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EL MATRIMONIO • D EJA DE DAR LA LATA

In document Objetivo Felicidad Gretchen Rubin (página 46-103)

• NO ESPERES RECIBIR ELOGIOS NI RECONOCIMIENTO • PELEA CORRECTAMENTE

• NO DESEMBUCHES TODAS TUS MISERIAS • DA PRUEBAS DE AMOR

En las investigaciones sobre la felicidad y el matrimonio llama la atención un hecho alarmante: la satisfacción conyugal baja en picado tras la llegada del primer hijo. La perturbadora presencia sobre todo de bebés o hijos adolescentes estresa mucho a las parejas, y el descontento llega a su punto máximo cuando los hijos están en estas etapas.

Jamie y yo llevamos casados once años, y después del nacimiento de Eliza aumentó la cantidad de peleas en nuestro matrimonio. Hasta ese momento la frase «¿Puedes hacerlo tú?» no había salido nunca de mi boca. Pero en los últimos años había empezado a quejarme, a protestar y a arrastrar los pies demasiado. Era hora de hacer algo al respecto.

Por más cursi que suene, desde el primer momento que nos presentaron en la biblioteca de la facultad de Derecho, cuando yo iba al primer curso y él al segundo, Jamie y yo sentimos un amor muy profundo (aún conservo el anorak rosa que él llevaba aquella tarde colgado del interior de la puerta del armario). Pero en los últimos años me empecé a preocupar de que la acumulación de irritantes menudencias y palabras hirientes nos impidieran dar más muestras de amor.

Nuestro matrimonio no estaba en problemas. Expresábamos el cariño que nos teníamos abiertamente y con frecuencia. Éramos indulgentes el uno con el otro. Manejábamos los conflictos bastante bien. No manifestábamos la conducta que el psicólogo John Gottman, experto en matrimonio, llama los «Cuatro Jinetes del Apocalipsis» por su destructivo papel en una relación de pareja: contestar con evasivas, ponerse a la defensiva, criticar y tratarse con desprecio. Bueno, a veces nos andábamos con evasivas, nos poníamos a la defensiva y nos criticábamos, pero nunca nos tratábamos con desprecio, la peor conducta de todas.

Pero nosotros —yo— habíamos adquirido unos malos hábitos que quería cambiar.

Trabajar en mi matrimonio era un objetivo para mi proyecto de felicidad, porque un buen matrimonio es uno de los factores que más relacionado está con ella. En parte, este hecho refleja que a las personas felices les es más fácil casarse y conservar su matrimonio que a las infelices, porque son personas más agradables con las que salir y parejas más tratables. Pero el matrimonio en sí también proporciona felicidad, ya que nos da el apoyo y la compañía que todos necesitamos.

Para mí, como para la mayoría de personas casadas, mi matrimonio fue fundamental en todas las otras decisiones importantes que tomé en la vida: dónde viviría, la maternidad, mis amigos, mi trabajo, mi tiempo libre. El ambiente de mi matrimonio determinó el aire que tendría mi vida. Por eso, además de incluir el matrimonio en mi proyecto de felicidad, le asigné el segundo mes del año.

diaria, también era por desgracia la relación en la que peor me comportaba. Muchas veces sólo me fijaba en los fallos y las peleas, y le acusaba por cualquier cosa. Si las bombillas se fundían, me agobiaba el desorden de la casa o incluso estaba desanimada por mi trabajo, le echaba la culpa a Jamie.

Jamie es una mezcla divertida. Tiene un lado sardónico que le hace parecer a los que no le conocen bien como una persona distante y casi cruel, pero también tiene un corazón muy tierno. (Un buen ejemplo: le encantan las películas que para mí son de lo más morbosas, como Mar abierto y Reservoir Dogs, pero también le gustan las comedias dulces y románticas; su favorita es Un gran amor. ) Cuando se niega a hacer las tareas típicas de un maridito me pone negra, pero de pronto me sorprende actualizándome el ordenador sin que se lo haya pedido. Se hace la cama, pero nunca echa la ropa sucia en la cesta. Con los regalos de cumpleaños es un desastre, pero en cambio me hace unos regalos encantadores cuando menos me lo espero. Como todos, es una combinación de cualidades buenas y no tan buenas, y el peor de mis malos hábitos era fijarme sólo en sus defectos sin valorar sus virtudes.

