ejemplo, cuando se acercaba el cumpleaños de Eleanor, me daba pavor pensar en toda la faena que implicaría: encargar la tarta helada a Baskin-Robbins (una tradición familiar de los Rubin), llevar a mis hijas a la tienda de artículos para fiestas para que eligieran platos de papel, compraran regalos e hicieran las invitaciones para la fiesta de aniversario con la familia. Me dolía el tiempo que me quitaba. Pero me dije: «¡Me encanta preparar el cumpleaños de Eleanor! ¡Qué divertido es! Debo disfrutar de esta etapa tan bonita de mi pequeña». Y… mi actitud cambió de verdad. También me imaginé que alguien se ofrecía a ocuparse de ello. ¿Dejaría que alguien se encargara en mi lugar del cumpleaños de mi hija? Ni pensarlo. Este descubrimiento cambió mi actitud hacia esta tarea.
Un amigo me dijo que cuando sus hijos tenían 5 y 3 años, se despertaban a las seis de la mañana los fines de semana. Una semana tras otra él y su mujer intentaron convencerles de que volvieran a la cama o jugaran en silencio, pero no les sirvió de nada.
Al final se dio por vencido. Dejaba que su mujer siguiera durmiendo, ayudaba a sus hijos a vestirse y salían. De camino pasaba a buscar un café para llevar, y después los tres se dirigían al parque, donde él contemplaba a sus hijos jugando durante una hora antes de volver a casa para desayunar.
amigo me contó que aquellas mañanas son uno de los recuerdos más vívidos y felices que guarda de aquella época. La luz del alba, el parque silencioso, sus hijitos correteando por el césped.
Los días son largos, pero los años pasan rápido.
R
E C O N O C E L O S S E N T I M I E N T O S D E L O S D E M Á SComo parte de mi investigación para el mes, volví a leer por cuarta vez los libros de Adele Faber y Elaine Mazlish, ambas educadoras de padres que figuran entre las más destacadas, y sobre todo dos de sus obras maestras, Siblings Without Rivalry [trad. cast.: ¡Jo, siempre él! Soluciones a los celos infantiles, Alfaguara] y How to Talk so Kids Will Listen and Listen so Kids Will Talk [trad. cast.: Cómo hablar para que sus hijos le escuchen y cómo escuchar para que sus hijos le hablen , Médici]. Descubrí estos libros cuando una amiga me comentó que los hijos de dos amigas suyas eran los que mejor se portaban de cuantos había visto. Así que cuando las conocí, les pregunté cuál era su secreto, y me juraron que era por el libro Cómo hablar para que sus hijos le escuchen. Lo encargué aquella misma noche, y me convertí en el acto en una seguidora de Faber y Mazlish.
Lo que las diferencia de otros autores es que sus libros están llenos de consejos y ejemplos prácticos. Muchos libros para padres reiteran los argumentos sobre la importancia de las metas… como si cualquiera pusiera en duda que los niños deben portarse bien, ser respetuosos, tolerar la frustración, ser autónomos, etcétera. De acuerdo, pero ¿qué haces cuando a tu hija le da un berrinche en el pasillo de los cereales?
La lección más importante de los libros de Faber y Mazlish es sencilla y aplicable tanto a adultos como a niños: hay que reconocer los sentimientos de los demás. Es decir, no niegues sentimientos como la rabia, la irritación, el miedo o la reticencia; expresa en su lugar el sentimiento y el punto de vista del otro. Parece sencillo, ¿verdad? Pues no lo es. No tenía idea de lo mucho que yo contradecía los sentimientos de mis hijas hasta que intenté
dejar de hacerlo. A menudo les decía cosas como: «¡Si a ti no te dan miedo los payasos!», «No puedes querer más Legos si nunca juegas con los que te compramos», «No puedes tener hambre si acabas de comer».
Por absurdo que parezca, descubrí que si repetía lo que mis hijas decían, para mostrarles que tenía en cuenta su modo de ver las cosas, bastaba a menudo para restablecer la paz en el hogar. En vez de decirle a Eleanor: «¡No te quejes, si te encanta bañarte!», le observaba: «Ya sé que no te apetece bañarte, aunque sea la hora, porque te lo estás pasando en grande jugando». Esta estrategia era increíblemente eficaz, lo cual me sugirió que muchas veces la frustración de los niños no viene de obligarlos a hacer esto o aquello otro sino de ignorar sus sentimientos.
¿Qué estrategias podía usar para mostrarles a mis hijas que reconocía sus sentimientos?
Escríbelo
Por alguna razón, a mis hijas les impactaba mucho el mero hecho de ver algo escrito, incluso a Eleanor, que aún no sabía leer. Para que volviera a reinar la paz, me bastaba con agitar un bolígrafo y un papel y anunciar: «Voy a escribir: “¡A Eleanor no le gusta llevar botas de nieve!”»
No sientas como si tuvieras que decir algo
Eliza a veces se enfurruña. Pero cuando la pongo en mi regazo y la acaricio durante cinco minutos, al levantarnos ya vuelve a estar