Acabé dándome cuenta de un factor fundamental en mi proyecto de felicidad: no podía cambiar a los demás. Por más tentador que fuera intentarlo, no podía aligerar el ambiente de nuestro matrimonio acosando a Jamie para que cambiara. Trabajaría sólo en mí misma. Para inspirarme recurrí al último de mis Doce Mandamientos: «Sólo hay amor».

Una amiga mía fue la que me dio la idea. Pronunció esta frase cuando se estaba planteando aceptar un trabajo muy estresante en el que trabajaría para una persona muy difícil de tratar. El encargado de seleccionar al personal le dijo: «Voy a ser muy sincero contigo. Fulano es muy eficiente, pero es un jefe muy difícil. Piénsatelo muy bien antes de aceptar este puesto». Como mi amiga quería el trabajo a toda costa decidió decirse: «Sólo hay amor». A partir de aquel instante se negó a criticar en su fuero interior a Fulano, nunca se quejó de él a sus espaldas, ni siquiera quería escuchar a los que le criticaban.

—¿Y tus compañeros de trabajo no creen que te las das de santita? —le pregunté.

—¡Oh, no! —repuso— A todos les gustaría poder hacer lo mismo. Los vuelve locos, pero yo puedo decir con la mano en el corazón que Fulano me cae bien.

Si mi amiga podía hacer esto por su jefe, ¿por qué no iba a hacerlo yo por Jamie? En el fondo quería con locura a Jamie, pero estaba dejando que las pequeñeces se interpusieran entre nosotros. No me comportaba como yo esperaba de mí, y después al sentirme culpable por ello, me comportaba incluso peor.

El amor es muy curioso. No dudaría en darle a Jamie un riñón si lo necesitara, pero me sacaba de quicio si me pedía que paráramos un momento para ir a comprar en una parafarmacia crema de afeitar. Los estudios revelan que las causas más comunes de conflictos entre las parejas son el dinero, el trabajo, el sexo, la comunicación, la religión, los hijos, los suegros, el agradecimiento y las actividades lúdicas. Tener un hijo recién nacido también es muy duro. Pero estas categorías —aunque parezcan incluir todas las áreas— no tenían nada que ver con mis problemas. Reflexioné largo y tendido sobre mi matrimonio y los cambios que quería hacer para volver a ser tan tierna y paciente como de recién casada, cuando nuestra primera hija aún no había venido al mundo.

Ante todo necesitaba cambiar mi actitud hacia las tareas domésticas. Pasaba demasiado tiempo asignándole faenas a mi marido y dándole la tabarra. No sólo le estaba siempre encima para que las hiciera, sino también para que me elogiara por las mías. Además, quería no tomarme las cosas tan a pecho, sobre todo cuando me enojaba. En mi cabeza resonó una frase de G. K. Chesterton: «Ser pesimista es fácil, lo difícil es ser alegre (o como dice el refrán «Morir es fácil, lo complicado es vivir»). Y quería valorar a Jamie como era debido. Los pequeños y delicados detalles que tenía conmigo eran más importantes que regalarme flores el día de los enamorados, y yo quería ofrecerle un montón de pequeños detalles y gestos, de elogios y agradecimiento; después de todo, uno de mis Secretos

de la Adultez era: «Lo que haces cada día es más importante que lo que haces de vez en cuando».

Jamie no me preguntó qué experimentos planeaba hacer ese mes, y yo no se lo dije. Le conocía lo suficiente como para saber que, aunque supiera que en cierto modo era mi ratón de laboratorio, preferiría no oír los detalles.

Estas decisiones me iban a costar, lo sabía. Era lo bastante realista como para saber que no podría cumplirlas todas a diario, pero quería hacerlo lo mejor posible. Había empezado mi proyecto de felicidad aumentando mi energía y ordenando la casa, entre otras razones porque sabía que sin el agobio del desorden mental o físico, sería más alegre y cariñosa. Aunque pareciera ridículo, el armario ordenado y dormir más habían hecho que me sintiera más feliz y tranquila. Lo difícil sería mantener las decisiones de enero ahora que añadiría las de febrero.

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E J A D E D A R L A L A T A

Jamie detestaba que le dieran la lata, y yo detestaba ser una pesada, pero me pillaba a mí misma dándosela a menudo. Los estudios revelan que la calidad de la amistad de una pareja determina, en gran parte, si se sienten satisfechos con el romanticismo y la pasión de su matrimonio, y no hay nada que destruya más rápido la amistad (y la pasión) que dar la lata. Y además no sirve de nada.

Las felicitaciones que enviamos a los amigos el día de san Valentín me dieron la oportunidad de poner mi decisión a prueba. Como les pasa a tantas mujeres, a los cinco minutos de nacer Eliza, me poseyó el irreprimible deseo de mandar nuestras felicitaciones anuales. En una decisión motivada más por la desesperación que por la originalidad, decidí convertir en tradición el mandar felicitaciones en febrero el día de san Valentín en vez de hacerlo en diciembre, cuando la vida es una locura.

Jamie y yo nos sentábamos a ver Encuentros en la tercera fase por la tele, saqué una pila enorme de sobres y le pregunté alegremente:

—¿Qué prefieres, meter las postales o cerrar los sobres?

—Ahora no, por favor —me suplicó con una expresión abatida.

Me debatí sin saber qué responderle. ¿Debía insistir en que me ayudara? ¿Decirle que no era justo que lo hiciera yo sola? ¿Que ya me había ocupado de la parte más pesada de encargar las tarjetas y decorarlas con una foto (la fotografía adorable de Eleanor y Eliza en tutú), y que él sólo iba a colaborar en la parte más fácil? Por otro lado era yo la que había decidido mandar las felicitaciones. ¿Era justo pedirle que me ayudara? Bueno, daba igual si era justo o no. Prefería terminar de hacerlo yo que sentirme una pesada.

—Vale —le respondí lanzando un suspiro—. No te preocupes.

Sentí varias punzadas de resentimiento cuando vi que Jamie se acomodaba en el sofá, pero descubrí que me alegraba de no sentirme más una pesada, aunque mirar la tele pegando sobres con la lengua no fuera demasiado divertido que digamos.

Cuando la película terminó, Jamie me miró; yo estaba sentada rodeada de los sobres rojos cerrados y franqueados de las felicitaciones.

—¿Quieres ser mi Valentina? —exclamó poniendo su mano sobre la mía.

Me alegraba de haber decidido no insistir en que me ayudara.

Para que me fuera más fácil dejar de darle la lata, hice una lista con técnicas antilatosas. En primer lugar, como es molesto oír una voz autoritaria, me inventé un sistema para sugerir tareas sin hablar: cuando le dejaba un sobre en el recibidor, Jamie sabía que debía echarlo al buzón de camino al trabajo. Le recordaba las tareas con una sola palabra. En lugar de gritarle: «¿Te acuerdas de que me prometiste averiguar qué le pasaba a la videocámara antes de ir al parque?», me limitaba a exclamar: «¡Videocámara!», cuando Jamie terminaba de almorzar. Me recordaba a mí misma que mi marido no tenía por qué hacer todo lo que a mí se me antojara. Tuve que contenerme para no darle la lata pidiéndole que fuera

a buscar el tobogán al trastero del sótano en cuanto se me ocurrió que Eleanor podía jugar con él. Quería que fuera a buscarlo volando. Pero no era algo urgente. Me felicité por no darle la lata con la típica frasecita «Es por tu bien». Nunca le insistí para que se llevara el paraguas, desayunara o fuera al dentista. Aunque hay quien cree que esta clase de insistencia es una muestra de amor, yo creo que un adulto ya es lo bastante mayor para decidir solito si se pone o no un jersey.

La técnica antilatosa más obvia (y menos agradable) de todas era hacer yo la tarea. ¿Por qué tenía que decretar que Jamie era responsable de asegurarse de que en casa hubiera siempre un poco de dinero para los imprevistos? En cuanto me ocupé de ello, siempre había dinero en casa, y yo era mucho más feliz. Y cuando Jamie hacía una tarea, me mordía la lengua para no criticarle. Como cuando pensé que había pagado una fortuna por una pieza de recambio para nuestra birria de videocámara, pero fue la decisión que tomó.

También intenté reconocer y apreciar más las tareas de Jamie. Sin duda alguna yo era culpable de un «sesgo atributivo inconsciente», un fenómeno en el que sobrevaloras inconscientemente tus contribuciones o habilidades con respecto a las de los demás. (Tiene que ver con lo que Garrison Keillor llamó «el efecto Lago Wobegon », el hecho de creernos mejores que el resto.) En un estudio en que los estudiantes de un grupo de trabajo valoraban cada uno su contribución al equipo, el total obtenido fue del 139 por ciento. Esto es comprensible, porque somos mucho más conscientes de lo que hacemos que de lo que hacen los demás: yo me quejo del tiempo que paso pagando facturas, pero no me fijo en el que Jamie pasa ocupándose de nuestro coche.

Tengo una amiga que dio con una solución radical. Ella y su marido no se reparten las tareas. Aunque tengan cuatro hijos, han hecho el tácito acuerdo de no decir nunca cosas como: «Tienes que llevar a los niños a la fiesta de cumpleaños» o «Arregla la cisterna del váter, se ha vuelto a estropear». Su sistema les funciona porque hacen las tareas juntos, pero aun así, no me imagino viviendo como ellos. Por estimulante que sea, es

un ideal imposible.

N

O E S P E R E S R E C I B I R E L O G I O S N I R E C O N O C I M I E N T O

Mi análisis de mis hábitos de dar la lata me mostró que también la daba de una manera más sutil al insistir en las tares que yo hacía. Le insistía a Jamie para que me elogiara más.

Con el proyecto de las felicitaciones del día de san Valentin vi que, aunque quería que Jamie me ayudara, en el fondo lo que más deseaba es que exclamara algo como: «¡Caramba, las fotos de las niñas son estupendas! ¡Te has lucido con las felicitaciones!» Quería que me pusiera una medalla por mis tareas domésticas.

¿Por qué necesitaba tanto que me pusiera una medalla? ¿Era por vanidad? ¿Por inseguridad? Fuera cual fuese la razón, sabía que debía superar mi necesidad de que Jamie me felicitara por mi buen trabajo; es más, debía superar incluso mi necesidad de que advirtiera mi buen trabajo. Por eso decidí: «No esperes recibir elogios ni reconocimiento».

Cuando empecé a fijarme en ello, vi hasta qué punto esta necesidad condicionaba mi comportamiento. Una mañana, a las siete y media entré tambaleándome con el salto de cama en la cocina. Había estado levantada casi toda la noche por Eleanor, que apenas había pegado ojo. Jamie se había levantado a las seis para ocuparse de nuestra hija, y así yo podía dormir un poco.

—Buenos días —farfullé mientras abría una lata de Coca-Cola Light sin añadir ninguna palabra de agradecimiento por los maravillosos noventa minutos de sueño.

Jamie esperó un momento y luego me soltó:

—Espero que aprecies que gracias a mí has dormido un poco esta mañana. —Él también necesita que le pongan medallas, aunque no sea demasiado bueno, a mi entender, poniéndomelas a mí.

Había estado intentando comportarme mejor en mi matrimonio. Me había felicitado por haber aprendido tantas cosas. Pero ¿le respondí con ternura: ¡Claro que sí, muchas gracias, eres mi héroe!? ¿Le di un fuerte abrazo agradeciéndoselo? Pues no. Como Jamie se había olvidado de ponerme una medalla por estar toda la noche levantada por Eleanor, le solté:

—Claro que lo aprecio, pero tú nunca me das las gracias cuando yo te dejo dormir. Y, en cambio, esperas que me deshaga en elogios cuando tú lo haces.

La mirada que Jamie me lanzó me hizo desear haber reaccionado de otra manera. Recordé mi Noveno Mandamiento: «Anima esa cara».

—Lo siento —dije rodeándole con los brazos—. No debería haberte dicho esto, y te agradezco que me hayas dejado dormir un ratito esta mañana.

—Quería que durmieras un poco. Y sí que lo tengo en cuenta cuando me dejas dormir.

—Vale.

Nos abrazamos durante al menos seis segundos, el mínimo tiempo necesario, por lo que sé de mi investigación, para liberar oxitocina y serotonina, las sustancias químicas que nos hacen sentir bien y fomentan los lazos emocionales. El momento de tensión había pasado.

Este intercambio me permitió ver algo importante que me ayudaría a manejar mejor mis emociones. Me había estado diciendo con aires de suficiencia que hacía ciertas tareas o ciertos esfuerzos «por Jamie» o «por el equipo». Aunque pareciera un acto de generosidad, había dado un mal resultado porque me enfurruñaba cuando mi marido no apreciaba mis esfuerzos. Pero ahora me decía: «Lo hago por mí. Esto es lo que quiero». Yo era la que quería mandar felicitaciones el día de san Valentin. Yo la que quería limpiar los armarios de la cocina. Aunque pareciera una actitud egoísta, en realidad era menos egoísta, porque significaba que no le daba la tabarra a Jamie o a cualquier otra persona para que me pusieran una medalla. Ni siquiera nadie tenía por qué advertir lo que había hecho.

Recuerdo que mientras charlaba con un amigo, cuyos padres habían participado en el movimiento por los derechos civiles, me comentó: «Siempre me decían: tienes que hacerlo por ti. Si lo haces por los demás, acabas queriendo que te lo reconozcan, agradezcan y feliciten por ello. En cambio, si lo haces por ti, no esperas que los demás reaccionen de una forma determinada». Creo que tenían razón.

A pesar de todo lo que he dicho de las medallas, admito que seguía pensando que me gustaría que Jamie se luciera un poco más cuando me las pone. Aunque esté bien o no desearlas, las deseo.

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E L E A C O R R E C T A M E N T E

No dar la lata era más fácil que otras conductas que intentaba cambiar. La segunda prioridad me costaba mucho más: mejorar de actitud. Hay dos clases de peleas conyugales: las que se resuelven fácilmente y las que no. Por desgracia, la mayoría de los conflictos pertenecen a la clase más difícil de «¿En qué debemos gastar el dinero?» y «¿Cómo debemos educar a nuestros hijos?», que a la más fácil de «¿Qué película podemos ir a ver este fin de semana?», o «¿Cuándo deberíamos irnos de vacaciones este verano?»

Los desacuerdos son inevitables e incluso valiosos. Como Jamie y yo íbamos a pelearnos de todos modos, quería que nuestras trifulcas fueran más divertidas, que pudiéramos bromear y ser cariñosos aunque no nos pusiéramos de acuerdo en algo.

También quería vencer a mi peor enemigo: soltar comentarios hirientes. Con demasiada frecuencia, en una minipelea que sólo yo provocaba, le soltaba algo a mi marido en un repentino ataque de rabia que estropeaba el ambiente del hogar. A menudo me preguntaba por qué la ira —junto con la soberbia, la codicia, la gula, la lujuria, la pereza y la envidia— eran los siete pecados capitales, porque no parecían tan graves como otros. Por

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